jueves, 29 de junio de 2023

El estado de la unión

 


Tom es un hombre de letras, que siempre ha sido fanático de Dylan, planea escribir un libro y, aunque actualmente se encuentra en paro, ha trabajado durante algún tiempo como crítico musical. Louise es médica (su especialidad es la gerontología) y adora leer por las noches en la cama. Llevan casados quince años, tienen dos hijos y su vínculo amoroso se encuentra en un punto de inflexión desde el momento en que él descubrió que ella le estaba siendo infiel. De hecho, Tom ha decidido irse de la casa durante un tiempo. Necesita pensar. Necesita saber qué siente y cómo afrontar el futuro. Pero ninguno de los dos se resigna a arrojar la toalla de manera definitiva, así que deciden acudir a terapia de pareja con el fin de clarificar sus sentimientos.

Ese hilo argumental es el que utiliza Nick Hornby en esta recentísima novela que ha publicado el sello Anagrama, en la traducción de Jaime Zulaika. Y conforma con él diez pequeños ovillos (“Un matrimonio en diez partes”, se subtitula la obra) que nos van ayudando a entender la mentalidad, los miedos, las inquietudes, las decepciones, las zozobras, los quebrantos de estos dos seres heridos, que a veces parecen encontrarse en las antípodas (él votó a favor del Brexit y ella en contra) y que a veces parecen almas gemelas. Ambos tienen motivos sobrados para irse y para quedarse, para rendirse y para luchar, para protestar y para pedir perdón, para hablar y para callar, para llorar y para reír… Nos pasaría a cualquiera de nosotros: todos tenemos luces y sombras en el corazón, todos tenemos (como dice la canción de Vetusta Morla) una colección de medallas y de arañazos.

El estado de la unión es una novela intensa y de caminos ásperos, que nos sitúa ante espejos no siempre complacientes, que recomiendo leer de forma reflexiva, sin más testigo que tu propia conciencia. Te removerá.

martes, 27 de junio de 2023

El honor perdido de Katharina Blum

 


En 1981 apareció, con gran explosión mediática a su alrededor, la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez (quien ganaría el premio Nobel al año siguiente); pero en 1974 ya había sido publicada la novela El honor perdido de Katharina Blum, del colonés Heinrich Böll, quien había obtenido idéntico galardón dos años antes. Conecto ambos libros por una razón poderosa: porque, siendo muy similar el “espíritu” que los mueve (la reconstrucción de un homicidio a base de narrar sus acciones hacia adelante y hacia atrás, desmontando el orden cronológico en forma de piezas de un puzle), es justo indicar que la obra del alemán es previa.

Efectuada esa precisión, indiquemos algo más sobre la historia de Katharina. Se trata de una empleada del hogar a quien, de pronto, todo se le pone patas arriba en su vida: por sorpresa (tiene fama de ser austera y algo rígida, hasta el punto de que muchos la conocen como “La monja”), ha dedicado toda una tarde de fiesta a bailar afectuosamente con un hombre llamado Ludwig Götten; y después se ha descubierto que este sujeto, acusado de varios delitos bastante graves, estuvo en la vivienda de Katharina, de donde se fugó de modo misterioso pese a que todas las entradas del edificio estaban vigiladas por la policía. De súbito, ella ha pasado a ser “cómplice” de un delincuente, y el PERIÓDICO (así lo menciona siempre el novelista alemán, con unas mayúsculas entre irónicas y señaladoras) decide convertirla desde ese momento en objetivo de sus sospechas, asechanzas y hasta persecuciones: indagan en su vida privada, lanzan todo tipo de rumores sobre su orientación política y su honradez personal, agobian a su madre (que se encuentra hospitalizada después de una grave intervención quirúrgica)… Ese asedio llega a un nivel tan sofocante que Katharina, pese a su timidez, decide ponerle freno de una forma urgente y expeditiva.

Crítica durísima e inequívoca a los excesos intimidatorios de la prensa (que puede convertirse en persecución aniquiladora), El honor perdido de Katharina Blum es una novela de estructura perfecta y de avance riguroso, gélidamente inapelable y exquisitamente literaria. Me ha fascinado la meticulosidad del lenguaje de Böll y la manera en que sus personajes también se mueven en una atmósfera de rigor semántico y de emociones perfiladísimas. Repetiré con este novelista.

domingo, 25 de junio de 2023

Sonata de otoño

 


Quizá sea hora, treinta años después, de releer e incluir en este Librario íntimo las Sonatas del sorprendente, vertiginoso y elevado Ramón del Valle-Inclán, así que vuelvo a ellas por orden cronológico y disfruto de la Sonata de otoño, publicada originalmente en 1902, que se abre con la carta que recibe Xavier, marqués de Bradomín, en la que su prima y antigua amante Concha le explica que se encuentra en trance de muerte en el palacio de Brandeso y que querría disfrutar de su compañía en los días últimos. Conmocionado por la misiva, el marqués se desplaza hasta allí y, aunque la muchacha está muy desmejorada, extrema con ella su galantería (“Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna”). Desde ese momento, se inicia un período de recuperación pasional y también de remembranza de los años pasados, en el que ambos intentan disfrutar de las mieles postreras de un amor que los empapó siempre, pese a que ella estuviera casada (“con un viejo”) y que él, como impenitente donjuán, no eludiese el coqueteo con otras damas.

Concha despliega ante Xavier su sinceridad más descarnada (“Sólo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepción, y creo que va a concedérmela… Tenerte a mi lado en la hora de la muerte”); y Xavier, elegante e irónico, no puede evitar comparar los tiempos actuales con los pasados (“Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca supe despedirme de otra manera. ¡Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adiós!”). Cuando la muerte por fin acontece, el seductor marqués muestra el temple de su espíritu, pensando más en sí que en la difunta, en un ejercicio de egoísmo que asombra al lector: “¿Volvería a encontrar otra pálida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase siempre magnífico? Ante esta duda lloré. ¡Lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto”.

Sigue gustándome la prosa de Valle, aunque también es verdad que la sobreabundancia de adjetivos la vuelve por momentos sofocante. Séale perdonado ese exceso al excesivo don Ramón.

jueves, 22 de junio de 2023

Lucía

 


No hay forma humana de abandonar una novela de Lola Gutiérrez; ni tampoco de aburrirse con ella. Son tantas las peripecias que zarandean a los personajes, tantas las emociones que atraviesan sus pechos, tantos los diálogos magníficos que la autora esmalta en sus páginas que resulta imposible no experimentar la felicidad de haber elegido, una vez más, un libro suyo. Me ha vuelto a ocurrir con Lucía, su última entrega en la editorial MurciaLibro.

De la mano siempre sabia y siempre brillante de la autora viajamos por Galicia, por el Levante español, por Italia, por Filipinas; conocemos a todo tipo de personajes (desde contrabandistas hasta generales, desde nobles hasta plebeyos); se nos invita a conocer burdeles, barcos mercantes, cafés célebres, mansiones señoriales, plantaciones, puertos marítimos; y se nos proponen varias historias que, por riguroso designio del Destino, terminarán confluyendo muy cerca de la Cartagena natal de la novelista. Es decir, todo aquello que sus lectores conocemos como rasgos distintivos de su narrativa, y que nos embriagan desde hace tiempo. Con Lola es siempre fácil: si has leído una cualquiera de sus obras y ha conseguido tu aplauso, también lo obtendrá la siguiente. Habrá quien sospeche que en mi afirmación existe un pliegue de reproche, y me adelanto a señalar que no es así, de ninguna manera: Jorge Luis Borges decía de sí mismo que era “decididamente monótono”, y me parece que con estas palabras señalaba la virtud más notable de los grandes escritores: ofrecer siempre el mismo mundo a las personas que tienen la gentileza de sumergirse en sus libros. Yo aplaudo esa línea de trabajo. Entiendo que otras personas prefieran una pluma en constante mutación o en continua búsqueda de expresiones diferentes. Perfecto. En mi caso, prefiero que Baroja sea siempre Baroja, que Muñoz Molina sea siempre Muñoz Molina y que Rulfo sea inconfundiblemente Rulfo. Es mi forma de ver las cosas.

Lo que tenemos en las páginas de Lucía es un cúmulo de pasiones, disparos, secuestros, acosos, viajes, identidades perdidas y recuperadas, sucesos históricos mezclados con sucesos imaginarios, reflexiones sobre el amor y el azar y, sobre todo, un burbujear de vida aprisionada con palabras. Lola Gutiérrez sabe muy bien lo que está haciendo y me encanta que lo haga como lo hace: ha sido capaz de construir un modelo magnífico de novela, del que seguiremos esperando en el futuro nuevas muestras. El disfrute está garantizado.

martes, 20 de junio de 2023

En el otro cuarto

 


Todos alimentamos, durante los años de la juventud (y aun después), ambiciones. Y esas ambiciones pueden provocar que, de forma inconsciente, nos alejemos de aquellas cosas, personas o paisajes que estaban destinados a convertirse en el núcleo de nuestra felicidad. Como aquel triste personaje de Las mil noches y una noche buscamos lejos un tesoro brillante y definitivo que, en realidad, se hallaba muy cerca.

Así le ha ocurrido al viajero que, nada más abrirse el telón, vemos entrar en el cuarto azul de un modesto hotel portuario. Trae en su bolsillo una pistola; y, en su corazón, una tristeza que lo animará a usarla contra sí mismo: la amargura de haber abandonado en el cuarto contiguo, veinte años atrás, al amor de su vida. Lo hizo porque la ambición lo animó a embarcarse, buscando un futuro lleno de riquezas, de las que volvería cargado (nunca lo hizo) para reencontrarse con su amada. Ahora, maduro y desengañado además de arrepentido, ha retornado al lugar donde se inició su desdicha, para terminar con todo. Pero las voces que escucha en el otro cuarto (ocupado por una pareja joven que también se despide) lo frenarán. El chico, trasunto juvenil del propio viajero, le está explicando a su novia el impulso que lo anima (“Me dan miedo los árboles tan quietos… Me voy sin querer con cada nube que pasa… Pero las nubes se marchan, se marchan y vuelven siempre… Yo también volveré”); y el oyente arrepentido se estremece, pues esas palabras son casi idénticas a las que él usó dos décadas atrás. ¿Acaso si hablara con el muchacho y le explicara lo que ocurrió con él lograría que no repitiese su locura? Animado por ese objetivo, se acerca hasta el chico y le detalla los pormenores de su yerro, logrando que recapacite y se plantee la posibilidad de renunciar a su alborotado proyecto de viaje. No obstante, puesto que hay una pistola en escena, lo esperable es que sea usada. Y, en efecto, suena un disparo.

Pieza breve, de sólido lirismo y de ardua penetración psicológica, En el otro cuarto nos retrotrae a todas las bifurcaciones en las que tuvimos que optar por un sendero. Tan sencillo como terrible.

domingo, 18 de junio de 2023

El miedo de los niños

 


Pocas cosas hay más terribles, más sofocantes, más tenaces y más angustiosas que los miedos infantiles: esos pánicos y esas obsesiones que, como estigmas, se clavan en el corazón y en el alma. Todos (miente o tiene mala memoria quien se excluya de la nómina) sufrimos alguno, que nos dejó huella. En este relato, que ilustra María Rosa Aránega, redacta Antonio Muñoz Molina y publica el sello Seix Barral, se nos habla de uno de aquellos viejos miedos, centrándose en dos primos llamados Bernardo y Esteban. El primero lleva un aparato ortopédico, desde que sufrió poliomielitis, y dispone de una imaginación siempre activa, que puebla con macabras historias de tísicos que se desplazan en coches oscuros a la caza y captura de niños incautos, a los que extraerán su sangre para entregársela a los enfermos que pueda pagarse ese sanador comercio clandestino; el segundo es su fiel acompañante, que vivirá siempre atenazado por el terror que su primo le inocula con sus historias y que tragará saliva cuando algún indeseable se siente a su lado en el cine y, con paralizante frialdad, deposite su mano adulta sobre los muslos y la bragueta infantil.

Ese universo de pánicos adquirirá unas dimensiones espantosas cuando, hallándose Esteban enfermo en su cama, su primo Bernardo desaparezca a la salida del colegio y sea encontrado, con fiebre y agitadísimo, muchas horas después. Una vez a solas, le dirá a un asombrado Esteban que tuvo un encuentro feroz con un hombre y que, por fortuna, logró golpearlo hasta darle muerte. ¿Qué ha ocurrido, en realidad? ¿Es cierto que Bernardo ha cometido un crimen? ¿O se trata de una mentira que esconde hechos más tristes y bochornosos?

Con la pericia a la que nos tiene acostumbrados, Antonio Muñoz Molina esculpe para nosotros una historia ancestral sobre la congoja, el desconcierto y la extrema vulnerabilidad del ser humano durante su infancia, ese tiempo de canicas, sombras amenazantes, mochilas viejas, noches de pesadilla y vergüenza, que en sus manos se convierte en una joya lánguida, melancólica y memorable.

viernes, 16 de junio de 2023

El amor del gato y del perro

 


Dos personajes (un hombre y una mujer) le bastan a Enrique Jardiel Poncela para mantenernos pegados a las páginas de la obra teatral que titula El amor del gato y del perro. Ambos se encuentran en una pequeña salita y dialogan de una forma muy seria e intensa, porque ella (Aurelia) es una muchacha obsesionada con la idea de ser feliz y él (Ramiro) es un novelista de éxito, al que la joven recurre para interrogarlo sobre la forma de conseguirla, suponiéndolo un perfecto conocedor del corazón humano. Apenas más. Jardiel era tan brillante (fue nuestro Oscar Wilde) que no necesita más soporte argumental para ir hilvanando opiniones de gran lirismo, toques de humor y sutiles análisis del alma.

“La felicidad” (le dice a Aurelia) “es una postura del espíritu”. Le dice también que el amor se inicia ineludiblemente como atracción física y que la causa de la mediocridad de los bípedos implumes hay que buscarla en su origen (“Eva fue blanca, y Adán fue negro, y la unión de ambos ha producido una Humanidad gris”). Pero posiblemente el momento más conmovedor de la pieza acontece casi al final, cuando Ramiro detalla su teoría sobre los animales domésticos: si adoras a los gatos es porque perteneces al grupo de personas que necesita amar; mientras que si prefieres aproximarte a los perros es señal inequívoca de que necesitas ser amado. Aurelia, asombrada por este peculiar análisis, le plantea una duda: ¿y si no sientes predilección por ninguno de esos dos animales? ¿Qué ocurre si ambos te resultan indiferentes? Ramiro abre unos ojos como platos y emite su dictamen: “Gentes siniestras” (expele) “Huya usted siempre de esas gentes: son las basuras de la Humanidad”.

Un diálogo encantador, equilibradamente serio y cómico, de gran fuerza teatral, que nos devuelve al gran Enrique Jardiel, del que nunca conviene distanciarse demasiado.