jueves, 24 de noviembre de 2022

Diarios (2)

 



Cuando terminé el primer volumen de los Diarios de Rafael Chirbes, llegué a plantearme la posibilidad de no leer el siguiente tomo. No me movía, desde luego, el desinterés o la decepción: mis días de submarinismo por la primera entrega (“A ratos perdidos 1 y 2”) me depararon muchas gratificaciones estéticas y no pocos aprendizajes literarios. Se trataba de otra cosa. Era más bien una especie de rara vergüenza inexplicable, porque había sido testigo de cómo el narrador valenciano se desnudaba por dentro y por fuera, sin apenas filtros, y eso me había producido (por qué no confesarlo) incomodidad. Pero cuando se anunció la salida de la segunda parte descubrí que mi pudor se había adormecido y que seguían interesándome sus opiniones literarias, sus análisis psicológicos e incluso sus confesiones íntimas (la decadencia de la edad, la amnesia, las amistades rotas). Las sexuales, no tanto. Ni me interesaron en la primera entrega ni en la segunda: es un reducto en el que considero que ni yo ni nadie tenemos por qué entrar, ni siquiera siendo invitados.

En las generosas setecientas páginas del libro hay tres bloques temáticos que, por su condición recurrente, se fijan en la memoria del lector. El primero de ellos son los viajes que emprende (o se resigna a asumir, por motivos profesionales) el autor. Así, lo encontramos en Marsella, en Berlín o en Nueva York, ciudades que va describiendo con los ojos de la inteligencia y jamás con la mirada superficial del turista: sus heridas, sus fases de construcción, sus habitantes, su idiosincrasia, su sociología. Rafael Chirbes es un viajero que sabe observar, no solamente mirar (es curiosa la forma en que él mismo ironiza con esa virtud, explicando que “si para algo sirven estos cuadernos es para demostrar que Chirbes no tuvo el don de la prosa, y muy ajustado el de la observación”, p.437); y nos deja la impresión de que sus pupilas son tan afiladas como su lengua. El segundo bloque se centraría en sus abundantes y variadas lecturas, que cubren un arco temático y cronológico amplísimo, que va desde La Celestina (muy recomendables sus anotaciones sobre el libro) hasta Jonathan Littell (quien acababa de obtener el premio Goncourt por Las benévolas, que nuestro diarista lee en francés); desde Cicerón (al que acude constantemente desde su juventud) hasta Álvaro Pombo (al que define en la página 674 como “el mejor narrador contemporáneo”); desde Rimbaud (“Me parece un jovencito petulante, convencido de que va a escandalizar a su lector, como escandalizaba a su madre. Dice palabrotas, blasfema, habla de placeres (que uno ni siquiera tiene muy claro que conozca). Todo eso nos seducía a los dieciocho años, pero hoy, al menos a mí, me parece cartón piedra”, p.143) hasta Michel Houellebecq (“acaba aburriéndome el último libro”, p.194). Chirbes devora páginas y reflexiona siempre sobre ellas, dejando por escrito sus impresiones, con la cuales se podrá o no estar de acuerdo, pero sobre cuya calidad intelectual no es posible discutir. Y el tercer bloque está integrado por las incontables líneas en las que el diarista nos comunica sus opiniones sobre el mundo de la escritura (“Los escritores debemos hablar menos y escribir más, y cuando nos pregunten nuestra opinión en la radio, en la televisión o en el periódico, pedir a quien nos la pregunta que se lea nuestros libros: ese es exactamente nuestro pensamiento, ahí están nuestras opiniones”, p.34) o la impotencia que siente ante su propia novela, que no consigue redactar de la forma deseable: siempre le encuentra errores, cursilerías, párrafos prescindibles o equivocaciones en la elección del narrador, hasta el punto de llegar incluso a arrojar la toalla (“Decido que la novela no tiene salvación. La dejo”, p.686).

Libro de una densidad dolorosa, de una lucidez implacable y que nos muestra los tormentos (físicos, emocionales, económicos, políticos y estéticos) de un hombre que veía cómo avanzaban sin piedad los calendarios.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Nuevos momentos estelares de la Humanidad

 


En el mundo de la literatura, si no dispones del don no es previsible que dejes huella. Puedes rimar con tino o ser un excelente medidor de sílabas, pero no eres poeta. Puedes disponer de un ingente vocabulario o ser un soberbio escultor de caracteres, pero no eres narrador. Hablamos de otra cosa: del duende, de la magia, del esplendor, del (vuelvo a escribirlo) don. Stefan Zweig disponía, creo, de ese atributo inasible, especial, único. Y lo demuestra en todos sus libros, haciendo que las palabras, la sintaxis y la estructura del texto se alíen para conformar volúmenes que, pareciendo paralelepípedos, son en realidad esferas: puras superficies inmaculadas, que brillan como gotas de rocío y se deslizan como seda por nuestros ojos, hasta invadirnos y empaparnos.

En Nuevos momentos estelares de la Humanidad (que traduce Alfredo Cahn para la colección Austral de Espasa-Calpe) nos encontramos otra vez con ese fulgor indesmayable, que irradia desde las cinco historias del tomo: vemos a Händel, atosigado por las deudas y malherido por las secuelas de una apoplejía, quien durante tres semanas prodigiosas compone El Mesías; vemos a Rouget de Lisle, el oscuro militar francés al que, por una noche (la que emplea en concebir La marsellesa), le es concedido “ser hermano de la inmortalidad”; vemos a Núñez de Balboa, quien se embarca en expediciones legendarias y casi suicidas, tras las cuales descubre para Europa el océano Pacífico; vemos a Mahomet II, disfrazado de cordero (“Cuando los déspotas preparan una guerra, hablan abundantemente de paz mientras no se han armado del todo”) y preparando la brutal toma y saqueo de Bizancio; vemos a Cyrus W. Field, el intrépido visionario que tuvo la idea de cablear el fondo del Atlántico para comunicar telegráficamente América con el Viejo Continente.

Y esas cinco narraciones, que en otras manos hubieran ofrecido un aspecto simplemente informativo, en Zweig se transforman en canto europeo, en himno sobre las proezas humanas, en Belleza. Sin duda, uno de los narradores más brillantes que ha dado la literatura en el siglo XX.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Maestros y amigos

 


Me encuentro con el volumen Maestros y amigos, de Andrés Amorós (Fórcola, 2020), y descubro en él dos ríos caudalosos que me refrescan y me fascinan con la misma intensidad: de un lado, el escritor que recopila las semblanzas y recuerdos que atesora sobre un buen número de personajes (escritores, pintores, actores, toreros) con los que la vida ha tenido a bien relacionarlo; del otro, la mirada bondadosa sobre el prójimo, de la que quedan excluidas la maledicencia, la anécdota chusca o vergonzante, la ridiculización que siempre comporta el aireado de intimidades. Ambas pulsiones me seducen. La primera lo ha hecho siempre; la segunda, lo reconozco, solamente en los últimos años, cuando la edad me ha llevado a descubrir que el afecto, la ternura, la amistad, el respeto y la admiración pueden exhibirse con el mismo orgullo que la mala leche. Yo era umbraliano y, cerca de la jubilación, me siento bastante más amoroso (es decir, más decantado hacia Amorós).

Me ha emocionado la manera en que el crítico valenciano elabora sus retratos, tan hermosos desde el punto de vista literario como admirables desde el punto de vista humano. Si de algún personaje conoce sombras (y cómo no, tras años y hasta décadas de relación), las omite con caballerosa elegancia, porque lo que importa no es el escándalo, sino el dibujo íntimo; no la polémica, sino la divulgación de la grandeza. Alguien podrá pensar que este camino conduce directo hacia la frontera de la hagiografía, pero Andrés Amorós elude con la misma mesura la hipérbole, y se ciñe a hechos contrastados, a logros objetivos, a esplendores indiscutibles. Así, nos habla del respetuoso e infatigable historiador don Américo Castro; del gran actor (cómico y trágico) Alfredo Landa, que supo reinventarse a sí mismo gracias a la excelencia de su arte; del filólogo Rafael Lapesa, que impregnó con su elevada sabiduría los estudios sobre la lengua española y que tenía enmarcada en su despacho la frase “Dios bendiga a quien no me haga perder el tiempo”; del serio, versátil y minucioso José María Rodero, gloria de los escenarios; de la bonhomía constante de Miguel Delibes, que le hizo acreedor de unánimes simpatías; del vitalismo y la autenticidad de José Luis Sampedro; del torero Luis Miguel Dominguín, la “inteligencia natural más grande que yo he conocido, en toda mi vida, en cualquier ámbito”; o del premio Nobel Camilo José Cela, del que refiere una anécdota simpatiquísima: “Estábamos charlando una mañana, Camilo y yo, en la universidad de Salamanca, en una de esas reuniones a las que acuden montones de gente, cuando pasó a nuestro lado una joven y él me dijo, con toda seriedad: “¿Ha visto usted, Amorós, qué señorita tan guapa?”. No se le escapaba una, a Camilo José Cela. Desde hace años, esa señorita es mi mujer”.

Un libro sin duda admirable, para disfrutar y para aprender, del que sale con una sonrisa y con el alma limpia, llena de gratitudes, elogios y reconocimientos.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Peribáñez y el Comendador de Ocaña

 


Me gusta volver, con cierta periodicidad, a las obras de Lope de Vega, bien para releer las que ya conozco, bien para adentrarme en nuevas páginas suyas. Y lo cierto es que suelo salir fascinado con esa experiencia cíclica, porque el Fénix rara vez decepciona. Incurre, claro está, en repeticiones y en clichés de época (qué autor prolífico y enraizado en su tiempo no lo hace); pero entrega, como hermosa compensación, versos magníficos, situaciones deleitosas, sonrisas indelebles y el infrecuente perfume de la grandeza literaria.

En esta ocasión, he querido volver a un drama que leí en 1983 (eso apunté en un margen, con letras a lápiz ya casi borradas: desde 1985 adquirí la feliz costumbre de pasarme al rotulador rojo o bolígrafo) y que me vuelve a fascinar: Peribáñez y el comendador de Ocaña. Primero, Lope nos invita en sus páginas a que asistamos a la alegre boda de un villano; luego, a que advirtamos el modo turbio en que el comendador se prenda de la beldad de la joven esposa; después, a la artimaña de estirpe bíblica (recordemos la historia del rey David y su súbdito Urías) de alejar a Peribáñez de su morada, tras nombrarlo de forma abrupta capitán de una pequeña tropa; por fin, al retorno suspicaz del recién casado, que llega a tiempo de impedir la consumación del adulterio forzoso.

Dueño de unos recursos casi ilimitados para animar a sus criaturas escénicas, Lope consigue que atravesemos, al lado de sus protagonistas, sucesivos territorios emocionales: la felicidad, el recelo, la traición, la defensa a ultranza de la honra, la majestad del perdón, la ira, la benevolencia, el triunfo de la justicia… Y cada una de las estaciones de ese viaje se construye sobre la sonoridad de unos versos que Lope traslada al papel con insultante facilidad aparente: apenas se advierte en ellos esfuerzo (o el dramaturgo es, al menos, capaz de disimularlo con notable éxito), y los parlamentos se introducen por nuestros ojos y oídos como si el agua se deslizase por nuestra piel: con la misma gracia sencilla, con el mismo frescor impagable.

Gracias, Lope. Gracias, siempre. Volveremos a disfrutar de más tardes juntos.

sábado, 19 de noviembre de 2022

El canto errante

 


Termino, lleno de una profunda admiración y de continuos aplausos, el libro El canto errante, del nicaragüense Rubén Darío, maestro de la lírica hispana en la transición del siglo XIX al XX. Es verdad que, en algunos fragmentos, el poeta abusa de un chisporroteo de vocabulario “excesivo” (aristoloquia, chincharchar, huepil, nefelibata, panida, curul, egipán, teocalí); pero también es verdad que crea continuas bellezas con el uso inesperado de algunos adjetivos y verbos, a los que dota de singularidad colocándolos en contextos inesperados (“El grillo aturde el verde, tupido carrizal”).

Rubén es magnífico rimando en pareados (estoy pensando en la excelente “Epístola”), construyendo sonetos (incluso en francés: véase el titulado “Helda”) o realizando homenajes a otros escritores, como Dante (“Visión”), Antonio Machado (“Misterioso”) o Valle-Inclán (“Este gran don Ramón de las barbas de chivo…”). Rubén es magnífico cantando a la Argentina (“Desde la Pampa”) o alzando su voz en defensa de la unidad norte-sur en el continente americano (“Salutación al Águila”). Rubén es magnífico dedicándole versos a Cristóbal Colón (“La cruz que nos llevaste padece mengua; / y tras encanalladas revoluciones, / la canalla escritora mancha la lengua / que escribieron Cervantes y Calderones”) y también a indígenas como Tutecotzimí (“La muerte es reina de los reyes”). Rubén es magnífico siempre.

Lo podremos caricaturizar, recordando sus versos más timbálicos y machacones; lo podremos señalar por sus excesos etílicos (la solapa del volumen, con humor más que discutible, afirma que “vivió la embriaguez de su poesía”). Pero no hay forma de ocultar su esplendor como vate, su condición de mago del verso y del ritmo, su imperial dominio del vocabulario. Fue tan grande que no cabía dentro de sí mismo. No fue un poeta, fue la poesía.

viernes, 18 de noviembre de 2022

La tumba del guerrero

 


Gandalf es un viking (utilizo esa forma, en lugar de vikingo, por fervor borgiano) que ha viajado con sus hombres hacia el sur para vengar la muerte de su padre, que combatió en la zona y partió desde allí hacia el Valhala. En la desierta costa a la que llega tiene lugar su encuentro con Blanca, una muchacha que le explica que su fe la impele a orar todos los días, por consejo de su padre, junto al túmulo bajo el que reposa uno de los enemigos que, años atrás, llegaron desde el Norte para asolar la zona. ¿Se tratará de la tumba donde descansan los restos del progenitor de Gandalf?

Partiendo de esa situación, donde misterio, fe religiosa y casualidad se unen con lazos férreos, Henrik Ibsen nos entrega un breve drama poético, muy poco valioso en mi opinión, donde todo parece lírica y argumentalmente forzado, y donde la tesis de fondo (exaltación del cristianismo) queda dibujada con unos trazos más bien burdos. No resultan creíbles los exaltados diálogos de los protagonistas, con más adjetivos de la cuenta; no resulta creíble la situación teatral, que apenas logra sostener la verosimilitud; no resultan creíbles las reacciones de los protagonistas, más de cartón piedra que de auténtica carne.

Obra falsa en todos los sentidos: lenguaje, psicología, argumento y conclusión.

Perfectamente olvidable.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Imago

 


Leo, con mucha lentitud y con mucho silencio alrededor, el breve poemario que lleva por título Imago, firmado por Óscar Navarro Gosálbez y editado por el sello Boria. Y el silencio sigue retumbando cuando vuelvo la última página. Ha habido una absoluta absorción por parte de los versos y siento que mi mente flota. Es (me digo) el momento de leer con detenimiento el prólogo que el también magnífico poeta Ramón Bascuñana le ha consagrado, que he reservado de forma deliberada para el final, con la intención de que sus impresiones no me influyan. Y justo cuando lo acabo comprendo que tengo que callarme, porque no me siento capaz de mejorar (ni siquiera de igualar) las palabras de Ramón. Con una finura increíble (pero, de verdad, increíble), ha penetrado en las sensaciones que yo mismo acabo de experimentar; y las ha pronunciado con vocablos insuperables. Me ha pasado algunas veces. Pocas. Y no tengo problema en admitir que ha sucedido de nuevo: no puedo decir nada sobre este volumen mejor que lo que ha escrito el prologuista. Así que lo más honesto (y siempre trato de ser honesto) es callarme, mientras aplaudo de manera entusiasta a ambos poetas. Qué intensidad de libro y qué intensidad de análisis. Qué fulgor doble.

Escribe Óscar Navarro Gosálbez en la página 27: “Decir sin adjetivos —pero alguno es necesario—”. Para calificar este trabajo (que es música de Boccherini, y flores de jacarandá, y arcilla, y transparencia) se me antoja que resultan necesarios bastantes. Y el lector los descubre enseguida.

La editorial Boria se está despidiendo, como no podía ser menos, a lo grande.