jueves, 31 de agosto de 2023

¡Adiós, Martínez!

 


Reconozco sin vergüenza y con alegría que ignoraba la existencia de esta obra de Almudena Grandes. Sin vergüenza, porque no pertenezco a esa estirpe soberbia de lectores y críticos que pretenden “saberlo todo”: mis lagunas son enormes. Y con alegría porque eso me ha permitido acercarme a una faceta ignorada de aquel diamante narrativo al que tanta devoción profeso desde hace años. Este relato se titula ¡Adiós, Martínez!, fue ilustrado por Sylvia Vivanco Extramiana y lo publicó el sello Alfaguara en colaboración con el diario El País en 2014.

Sus dos protagonistas principales son Casilda y Martín. Ella es una niña recién llegada al colegio, acomplejada por su timidez y por sus kilos de más; él, un niño solitario y con una ortodoncia algo aparatosa que, convencido de su inexistente atractivo físico y de sus nulas habilidades en el deporte, ha inventado a Martínez, un alter ego que es alto, guapo y juega de cine al baloncesto. Pronto, se unirán sus soledades y se irán fundiendo en una deliciosa relación de amistad, que los liberará a ambos de sus traumas y de sus ideas negativas.

Un texto indispensable para que nuestros hijos e hijas comprendan que solamente los idiotas se fijan y ceban en los “defectos” exteriores de los demás, perdiéndose así todas las luces que se encuentran en su interior.

Búsquenlo, para seguir recordando a Almudena Grandes.

martes, 29 de agosto de 2023

Todo ese fuego

 


En la casa parroquial de Haworth “todo era felizmente aburrido y normal” (p.18): tanto la sirvienta como las tres hermanas que se encuentran en su interior están realizando las tareas domésticas después del desayuno: planchan sábanas y camisas, hornean el pan, alisan con cuidado las camas, friegan las tazas del desayuno… En apariencia, nada de esta escena costumbrista parece incorporar matices que la hagan diferente de otra vivienda cualquiera del siglo XIX; pero uno de ellos sí que resulta bastante significativo: no, desde luego, que la vieja criada se llame Tabby, pero sí que las tres hermanas se apelliden Brontë. En efecto, la magnífica escritora Ángeles Caso (Gijón, 1959) coloca ante nuestros ojos el ambiente familiar de una casa que carece de matriarca (murió de cáncer, dejando seis hijos desamparados y convirtiendo en viudo al reverendo) y en la que la tía Elizabeth, soltera, ha decidido renunciar a todas las comodidades de su vida para desplazarse hasta allí y cuidarlos a todos.

Las vidas de Charlotte, Emily y Anne son tan grises como las de todas las mujeres de la época, quienes están destinadas a convertirse en sumisas esposas, madres continuas o institutrices de niñas tan grises e indistintas como ellas mismas; pero en las almas de estas tres jóvenes alienta un afán especial: el de publicar sus obras. Primero, las poéticas; después, las novelísticas. ¿Por qué no puede ser posible convertir en tinta sus fantasías? ¿Por qué no pueden soñar con hacerse famosas?

De momento, han de ganarse pequeños honorarios como pueden, porque los gastos de la familia y el escaso sueldo del progenitor las obligan a ello. Charlotte, por ejemplo, tuvo que emplearse como institutriz, “soportando a niños malcriados, padres groseros y madres estiradas y estúpidas como peces nadando en una pecera de agua tibia, que la miraban por encima del hombro y la trataban con displicencia porque era más pobre que ellas” (p.66). Obligadas a la discreción victoriana, viven en “la cárcel invisible de la vida femenina” (p.137), la cual les resulta tan castrante como insatisfactoria. Pero logran mantenerse firmes gracias a su humildad exterior y al fogoso cultivo de la literatura, que las ocupa en el silencio fértil de las tardes y las ha convertido (así lo piensa su padre) en mujeres “apasionadas y pensativas y aisladas y excéntricas” (p.104).

Mucho más constantes que su hermano Branwell (que malbarata su talento por los caminos de la vagancia, el alcohol y el láudano), se lanzarán a la aventura de publicar sus primeros poemas con seudónimos masculinos; y, posteriormente, entregarán al mundo sus asombrosas novelas: Jane Eyre (Charlotte), Cumbres borrascosas (Emily) y Agnes Grey (Anne). Esas obras nos permiten comprender que, además de ser “temblorosas como gorriones perdidos en el invierno y, al mismo tiempo, inmensas como aves gigantescas que pudieran sobrevolar el mundo y abarcarlo amorosas entre sus alas” (p.201), fueron también espléndidas narradoras, que se han incorporado por derecho propio a la historia de la literatura universal.

Ángeles Caso, moviéndose con habilidad y con brillantez entre los terrenos de la veracidad y de la fantasía (es historiadora y es novelista), nos regala un volumen fascinante, meticuloso en el dibujo de los paisajes, finísimo en la penetración psicológica de sus retratos y muy elegante en su plasmación literaria.

domingo, 27 de agosto de 2023

Palabras que son átomos de un gas venenoso

 


A veces, el éxito de un libro (y pongo en cursiva la palabra “éxito” para que todo el mundo entienda que me refiero a una noción comercial alejada de todos los estándares literarios: número de ventas, repercusión en los medios de comunicación, etc.) depende de circunstancias que nada tienen que ver con la calidad intrínseca del texto. Tomaré como ejemplo el volumen Palabras que son átomos de un gas venenoso, publicado por el sello Liliputienses y firmado por Los KFGC, que vio la luz en España pocas semanas antes de que explotase (ay) la nefasta pandemia del coronavirus, que con toda seguridad frenó muchas de las posibilidades del tomo. Son 331 páginas de pura explosión creativa, en las que un colectivo burbujeante, innovador, joven, aguerrido y atrevido, formado por varios autores (los textos de presentación están firmados por Ánuar Zúñiga, Gerardo Ocejo, Rodrigo Román, Andrei Vásquez y Jorge Sosa, pero se invocan igualmente los nombres de otros componentes, como Jorge Alberto, Jorge Armando u Oliver Ayrí), juega con las palabras, con el surrealismo, con la música, con las imágenes, con el humor, con el sexo, con las nociones sacrosantas (familia, patria, religión) y con todo lo habido y por haber. No parecen existir límites para su ebullición de verso y prosa, para sus proclamas de vida y rebeldía (“No hagas caso a los maestros, / las únicas opciones / son ser ninja o burócrata”), para sus viñetas líricas y visuales (“Dormir enredado en las sábanas de un hotel sin saber que la mujer que duerme junto a ti está muerta”), para sus metáforas tristes (“En la esquina un hombrecito verde y luminoso me avisa que tengo doce segundos para cruzar la calle. Lo miro caminar cada vez más rápido dentro de su círculo negro, no sabe que nunca llegará a sitio alguno. Quedan siete segundos, camino junto al hombrecito verde. Si todo sale bien, caminaré junto a él dos veces al día durante los próximos treinta y cuatro años, hasta que me retire. Tampoco llegaré a ningún lado”) o para sus escenas familiares reinterpretadas (“Cada año, después de soplar las velas, / cuando aprietas el cuchillo, / la gente canta más alto / para que no escuches / la voz en tu cabeza / gritando que el pastel eres tú”).

Este libro, que reúne varios años de investigación poética y de roturación de caminos, lo tiene todo para convertirse en un hito editorial no solamente en España, sino en el ámbito hispanoamericano. Y “cuando me toque devolver el carbono” (copio un verso de la página 147) sé que me sentiré muy feliz de haberlo paladeado, porque (y ahora copio otro de la página 35) “provocó una explosión de astillas en mi sangre”.

ESPECTACULAR.

viernes, 25 de agosto de 2023

Rescate en el tiempo (1999-1357)

 


Que yo recuerde, solamente tengo una máxima literaria, que procuro respetar de forma escrupulosa: no prejuzgar. Ni de forma positiva, ni de forma negativa. Ese autor al que etiquetan de nefasto o risible no recibirá esos dicterios de mí hasta que no recorra un par de libros suyos y me muestre conforme con el juicio de otros lectores. Ese autor al que asperjan con agua bendita no la recibirá de mi hisopo hasta que yo mismo devore sus obras y coincida con el juicio general. Me parece un criterio bastante razonable, que aplico tanto a poetas minoritarios como a novelistas superventas. En este caso, me he decidido a sumergirme en una larga narración de Michael Crichton, que se titula Rescate en el tiempo (1999-1357) y que me ha fascinado. Sus detractores argüirán que carece de los primores literarios de más encumbrados novelistas (yo qué sé: Kundera, García Márquez o James), o que resulta evidente su intención de atrapar a los lectores con el puro magnetismo de su trama. Pero mi respuesta sería igual de tajante: ¿y qué? Resulta evidente que Crichton se plantea esta obra como un ejercicio de seducción, como un artefacto para atrapar, casi cinematográficamente, a sus lectores; y a fe que lo consigue. Era lo que me ofrecía y es lo que acepto. El pacto narrativo es nítido: yo le pido que me convenza y Crichton lo hace. Resultado: un libro espléndido (a mi juicio).

De forma muy sintética, su tronco argumental se basa en una idea en apariencia descabellada: que la ciencia, apoyándose en criterios de la mecánica cuántica, es capaz de hacer posibles los viajes en el tiempo. Y un multimillonario excéntrico emplea todo su ingente capital en una empresa tecnológica que se mueve en esa línea y que lo logra. Desde entonces, comienzan los problemas, porque quienes se embarcan en esos experimentos se arriesgan a sufrir los riesgos que acechan a todos los pioneros. Entre ellos, el de quedarse atrapados en el pasado, cuando las máquinas transportadoras se estropeen. Es lo que le ocurre al profesor Johnson, que se desplaza hasta 1357 y que, por un error de navegación, necesita que un equipo de rescate acuda en su auxilio. A partir de entonces, resulta fácil imaginar el corpus central de la novela, que se desarrolla en dos planos: la actualidad (los esfuerzos del equipo científico para reparar las máquinas y conseguir que los aventureros temporales retornen al presente) y el pasado (donde la peste negra, los caballeros sanguinarios, los castillos inexpugnables, el idioma arcaico y el estado perpetuo de guerra los pondrán continuamente al límite de la muerte). Es fácil comprender que la adrenalina correrá por las venas del lector durante las casi seiscientas páginas del libro.

Y un último (y no pequeño) detalle: Crichton no se limita en este volumen a realizar un descomunal esfuerzo de documentación, como es habitual en este tipo de libros, sino que ese despliegue se desdobla en dos líneas igual de intensas, porque tiene que hacernos creíble el experimento, utilizando terminología y conceptos tecnológicos de primera línea, sin incurrir en inexactitudes, pero también debe ambientarnos con detalle en los usos culinarios, políticos, arquitectónicos o militares de la Edad Media. Asombra ese doble y espectacular tarea, que Michael Crichton resuelve con eficacia.

A mí me ha convencido el trabajo del autor. Repetiré.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Angelina o el honor de un brigadier

 


Una vez más (y las que quedan, espero) retorno a la literatura de Enrique Jardiel Poncela, uno de mis humoristas favoritos. Y lo hago en esta ocasión con su obra paródica Angelina o El honor de un brigadier, donde la incisiva pluma del autor nos invita a adentrarnos en un ambiente de 1880. Allí nos encontraremos con una serie de personajes que, bajo su aparente capa de seriedad, honorabilidad y status, resultan hilarantes en las manos del madrileño. De un lado, tenemos a don Marcial, el brigadier, un hombre campanudo, al que rodean dos mujeres más bien problemáticas: su esposa (que le está siendo infiel con el atildado Germán) y su hija Angelina (que está a punto de casarse con el ridículo petimetre Rodolfo). El problema se enturbiará cuando el amante de la madre… decida concentrarse en la hija. La muchacha, tan coqueta como inestable, admitirá el acoso del galán y se fugará con él; pero pronto comprenderá que las promesas escuchadas no tienen visos de cumplirse. Y, veleidosa, le formula la orden de devolverla a sus padres, para retomar la relación con Rodolfo, a quien intentará convencer de que fue raptada. Esa columna argumental, llena de vigor, situaciones equívocas, chistes ingeniosos y dobles sentidos, alcanzará su cumbre cuando el brigadier, decidido a defender el honor de su hija, rete a duelo al desahogado muchacho; porque todos los indicios le hacen descubrir que también ha sido el amante de su esposa.

Este drama de textura cenagosa y difíciles rumbos (¿cómo se perdona a quien te ha traicionado? ¿Con qué ojos se mira al ofensor, sin que la sangre hierva y las lágrimas inunden los ojos?) es conducido por Enrique Jardiel con mano sabia y humor saltarín. Eso lo libera de la típica pesadez calderoniana y, por instantes (hay burbujas psicológicas de muy notable calado, sobre todo cuando don Marcial reflexiona sobre la temperatura de su corazón), obliga a los lectores a sonreír, aunque el tema sea tan serio y tan amargo.

No voy a descubrir ahora (lo hice hace años) que Jardiel era un excelente escritor humorístico; pero lo que sí descubro en esta obra en verso es la aparentemente inagotable versatilidad de sus recursos. Y seguiré explorando otros libros suyos. Lo tengo muy claro.

lunes, 21 de agosto de 2023

El cupón falso

 


Algunos actos de nuestra vida acaecen sin generar consecuencias, pero no ocurre así, de ninguna manera, con el cupón que falsifica Mitia por consejo de un amigo. El muchacho necesita dinero para pagar una deuda, su padre es un hombre estricto que no quiere adelantarle esa cantidad… y la tentación que le pone ante los ojos su amigo Majin es muy poderosa: con una pluma, añade un 1 delante del 2’5 del cupón y aumenta así diez rublos de su valor. Una pequeña gamberrada de jóvenes, si se quiere, pero que tendrá consecuencias apocalípticas en manos de Lev Tolstói, quien usa este arranque argumental para urdir la historia de El cupón falso, que traduce Víctor Gallego e ilustra Ana Pez (Nórdica Libros).

Moviéndose de mano en mano, ese cupón falso genera un efecto “bola de nieve” absolutamente abrumador: personas que se sienten engañadas y que optan por engañar a otros, personas que se abalanzan por el camino oscuro y cometen crímenes, personas que pierden toda confianza en el ser humano y se dedicarán a sembrar el mal por donde vayan… Pero también (porque al efecto “bola de nieve” sucede el efecto boomerang) personas que descubrirán la luz de la fe (sobre todo a través de la lectura de la Biblia) y que enmendarán los yerros de su existencia para adentrarse por un sendero distinto. Tolstói nos invita así a que lo acompañemos por un viaje circular, que se inicia con el desaprensivo adolescente Mitia y que culmina años más tarde con el ingeniero Mitia. Un viaje que, obviamente, presenta inequívocos tintes morales y nos obliga a reflexionar sobre la condición humana y sobre los efectos de nuestras acciones, por nimias que nos parezcan a simple vista.

Es curioso. Pasan los años, cambian los gustos, sufren una evolución drástica los intereses de los lectores; pero los genios (Tolstói lo fue) permanecen con su brillo intacto. A esa eternidad la llamamos Gloria.

sábado, 19 de agosto de 2023

El hotel de los cuentos

 


Tras una experiencia no del todo satisfactoria con Carme Riera (leí y reseñé aquí su obra El verano del inglés, que me pareció un volumen para pasar el rato y poco más), he decidido volver a intentarlo con El hotel de los cuentos. Para mi alegría, he descubierto bastantes relatos que me han dejado buen sabor de boca, bien por sus toques de humor, por su construcción narrativa, por su final espléndido o por la elegancia con la que la escritora crea y conduce a sus personajes. Me siento muy feliz de este giro positivo. Suelo conceder una segunda oportunidad a todo aquel escritor al que, habiendo leído elogios sobre su obra y habiéndome adentrado en ella, no he terminado de encontrarle la brillantez en la primera aproximación. Siempre pienso que la culpa puede ser mía o de las circunstancias de esa lectura inicial.

En El hotel de los cuentos (Alfaguara) he conocido a una mujer que se excita con la voz telefónica de un hombre desconocido (“As you like, darling”); he escuchado la historia del escritor que, sabiéndose limitado, decide casarse con una autora famosa para ser “famoso consorte” y que, no consiguiendo su objetivo, opta por otra solución más drástica y divertida (“La seducción del genio”); he avanzado con una sonrisa, y finalmente con los ojos muy abiertos, por las cartas de amor de una adolescente (“Querido Thomas”); he sentido ternura por la ingenuidad casi delibesiana de un anciano que responde con todo el candor del mundo a las cartas comerciales que recibe (“Letra de ángel”); no he podido evitar un gesto de desdén ante el tipo (putero e imbécil) que protagoniza “La novela experimental”; he aplaudido en cada párrafo de “Que mueve el sol y las altas estrellas”, por su fina textura psicológica y su elegante cierre; y me he mostrado conforme con el espíritu que preside el relato “El alma de Moncho”, uno de los últimos del tomo.

El hotel de los cuentos y otros relatos de neuróticos me ha deparado dos jornadas preciosas de literatura; y eso me hace feliz. Seguramente mi primera incursión en la prosa de Carme Riera empezó por el lugar equivocado. Nunca es tarde para rectificar.