lunes, 31 de agosto de 2020

Mariluz y sus extrañas aventuras




Cuando mis hijos pequeños me pusieron en las manos el siguiente libro para que les leyera por las noches, ni siquiera me fijé en la cubierta. “Se titula Mariluz y sus extrañas aventuras”, me resumió el mayor de mis menores. Y eso fue todo. A partir de ahí, me dediqué a leerles con voz campanuda (y con tonos teatrales) la historia de la pobre Mariluz, cuyo pueblo estaba sufriendo una misteriosa oleada de robos muy singular: el caco se llevaba solamente… ladrillos de las paredes de las casas. Y de nada servía tenderle trampas o vigilar con cautela para sorprender al delincuente en el momento del robo: jamás nadie conseguía descubrirlo con las manos en la masa. Una noche de insomnio, Mariluz observa cómo un ladrillo de su pared empieza a ser extraído y decide seguir los pasos de quien lo ha sacado del muro. De esa manera acabará por enterarse de quién es en realidad el autor de los robos; y, sobre todo, por qué los ha ejecutado.
Luego descubrí cómo acudía al pueblo de Mariluz un desaprensivo vendedor de alfombras voladoras, que pretendía vendérselas a los incautos habitantes por un precio aparatoso. Y por fin, para rematar el volumen, descubrí lo bien que se lo pasaba Mariluz acudiendo al museo del Prado y haciéndose amiga de una de las personas retratadas allí por Velázquez, a la que termina haciendo un regalo tan singular como llamativo.
Unos relatos muy sencillos y muy amables, firmados por Fernando Aramburu y adornados con las ilustraciones de Clara Luna, que han gustado a mis hijos y que, por tanto, me ha gustado a mí.

domingo, 30 de agosto de 2020

Poemas a Lázaro



Mentiría si dijese que he entendido todos los versos de este poemario. No es así, y lo reconozco con humildad: algunas de sus composiciones las he leído varias veces, en silencio y con esforzada concentración y no he logrado penetrar en su sentido. Pero esa incapacidad mía no me impide comprender que me encuentro ante una obra lírica espléndida, en la que he subrayado con colores muchas de las composiciones, por causas variadas: “Primer poema” (por su condición de pórtico inigualable), “Entrada al sentido” (por su esplendor íntimo, que se puede observar en estos dos versos: “Entre la voluntad y el acto caben /océanos de sueño”), “Hemos partido el pan” (airoso y alígero gracias a sus versos de arte menor, y que me ha recordado a mi amigo Pascual García, autor del poemario Luz para comer el pan), “Rotación de la criatura” (donde convierte en mármol su dominio sobre los endecasílabos), “A don Francisco de Quevedo, en piedra” (honda reflexión sobre la patria y sobre el vitalismo), “Cementerio de Morette-Glières, 1994” (donde se menciona a un combatiente de Mula, que imagino que puede ser la localidad murciana, y que fue junto con otros “sangre sonora de la libertad”) y, sobre todo, ese abrumador poema que cierra el libro y que, dedicado al premio Nobel malagueño Vicente Aleixandre, emociona por su condición metafórica: la vida como viaje en tren, con sus estaciones, sus paisajes rápidos en la ventanilla y su andén de llegada multitudinario.
Me gusta mucho la poesía del orensano José Ángel Valente. Tengo que continuar explorando sus restantes obras.

sábado, 29 de agosto de 2020

El Sur



En 1983, el cineasta Víctor Erice lanzó al mundo su película El sur, basada en la novela breve del mismo título, escrita por quien en aquel momento era su pareja: la espléndida narradora Adelaida García Morales. Así que cuando se aborda la lectura de este delicado libro resulta insoslayable la comparación con su versión cinematográfica. ¿Es mejor la novela o es mejor la película? En mi opinión, ambas versiones de la historia resultan deliciosas, aunque resulta fácil advertir las diferencias que las separan. Y no hablo de los nombres de los personajes (que la narradora se llame Estrella en la película y Adriana en la novela, por ejemplo), lo cual resulta una banalidad, sino de construcciones íntimas distintas.
En la novela de Adelaida García Morales (que es la protagonista de esta nota de lectura) podemos encontrarnos con un protagonista que vive ensimismado en su mundo de silencio y que impone ese silencio en su breve entorno familiar, integrado por su esposa y su hija. Proviene del sur (lugar al que se obstina en no regresar), es un apreciado zahorí, reniega del mundo de la religión y no desea que su hija asista al colegio. En su pasado, nebulosamente, hay una mujer llamada Gloria Valle, con la que aún intercambia cartas de vez en cuando. Y algo en su espíritu lo hace estar siempre triste (“El sufrimiento peor es el que no tiene un motivo determinado. Viene de todas partes y de nada en particular. Es como si no tuviera rostro”), hasta el punto de haberse referido a la liberación que supondría pegarse alguna vez un tiro. Esa amargura interior se manifiesta en su constante encierro en el despacho, en su mutismo casi unánime e incluso en la bofetada que le propina a su hija cuando la ve en cierta ocasión hablando con un chico.
¿Qué ocurrió en el sur? ¿Qué vendavales soplan en el corazón de este hombre abatido y desarraigado, que le impiden ser feliz? Una narración tenue, llena de nieblas, lentitud y claroscuros, en la que los lectores (testigos asombrados de la historia) somos invitados a sentarnos y escuchar en silencio.

viernes, 28 de agosto de 2020

Problemas oculares




Pocos autores pueden encontrarse en la reciente literatura española tan brillantemente capacitados como Javier Tomeo para extraer jugo narrativo de situaciones o detalles que, por su insignificancia, pasarían inadvertidos para el resto de creadores. En Problemas oculares se centra, como el título bien sugiere, en todos los asuntos relacionados con el mundo de la vista. Y ese ámbito (que podría antojarse tan limitado o poco sugerente) le facilita innumerables armas para disparar textos sorprendentes hacia los ojos del lector.
Nos encontramos así con el aleccionador diálogo entre un bizco y un miope; con los recelos dobles que desarrollan unos cegatos que han decidido jugar al ajedrez sin apenas fiarse el uno del otro; con un miope peleándose en la calle con un belicoso enano; con el protosuicida que acude, desesperado, a un barbero que ve poquísimo para que lo afeite a navaja; con el miope que se enamora entusiasta de una mujer horrible; con un capitán de barco que es abandonado en una isla por su tripulación, harta de sus deficientes ojos; por un mayordomo que es despedido en Navidad a causa de su incompetencia visual; y, sobre todo, con el relato que lleva por título “La incertidumbre”, donde se nos habla (la lectura política es casi inevitable) de un autobús que es conducido por un miope que, pese a la votación democrática que se celebra entre los pasajeros con el objetivo de relevarlo de sus funciones, continúa guiando el vehículo hacia el borde vertiginoso de un acantilado.
Para divertirse durante una tarde con propuestas disparatadas, en las que se nos habla de soledad, tristeza, conformismo, rencor o estupefacciones, con ácidas gotitas de humor.

jueves, 27 de agosto de 2020

Los defectos de la anestesia




Se supone (es mucho suponer; pero, en fin, por lo que sea se supone) que los críticos literarios y los reseñistas de libros deben abordar profundos análisis de las obras que caen en sus manos, diseccionar sus fuentes (eso que Joan Oleza llamaba “crítica hidráulica”), colocarles una etiqueta aclaratoria que sirva a los demás lectores como orientación (¿?) y que, incluso, acometan la asombrosa tarea de ponerles una nota (lo estoy viendo en algunos periódicos últimamente).
Pero, tras haber publicado más de dos mil reseñas en prensa escrita y digital durante tres décadas y haberme liberado de ataduras, ñoñerías y caprichos ajenos, resulta que en la República Independiente de mi blog puedo permitirme el lujo de decir las cosas como me apetece. Y lo que me apetece decir sobre libros como Los defectos de la anestesia (que publica Ernesto Ortega en Enkuadres) es que es buenísimo. Así, sin más. Bueno hasta decir basta. Bueno en su escritura y en sus argumentos. Bueno en su gradación. Bueno de arriba abajo. Bueno y punto. Una jodida maravilla.
Me ha encantado descubrir en sus páginas las asombrosas aplicaciones prácticas de un oficio languideciente (“El afilador”); la bella metáfora circular o cuántica de un viaje en tren (“El túnel”); los beneficios que el viento puede producir en la Sanidad Pública (“Hos tal”); la metamorfosis inquietante de un noble animal (“Adaptación”); un examen sorpresa que se convierte en símbolo de rebelión (“Adolescentes kamikazes”); la decepción infantil ante el final de un número circense (“Desilusión”); los sucesivos ruidos nocturnos que impiden el descanso (“Noches de perros”); la maravilla de un microrrelato de ambiente infantil para enmarcar (“Malos tiempos para las hadas”); el estremecimiento oriolano que impregna las dos últimas líneas de “Cucharadas de tierra”; la gloriosa gozada de “Plan para el fomento de la lectura”; la tristeza íntima que borbotea en las líneas de “Hábitos”; un canapé que nos hace tragar saliva (y no de hambre) en “El de la vergüenza”… y muchas más cosas que, oigan, no les pienso destripar.
Busquen esta obra en su librería más cercana (o en la web de la editorial) y se van a enterar de las bellezas que contiene. Oro molido.

martes, 25 de agosto de 2020

El móvil



Álvaro es un abogado que, pese a su titulación profesional, concentra todos sus intereses vitales en el mundo de la literatura, en el que quiere triunfar con la composición de una obra magna, sublime, imperecedera. Para lograrla, dedica sus tardes al trabajo (es asesor jurídico de una gestoría) y las mañanas al cultivo de las letras, a las que se consagra siguiendo el alto ejemplo de Flaubert, cuyo magisterio no declina ni palidece con el paso de los años.
La semilla argumental que tiene Álvaro para su novela es sencilla y contundente: un escritor compone una obra utilizando a los vecinos de su inmueble como protagonistas involuntarios, y en ella se urde un crimen en el que un matrimonio del edificio se erige en verdugo y un anciano solitario en víctima... Huérfano de imaginación (esa lacra no se menciona, pero las páginas de Javier Cercas son inequívocas al respecto), Álvaro decide utilizar a sus propios vecinos como marionetas de su guiñol novelístico, y se dedica a manipular sus vidas con el fin de observar de sus reacciones (que espía a través de las ventanas e incluso graba en un magnetófono) y trasladarlas a las páginas. Sólo tras modelar la realidad se siente con fuerzas para componer los capítulos que la traduzcan al mundo de la fantasía literaria.
En resumidas cuentas, nos encontramos ante una estructura abismática o de matrioskas que, pese a su condición forzada y algo previsible, está escrita de un modo suelto y agradable. No constituye un libro de primera línea en la producción de escritor extremeño, pero sí que se lee con agrado.

lunes, 24 de agosto de 2020

Crónica de una muerte anunciada




Leer en la prensa la triste noticia de la muerte de Mercedes Barcha y pensar, casi de inmediato: “Tengo que releer algo de Gabriel García Márquez”. Y acudir a las páginas amanecientes de Crónica de una muerte anunciada, y preparar un café, y quitarte el calzado, y dejar que el ventilador sea el único sonido de la habitación, y decirle a Gabo: “Venga, es tu turno, habla”.
Después de todos esos prolegómenos, la historia de Santiago Nasar (que he leído cinco veces y ahora seis) vuelve a desplegar su arco iris de belleza tropical y, sobre todo, su relojería implacable, en la que cada ruedecita dentada actúa como un heraldo del fatum. Camino por el pueblo, me tropiezo con sus gentes, contemplo los residuos de la celebración nupcial de Bayardo San Román y Ángela Vicario, me irrito con la displicencia del obispo, imagino la vivienda del viudo (donde se ha encerrado Bayardo para aniquilarse, como un Nicholas Cage que viajase a Las Vegas), intento levantar del suelo la maleta conteniendo dos mil cartas sin abrir, visualizo los expedientes judiciales pudriéndose en su lecho de agua y, por encima de cualquier otra emoción, me siento embrujado por la prosa inigualable de este coloso colombiano y universal que nos ha regalado una de las mejores herencias literarias del siglo XX, compuesta por monumentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba o esta sofocante Crónica de una muerte anunciada.
Loada sea doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán. O, lo que viene a ser lo mismo, viva la madre que lo parió.