jueves, 15 de octubre de 2026

Little Jump

 


La historia de la literatura está llena de amores contrariados, trágicos o llorosos; y son tantas las variantes de esa imposibilidad que incluso su mera enumeración se antoja inabarcable. Mónica Rodríguez nos traslada en su novela juvenil Little Jump una formulación de gran actualidad y de gran tristeza, porque sus protagonistas (Jaia y Jota) pertenecen a mundos antagónicos. No al modo célebre de Romeo y Julieta (donde estaban enfrentadas las familias), sino al más radical del enfrentamiento entre judíos y palestinos. Jaia pertenece a los primeros; Jota, a los segundos. Hay muros, alambradas y soldados que los separan, como si un foso terrible se abriera entre sus pies. Pero hay un objeto que los acerca, de un modo tan peculiar como magnético: un monopatín. Jaia lo maneja con soltura; y esa destreza le permite concebir el sueño de viajar hasta Mineápolis para poder participar en un campeonato. El mundo de Jota es más concreto, más duro, más pobre: sus tierras han sido ocupadas y tanto él como sus amigos se refugian en ilusiones que les hagan evadirse: Hudhud quiere ser atleta olímpico; Coluber quisiera llegar a ser marino; Zurdo planea estudiar en la universidad “para luchar por que nadie nos volviera a arrebatar lo que era nuestro” (p.18). Un pintor amigo, llamado Río Dadá, que actúa como factor de cohesión entre ambos mundos y que confía en el poder del arte para unir las almas, es quizá la figura adulta más importante de la novela.

La escritora ovetense consigue en estas páginas que participemos de la escisión espiritual que se opera dentro del atormentado Jota, que ama a Jaia (cuando la ve por las noches) y que odia a los suyos (cuando contempla sus fusiles y tanques por el día), en un equilibrio terrible y lacerante (“Yo estaba partido en dos. Yo era dos personas”, reconoce en la página 61). La muchacha, mucho más serena, lo tiene claro en su análisis de la situación: ellos deben convertirse en protagonistas de la concordia, en los artífices de la paz, porque “nos han engañado. A todos. A tu pueblo y al mío. A ti y a mí. Nuestros dirigentes nos han engañado” (p.87). Alrededor, gases lacrimógenos, disparos, patrullas nocturnas, desprecio y rencor, aunque la novela se ocupe de atemperarlo con algunos momentos de poesía dulce y confortadora, que alivia la aspereza del panorama (señalaré solamente una de esas perlas bellísimas: cuando Jota se refiere en la página 119 a la risa de su hermana Azahara y afirma que es “pan de semillas”). Una hermosa, educativa y triste historia.

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