Es
curioso cómo funciona el azar: ahora que estoy en las últimas semanas de mi
carrera como profesor (no de música, pero sí de literatura), tropiezo con esta
novela de la parisina Yaël Hassan, que leo gracias a la traducción de Ana María
Navarrete, y me encuentro con la historia de un docente que se encuentra, él
también, en su último curso. Durante años, ha sentido que su trabajo no era
valorado por sus alumnos (demasiado ruidosos, demasiado maleducados) y que lo
mejor era retirarse cuanto antes, para sentarse en su sillón y agotar sus
últimos años escuchando a sus compositores favoritos con la ayuda de unos
auriculares. Pero ahora, cuando la puerta de salida está abriéndose frente a
sus ojos, descubre a Malik, un alumno árabe que siente devoción por el violín y
que quisiera ser capaz de aprender a tocarlo. Amable, el viejo profesor judío (su
nombre es Simón Klein) insiste en que debe decantarse por el piano, sin que
sirva de nada la educada insistencia del chiquillo. ¿Por qué se resiste el
anciano a introducirlo en el aprendizaje del violín? Para saberlo, tendremos
que avanzar por la historia y descubrir un doloroso trauma que se desarrolló
entre los muros inhóspitos del campo de concentración de Auschwitz, donde Simón
y toda su familia sufrieron las agresiones y torturas de los nazis. Su esposa,
Bella, trata de convencerlo para que se sobreponga a la amargura (“¡No rompas
su sueño solo porque rompieron el tuyo! ¡No sería justo!”, p.50), pero el
esfuerzo para sobreponerse no es tan fácil de acometer. Salir del pozo (de
todos los pozos) lleva su tiempo.
Una novela breve, emotiva y muy dulce, que puede ser leída tanto por jóvenes como por adultos: cada lector(a) encontrará en ella unas lecciones tan diferentes como igual de valiosas.

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