martes, 28 de febrero de 2023

En la otra habitación

 


Una madre y una hija, frente a frente. Son (y se saben) muy distintas. La madre, Paula, es una mujer que ha saltado los cuarenta, es profesora de Arte Dramático y sigue siendo muy atractiva. La hija, Amanda, tiene exceso de peso, viste de una forma desaliñada y exhibe la hurañía de quien no es feliz, porque se minusvalora. Existen entre ellas viejas cuentas sin resolver, que la situación dramática de En la otra habitación pone de manifiesto desde sus primeras páginas: cuando Paula le confiesa a su hija que está esperando a un amante (el primero con el que piensa engañar a su esposo), Amanda mostrará su rechazo, su perplejidad y su ira, que se acrecienta cuando se entera de la identidad del chico: un alumno de tercero de Dirección. ¿Cómo es posible que su madre esté dispuesta a arriesgar la estabilidad de su matrimonio… por un gilipollas (es el sustantivo que la joven emplea)? En el diálogo, tenso, cortante, ofensivo, que se desarrolla entre ellas descubriremos los traumas de infancia de Amanda, su actual bulimia, el desprecio que siente por esos hombres que no ven más allá de lo físico; y también descubriremos cómo Paula ha ido tramando su relación con Mario, cómo se ha ido endureciendo desde el punto de vista personal y profesional para alcanzar el éxito en un mundo de hombres dominantes… Y en medio, como una bisagra, la presencia de Mario, que las vincula de un modo mucho más directo de lo que Paula podía imaginar al principio de la conversación.

Paloma Pedrero consigue, no solamente dibujar a la perfección dos maneras de enfrentarse a la existencia, sino dos temperamentos que, nutridos por la misma sangre, pero distintos (y distantes) en todo lo demás, se ven abocados al choque.

Absorbente y desasosegante.

domingo, 26 de febrero de 2023

La caída

 


Una amalgama de relatos de Thomas Mann conforma el volumen titulado La caída, que leo en la traducción de J. A. Bravo y J. Fontcuberta, publicada por Luis de Caralt (Barcelona, 1978). Y utilizo con plena conciencia el sustantivo “amalgama”, para aludir a la condición heterogénea de estas narraciones, que oscilan entre la solidez más embriagadora y la inanidad más desconcertante. Se me podrá argüir que tal desequilibro no resulta extraño en muchos tomos de este formato, y no seré yo quien lo desmienta; pero me permitiré recordar que nos encontramos ante un premio Nobel (1929) y que la diferencia entre las primeras y las segundas resulta demasiado aparatosa.

Me ceñiré, por una elemental cortesía (Mann se ganó mi respeto hace años y no lo van a erosionar algunas páginas fallidas), a aquellas producciones que se me antojan más logradas. Me refiero a “La caída” (donde se nos habla de un fervoroso enamoramiento, que termina estrellándose contra la grosería nauseabunda del sexo venal), “La muerte” (inquietante historia protagonizada por un conde viudo que se obsesiona con la certidumbre de que la muerte lo golpeará, sin falta y con exactitud, el 12 de octubre), “Voluntad de vivir” (la terca resistencia que un joven ofrece a las asechanzas de la enfermedad, porque dispone de un motivo amoroso y vengativo que lo sustenta), “Tobías Mindernickel” (que sorprende por su densa textura psicológica) o “Luisita” (donde sentimos una profunda lástima por el elefantiásico abogado Jacoby, al que su mujer veja de un modo inicuo, pese a la ternura constante de su amor).

Alejada de efusiones sentimentales y de adjetivaciones vistosas, la prosa de Mann despliega en estos relatos un alto poder de sugestión, que te lleva de la mano hasta su delta. Admirable.

viernes, 24 de febrero de 2023

Las Meninas

 


Nos situamos a mitades del siglo XVII, en la ciudad de Madrid. Una parte de la Corte de Felipe IV se encuentra agitada y molesta con don Diego Velázquez, pintor amado y protegido por el monarca, quien acaricia la idea de pintar un lienzo que muchos juzgan provocador, en el que una infanta quedará retratada junto a sus sirvientas, sus enanos (Mari Bárbola y Nicolasillo) y un perro. Los reyes, qué osadía, apenas serán visibles en la imagen borrosa de un espejo. Y el propio Velázquez quedará inmortalizado como figura notoria del cuadro. Para impedir esa indigna falta de respeto y esa evidente soberbia se movilizan todo tipo de figuras: pintores rivales que envidian su talento y su posición en la Corte (Angelo Nardi), familiares que buscan su descrédito para medrar (José Nieto), religiosos que no dudan en recordar su afición por pintar mujeres desnudas (un dominico) y hasta algunos nobles que lo consideran inadecuadamente cercano al rey (el marqués). Frente a todas esas asechanzas virulentas y codiciosas, don Diego apenas cuenta con el apoyo de la infanta María Teresa (que lo admira, pero que poco puede alzar la voz frente a la ceguera de su padre) y a la balbuciente fe de su esposa Juana (que lo quiere, pero que se encuentra zarandeada por la sospecha de que Diego le fue infiel en Italia con alguna de sus bellas modelos). Lo que está en juego es la creación (o prohibición) del futuro cuadro “Las Meninas”.

Con esta excepcional obra dramática, Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916) nos ofrece una visión profunda y descarnada de aquella España podrida, en la cual el rey se dedicaba al ejercicio de la caza y a engendrar hijos bastardos; sus consejeros desviaban o despilfarraban los caudales públicos para mantener una farsa de prosperidad; el pueblo moría de hambre, atosigado por crecientes impuestos, sin que le resultase permitida ni siquiera la protesta; los dignatarios eclesiásticos se solazaban en la impunidad y en el control de la vida moral del país; y el resto de Europa, descubiertas las fisuras del otrora gigante hispánico, comenzaban a tomar posiciones para suplantarlo en su lugar hegemónico. Pero también nos pasea por el alma y por los ojos de un pintor único, mostrándonos sus inquietudes, sus firmezas, sus temores, sus búsquedas estéticas (cuando Nardi le recrimina que una parte de sus retratos sea nítida y detallista, mientras que el resto queda un poco difuminado, Velázquez responde con una aguda precisión artística y oftalmológica: “Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver”).

Pintor y dibujante en sus inicios (y de notable técnica), Buero Vallejo realiza una brillante inmersión en el espíritu de Velázquez y nos regala un drama de altísimo valor, lleno de ternura y tragedia, que figura entre sus obras más notables.

miércoles, 22 de febrero de 2023

El lector del tren de las 6.27

 


Guibrando Viñol es un muchacho de 36 años que lleva toda la vida bajo la losa de su nombre ridículo, que se presta a todo tipo de deformaciones y juegos tontos de palabras. Habita en una pequeña vivienda, con la única compañía de un pez rojo (al que alimenta con cariño y al que le cuenta los detalles de su día a día). Trabaja en una fábrica y se ocupa de activar y mantener en funcionamiento una horrenda máquina Zerstor 500, que destruye libros con una eficacia y una voracidad aterradoras. Sus dos únicos amigos son Giuseppe (que perdió sus piernas en un grave accidente dentro de la Zerstor) e Yvon Grimbert (que recita siempre versos dodecasílabos, de alta sonoridad). Y su única distracción consiste en leer en voz alta, en el vagón de cercanías que utiliza para ir a la fábrica, las pobres páginas que consiste rescatar del interior de la Zerstor, milagrosamente intactas. Así es la vida de Guibrando: monótona, insatisfactoria, solitaria y mentirosa (su madre cree que trabaja en una imprenta, como auxiliar de publicaciones).

Pero basta un pendrive, un simple pendrive encontrado en el vagón de manera fortuita, para que la vida de Guibrando experimente un vuelco, porque la persona que lo ha perdido (que se identifica como Julie) ha almacenado en esa memoria USB setenta y dos archivos de texto donde consigna anécdotas de su vida como limpiadora de lavabos en unos grandes almacenes. Tras leerlos varias veces, el tímido Guibrando comienza a obsesionarse con esa chica, a la que le gustaría conocer: su amigo Giuseppe, postrado en una silla de ruedas y obsesionado a su vez con la adquisición de todos los ejemplares que existan del libro Jardines y huertos de antaño, de Jean-Eude Freyssinet (la razón tendrá que averiguarla quien lea la novela, y les aseguro que es fascinante y conmovedora), se dispone a ayudarlo en esa búsqueda.

Un relato dulce y bronco a la vez, ilusionado y amargo, El lector del tren de las 6.27 (que traduce Adolfo García Ortega para Seix Barral) es una obra que te lleva de la sonrisa a las lágrimas, de la emoción al desconcierto, y que al final se tiñe de ternura, en un tirabuzón quizá algo candoroso, pero de alta eficacia.

Léanla.

lunes, 20 de febrero de 2023

Las flores radiactivas

 


A mí, los libros de Agustín Fernández Paz me gustan mucho. Vaya esa declaración (tan aclaratoria como rotunda) por delante. Tres de ellos los he reseñado en mi blog: Tres pasos por el misterio (2009), Mi nombre es Skywalker (2020) y Las fronteras del miedo (también en 2020). Y algunos más pasaron por mis ojos antes de que dispusiera de este lugar en el que anoto mis comentarios. Así que cuando cayó por mis manos hace unos días la novela juvenil Las flores radiactivas no me lo pensé ni un minuto: tenía que leerla. Y así lo he hecho.

El problema es que, ay, me ha defraudado. Quizá porque se trataba (lo he descubierto después) de su primera publicación; quizá porque mis expectativas eran demasiado altas; quizá porque su ñoñería me ha resultado chirriante. No lo sabría precisar. Tal vez se trate de una mezcla de factores. La idea de partida era, para qué decir otra cosa, muy buena: la aparición de una extraña fosforescencia que llama la atención de las autoridades en una zona de alta mar donde, durante años, se han vertido centenares de bidones de productos radiactivos. ¿Acaso se han roto algunos de esos bidones y se ha producido un escape contaminante? ¿Es peligrosa esa luz que abrillanta el mar y es visible desde centenares de metros de distancia? Pescadores, ecologistas y hasta militares se encuentran nerviosos y se empeñan en descubrir (cada grupo a su manera) el origen y el alcance de esa inquietante fosforescencia, sobre la que se formulan todo tipo de suposiciones.

Hasta ahí, bien.

El problema es que el autor resuelve el enigma por la vía más absurda, indicando que se trata de una gran acumulación de flores, que absorben y neutralizan la radioactividad, pero que emiten un aroma embriagador, que produce un extraño cambio en quienes lo aspiran. En ese punto, la narración se le va de las manos a Fernández Paz, que se desliza hacia una fantasía adolescente de pocos quilates. Agradable, sí, pero de un candor que raya en la idiocia y de un maniqueísmo casi insultante: todos los militares son malos, perversos, retorcidos, crueles, sádicos y pretenden destrozar el mundo, mientras que todos los ecologistas son ángeles de bondad inmarcesible, honestos, inmaculados y rectísimos. El resultado es burdo, sobre todo porque la presunta justificación de que la novela está dirigida a un público de edad reducida no redime ni mejora un planteamiento simplista que, siendo a veces disculpable, peca aquí de excesivo.

sábado, 18 de febrero de 2023

Los ojos de la noche

 


A veces, cuando la desesperación alcanza su máxima altura dentro de nosotros y las lágrimas son tan abundantes y espesas que ni siquiera se deslizan por nuestra cara, elegimos un sendero turbulento o irreversible en el que adentrarnos; un camino que, a pesar de su condición ríspida, se nos figura el único viable. En esos instantes, nada tienen que decir el cerebro, la sensatez o la cordura, porque es el desgarro el que se apropia de la voluntad, es la desesperación la que enarbola sus banderas.

Una mujer madura y con buena posición económica, infeliz en su matrimonio y huérfana de afectos, ha decidido contratar a un muchacho ciego y se lo ha llevado a la habitación de un hotel. No busca la animalidad primaria del sexo, no quiere deslizarse por el grotesco tobogán del engaño. Quiere algo más: ser escuchada. Que un ser sin ojos, pero con oídos, se convierta en el recipiente sobre el que verter su frustración, su soledad, su desconcierto. Pero la ceremonia no va a celebrarse del modo en que ella previó, porque el muchacho, refractario a su condición pasiva o ancilar, le formulará preguntas, la obligará a explicarse, la observará. Así que el aterrador propósito que ella acariciaba en secreto para el final del día (y que descubrimos en las páginas postreras) sufrirá una mutación imprevista.

Dueña de una capacidad casi hipnótica para introducirse en el alma de sus personajes y desnudarlos ante nosotros (y ante sí mismos), la dramaturga madrileña Paloma Pedrero nos ofrece en esta intensa pieza una dura reflexión sobre el modo triste (y quizá inexorable) en que las ilusiones se marchitan y nos dejan como único regalo su niebla pegajosa. La mujer (quien simbólicamente se llama Lucía) ya no disfruta de un cuerpo terso y juvenil; y ha perdido, además, toda lujuria con respecto a su esposo, figura que adopta líneas de paisaje. Pero el muchacho (quien simbólicamente se llama Ángel) es capaz de atravesarla con sus ojos vacíos y revelarle pliegues escondidos y emociones larvadas que ella, sin saberlo, portaba en el alma. Es difícil escenificar con más brillantez el encuentro (combate y caricia) entre dos corazones.

Paloma Pedrero, siempre lúcida y memorable.

jueves, 16 de febrero de 2023

La traición

 


Finn, Sara, Anne y Miguel son unos jóvenes que viven en la isla Alegría, en pleno Trópico, desde que esta propiedad fue puesta en sus manos por el capitán Mandayville. Y la gran alteración de sus vidas se produce cuando a la costa llega un náufrago moribundo, cuyas últimas palabras aluden a un halcón de oro y piedras preciosas que perteneció al emperador Carlos V, que permanece desde hace décadas en paradero desconocido y que ahora puede ser recuperado. Como se puede observar, un planteamiento muy sugerente que sirve como arranque para esta novela juvenil que, con el título de La traición, firma Paul Thiès, traduce Ana Mª Navarrete Curberlo y publica Edelvives. Y ahí, me temo, se acaban los primores de la obra, porque el resto está desdibujado, resulta confuso, incurre en lo inverosímil o provoca el enarcado de cejas de los lectores. ¿Un muchachito que fue rescatado de su condición de esclavo y que ahora recita largos fragmentos poéticos de John Donne (p.22), prepara banquetes “dignos de Lúculo” (p.41) y cuando ve a la chica amada siente que “Shakespeare, Ronsard o Petrarca hablan en mi lugar” (p.83)? ¿Un muchachito que se fuga de un campamento de esclavos porque consiguió ocultar belladona en polvo entre su pelo, preparó un veneno para distraer a sus captores y luego encontró un oportuno objeto metálico en pleno manglar, con el que fabricó una sierra para separarse de sus cadenas? Se podrían aducir más ejemplos, pero estimo que incurriría en la saña.

Creo que la existencia de ese halcón legendario, ahora escondido en un lugar que dos manuscritos protegen, daba para más (para mucho más) de lo que Thiès logra en sus páginas, en las que se frena y se acelera sin medida, en las que todos sus personajes varían de textura emocional como dando brincos y en la que incluso el descubrimiento de la joya provoca bostezos en el lector, por la forma grisácea y desmañada con la que describe su recuperación. Es como si las películas de Indiana Jones las hubiera rodado Ed Wood.

No la olvidaré pronto: ya lo he hecho.