domingo, 31 de octubre de 2021

El baile de los muertos

 


Hay novelistas que recurren a la Historia (anécdotas, documentos, personajes, fechas) y que utilizan todo el material recopilado para empedrar o asfaltar sus obras, impidiendo que por las grietas de esa costra emerjan las flores y logrando que el lector, más que admiración, experimente asfixia. O, al menos, se extenúe con los bostezos. Y hay otros novelistas que, empapados de esa misma Historia, se preocupan por ponerla al servicio de la imaginación, de la fantasía, de la más chispeante creatividad, para que quienes paseen por las veredas de su libro se sientan mágicamente transportados a una realidad paralela. Esta última apuesta la desarrolla Care Santos de forma espléndida en su reciente obra El baile de los muertos (editada por Cross Books).

En ella nos instala en el convulso siglo XIX que vivió la adolescente reina Isabel II, hija de Fernando VII, que está a punto de ser obligada a casarse con Francisco de Asís de Borbón. Reacia a aceptar este matrimonio (Isabel está enamorada de Antonio de Orleans), la reina solicita la ayuda de sor Patrocinio, una monja de oscuros poderes e intenciones, que comienza a orquestar un modo para evitarlo. En ese plan participarán, de un modo directo o indirecto, numerosos personajes fascinantes: el inteligente Diógenes, que recibe el encargo de exhumar varios cadáveres célebres de distintos cementerios (entre ellos, los del escritor Mariano José de Larra y el bandolero Luis Candelas); la joven Lilia, que también trata de librarse de un matrimonio que le repele; Fidel, un huérfano que está siempre acompañado por un extraño fantasma que muestra sus mismos rasgos faciales; y otros más, igual de fascinantes, que irán descubriendo los lectores de la obra. Además, observaremos perplejos (y espeluznados) el extraño viaje que una sortija maldita trazará, de mano en mano, hasta el final mismo de la novela.

Atrevida, sólida en el manejo de las voces narrativas, arquitecta eficaz de un argumento magnético (sociedades secretas, reliquias, milagros, truculencias, emboscadas, traiciones, sorpresas, sustos), Care Santos vuelve a entregarnos una novela de éxito garantizado.

jueves, 28 de octubre de 2021

Pequeñas sediciones

 


A pesar de que no llegue a las sesenta páginas, el libro Pequeñas sediciones, del madrileño Javier Vela, contiene un elevado número de ingredientes que salpican e impresionan al lector: meteoritos que caen en silencio sobre la Tierra y que no son localizados por parte alguna; personas que, después de asistir a una fiesta de disfraces, ven alterada toda su existencia de forma sorprendente; un indígena del Pacífico Sur que estuvo a punto de anticiparse a los descubrimientos científicos de Isaac Newton; un autoestopista aparentemente inofensivo, pero que termina sorprendiendo al conductor del vehículo que se ha detenido para recogerlo; el mendigo que solicita la ayuda de los viandantes, parapetado tras un cartel donde ha escrito “Una limosna para viajar en el tiempo. Máquina averiada. Hace siglos que no veo a mis hijos”; pálpitos inquietantes que pueden surgir de situaciones cotidianas (“En el colegio todos se mofan de él. A diario le increpan, le humillan, le chasquean. Sin levantar la vista el niño hace oídos sordos, mientras afila calladamente su lápiz”); e incluso pequeñas joyitas donde todo está condensado, escondido o posibilitado, para que los lectores interpreten (“Nuria me llama desde el hospital. Ya tiene los análisis. Dice que me relaje, que no es nada. La invito a casa para celebrarlo. Ella sonríe y acepta. Después, se echa a llorar”).

Escultor habilidoso de miniaturas, Javier Vela consigue entregarnos casi medio centenar de historias que se quedan vibrando en la memoria cuando terminas la lectura. No es un éxito pequeño.

martes, 26 de octubre de 2021

Obedece a la morsa


Recuerdo pocos libros que hayan llegado a mis manos de una forma más accidentada (el cartero, alegando que no cabía en el buzón, me lo dejó entre dos macetas de la entrada, sin dejarme ninguna nota. Tardé en descubrirlo más de una semana); pero una vez que me encontraba en mitad de la lectura comprendí que no podía ser de otro modo, porque Obedece a la morsa es un volumen tan atípico, tan especial, tan efervescente, tan… mórsico, que resulta impensable que me llegara por los cauces habituales.

Para empezar, se trata de una novela compuesta por cuatro autores (David Báez, Adriano Fortarezza, Manuel Jorques y Eduardo A. Vidal), que repletan más de setecientas páginas compuestas con letra más bien pequeñita. Ya aquí advertimos dos anomalías que la convierten en una rara avis. Pero es que, además, pronto se inicia la cabalgata de sorpresas argumentales, personajes curiosos y ambientes inesperados, que no dejan que el lector se relaje ni un solo minuto. Para ilustrarlo, puedo contarles cómo se inicia el libro: los hermanos Ariel, Roma y Azriela Lewitz están a punto de fichar a la famosa tuitera Paranoicaconreflex para impulsar su decaída editorial, que precisa de un empujón mediático que la reactive. El libro llevará un prólogo de Benjamín Prado. En el otro lado del Atlántico tenemos a don Pancho, un capo colombiano de la droga, quien adelanta una buena suma de dinero para la publicación del libro; pero viendo que no recibe ni la devolución ni los intereses del préstamo, envía a uno de sus hombres (Crespo loco) a Barcelona para reclamarlo. A partir de ahí (discúlpenme que no quiera adelantarles más), comienza un chisporroteo inagotable de bromas, situaciones inesperadas, escenas de sexo, brutalidades y mentiras, que irá enredando a innumerables personajes: las deposiciones dificultosas y asperjadas de Crespo, que padece unas dolorosas hemorroides; las prácticas sadomasoquistas extremas que protagoniza Efraín Lewitz con el gigantesco gitano Tonelada; los placeres transferidos que experimentan las hermanas gemelas Roma y Azriela; un “defensa guaperas del Barsa” que se llama Forqué y que participa en timbas clandestinas de póker; las muertes súbitas y truculentas de dos homosexuales relacionados con elevados niveles del independentismo catalán; un rockero indie llamado Nacho Bigas, cuyo libro está siendo despedazado por la crítica; Youssef, el poeta de la yihad; tiritos de droga como panacea para casi todos los problemas (como elemento enervador o bien adormecedor); y, en fin, un ambiente continuo de transgresiones, diálogos escatológicos e incluso páginas de más honda seriedad literaria (véase por ejemplo la página 454).

Obedece a la morsa es, de verdad y de principio a fin, un puro disparate, un texto juguetón, moderno e iconoclasta, escrito a cuatro manos (afirmar que lo ha sido a ocho implica una humorada ambidextra poco creíble), donde no queda títere con cabeza y con el que los lectores tenemos libro para deleitarnos y reír durante semanas. Éxito asegurado.

lunes, 25 de octubre de 2021

Diarios


Tras dos brillantes textos prologales de Marta Sanz y Fernando Valls (ella, acercándonos a los numerosos pliegues y recovecos anímicos del escritor, quien redactó este intenso volumen que se le antoja una “crisálida”; él, más profesoral pero no menos jugoso en su aproximación crítica, llena de ideas interesantes), los lectores gozamos del privilegio de poner sumergirnos en los cuadernos que, entre los años 1985 y 2005, fue completando el gran escritor valenciano Rafael Chirbes, fallecido en 2015. Y en este bello, sobrecogedor e intenso paseo, propiciado por la editorial Anagrama, descubrimos cómo el gran novelista de Tavernes revisa y desmenuza los pormenores de una vida (y una creación literaria) llena de dudas, momentos de luz, vacilaciones, esplendores y desatinos, que Chirbes detalla con extraordinaria sinceridad: la fisura que tiene en el ano y que le provoca dolores inaguantables;  la relación afiebrada (y la ruptura no menos cruda) que lo vinculó con el francés François; aquella aciaga inundación que le hizo perder centenares de libros, fotografías y manuscritos en su casa; los numerosos locales de ambiente homosexual a los que acudía en busca de parejas; sus adicciones (los excesos con el alcohol y el tabaco, el consumo ocasional de cocaína o popper); su impotencia y su desazón cuando el tono de una novela no terminaba de quedar claro en su mente… Y cuando hemos recorrido las 465 páginas del tomo comprobamos que, al modo borgiano, todos esos puntos conforman un retrato poderoso del escritor y del ser humano, un dibujo anímico de singular intensidad.

Como resultaba esperable, Rafael Chirbes nos ofrece también un resumen de sus fervores literarios, tan amplios como contundentes: santa Teresa de Jesús (“Una lectura imprescindible para alguien que quiera escribir en lengua castellana”, p.75), Marcel Proust (“Como párvulos de escuela, hacemos ejercicios prácticos de caligrafía sobre la plantilla que nos dio”, p.77), Honoré de Balzac (“¡Es un escritor tan grande, tan certero!”, p.81), Miguel Torga (“Está entre mis más queridos modelos”, p.260), Paul Auster, Roberto Bolaño, Carmen Martín Gaite. Pero nos da también cuenta de sus desafecciones y odios, no menos contundentes: Dalí y Gala (“farsantes sin escrúpulos”, p.104), Juan Benet (“Sin que le preguntes, te está diciendo todo el rato que tú nunca vas a llegar a su altura. Muy bien, tú ahí arriba y yo aquí abajo, ¿y ahora qué hacemos?”, p.119), Belén Gopegui (“No parece que sepa tanto como cree, así que al final resulta que enseña poco y no seduce nada”, p.398), Justo Navarro, Bernardo Atxaga, el libro Memoria de mis putas tristes de García Márquez (que le parece “patético”) o la novela Cabo Trafalgar de Pérez-Reverte (a la que le dedica un interesante análisis entre las páginas 440 y 444).

Algunos libros contienen respuestas (inteligentes, agudas, inquietantes, certeras) a preguntas que ni siquiera nos habíamos formulado explícitamente. Los Diarios de Rafael Chirbes, llenos de reflexiones literarias, filosóficas y vitales, son un buen ejemplo. Imprescindible.

domingo, 24 de octubre de 2021

Tantos lobos

 


Leer un libro de Lorenzo Silva siempre resulta, para mí, un placer; incluso cuando la obra (como en este caso sucede) es un producto evidentemente menor. Los cuatro relatos que componen Tantos lobos no esconden en ningún momento su condición de “historias veraniegas”, compuestas para su publicación en la prensa semidesértica del estío; pero hay que reconocer que, aun siendo eso y no más, el escritor madrileño las traza con elegancia, fluidez y oficio.

Nos habla de chicas que han sido estranguladas y abandonadas en el área de descanso de una autopista de peaje, después de haberse arriesgado en el siempre peligroso mundo del ciberespacio (“547 amigos”); de muchachas despeñadas y que presentan signos de arañazos y mordiscos (“Antes de los dieciséis”); de adolescentes poliamorosas que terminan encontrando la muerte antes de tiempo como consecuencia de su imprevisión (“Cuatro novios”); y de niñas de apenas cinco años a las que alguien, en el colmo del salvajismo, ha ahogado sin ningún tipo de escrúpulos (“La hija única”). Todas ellas, caperucitas ingenuas, han sido víctimas de los lobos que rondan por el mundo; y para las cuales Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro tratan, al menos, de conseguir justicia.

Una obra distraída, para entretener un par de tardes de fin de semana.

viernes, 22 de octubre de 2021

La Casa de las Palomas

 


“Describe tu aldea y serás universal”, declaraba Tolstoi. Era su sincrética forma de decir que cuando agudizas la mirada y la concentras sobre tu entorno estás abordando la más difícil (pero quizá la más luminosa) de las tareas literarias: la descripción de aquello que nos rodea a todos, pero que solamente algunos son capaces de percibir de una forma única y convertirlo en arañitas de tinta para la eternidad. Me da la impresión de que Teresa Vicente lo ha logrado en su libro La Casa de las Palomas, que supone una revisión (y una revisitación) de su infancia, en la que se ha detenido en mil pormenores, escrupulosamente dibujados: la portera cascarrabias del inmueble donde vivían, el trabajo de su padre en la Fábrica de la Seda, las procesiones de Semana Santa, los escondrijos donde sus progenitores escondían los regalos de Reyes, las aburridas misas del domingo en la catedral o en San Miguel (parroquia en la que fue bautizada bajo el nombre de María Teresa Miguela, según nos indica en la página 35), la ingenua felicidad expansiva con la que le contó a su amiga Llanos que ya le había venido la regla, el lejano parentesco que unía a la familia con el poeta oriolano Miguel Hernández, su paso anodino por un colegio de monjas, su milagroso aprobado en aquel examen en el que permitieron hablar del Segura (en lugar de hacerlo sobre el Guadiana, que era el tema que le tocó) o, en fin, los parientes y vecinos que su memoria ha sido capaz de retener y perfilar ante nuestros ojos con extraordinaria nitidez.

Concentrada en recopilar los rostros y sucesos del pasado, Teresa Vicente logra tejer un fresco bellísimo, lleno de colores polvorientos, donde queda cobijado su ayer y, acaso, el de muchas otras personas. A ese prodigio, cuando se ejecuta con palabras atinadas, lo llamamos Literatura.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Perdedores

 


La historia del capitán Manuel Sánchez no ha sido olvidada con el paso de las décadas porque sus ingredientes (refrescados por Vicente Aranda en 1985 para su versión cinematográfica) incorporan tal cantidad de atrocidades que resulta imposible olvidarse de ellos: el exmilitar embrutecido por el juego y el alcohol; su hija, forzada a la prostitución para suministrarle recursos económicos; el crudo asesinato a martillazos de uno de los hombres que se acercaban la chica; el juicio celebérrimo, que acabó con la muerte del capitán en el paredón y con la hija en la cárcel (1913)… Con la mitad de estas truculencias, cualquier novelista dispondría de materiales sobrados para poner ante nosotros una historia tan repulsiva como magnética.

La narradora que se ha propuesto refrescar y enriquecer este venero narrativo para el sello Dokusou se llama Anabel Rodríguez Sánchez, es abogada (su aproximación a los pormenores jurídicos del asunto está teñida de detalles técnicos que demuestra conocer) y reconstruye aquellos malhadados sucesos incorporándoles personajes nuevos, felices descripciones urbanas, indagaciones psicológicas de notable vigor y, sobre todo, una prosa convincente y madura, con la que envuelve a los lectores. La voz infantil de Virginia, la hija pequeña del capitán Sánchez, que enriquece muchos capítulos con su aportación en primera persona, supone un acierto emotivo y novelesco de primera magnitud.

De tal modo que, aunque conozcamos los detalles históricos de aquella cenagosa historia a través de la televisión o de la Wikipedia, la escritora nos sorprende y nos embriaga, porque despliega todas sus artes (que son muchas y buenas) para absorber nuestra atención y entregarnos una novela en la que todos los implicados en la trama (defensores y acusadores, jueces y testigos, periodistas y abogados, familias y curiosos) quedan salpicados por el barro innoble del horror. No se sale impune del buceo por las sentinas del alma.