sábado, 31 de diciembre de 2022

El rostro de la locura

 


Se puede ser un excelente conocedor de la mente humana y utilizar esos conocimientos para construir personajes como Ángel Salazar, un psicópata que aún no ha llegado a la mayoría de edad y que, amparado por esa condición, dispone de un alto margen de maniobra para cometer todo tipo de atrocidades. Se puede, también, ser un excelente narrador y trabar con pericia los materiales novelescos para urdir una historia magnética, llena de analepsis y prolepsis (para los que saben inglés, una estructura con flashback y flashforward: moverse hacia adelante y hacia atrás en el tiempo narrativo, anticipando hechos que luego cobrarán sentido o explicando los que ocurrieron antes). Se puede, en fin, controlar un registro léxico tan rico como accesible, con el que todos los lectores (desde el más exigente hasta el más convencional) disfruten. Pero poseer todas esas habilidades al mismo tiempo es, aparte de una rareza, un auténtico abuso. En este caso, el abusón se llama José Antonio Jiménez-Barbero; y ha vuelto a tenerme pegado a su libro durante dos días, para descubrir cuanto antes la solución a la enigmática sucesión de muertes que se producen en la obra El rostro de la locura, segundo tomo de su Trilogía del Psicópata.

He disfrutado (y he padecido) con la portentosa disección de su protagonista, al que ya conocí en las páginas de Confesiones de un psicópata adolescente. Me ha llevado de la mano por los pasillos del hospital Florence Nightingale. Me ha puesto frente a drogadictos en rehabilitación, chicas con anorexia, maníacos y otros personajes con patologías severas. Me ha intrigado (policialmente) con las suposiciones sobre la identidad del culpable de las muertes. Y me ha maravillado, de principio a fin, por el espléndido uso de las narraciones complementarias que despliega en esta novela: es decir, que un mismo episodio (la llegada de Ángel al centro asistencial, la partida de ajedrez que lo enfrenta con Marta Savater, etc) sea desmenuzado desde la mente de dos protagonistas distintos, lo que nos suministra a los lectores una mirada más rica, casi panóptica, sobre los hechos.

José Antonio Jiménez-Barbero es un narrador musculoso, que maneja con gran habilidad los procedimientos narrativos y que muestra una contundente eficacia a la hora de sumergirse bajo la piel de personajes tan distintos como irresistibles. No tardaré en sumergirme en las páginas del volumen que cierra la trilogía.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Voces detenidas

 


Me apetecía enriquecer las lecturas navideñas con Dionisia García y he acudido a los aforismos que concibió durante el período comprendido entre 1993 y 2003 y que se encuentran reunidos en el volumen Voces detenidas. Aquí descubro las alígeras ramas de un árbol frondoso y lúcido, en el que crecen todo tipo de hojas, flores y frutos, que han embriagado mi vista y mi paladar. Con pocas pero recortadas palabras, la escritora reflexiona sobre la insensatez de la violencia humana (“La guerra debería ser impedimento para seguir hablando de otras cosas”); las aritméticas accesorias que nos hemos impuesto como especie (“Qué obsesión de estadística, cuando sólo importa que somos uno”); la ceguera avariciosa de nuestro espíritu, siempre insatisfecho con las posesiones de las que disfruta (“Vivimos de milagro, y todavía nos parece poco”); o el secreto misterioso que escondemos en nuestro interior, y que solamente con paciencia y silencio descubrimos (“A pesar de las dificultades para conseguirlo, ya sé cómo soy, pero no piensen ustedes que lo voy a contar”).

A diferencia de otros volúmenes de aforismos que he tenido la oportunidad de leer, en este de Dionisia García no creo que la búsqueda de la brillantez formal o de las paradojas se encuentre en la primera línea de sus intereses. Por el contrario, late de continuo en sus páginas la sensación de que la escritora persigue las grandes verdades sencillas, decantadas por la observación y el tiempo: la memoria tranquila del ayer, que más que contemplado con melancolía amarga parece observado con serena placidez (“¿Quién recuerda la última noche de la juventud?”); las reflexiones sobre Dios, el universo, la amistad o la vida humana; o la inclusión de pequeñas secuencias que, en mi opinión, participan del espíritu de los microrrelatos (“La bailarina salió del teatro al amanecer con una sola zapatilla”).

Anota la escritora, en el aforismo 86 de la sección “La mirada insistente”, estas palabras luminosas: “A pesar de los infortunios, antes de morir aplaudiré por haber vivido”. Sus lectores, sin duda, aplaudiremos también porque Dionisia García haya vivido y porque haya tenido la generosidad de mostrarnos sus obras.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

La llamada de lo salvaje

 


Buck vive una existencia placentera en la hacienda del juez Miller: pasea, toma el sol, se enfada con los mimados Toots e Ysabel, juega con los hijos del juez… Pero su problema es que es un perro (hijo de un san Bernardo y una Collie escocesa) y que, con el estallido de la fiebre del oro, todos necesitan un animal fuerte y de buen pelaje, con el que adentrarse en las tierras del norte. Así que la perspectiva de obtener una buena suma por él hace que el jardinero de la casa lo secuestre y lo venda a unos expedicionarios. A partir de entonces, comienza para Buck una agria aventura que lo hará recibir castigos físicos, experimentar el hambre y el frío extremos y, en suma, retroceder hasta la condición brutal de sus ancestros, que tenían que luchar, engañar, robar o matar despiadadamente para sobrevivir. Tras pasar por las manos codiciosas o estúpidas de unos buscadores de oro, del servicio de correos y de un trío de novatos imbéciles y crueles que lo llevan al límite de la extenuación, conoce por fin a John Thornton, quien lo acoge con todo el afecto del mundo.

Pero cuando podríamos pensar, como lectores, que ese encuentro se convierte en una especie de meta o de reposo para Buck descubrimos la verdad, que es mucho más inquietante: el perro comienza a escuchar en su cabeza la llamada de lo salvaje, el aullido ancestral de la especie, que lo lleva a convertirse en una bestia primigenia: mata ardillas y otros animales para alimentarse; e incluso se atreve a acosar durante varios días, para finalmente acabar con él, a un viejo alce herido. Desde ese momento, Buck retrocede vertiginoso hasta la aurora inicial: se une a una manada de lobos (de los que se convierte en cabecilla tras un sangriento choque con sus miembros principales) y se convierte en una leyenda misteriosa entre los indios yeehats, que son quienes habitan la zona.

Con muchos episodios de poderosa fuerza narrativa (me quedo con el momento en que Thornton engancha al perro para que arrastre un trineo cargado con mil libras de peso y le haga ganar una apuesta; y con esos instantes en los que Buck intuye a los viejos y peludos homínidos con quienes su especie se empezó a relacionar hace miles de años), La llamada de lo salvaje es un hermoso y duro relato que no ha perdido ni un miligramo de intensidad o de interés.

Magnífico.

lunes, 26 de diciembre de 2022

El canto de la juventud

 


Me acerqué hasta la narrativa de Montserrat Roig en el verano de 2019, gracias a su novela La voz melodiosa; y ahora realizo una segunda visita, centrada en el mundo del relato: El canto de la juventud. El resultado vuelve a ser espléndido. La escritora barcelonesa, manejando una prosa lírica y seductora, me ofrece en sus páginas la historia de Zelda, una anciana que vive sus últimas horas en un hospital y recuerda un apasionado encuentro sexual de su mocedad (“El canto de la juventud”); la triste experiencia de Maria, que enviuda en circunstancias harto pintorescas (“Amor y cenizas”); el modo cruel y sangriento en que encuentra la muerte Biel, hijo de una tabernera (“A salvo de la guerra y de las olas”); el fervoroso amor a contracorriente que iluminó la vida de una mujer casada (“Mar”); o (no agotaré el catálogo de los argumentos) la amarga narración sobre unas tumbas perdidas y anónimas de la guerra civil de 1936 (“Madre, no entiendo a los salmones”).

Son relatos de gran poder hipnótico, en los que el lenguaje elusivo desempeña un papel primordial, y donde los matices de cada vocablo, lejos de resultar baladíes, aquilatan el núcleo de cada historia, adornándola con las aristas exactas y el color necesario. Para leerlos despacio y en silencio.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Con mi madre

 


Estoy convencido de que el cuándo y el dónde se lee un libro interviene de forma poderosa en la percepción que tenemos de él. Yo he leído este libro de Soledad Puértolas en vísperas de Navidad, en un día nublado y recordando intensamente a mi propia madre. De tal modo que no sería capaz de afirmar que la obra es, en sí misma, “buena”, porque quizá son demasiado poderosos los condicionantes (las circunstancias, que diría Ortega y Gasset) que lo han rodeado. Tampoco creo que la escritora zaragozana intentara escribir un buen libro, sino una obra que iba mucho más allá: un libro necesario (y me refiero, obviamente, a necesidad personal, anímica, que es quizá la única que importa en estos casos). Desde la primera hasta la última de las páginas, Puértolas nos ha ido entregando un álbum de recuerdos, un balance emocional, un libro de actos y de actas: la enfermedad que la unió durante semanas a su madre en una misma habitación, mientras era niña; el modo en que descubrió la lectura con la gallina petirroja; las fotografías que le siguen recordando los perfiles y modos de aquella mujer elegante, cada vez menos silenciosa, de piernas perfectas y elegancia intrínseca; las estancias en los Estados Unidos o Noruega; el traje de novia que quiso heredar de su progenitora y que, con los nervios y aceleraciones de su propia boda, se le olvidó pedirle; las innumerables cajitas de Saridón que le enviaba su madre para que Soledad tuviese siempre sus medicinas disponibles… y también algunos desencuentros o desavenencias, que la memoria quizá magnifica.

Un tomo tierno, sereno, confidencial, que he leído con agrado y con un punto de inevitable melancolía.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Una investigación laica

 


En ocasiones, los viajes intrascendentes pueden desembocar en situaciones que se tiñen de un color inesperado para sus protagonistas. Es lo que sucede en la novela Una investigación laica cuando varios componentes de la Ertzainza se desplazan hasta Fuenrota, un pequeño pueblecito de la provincia de Burgos, para ayudar a uno de ellos a que vacíe la vieja casa familiar. El anterior propietario, José, fue asesinado en el año 1993, sin que jamás se descubriera al culpable; y los agentes, al comienzo de una forma superficial y después con verdadero ahínco, se obstinan en arrojar luz sobre los hechos, pese a ser conscientes de que en aquella aldea carecen de toda jurisdicción.

Poco a poco, van apareciendo los nombres de los posibles sospechosos, a los que van aproximándose, interrogando y descartando, mientras un temporal de nieve (que de pronto adquiere dimensiones espantosas) los deja aislados. Ahora sí que disponen de todo el tiempo del mundo para rastrear las pistas, que son mucho más abundantes de lo que al principio podían haber pensado.

La última narración de Laura Balagué, fiel a los mecanismos del género, nos va llevando de hipótesis en hipótesis de una forma rápida, y nos facilita posibles móviles y posibles culpables, hasta que llegamos (casi en el borde del precipicio) al sorprendente y doloroso final de la obra.

Si esta Navidad nieva, la ambientación para su lectura será impecable.

jueves, 22 de diciembre de 2022

El almacén de las palabras terribles

 


Todos pronunciamos alguna vez palabras atroces, palabras que hieren o que destruyen, palabras que querríamos habernos ahorrado, pero que una vez lanzadas ya no admiten enmienda y difícilmente pueden ser olvidadas. ¿Existirá algún modo de enmendar el yerro de nuestra impertinencia, de nuestra crueldad, de nuestros exabruptos? Elia Barceló nos invita a la reflexión en El almacén de las palabras terribles, una novela juvenil de construcción deliciosa, en la que desde el principio vamos a conocer a dos chicos muy jóvenes, que han incurrido en la torpeza de agredir a personas importantes para ellos: Natalia le ha espetado a su madre que la odia, y que no quiere seguir viviendo con ella; Pablo, después de un desengaño, ha expulsado de su vida a su mejor amigo, Jaime. Ambos (Natalia y Pablo) acaban confluyendo en un misterioso lugar, al que los ha conducido un anciano de cabellos blancos y ojos de color avellana: una vasta nave en la que descubren, escondidas en frascos, burbujas y otros recipientes, aquellas palabras que, luminosas o turbias, han ido pronunciando durante el transcurso de sus vidas. Como es lógico, los lectores quedamos bastante confusos (aunque embriagados) con el desarrollo de estos acontecimientos. ¿Se trata de un sueño, de una impostura, de una fantasía… o de una realidad? ¿Hasta qué punto llega la tensión simbólica del relato o su condición de verdad “paralela”?

Si desvelase ese punto estaría haciéndole un flaco favor a este libro, que aumenta de belleza, de emoción y de intensidad conforme van sucediéndose las páginas; así que me abstendré de cometer esa inmerecida vileza.

Quédense, eso sí, con un detalle crucial: Elia Barceló es una escritora como la copa de un pino, que sabe componer música con las palabras y tocar con ellas el corazón de quienes se aproximan a ellas. Me entusiasmó en Cordeluna y ha vuelto a hacerlo (en un registro narrativo muy distinto) en El almacén de las palabras terribles. No será mi última aproximación a sus trabajos.