jueves, 30 de junio de 2022

Estoy ausente

 


Leo un poemario breve y de gran sencillez de la madrileña Amalia Bautista, que lleva por título Estoy ausente y que publica la editorial Pre-Textos. Y nada más escritas las ocho palabras iniciales, vacilo, porque el sintagma “poemario breve” parece una recriminación y el sintagma “gran sencillez” podría entenderse como una acusación de ramplonería. Pero decido no tacharlas, porque las dos cosas son verdad: es un poemario de pocas páginas y es un poemario que está escrito con un lenguaje (y unas emociones) de gran transparencia. Concibo ambas etiquetas como elogio, frente a los libros de extensión abusiva o de léxico abstruso (que se pone “un forro de palabras”, como diría Gómez de la Serna, para esconder su intrínseca inanidad).

Formulo una invitación muy concreta: adéntrese el lector en el primero de los poemas del libro (“Sueño con mi padre”). Le aseguro que se pondrá cómodo y querrá leerse el resto del libro, donde se nos habla de un mundo en el que “era todo mentira”, en el que “las semanas sólo tienen lunes” y en el que apetece arrojar la vida por la borda y dejar que las lágrimas se sumen a las de millones de otros seres, que han nutrido “la inconcebible cantidad de llanto / que ha formado los mares de este mundo”. Incluyendo hermosos poemas de amor (“Pecados capitales”, “El bosque”), utilizando versos de humor para abordar temas tristes y descongestionarlos (“Sé que me estoy ahogando, pero al menos / logro mantener fuera la cabeza. / Así que, por favor, / no vengas tú a hacer olas”), dejándonos el testimonio de su ansiosa búsqueda de cariño (“Todos necesitamos que nos quieran. / Algunos infelices, sin embargo, / no sabemos vivir para otra cosa”) y, en fin, dedicándose a componer unos poemas rítmicamente impolutos, que dejan en los ojos de quien lee su música perfecta, Amalia Bautista nos regala un libro breve (sí), un libro sencillo (también) y un libro espléndido (sin duda).

Me siento feliz de haberlo encontrado.

martes, 28 de junio de 2022

Gente de Murcia

 


Es inevitable que un libro como Gente de Murcia, de José García Martínez, sea, por encima de cualquier otra consideración, irregular. Y esa irregularidad (término que, quede claro, no utilizo con desprecio) se manifiesta tanto en la nómina de personajes que aparecen en estas páginas como en la trascendencia posterior de los mismos: algunos que aquí figuran como egregios resultaron poco tiempo después engullidos por el olvido; otros, en cambio, adquirieron después una dimensión mucho más elevada de la que el jumillano creyó advertir en ellos. Es natural: todo periodista trabaja con material humano, que siempre es fungible y cambiante. Y el añadido de la inmediatez (la “actualidad” suele ser la antesala de la caducidad) tampoco se puede decir que ayude mucho. De tal forma que me he encontrado con unas dos docenas de semblanzas que me han obligado a acudir a Internet para desentrañar quiénes eran sus protagonistas (alguno ni siquiera estaba). En los demás casos, he disfrutado mucho, refrescando páginas que ya conocía (he sido lector fervoroso de García Martínez durante muchos años) y descubriendo otras que se centran en personajes a los que admiro.

He sonreído cuando nos habla de la letra pequeña y redonda (“tal que la buganvilla”) de José Ballester; o de la cautela del empresario Ginés Huertas (“Su entusiasmo por la entrevista no es, desde luego, indescriptible”). He reflexionado cuando nos recuerda las palabras de Carmen Conde (“Ni todos los rojos éramos criminales, ni todos los fascistas eran unos infames. Entre las dos Españas ha habido una inteligencia de amistad para salvar a la media España en desgracia. La hubo en la guerra, y yo por mi parte la demostré, y la hubo en la paz, y ellos la demostraron”). He vuelto a sonreír cuando retrata con infinita admiración a don Francisco Sánchez Bautista (“Está llenico, que se dice por aquí”) o cuando expresa su cariño por Rafael García Velasco (“Si gasta un cuarenta y cinco de zapato, puede que aún gaste un número más alto de corazón”). Me he emocionado con la semblanza del doctor Ricardo Candel, gran amigo de mi padre y asiduo visitante de mi casa. Y he disfrutado con los recuerdos de la poeta María Cegarra, sobre todo los que compartió con Miguel Hernández. De la entrevista a Miguel Espinosa (páginas 71-80) no necesito decir nada, porque es oro puro de principio a fin, y la habré leído quince o veinte veces en mi vida, además de incluirla en uno de mis libros de investigación.

¿Disfrutar? Mucho. ¿Recordar? Bastante. Y también la tristeza de constatar que algunos de aquellos personajes a los que conocí (Castillo-Puche, Paco Sánchez Bautista, el propio García Martínez) ya no están. Lo llaman “Ley de vida”, pero la ley no tendría que ser tan injusta.

lunes, 27 de junio de 2022

Mrs. Caldwell habla con su hijo

 


Treinta años después, releo Mrs. Caldwell habla con su hijo, de Camilo José Cela, que en su día leí en una pobre (pero muy amada) edición de la editorial Salvat y que ahora revisito en la más luminosa y moderna edición de Destino. Torturada por una imagen atroz que la persigue, día y noche, la señora Caldwell encuentra su salvífica liberación escribiendo (y describiendo) lo que siente, plasmando en el papel hasta el más nimio detalle de su relación con Eliacim (el hijo que se le ahogó en el mar Egeo). Al final, fallecida en la locura, termina pagando su obsesión con el más cruel de los abandonos, con la más solitaria de las muertes. Puede que también con la más fervorosa y pura de las adoraciones.

La obra vuelve a dejarme, como lo hizo entonces, un estupendo sabor de boca, aunque sigo pensando lo mismo que entonces: que no es una novela. Como es natural, no se trata de una recriminación (sería absurdo), sino de una precisión: Poeta en Nueva York o Campos de Castilla no son novelas; El tragaluz no es una novela; Si esto es un hombre no lo es tampoco. ¿Por qué la obsesión de etiquetar este libro con semejante rótulo? Lo ignoro. Si aceptásemos que Mrs. Caldwell es una novela tendríamos que aceptar que Platero y yo también lo es. No lo juzgo sensato. Yo lo dejaría en que es un interesante y sorprendente libro.

Subrayé entonces (y siguen agradándome ahora) estas cuatro frases de la obra: “La discusión, como el amor y el afán de mando, me parece un claro signo de deficiencia mental”. “El amor al trabajo es un grave pecado… No amemos las maldiciones de Jehová. No caigamos en la blasfemia”. “Detestar de todo corazón es algo para lo que se precisa un paciente e incluso sacrificado entrenamiento”. “El matrimonio es sucio e impuro; el estado perfecto del hombre y la mujer es el del noviazgo. El matrimonio mata el amor, o por lo menos, lo hiere de mucha gravedad”.

sábado, 25 de junio de 2022

Antología de la poesía lírica griega

 


Me gusta volver, periódicamente, al mundo grecolatino para asomarme a obras literarias que aún no conozco. Es una disciplina que me impongo para ser siempre consciente de qué mundo cultural vengo, cuáles son mis raíces, y quiénes (y cómo) escribieron los fundamentos de nuestra literatura. Ahora, de la mano de Carlos García Gual, revisito un libro que leí en septiembre de 1987 y que ahora retomo treinta y cinco años después: la Antología de la poesía lírica griega. No subrayé entonces (es curioso: solía hacerlo, siempre con rotulador rojo) ninguna cita; pero sí lo hago ahora. Y creo que la enumeración de esos versos puede servir para dar una idea cabal de la inteligencia, la perspicacia y el talento de aquellos poetas antiguos:

“Al conjunto del pueblo le atañe el poder y el triunfo” (Tirteo de Esparta). “En las alegrías alégrate y en los pesares gime sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano” (Arquíloco de Paros). “Ningún ciudadano es venerable ni ilustre cuando ha muerto. El favor de quien vive preferimos los vivientes. La peor parte siempre toca al muerto” (Arquíloco de Paros). “Largo tiempo tenemos de estar muertos, y vivimos muy mal un corto número de años” (Semónides de Amorgos). “Ninguna cosa se lleva como botín un hombre mejor que una buena mujer ni peor que una mala” (Semónides de Amorgos). “A quien en exceso se exalta no es fácil contenerlo después” (Solón de Atenas). “No hay ningún hombre feliz, sino que miserables son todos los mortales que el sol desde lo alto contempla” (Solón de Atenas). “Insensatos y necios los hombres que lloran a los muertos, y no a la flor de la juventud que se va marchitando” (Teognis de Mégara). “Si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres” (Alceo de Mitilene). “Es de lo más torpe e inútil llorar por los muertos” (Estesícoro de Himera). “Con buena fortuna cualquier hombre es bueno” (Simónides de Ceos). “Es infinita la estirpe de los necios” (Simónides de Ceos). “Los días por venir son los más sabios testigos de la verdad” (Píndaro de Tebas). “Si hablas lo preciso, concretando en breve los términos de mucho, menor será el reproche de las gentes” (Píndaro de Tebas). “La pasión de amor la barre el hambre; si no, el tiempo; y si no puedes servirte de estos remedios, la soga”.

¿Se pueden decir más cosas en menos espacio?

jueves, 23 de junio de 2022

La puerta de los tres cerrojos

 


El inicio de esta larga aventura lectora hay que situarlo en mi hijo mayor, Rubén, quien después de terminar La puerta de los tres cerrojos, de Sonia Fernández-Vidal, decidió regalárselo a su hermano Álvaro. Una vez leído por éste, opinó que sería una estupenda idea que yo lo leyera en voz alta por las noches, para que su hermano menor, Jorge, también conociese la historia. El resultado final es que los cuatro (padre y tres hijos varones) nos hemos adentrado sucesivamente en la historia, que nos ha fascinado de forma unánime. Y miren ustedes que es raro, porque el libro de esta joven profesora (quien imparte clases en la Universidad Autónoma de Barcelona) tiene como objetivo poner la física cuántica en el epicentro de una narración para niños. Sí, han leído bien: la física cuántica.

Durante quince noches, hemos acompañado a Niko, el humano que ha logrado adentrarse en un mundo de quarks, neutrinos, superposiciones, paradojas sobre la velocidad de la luz, gatos de Schrödinger, agujeros negros y experimentos de tuneleado; pero también de hadas, elfos, espectros malévolos, persecuciones y amores no confesados. Con la ayuda de unas explicaciones muy inteligentes y con el añadido de acertijos ingeniosos, Sonia Fernández-Vidal consigue que incluso los lectores de menor edad acierten a comprender (o al menos lo hagan de forma superficial) los entresijos más enrevesados y deslumbrantes de la física moderna.

Un libro estupendo. Muy recomendable.

martes, 21 de junio de 2022

Nuevas odas elementales

 


Fui, durante mi juventud, lector fervoroso de Pablo Neruda. Devoré todos sus libros (pero no como aquel político que juraba haberse empapuzado las obras completas de Lope: yo sí que me leí de verdad las de Neruda) e incluso escribí sobre algunos de ellos, en revistas, congresos y sitios así. Ahora, desde la distancia de la madurez, vuelvo a las célebres Nuevas odas elementales, sabiendo lo que me voy a encontrar (adiós al “factor sorpresa”); y reconozco que las he disfrutado serenamente. Es decir, sonriendo con sus innegables aciertos, cabeceando admirativo ante algunos de sus versos y, también, disculpando con benevolencia los clichés efectistas que, colocados aquí y allá, en mi juventud me pasaron inadvertidos por bisoñez lectora.

Neruda sabía lo que estaba haciendo y lo hizo con destreza. Su estilo era potente y millonario en lujos verbales (sobre todo, adjetivaciones y metáforas); y creo que hay que leerlo sin prejuicios y en la juventud, para sentir su deslumbramiento de amanecer y música (Tagore pertenece al mismo ámbito). Cómo no sentirse feliz al comprobar que, para el insigne autor chileno, el diccionario es “la bodega del vocabulario”; el mar es “el profundo hotel de las sirenas”; o la lluvia una “transparencia oblicua de hilos”. Docenas de fórmulas de ese tipo pueden ser subrayadas en el libro por el joven lector.

La magia de Neruda me ha devuelvo a la juventud. Releerlo ha sido quitarme años del DNI y reverdecer emociones que apenas estaban inauguradas. Que Dios lo bendiga.

domingo, 19 de junio de 2022

Historia universal de la infamia

 


Sé que terminé de leer este libro el 19 de julio de 1986. Es decir, que han pasado treinta y seis años. Y no ha perdido ni un gramo de la fascinación que entonces me produjo (fue una de mis primeras lecturas del argentino Jorge Luis Borges). Ahora, en este verano de 2022, vuelvo a él con canas, arrugas y los primeros alifafes de la edad (gracias, Azorín, por la palabrita). Y vuelvo a sentir una total y reverente fascinación por Lazarus Morell, Tom Castro, la viuda Ching, Monk Eatsman, Bill Harrigan, Kotsuké no suké o Hákim de Merv, las criaturas reales o inventadas (me da lo mismo) que Borges construyó para sus lectores, entre cuyas filas me encuentro desde hace décadas.

Podría poner más palabras a esta nota, resumiendo argumentos, calificando con adjetivos laboriosos sus aciertos infinitos, o resaltando las metáforas inigualables que Borges engastó en sus páginas. Para qué. “Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas”, comenta uno de los personajes del argentino. Pues así es. Un dios no necesita adoradores, ni feligreses, ni oraciones, ni cirios, ni iglesias: sólo un silencio admirativo, una gratitud eterna. Y Jorge Luis Borges fue (y es) un dios para mí.

Siempre en deuda, maestro.