jueves, 30 de septiembre de 2021

Volver a dónde


Antonio Muñoz Molina recuerda en la página 302 de este libro la frase que musitó su abuelo, tras observar cómo redactaba unas líneas en la máquina de escribir: “Se ve que esto se le da mejor que coger higos”. Por fortuna para quienes amamos las obras de este escritor, aquel niño sin sangre que nació y vivió su infancia en Úbeda, no mostró nunca demasiada aptitud para las labores agrícolas, ganaderas o mercantiles; y fue en el amplio territorio de las letras donde encontró el cauce que le permitió encontrarse a sí mismo y revelársenos a los demás.

Volver a dónde (Seix Barral, 2021), su obra de más reciente publicación, fluye y se detiene en varios tiempos a la vez: el mundo de la infancia (burbujeante de recuerdos), las semanas durísimas de la pandemia covid (cuando las anomalías del silencio, el temor y el aislamiento se trenzaron dentro de cada corazón y cada ánimo) y la secuencia final del año 2020 (en la que esperanzas y decepciones jugaron a alternarse). Se trata —y a la vez no se trata— de un diario, porque el concepto íntimo del que parte y sobre el que se sustenta la obra es mucho más ambicioso: cuando se vuelven confusas las formas del presente, e impredecibles las del futuro, la memoria se concentra en la claridad recuperada del pasado. Por eso Muñoz Molina, situado en su balcón con media copa de vino y rodeado por todas las plantas que ha comenzado a cultivar con especial ternura, dirige su mirada hacia el exterior (por donde pululan gentes con mascarillas, pero también idiotas que han abdicado de la prudencia y la sensatez) y hacia el interior (que se condensa en los recuerdos tibios de su casa infantil, de su familia numerosa, de sus parientes reales o imaginarios). El título del tomo nos sugiere de esa manera dos interpretaciones distintas pero compatibles: volver a la normalidad social (que no se sabe cómo resultará: de ahí la incertidumbre del adverbio) y volver al territorio dormido o muerto del ayer (que queda rodeado por la niebla: de ahí, otra vez, la incertidumbre del adverbio). “Este raro presente” (susurra el escritor en la página 221) “alumbra para mí zonas perdidas del pasado”.

Intenso y lúcido, Muñoz Molina abomina en estas páginas bellas e inteligentes de las irresponsabilidades botarates y cainitas de los políticos, más preocupados de vapulearse entre sí que de resolver problemas; insiste en la bochornosa erosión calculada que han sufrido en España los servicios públicos (Enseñanza y Sanidad, sobre todo); se indigna con el comportamiento incívico de una juventud majadera que cifra su libertad en la convocatoria de botellones (“Los sanitarios se ven desbordados otra vez por la multiplicación del número de enfermos, millones de personas trabajadoras se ven arrojadas al paro y a la pobreza; pero estos miles de idiotas a los que entre todos les pagamos sus carreras universitarias no tienen la madurez mínima ni la decencia de cumplir las normas y dejar de emborracharse en manada un fin de semana”, p.313); relee a Benito Pérez Galdós para intentar comprender mejor el país en que vive, donde los necios y los extremistas suelen prevalecer sobre los honestos y laboriosos; y, a la postre, nos deja un poso resignado o melancólico cuando nos hace reflexionar sobre qué imagen tendrán de nosotros en el futuro.

Un libro duro, comprometido, sensato y lleno de silencios reflexivos, que vuelve a colocar en nuestras manos la prosa de uno de los más admirables escritores de la actualidad.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

La difícil convivencia


La colección de cuentos que acabo de terminar no me ha parecido mala. Tendría problemas para juzgarlo un libro memorable, pero entiendo que puede ser leído sin vergüenza. Se trata (aún no lo he dicho) del volumen La difícil convivencia, y su autor es el cordobés Rafael Narbona, que fue secretario de Armando Palacio Valdés y de los hermanos Álvarez Quintero. En la Wikipedia, no sé bien por qué razón, etiquetan este libro como “novela”, sin serlo en modo alguno.

Dentro de los mejores relatos que contiene el tomo destacaría “El lugar vacío”, en el que nos habla de un famoso médico que se retira a vivir en la soledad absoluta, tras verse imposibilitado para curar a su esposa paralítica; o la “Historia de un perro vagabundo”, con la que reconozco haberme emocionado; o con “Dulce intimidad”, donde hay soberbios destellos estilísticos del escritor. Pero también (seamos justos) se encuentran entre sus páginas algunos otros relatos, como “Epifanía sin Reyes” o “Aire puro”, a los que resulta más piadoso no adherir ningún adjetivo calificativo. 

He subrayado algunas frases en el volumen, y me gustaría compartirlas aquí, por juzgarlas interesantes: “No hay adulación que no cueste dinero. En la selva civilizada todo tiene un precio; todo se cotiza”. “Hacerse temer en un buen sistema para hacerse respetar”. “En la ciudad, los hombres defienden sus ideas, su conducta o sus privilegios en una lucha a muerte, pero sin sangre, sin disparos, sino taimadamente, entre sonrisas, frases amables y hábiles negativas”. “Esa compenetración espiritual que hace compatible la amistad y el amor es tan difícil que apenas se da en la vida”. “Hablar con alguien es fácil; dialogar, no”. “No se le puede exigir demasiado a la vida ni a las personas”. “Entregarnos con absoluta generosidad a alguien supone un riesgo”.

domingo, 26 de septiembre de 2021

La voz muerta


“A veces, oigo muertos”, podría haberle dicho Leopoldo Blaw a su amigo Alberto, que lo está escuchando con tanto estupor como inquietud. Porque, convocado el segundo a la casa del primero al filo de la medianoche, está enterándose de que su viejo amigo de la infancia cree escuchar las palabras que le dirige su fallecida esposa Helena; y tal certidumbre, como es natural, lo tiene perturbado, ojeroso y descompuesto. Pero quien se quedará así será, por sorpresa, Alberto, porque su amigo tiene una crisis ante él y, sin darle tiempo a reaccionar, se toma un frasco de cianuro y pone fin a su vida.

Con este arranque, Enrique Jardiel Poncela empieza a construir el misterio de su novela La voz muerta, que publicó en 1922 y que ahora el sello Dokusou recupera para el público lector. El desarrollo de la trama es airoso y el estilo de la narración brillante; pero es justo reconocer que la secuencia final, cogida con alfileres y forzando la credulidad de los lectores, malbarata la pieza. Invertir algo más de reflexión en ella le hubiera servido al madrileño para encontrar mejor cierre para una historia que, argumentalmente, no era mala.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Música para feos

 


Juzgar sin conocer es uno de los graves errores que puede cometer el ser humano. Y llegar al extremo de convertir ese juicio en desprecio supone ya ingresar en la insensatez absoluta. El poeta Antonio Machado, hombre ponderado y reflexivo, lamentaba la actitud de quien “desprecia cuanto ignora”.

En esta novela que Lorenzo Silva publicó en 2015 nos encontramos con Mónica, una periodista de veintinueve años que trabaja de forma precaria y que carece de suerte en el amor. Y nos la encontramos, nada más empezar la lectura, bailando en un tugurio bajo la mirada de un hombre que aparenta tres lustros más que ella y que se comporta de un modo bastante enigmático: no le revela prácticamente nada sobre su trabajo, su familia o sus intereses. Ni siquiera acepta el número de teléfono que ella le ofrece, con esa extroversión peligrosa que el alcohol regala a sus consumidores más desprevenidos. De esa forma tan simple (un aparente ligue convencional) surgirá una relación que será de todo menos simple. Ramón (así dice llamarse) seguirá ocultándole todo tipo de informaciones personales, pero el amor brotará entre ellos y los unirá con fuerza… hasta que él le comunica que ha de ausentarse de la ciudad y del país durante cuatro meses. Tampoco entonces se avendrá a mostrarse más explícito sobre su trabajo o el destino al que se dirige.

Sólo cuando pasen las semanas, Mónica irá descubriendo quién es Ramón, y cuál es la causa de que se obstine tanto en el mutismo hermético.

Maestro habilidoso en el arte de la narración, el madrileño Lorenzo Silva edifica aquí un canto y un homenaje a las personas que necesitan ocultarse (por pudor, por precaución, por seguridad), pero que desarrollan una labor necesaria, que no siempre resulta bien entendida o agradecida. Y, a la vez, consigue que ese canto y ese homenaje se anuden con una delicada y admirable historia de amor, que nos es detallada por su protagonista con extraordinaria belleza.

Otro espléndido trabajo de uno de los grandes novelistas españoles vivos.

martes, 21 de septiembre de 2021

La sombra que habita en nosotros


Podría explicar el suceso que protagonizaron en Murcia en el año 1975 un joven abogado del Estado y la hija del dueño de una academia de enseñanza, pero estropearía la tensión narrativa que se construye, lenta y delicadamente, en las páginas de La sombra que habita en nosotros (La rosa de papel, 2021). Sería estúpido y cruel por mi parte. Digamos, eso sí, que este minucioso delta narrativo creado por Juan Ramón Calero (Murcia, 1947), comienza a fraguarse alrededor de 1914. En esa época inicia su andadura una maquinaria novelesca donde los acontecimientos históricos externos (la Primera Guerra Mundial, el desastre de Annual, la Segunda República, la Guerra Civil, la interminable dictadura franquista) rodean y condicionan a las dos familias que vertebran la obra.

Pero el punto culminante, el centro del drama, hay que situarlo en el año 1940, cuando un fiscal del bando vencedor actúe contra un hombre y contra su yerno, ocasionándoles graves perjuicios personales y profesionales. Arranca ahí una doble trayectoria que los lectores seguimos con interés: de un lado, el rumbo de la familia Blesa, instalados en la parte cómoda de la sociedad y disfrutando de sus prebendas políticas y económicas; del otro, los avatares que afligen a la familia Dávila, rodeados de estrecheces y silencios, obcecados en el duro ejercicio de sobrevivir… Y de pronto, cuando todo parece estabilizarse y entrar en una dinámica rutinaria, aparecen los hijos, Ricardo y Luisa, que se conocerán de manera fortuita y que sentirán cómo el amor nace en sus pechos.

Con esos mimbres se podría haber trenzado una historia sensiblera e intragable, llena de melaza, purpurina y música de violines, con buenos buenísimos y malos malísimos, estudiantes abnegados y novias virginales, y con perdones y reconciliaciones de cartón piedra, hasta el arco iris final. Pero Juan Ramón Calero soslaya esas tentaciones y se aplica a la confección de una novela (realista e imaginativa a la vez) que atraviesa sesenta años de la historia reciente de nuestro país, para dar a los lectores una visión panorámica de la sociedad y del ser humano, galvanizado o aturdido siempre por sus pasiones. Y lo hace además con una prosa cuidada y de avance nítido. Son atractivos suficientes como para sumergirse en esta obra.

Si me aceptan el consejo, adéntrense en la novela. Creo que les puede gustar.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Una aventura extraña



La experiencia a la que se ve sometido Manuel Araluce es tan anonadante como perturbadora: después de haber dado un largo paseo por las calles nocturnas de Madrid se ha encontrado con una mujer de voz seductora, se ha metido con ella en un taxi y, tras ser anestesiado con cloroformo, ha despertado en una casa que no reconoce, atormentado por una situación terrible: es incapaz de controlar su mente y es incapaz de controlar su cuerpo. ¿Qué ha sucedido, para que algo así suceda? La única explicación se encuentra en una carta que localiza junto a la cama donde está acostado. En esa carta, escrita por él mismo (reconoce sin ningún género de duda su letra), una mujer llamada Margarita Steck le explica cómo, a punto de morir por un cáncer, ha logrado introducir su alma dentro del cuerpo de Manuel, para no perecer del todo. De tal suerte que ahora conviven en su interior un alma de mujer y un alma de hombre. La situación es tan alocada como cierta, tan sofocante como incómoda: Manuel comienza a mirar con deseo a hombres y mujeres; a veces se afeita y a veces se pinta los labios; se coloca los pantalones o prefiere unas medias y zapatos de tacón. ¿Cómo logrará evadirse de esta pesadilla (si es que resulta posible hacerlo)?

El sorprendente Enrique Jardiel Poncela nos propone en esta novela corta de 1922 una trama donde humor y angustia caminan de la mano y donde, con la habilidad de un maestro, juega con nosotros como quiere. No me canso de visitar sus páginas ni de conocer textos suyos, largos o breves, teatrales o narrativos: me cautiva.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Mortaja de barro


Son muy pocas las culpas y muy pocos los pecados que consiguen permanecer escondidos para siempre. A veces ocurre, claro, pero no es una norma universal. La conmoción sobreviene cuando esas culpas y esos pecados parecen haber sido engullidos por la niebla del tiempo y, de pronto, ésta se diluye después de muchos años y los muestra a la luz. El escritor navarro Carlos Ollo Razquin explora en su reciente novela Mortaja de barro (Erein, 2020) esa posibilidad inquietante; y para lograrlo nos sitúa junto al embalse de Eugi, donde una serie de cambios en el caudal y las condiciones térmicas ha permitido que salga a flote un cadáver que ha permanecido envuelto en un sudario de barro por espacio de décadas y que ahora, momificado, retorna a la superficie. Rápidamente, el aparato policial se pone en marcha y se consigue identificar el cuerpo: corresponde al de Magdalena Seminario, una adolescente que dejó de ser vista en 1971. Todos los habitantes de la localidad estaban convencidos de que la muchacha se había fugado de casa (la intransigencia religiosa de su padre, unida a su carácter violento, alimentaban esa sospecha), pero el estupor cunde al descubrirse que fue violada y asesinada.

A partir de ese momento, Carlos Ollo moviliza todos los resortes de las mejores novelas negras para atraparnos en esta investigación: varios presuntos culpables, que comienzan a ponerse nerviosos con la llegada de la policía; los hermanos de la víctima, que quedan noqueados por la abrupta revelación de su muerte; los vecinos del pueblo, que asisten perplejos a los interrogatorios y a la llegada de la prensa más carroñera; e incluso al antiguo comisario Galarza, que se ocupó del caso de la desaparición y que ahora ya está jubilado.

El resultado final es una novela que nos conduce atinadamente por los misterios del corazón humano y por sus peores pasiones: la crueldad, el odio, la venganza, la soberbia, el rencor, el crimen.