viernes, 29 de abril de 2022

Entre amigos

 


Es perfectamente lógico que los mecanismos de la novela Entre amigos, del madrileño Antonio Parra Sanz, funcionen de un modo tan solvente, porque el autor se ha curtido en el ámbito de la novela detectivesca con la lectura de miles de páginas firmadas por los grandes representantes del género. De ese amplio conocimiento (teórico y práctico) se desprende que la detective Sonia Ruiz se convierta en un personaje creíble y sólido de principio a fin de la novela. Da igual que la veamos entrenando en el gimnasio, discutiendo en la comisaría, enzarzada en una conversación telefónica más bien tensa, tomando un café con una amiga, enfrentándose a una yonki o midiendo temperamento con la subinspectora Lidia Goya. La construcción del personaje (de todos los personajes, en realidad) está fundamentada en una labor de miniatura psicológica y de una constante atención al lenguaje, la gestualidad, las indecisiones, los miedos. Y alrededor de esos seres narrativos, una trama en la que no falta ningún detalle canónico: disparos, drogas de diseño, mafias extranjeras, teléfonos limpios, policías de variados pelajes, delincuentes obtusos o inteligentes, ambientación urbana, hackers, sexo, un cuerpo en un maletero y vocabulario que busca reproducir fidelísimamente la espontaneidad. Con esos ingredientes bien dosificados, la coctelera sólo precisa algunos enérgicos movimientos de muñeca… y la acción se pone en marcha.

Antonio Parra Sanz sabe muy bien a qué juega y, por tanto, tiene un perfecto conocimiento de cuáles son los naipes que debe colocar en el tapete y cuáles es mejor esconder en la manga. El resultado es Entre amigos, la novela que acaba de publicarle el sello palentino Menoscuarto en la serie SeisDoble: un éxito seguro entre los enamorados de la novela negra.

jueves, 28 de abril de 2022

La cucaracha

 


Imaginen a una cucaracha que, paseándose con grandes precauciones para no ser aplastada por ningún zapato, ni destrozada por las ruedas de ningún vehículo, logra cruzar calles, aceras y jardines, hasta llegar a una hermosa vivienda, en la cual se introduce. Sube después con mucha dificultad las empinadas escaleras y, por fin, cuando llega al dormitorio del piso superior, sube hasta una cama y se duerme, exhausta. Al despertar, el repugnante animalillo ya no tiene seis patas, ni presenta exoesqueleto, ni su color es oscuro: ahora es un espigado varón humano que se llama Jim Sams y que ocupa el cargo de Primer Ministro en Gran Bretaña. De esa manera comienza La cucaracha, una narración no muy extensa de Ian McEwan que, traducida por Antonio-Prometeo Moya, publicó el sello Anagrama en 2020. Pero lo más interesante de la obra es que lo que comienza siendo un homenaje inverso a Franz Kafka adquiere unas dimensiones paródicas mucho más actuales cuando descubrimos cuál es el objetivo de esa cucaracha reconvertida: lograr que en el Reino Unido impere una nueva doctrina económica llamada Reversionismo, que postula la necesidad de que el flujo del dinero invierta su dirección. Ahora se cobrará por efectuar compras (lo que activará el consumo) y se pagará por trabajar (el dinero no puede quedar en manos de los ciudadanos: lo que se cobra ha de ser devuelto en forma de trabajo de manera inmediata). Tan singular idea tiene como objetivo lograr que Gran Bretaña se quede sola, frente a un mundo arcaico que no entiende las nuevas directrices económicas; y tiene, sobre todo, el propósito general de que se hunda en el caos para que la pobreza, la mendicidad, la basura y los escombros prosperen, ayudando así al fortalecimiento de la especie de las cucarachas.

Quizá más ingeniosa desde el punto de vista teórico que brillante en su forma literaria, esta novela de McEwan constituye una sangrante parodia del espíritu del Brexit y depara algunas horas de distracción a los lectores, que siempre son bienvenidas.

miércoles, 27 de abril de 2022

El experimento


 

Martyn es un chico inteligente, formal y muy bien considerado por todos sus profesores. Sin embargo, esconde una parte bromista y gamberra, que consigue hacerlo realmente popular entre sus compañeros de estudios: planea aventuras de lo más sonadas. La que ahora acaba de orquestar es inaudita: ha convencido a cinco compañeros (chicos y chicas) para que preparen sus mochilas, expliquen a sus familias que se van unas semanas de acampada… y en realidad se metan en un sótano aislado, donde los encerrará durante tres días bajo llave. Así podrán vivir la experiencia de conocerse, compartir charlas, hartarse de alcohol y sentir que viven una situación especial. Entusiasmados, aceptan el experimento; y se introducen en el Agujero sin explicar a nadie, absolutamente a nadie, dónde se encuentran o cuándo van a volver. El problema es que los planes de Martyn no son los que ellos piensan: lo descubren cuando, agotado el plazo, el enigmático compañero no acude a sacarlos de allí. Se dan cuenta entonces de que están bajo tierra, con poca agua, con poca luz, con pocos alimentos… y condenados a una muerte segura, porque Martyn ha revelado ser una mente retorcida y criminal.

Esta es la situación sobre la que Guy Burt construye El experimento, una novela que escribió con apenas 18 años y que, traducida por Madeleine Cases, publicó Alba Editorial en 1994. Lentamente, casi con morbo placentero, vemos cómo el narrador va mostrándonos la degradación de sus protagonistas, asaeteados por el hambre, torturados por la sed y aterrados por la oscuridad, hasta el punto de que en muchos momentos la historia alcanza puntos claustrofóbicos bastante sofocantes.

No apta para personas que sufran taquicardia. Ni por su desarrollo ni por su final.

lunes, 25 de abril de 2022

De buen ayre e de fermosas salidas

 


Después de dos semanas leyendo el libro a pequeñas dosis (no quería que se terminara: es delicioso), concluyo De buen ayre e de fermosas salidas, la bella y bien compensada “Crónica de 777 años de la Universidad de Murcia (1243-2020)” escrita por Pascual Vera, donde me he encontrado con infinidad de detalles que no conocía sobre el lugar donde cursé mis estudios superiores.

Ignoraba, por ejemplo, que su primer rector (ateniéndonos a la nomenclatura de la modernidad) fue Mohámed Ibn Ahmed Ibn Abubéquer, el célebre Al-Ricotí; o que la primera mujer matriculada en sus aulas fue (en el año 1915) Gabriela Fernández Váquer, que venía ni más ni menos que desde Filipinas; o que Caridad Sánchez Ledesma fue la primera mujer que consiguió licenciarse (y con unas calificaciones altísimas), allá por 1927; o que la única librería universitaria que había en Murcia en 1917 era La Covachuela (lugar mítico donde yo mismo compraba revistas culturales, setenta años después).

Tras haber leído hace pocos días la obra La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, me emociona volver a encontrarme en las páginas de este libro con la polaca Marie Curie, que se entrevistó en Murcia con el rector José Loustau (sin que existan, ay, fotografías de aquella visita ni de aquel encuentro). Como también me ha emocionado encontrarme referencias e imágenes de la cartagenera Carmen Conde (que visitó la universidad en mayo de 1936), de la genial lexicógrafa María Moliner (que impartió clase en sus aulas y que no pudo ser conocida por Gabriel García Márquez por motivos de salud, pese al interés extraordinario del novelista) o de la unionense María Cegarra (que cursó en sus aulas la carrera de Química). Y no menor conmoción me han provocado las imágenes (que nunca había visto) de las dependencias universitarias convertidas durante 1937 en hospital de guerra.

Y si nos acercamos a tiempos más modernos, qué voy a decir de las fotografías (para mí entrañables) de Manuel Muñoz Cortés, Francisco Javier Díez de Revenga, Mariano de Paco o Pedro Olivares, a quienes me he ido encontrando en mi vida, y de quienes he aprendido infinidad de cosas. O de la sonrisa que se me ha puesto en la cara al ver de nuevo una imagen del primer ejemplar de la revista universitaria “Campus”, en la que participé, si no me falla la memoria, desde el número 2.

En suma, que Pascual Vera me ha enseñado lo que ignoraba y me ha recordado lo que amaba, todo ello con una selección estupenda de informaciones, imágenes bellísimas y una prosa pulcra y admirable. ¿Se le puede pedir más a un libro? Yo me pongo en pie ante volúmenes como éste.

domingo, 24 de abril de 2022

El violín negro

 


Se puede, con cierta facilidad, escribir poesía imitando a Pablo Neruda, o prosa imitando a Azorín: son estilos engañosamente “alcanzables” (digámoslo así). Lo difícil es lograr que la obra resultante merezca aplauso o coseche razonables cotas de calidad. En la novela El violín negro, de Maxence Fermine (que traduce Javier Albiñana para el sello Anagrama), hay un aroma que recuerda en muchas páginas el estilo de Alessandro Baricco; sobre todo al Baricco de Seda. No se trata (me apresuro con la aclaración) de un pastiche, sino de la asimilación de un “modo” basado en los capítulos breves, las frases cortas, el lirismo y un constante misterio narrativo, lleno de silencios y melancolía. La obra de Fermine es magnífica, y todo en ella funciona con la precisión de un delicado reloj, si exceptuamos la pequeñez de que en la página 11 asegure que Karelsky, su protagonista, tenía 31 años en 1795, mientras que en la página 24 nos indica que en la primavera de 1796 cumplió esos mismos años. Un leve desajuste, quizá debido a un error tipográfico.

Cuatro son los protagonistas de la historia: el primero es Johannes Karelsky, un violinista reclutado forzosamente por las tropas napoleónicas, que después de haber sido herido en combate ha de hospedarse en Venecia; el segundo es un luthier llamado Erasmus, en cuya pobre vivienda veneciana se aloja Karelsky; la tercera es Carla Ferenzi, hija de un conde y poseedora de una voz embriagadora; el cuarto es un enigmático violín confeccionado en madera negra por Erasmus, siguiendo las instrucciones extraídas de un cuaderno de Antonio Stradivarius, en cuyo taller aprendió el noble oficio de luthier. Y con esos cuatro ingredientes (y un trasfondo de amores imposibles y ajedrez) Maxence Fermine construye una delicada narración sobre las vidas que se consagran a un proyecto tan ambicioso como secreto: en el caso de Erasmus, la elaboración de un violín único, cuyo sonido imite la voz inolvidable de la mujer a la que amó en su juventud; en el caso de Karelsky, la escritura de una ópera especial, insuperable, mágica, que contenga toda la belleza del mundo en sus notas. Ambos logran su propósito, pero ambos fracasan (descubra el lector cómo), porque el destino rara vez autoriza a los seres humanos la consecución del éxito absoluto.

Un libro de algodón, que agrada y emociona leer.

sábado, 23 de abril de 2022

La radiante edad

 


Decía Almudena Grandes, en uno de sus libros, que el tiempo no sabe avanzar en línea recta. Decía Antonio Gala, en otro de sus libros, que escribir es pasarse los folios por el corazón y que luego quede en ellos impresa una huella de nuestra alma, como pasa con el paño de la Verónica. Esas dos citas me vinieron a la memoria mientras me encontraba leyendo La radiante edad, de Antonio Báez Rodríguez (Antequera, 1964), que ha publicado el sello Talentura, porque ambas ideas se conjugan y se dan la mano en sus páginas.

Viajando hacia atrás con la memoria, el narrador nos cuenta su infancia pobre, con varios parientes (incluido su padre) que emigraron a Suiza para mejorar su situación económica, un abuelo que estuvo en la División Azul y que terminó de portero en una finca urbana, una maestra que tenía un hermano discapacitado, un autobús rojo que estuvo a punto de atropellarlo cuando era niño, una madre que cubría la ventana con una manta a la hora de dormir, una pistola de chispazos, la estilográfica que su abuelo le regaló en el lecho de muerte o las vicisitudes de su iniciación erótica, llena de muchachas espiadas y de azares sentimentales. Todo ese universo “estaba allí hace cincuenta años y allí se quedó, en un allí que está dentro de mi cabeza” (nos dice en la página 30), pero el esfuerzo que Antonio Báez realiza ahora (esfuerzo melancólico, esfuerzo triste y gozoso, esfuerzo irónico también) tiene como misión la de poner algún tipo de orden en los cristales de aquel caleidoscopio.

Nos habla el autor, demediada la obra, de un flexo encendido; y de él mismo escribiendo, sentado a la mesa de espaldas mientras sus hijos ven el televisor: esa es la postura con la que se consigue la concentración, el aislamiento que requiere el novelista para cumplir su chequeo emocional, su arqueo minucioso del ayer. Y en esa zona narrativa necesariamente localizamos episodios que aparecen más de una vez (“Mi memoria es endeble y la construyo por medio de las repeticiones”, página 91), y también episodios enigmáticos para cuya traducción rigurosa sería necesario conocer en persona al autor.

Aquel mundo de petancas, viejas fotografías, motos Bultaco y desayunos con achicoria se perdió, como todo se pierde; y la voracidad del tiempo engulló con rigurosa eficacia a muchos de sus protagonistas. Pero mediante un ejercicio enérgico y descarnado de la memoria es posible rescatar anécdotas, pequeños secretos, mezquindades, errores, dichas y apodos, que nos ofrezcan un dibujo (no perfilado, pero sí acuarelístico) de aquellos tiempos.

El valeroso artista que aborda esta tarea se llama Antonio Báez Rodríguez. No olviden ustedes su nombre.

viernes, 22 de abril de 2022

El otro fútbol

 


Me ha provocado una sonrisa, no lo habré de negar, la pequeña broma (que acepto y aplaudo) de titular este libro El otro fútbol, porque la sorpresa de que Miguel Delibes dedicase un volumen entero al deporte no era pequeña. Luego, al ir avanzando por la lectura, se descubre que solamente los tres primeros artículos (de un total de quince) concentran su atención sobre el arte de Messi. En ellos, se decanta por un fútbol más imaginativo, con disparos lejanos, sin tanto toque inútil de balón, con pases al hueco y, por encima de cualquier otra directriz, con la norma general de que se dedique más tiempo a construir juego que a impedir el del contrario. Además, susurra la necesidad de que los jugadores sean tratados como lo que son: jóvenes. No conviene (nos dice) “olvidarse de que el jugador de fútbol tiene veinte años. Y si un muchacho a los veinte años no puede estar un rato con su mujer o tomarse una copa con los amigos dos días antes de un partido decisivo, lo mejor es que se dedique a otra cosa”. Juiciosa apreciación.

En los demás (no menos elegantes y bellamente escritos), el escritor vallisoletano nos habla de la caza, de la necesidad de redactar con más precisión algunos de los artículos constitucionales, de pintores amigos (Vela Zanetti, Eduardo García Benito), del fallecimiento de personas a las que lo unían cariñosos vínculos (don Alejandro F. de Araoz), de su fidelidad inquebrantable al amoroso preparativo que supone liarse un cigarrillo con la picadura habitual o del sentido dolor que le produjo la muerte de su amigo Enrique Gavilán, compañero desde la infancia.

Toda la bonhomía, todo el sentido de la justicia y toda (siempre, toda) la excelsa calidad literaria de Miguel Delibes se reúnen en estas páginas que de ninguna forma pueden ser consideradas menores.