viernes, 29 de septiembre de 2023

Libro de las trovas

 


Me apetecía volver a dedicarle unas horas a los versos de Paco Sánchez Bautista (siempre recordado, siempre admirado) y he abierto las páginas de su Libro de las trovas, que le editó la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia en 2002. Otra vez han refrescado mis ojos las palabras cristalinas del inmortal poeta de Llano de Brujas, las cuales me hablan de su esposa Teresa (“mujer que amasa felicidad”), de sus hijas Mari Toñi (la “niña-alondra”) y Mari Tere (la “niña-abeja”), de sus padres o de los paisajes que lo rodearon, hacia los que siempre dirigió una mirada llena de ternura y afecto. Aferrado a su condición de hombre que siente el color de la tierra empapando sus ojos y latiendo en sus venas (“Yo, brote de Adán, yo, barro”), de niño que ha disfrutado lo indecible “trepando troncos y saltando acequias”, de joven que ha disfrutado de los sencillos placeres de la fruta huertana (“Me agridulcifica una naranja / el paladar, la lengua. / Para gustar limones / mi boca está dispuesta”), de persona agradecida que siente amor por lo diminuto (“¡Oh, la pura alegría / de las cosas pequeñas!”), Sánchez Bautista se entrega a un empeño fervoroso: el de cantar su infancia, sus recuerdos, los olores nunca del todo perdidos, las azadas, los amaneceres, las tristezas, las ilusiones, los rastrojos, los villancicos, las lluvias, los bailes del ayer.

El resultado final, entre lo bucólico y lo geórgico, es de una belleza espléndida, que el poeta logra sin abandonar nunca los senderos de la sencillez.

Nos dice en la Trova del niño ingenuo que fue un niño “sano y un poco rechoncho”, pero que con el paso de los años fue adquiriendo otra envoltura, porque le crecieron “riachuelos hondos / y gigantes palmeras, gruesos troncos, / por estos brazos y por estos ojos”. Tiene razón. Su estatura corporal (la de un hombre bajito y pecoso) no coincidía con su estatura espiritual y poética, que era la de un coloso, la de un titán, la de Anteo, la de Zeus.

Pocos ha habido en la poesía murciana como él.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

La nieta

 


Me resulta muy difícil explicar por qué algunos autores logran seducirme desde la primera página y por qué a otros los abandono en medio de descomunales bostezos nada más iniciar su lectura. Nunca he logrado formular una explicación del todo satisfactoria, porque entiendo que se aúnan demasiados elementos (tema, ritmo de la frase, vocabulario, tono narrativo) como para resumirlos en una simple etiqueta. Tendrá que ver, me imagino, con aquello de las “afinidades electivas” que pregonó Goethe. O no, cualquiera sabe. El caso es que, desde que posé mis ojos en las primeras hojas de Los colores del adiós, de Bernhard Schlink, me enamoré de su escritura. Por eso salté de inmediato hasta El lector. Y por eso ahora he enriquecido mi espíritu con La nieta, que la editorial Anagrama acaba de lanzar en España gracias a la traducción de Daniel Najmías.

Fijemos la mirada en la acción con la que arranca la narración: Kaspar Wettner, un librero que adora la música clásica y que está casado con la inestable Birgit, descubre al llegar a casa el cuerpo sin vida de su esposa, que se ha ahogado tras una masiva ingesta de alcohol y pastillas. Y ese doloroso trance se completará muy pronto con el descubrimiento de unos escritos de Birgit donde habla de cómo huyó de la RDA para venir hasta la RFA (iniciando así su vida con Kaspar) y, sobre todo, cómo dejó atrás a una hija, cuya existencia ni siquiera sospechaba su actual marido. Asombrado por la revelación, el librero entiende que ahora su objetivo debe ser encontrar a esa hija perdida, cuyo rastro aún puede ser detectable si acude a las personas adecuadas (aquellas que rodearon a Birgit cuando vivía en el sofocante mundo situado al otro lado del Telón de Acero). De esa manera, tan sencilla y tan triste, se inicia un singular viaje que llevará a Kaspar hacia el ayer (y también hacia el futuro), permitiéndole descubrir a Svenja, su inesperada hijastra, una muchacha que ha vivido demasiado tiempo rodeada de personas violentas, que la llevaron a convertirse en una joven conflictiva (“Se drogaba y daba palizas a homosexuales y extranjeros, dormía en la estación y en trenes”) y que ahora está casada con el codicioso Björn, un férreo hitleriano que cree en la supremacía de Alemania y que niega el Holocausto. El choque que siente en su alma el sosegado Kaspar es terrible, pero aún será más profundo cuando observe que la hija del matrimonio (su nieta Sigrun) corre el peligro de convertirse en otro ser irreflexivo, virulento e intransigente, como sus padres.

A partir de ese punto, todo el interés del protagonista consiste en conseguir que Sigrun observe, piense, razone y decida por sí misma, calibrando las verdades y las mentiras que han rodeado su vivir y el vivir mismo de la nación en la que ha nacido. Pero el proceso será largo, lento, y exigirá de Kaspar una abrumadora dosis de paciencia, ternura y empatía.

La nieta es una conmovedora reflexión sobre el alma torturada de Alemania, que tiene que equilibrar dentro sí los horrores y las grandezas de su pasado, para seguir caminando hacia el futuro. Quizá porque asumir de forma plena las atrocidades del ayer constituye el primer paso imprescindible para evitar la repetición de las monstruosidades, pedir perdón y comenzar de nuevo.

Por su lenguaje, por su ritmo exquisito, por su espíritu integrador, La nieta se convertirá en una de las grandes novelas de la nueva temporada literaria.

lunes, 25 de septiembre de 2023

La sobriedad del galápago

 


Su nombre y las imágenes de sus libros me han asaltado (casi me han buscado) durante un par de años: bien porque los veía en bibliotecas, bien porque algunos de mis amigos comentaban en redes sociales sus opiniones, bien porque en los suplementos literarios de los diarios la mencionaban. Y ahora, por fin, he tomado la decisión de leer el primero de sus libros. Y digo bien: el primero. Porque me ha dejado tan buena impresión que quisiera repetir pronto con otro.

Este primer acercamiento se titula La sobriedad del galápago, está ilustrado por Mimi González, fue editado por la Diputación de Badajoz y está formado por seis relatos que, funcionando de forma autónoma, también pueden entenderse como piezas de un puzle, que lo acerca al concepto de novela corta.

Uno de sus protagonistas es Rechi, un inadaptado que se dedica a “distraer” todo tipo de objetos en los grandes almacenes y que ahora se ha obsesionado con una lujosa chaqueta de la marca Armani, valorada en 720 euros. Durante días, ronda con disimulo a su alrededor y busca la mejor manera de hacerse con ella. Otro de los peones en esta partida de ajedrez es Julia, la celosa dependienta que vigila su sección de modo implacable y que no parece mostrar fisuras que permitan a Rechi perpetrar su hurto. Añadamos a Daniel Cruces, cómplice de Rechi, que se fija en Julia con demasiada atención; una mantis religiosa que se encuentra encerrada en un bote vacío de Nescafé; un científico llamado Eugenio Grady, que ha ideado un experimento para obtener energía eléctrica de forma insospechada; y una joven que graba un vídeo más bien repulsivo. Ya tenemos todas las piezas sobre el tablero. Y, con ellas, Sara Mesa erige un relato pulposo, lleno de matices y giros inesperados, que asombra en sus últimas páginas con el ingenioso mecanismo de cierre que lo vuelve sobre sí mismo de forma esférica.

Es evidente que volveré a esta autora. Quizá antes de final de año.

sábado, 23 de septiembre de 2023

Los nuestros

 


Cuando se incurre en la osadía de dar a la imprenta un libro como este, lo más razonable y sensato que puede hacer el autor es vacunarse contra dos tipos de comentarios críticos que sin duda se le van a formular con cierta insistencia: uno, el de quienes están disconformes con lo que ha escrito (“Pero… ¿cómo es posible que diga eso de X? ¿Es que se ha vuelto loco?”); y otro, el de quienes le echarán en cara lo que no ha escrito (“¿A quién se le ocurre no mencionar a Y? ¡Cómo se le ve el plumero a este tío!”). Ambas objeciones son, desde luego, legítimas, porque todo lector tiene derecho a discrepar con el libro, quemarlo (como sugería Manuel Vázquez Montalbán), lanzarlo a la piscina (como era costumbre de Paco Umbral) o tirarlo por el balcón (como aconsejaba Julio Cortázar). Pero lo que tampoco conviene perder de vista es que el autor es muy libre de elegir quién figurará en ella o qué se aseverará en sus páginas.

Federico Jiménez Losantos, periodista adorado y denostado, Dios o Demonio (según versiones), aceptó el reto a la hora de escribir y publicar Los nuestros (Cien vidas en la historia de España), un libro “rabiosamente personal” donde ofrece un blanquísimo retrato del dictador Franco (cuyo único pecadillo imperdonable, según se deduce de la lectura del volumen, fue haber sido un poco quisquilloso con los liberales, facción política a la que se adhiere el autor del tomo) y una descripción satanizada de La Pasionaria, donde extrema las menudencias menos favorecedoras y donde sólo le falta pintarle cuernos y un rabo. Esa es (ya lo avisaba al principio) una de las posibles críticas: la elección subjetiva del tono y del contenido de las semblanzas. La otra (también lo advertí y también voy a sumergirme en ella) obedece a los criterios utilizados para seleccionar a quienes aparezcan en el trabajo. ¿Resulta razonable (ya he dicho que legítimo sí lo es) omitir en un volumen de estas características a escritores de la talla de Lope de Vega, filósofos del calibre de Ortega y Gasset o políticos de tan amplia repercusión como Pablo Iglesias? Que cada cual se conteste a sí mismo tal pregunta.

Por fortuna, el libro contiene también, junto a la frialdad logarítmica de los datos históricos, píldoras notables de humor, exabruptos destemplados y anécdotas singulares, inquietantes o reveladoras. Así, y por ayuntar algunos ejemplos sonrientes, nos explica que Viriato “murió por pactar, pero eso no lo acredita como centrista”; que Isabel II, aparte de furor uterino, “tenía unas faltas de ortografía inverosímiles, más propias del XXI que del XIX”; o que Fernando VII era un personaje “al que compararlo con las ratas sería un insulto a los roedores”. Y por lo que atañe al anecdotario, qué les podría decir: nos informa en estas páginas de que Nebrija fue un erotómano compulsivo; que el macabro inquisidor Torquemada acabó sus días contando batallitas por las tabernas; que un hijo del monarca Felipe II murió aquejado de anorexia; o que Santiago Ramón y Cajal, a los once años, utilizó pólvora para volarle la puerta a un vecino.

Una obra para aprender, para sonreír, para reflexionar y para indignarse.

¿Alguien da más?

jueves, 21 de septiembre de 2023

El comprador de aniversarios



Tengo 57 años, así que pronto alcanzaré el medio siglo como lector. Durante ese tiempo han pasado por mis manos todo tipo de obras: desde los inolvidables y delgados tebeos hasta los volúmenes más gruesos, desde la poesía hasta el ensayo, desde los autores grecolatinos hasta narradores que podrían ser ya, por edad, mis hijos. Con ese resumen pretendo reflejar que he acumulado una experiencia bastante importante, con varios miles de libros leídos y con muchas alegrías (las decepciones se me olvidan con rapidez: prefiero no computarlas). Y ahora, de pronto, me encuentro con El comprador de aniversarios, de Adolfo García Ortega; y no tengo dudas a la hora de admitir que se trata de la obra que más me ha impresionado en mi vida. Podrá pensarse que esa huella que tan hiperbólicamente señalo se deriva del tema que el autor aborda (los campos de concentración nazis), pero me adelanto a desmentir esa hipótesis: entre las lecturas mencionadas arriba se incluyen un centenar de tomos relacionados con el mundo horroroso que crearon Hitler, Himmler, Heydrich, Goebbels y otros malnacidos putrefactos: bastará con invocar los nombres de Markus Zusak, John Boyne, Primo Levi, Viktor Frankl, Jorge Semprún o Bernhard Schlink.

No.

La impronta que me ha dejado este libro de Adolfo García Ortega tiene mucha más relación, desde luego, con la brillantez literaria con la que ha sido redactado y construido que con los horrores que conforman su argumento. E imagino que hablar de “primores estilísticos” cuando se está abordando la lectura de un libro tan duro, tan sobrecogedor, tan desgarrador como este, puede antojarse casi un sacrilegio o una observación fría; pero les aseguro que no me mueve ningún espíritu frívolo. El escritor vallisoletano, consciente de la semilla llena de temblores sobre la que ha posado sus letras (una referencia diminuta en cierto libro de Primo Levi), tuvo que plantearse necesariamente la idea de cómo dar forma al material sensible que tenía entre las manos. No se trataba tan sólo de trasladar a los lectores un relato lacrimógeno, sino un relato sólido, robusto, bien organizado. Y a fe que consigue un resultado inmejorable, donde los planos narrativos, las perspectivas, los juegos temporales y espaciales, la imaginación y la documentación se unen para esculpir una novela imposible de olvidar; una novela que he tenido que leer a sorbos lentos, porque muchas veces sentía los ojos empañados o el corazón encogido (literalmente); una novela llena de dolores reales y nombres ficticios; una novela sobre la necesidad de no olvidar aquellos crímenes inauditos que llenaron de sangre el continente europeo; una novela por la que siempre le estaré agradecido a este escritor.

No se me ocurre mejor resumen o mejor consejo que pedirles que la lean: van a sufrir, se van a emocionar y van a aprender.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

La llave en el desván

 


Mario, el atormentado protagonista de este drama, reflexiona en el segundo acto sobre el mundo de los sueños y dictamina: “Hace trescientos años un sacerdote español escribió nuestra primera comedia de interpretación de sueños”. Para, de inmediato, redondear su juicio: “Es curioso; hasta ahora no me había fijado en que el protagonista de La vida es sueño se llama también Segismundo. Igual que Freud”. Y es que, en efecto, nos encontramos ante una obra teatral donde el gran tema es un hondo interrogante: ¿qué nos quieren decir los sueños? ¿Cuál es el mensaje que nos quieren transmitir, bajo su código simbólico?

La acción arranca desde un punto más bien triste: Mario, cuyos padres murieron en dos desgraciados accidentes ocurridos el mismo día de su infancia, se encuentra en estos momentos al borde de la ruina. Ha estado durante años desarrollando un invento que podría haberlo convertido en millonario, pero una empresa extranjera se adelantó y patentó por sorpresa el mismo invento, cuando él ya se encontraba listo para hacerlo. Ahora solamente le queda la opción de vender la vieja casa familiar y tratar de sobreponerse a ese revés. No obstante, todo parece complicarse a su alrededor: su esposa Susana, por la que Mario siente adoración, parece distraída cuando está a su lado; su amigo Alfredo se comporta también de un modo esquivo; su cuñada Laura está pendiente de marcharse fuera de España con una beca; y Mario tiene una pesadilla en la que su admirado amigo Gabriel, médico, se obstina en descubrir las claves que expliquen los traumas de Mario. ¿Qué se oculta, tras todos estos ingredientes enigmáticos? Una densa historia de infidelidades, traiciones, traumas cenagosos, rencor, frustraciones y viejas cuentas pendientes, que Alejandro Casona construye con elevada pericia y que nos da como resultado una pieza teatral que resiste muy bien el paso del tiempo.

Tres fragmentos subrayo en mi ejemplar: “No hay mejor descanso que cambiar de cansancio”. “Siempre me han interesado los poetas. Generalmente, saben poco, pero enseñan mucho”. “Por grande que sea nuestro orgullo todos sabemos que la palabra de la ciencia será siempre la penúltima. Un paso más y empieza el misterio”.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Mujeres

 


Es probable que de todas las injusticias que han burbujeado en el mundo desde el inicio de los tiempos (las diferencias entre ricos y pobres, blancos y negros, etc.) ninguna resulte tan persistente y tan marmórea como la que se ha establecido históricamente entre hombres y mujeres. Dueños del dinero, del pensamiento y de las armas, los varones han conformado un modelo patriarcal que, con pequeñas fisuras y evoluciones, se ha mantenido inmóvil durante siglos y aun milenios. Ellas son las silenciadas, las invisibles, las torpes, las sumisas, los ceros a la izquierda, las avasalladas, las insultadas, las explotadas, las incapaces. En el ámbito religioso, actrices de segunda fila (en el mejor de los casos); en el ámbito familiar, animales todoterreno que en la cocina y en la sala de costura disponían de su espacio idóneo; en el ámbito científico o artístico, anécdotas observadas con displicencia; en el ámbito político o empresarial, viragos ante las que se sonreía tetánicamente.

Para contribuir a la subsanación de esos errores, Eduardo Galeano compone este libro (titulado precisamente Mujeres), que es un alegato recio, inflexible, en favor de millones de mujeres famosas o anónimas, brillantes o discretas, egregias o humildísimas, que nos fueron dejando sus ejemplos de altivez, de dignidad, de esfuerzo valioso. Muchas veces son granitos (en el sentido de “cosas pequeñas”), pero siempre son granitos (en el sentido de “rocas firmes”): las narraciones sin fin de Sherezade; la premonición desatendida de Calpurnia; la conciencia social de Florence Nightingale; el orgullo legítimo de la faraona Hatshepsut; los avances científicos que nos legaron Marie Curie o Rita Levi Montalcini; el hondo testimonio creativo de Frida Kahlo; los bailes libérrimos de Josephine Baker… Pero también (en el platillo anónimo de la balanza, igual de importante) la terca negativa de las cinco putas que se negaron a atender en 1922 a los soldados argentinos que estaban fusilando a sus compatriotas; la firme dignidad inagotable de las Madres de la Plaza de Mayo; el aguerrido ejemplo legendario de las amazonas; o (reconozco que esta historia me impresionado de forma especial) la novelística historia de Elisa Sánchez y Marcela Gracia, dos gallegas que lograron casarse en 1901 gracias a una argucia (una de ellas se disfrazó de hombre) y que después se embarcaron hacia América, donde se les perdió la pista.

Sin duda, una obra muy notable para hacernos pensar, para comprender un poco mejor las injusticias seculares que sobre las mujeres se han practicado y para intentar que enmendemos esos errores para el futuro.