lunes, 29 de junio de 2020

La paciente silenciosa




Alicia Berenson tiene 33 años y es una pintora que comienza a tener un nombre entre los expertos. Su matrimonio con Gabriel también parece feliz. De pronto, sin motivo aparente, se ve inmersa en un suceso terrible: ha sido encontrada, con expresión ausente, junto al cadáver de marido, al que presuntamente ha matado de varios disparos en la cara, mientras permanecía atado a una silla. Nadie (ni la policía, ni los abogados, ni los psiquiatras) ha conseguido que abra la boca desde entonces, para explicar el suceso; y permanece internada en el centro asistencial The Grove… Por su parte, Theo Faber tiene 42 años y es psicoterapeuta. Intrigado por la atroz historia de Alicia (que ha conocido por los periódicos), logra que lo contraten y le permitan tratar a esta singular paciente. Su objetivo: conseguir penetrar en su mente y derrotar de una vez por todas su mutismo, para que explique qué ocurrió verdaderamente en aquella habitación.
Poco a poco, con lentitud muy bien graduada por el chipriota Alex Michaelides, las investigaciones (psicológicas, pero también parapoliciales) de Theo nos irán descubriendo los confusos hilos del pasado de Alicia, que incorporan a un padre violento, una tía irascible, un galerista inquietante, un cuñado rijoso, un marido enamorado y unos cuadros donde ha ido plasmando sus inquietudes más íntimas. Por su parte, también Theo arrastra sus propios traumas: después de haber sido un niño maltratado y haber encontrado a Kathy, la mujer de su vida, con la que se casó hace varios años, acaba de descubrir que ella le es infiel y siente que su mundo se derrumba.
Un cuadro, basado en una tragedia de Eurípides (Alcestis), parece contener una de las claves importantes para que Theo Faber consiga desenredar la madeja del silencio, llena de meandros, nudos gordianos y fango pegajoso.
Un libro muy bien construido, muy cinematográfico, donde los horrores de la mente, el crimen, las angustias del pasado y algunas sorpresas (tan inesperadas como impactantes) consiguen atrapar al lector hasta la última página.

viernes, 26 de junio de 2020

Manual del adúltero




Avanzaba el año 2004 cuando Gregorio León (Balsicas, 1971) obtuvo una de las subvenciones que otorgaba la Consejería de Educación y Cultura de Murcia, y publicó con ella el volumen Manual del adúltero, doce cuentos que, auxiliándonos con el célebre título de Gabriel García Márquez, podríamos definir como “peregrinos”, en el sentido de que han viajado por toda España, obteniendo galardones y reconocimientos en Elda, Mieres, Madrid o Sevilla.
El autor, teniendo en cuenta el título de la obra, decide astutamente colocarle una cubierta de color verde (color erótico y también simbólico) e incluye una fotografía donde se observa a través del agujero de una cerradura el cuerpo de una mujer neumática, que fuma un puro mientras posa con lencería negra. La estética de esta presentación es, ocioso resultará aclararlo, deudora de la colección “La sonrisa vertical” de Tusquets. ¿Y qué encontramos dentro? Pues, principalmente, que el autor tiene un dominio de los resortes narrativos bastante notorio. Crea personajes de auténtico calado, como Bolarín, un mindango cazurro, hijo de Valentina la cabrera; o como ese vecino aficionado a la carpintería nocturna, que elabora de madrugada un misterioso ataúd; o como el fontanero que se enamora de una chica mirando una foto; o como el pobre padre de Verónica, que le cuenta sus penas a una rana.
Aparte de la dureza de algunos de sus argumentos, no faltan dosis de humor (el cura borracho que hablaba con “las sílabas practicando patinaje artístico en su boca”, p.35; o la mujer que, a lo largo de su existencia, “tuvo dos novios y un orgasmo”, p.151), así como relatos enteros que se construyen sobre un supuesto jocoso (es memorable la historia de los cónyuges que, por separado, se enamoran del mismo conductor de coche fúnebre en el cuento “La oyente y el policía”).
En suma, un libro cuajado de aciertos estilísticos, que produce muchas alegrías en el lector.

jueves, 25 de junio de 2020

Sherlock Holmes en Venecia




Uno de los episodios menos conocidos de la vida de Fernando Pessoa es que una vez que visitó Fátima fue testigo de un avistamiento ovni. Al principio, creyó encontrarse ante una aparición mariana, porque la femenina figura de luz que se plantó ante él sonreía y lo llevó durante unos instantes a la confusión; pero poco después pudo adentrarse en una nave espacial situada a las afueras de la localidad y constató que no se trataba de la Virgen María, sino de un robot extraterrestre. También el escritor vasco Pío Baroja tuvo ocasión de contemplar el despegue de un objeto de grandes dimensiones, tripulado por figuras enigmáticas.
José Luis García Martín nos cuenta estas historias en su asombroso libro Sherlock Holmes en Venecia, que publicó hace un par de años el sello Newcastle Ediciones y que se completa con otras narraciones divulgativas no menos espectaculares, como la que relaciona el asesinato de Prim con el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, la que muestra a Jorge Luis Borges acobardado ante el hieratismo manipulador de María Kodama, la que resume el encuentro de Luis Cernuda con un fantasma o la que revela la existencia de un poemario de amor (inédito) que Rafael Alberti entregó manuscrito a su amante Beatriz Amposta.
Todas estas páginas (el autor se apresura a subrayarlo desde el título de la obra) son “historias verdaderas”, y lo cierto es que yo acepto sin reservas esta solemne declaración y que pondría la mano en el fuego por la exactitud del sintagma. Y no sólo son verdaderas, sino que también constituyen una delicia desde el punto de vista narrativo. Por eso me permito sugerir su lectura: unas horas de amenidad literaria de alta calidad.

martes, 23 de junio de 2020

Ouija




Dicen los expertos (y seguramente lo corroborarían algunos de los miles de adolescentes que han manipulado ese instrumento durante décadas) que la ouija es un método asombroso para conseguir que los espíritus puedan entablar un diálogo deletreado con nosotros. Ese mecanismo de comunicación entre vivientes y fantasmas (que la Real Academia prefiere castellanizar con el feo palabro de “güija”) es utilizado por el poeta mexicano Raciel Quirino con un sentido diferente: permitir que dialoguemos con nuestro propio ayer, esa zona vaporosa y ya perdida que, sin embargo, sigue flotando en nuestra memoria, en nuestro corazón, en nuestro cerebro. Ya no respiran algunas de las personas que nos acompañaron, ya no existen (o no son iguales) los paisajes que entonces contemplamos, ya no nos atenazan los miedos o las amarguras de entonces; pero mediante la ouija lírica podemos revisitar esa zona pretérita; y, por tanto, revisitarnos a nosotros mismos.
En estas páginas, que edita el sello Liliputienses, intuimos un torrente poderoso y subterráneo de dolores, traumas y cansancios, de imágenes inconexas (o que se resuelven con una sintaxis delirante); un burbujeo de lágrimas represadas, que no se deciden a salir, pero tampoco a desaparecer.
Instalado en la duda, en ese limo desagradable donde las certezas no existen, el poeta encabeza todas sus composiciones con un rótulo interrogativo, que nos va insinuando el camino de la interpretación y el oculto retumbar de los tambores (porque ignoramos cuánto tienen de preguntas y cuánto de gritos oscuros): ¿Eres realmente quien dices ser? ¿Por qué sigues en este plano de existencia? ¿Te hicieron algún daño? ¿Tuviste oportunidades de ser feliz? ¿Recuerdas el momento de morir? ¿Tienes algún mensaje para mí? ¿Quiénes son mis verdaderos amigos? ¿Estoy con la persona correcta? ¿Cuál es el sentido de mi vida?
Nunca podremos estar seguros de dónde procederían las mejores respuestas: la religión, la poesía o los espejos. Tal vez la ouija nos ayude.

lunes, 22 de junio de 2020

El e-mail del mal





Acabo de experimentar una pequeña decepción lectora con un libro de César Fernández García. Una decepción que no me esperaba. Y lo explico. A finales de 2009, leí su novela juvenil No digas que estás solo, que me pareció magnífica y que me animó, apenas cuatro meses más tarde, a abordar Las sirenas del alma, que igualmente aplaudí con entusiasmo. Poco después, me sumergí en El hijo del ladrón y me gustó tantísimo que lo leí para mis hijos mayores.
Esta semana, después de unos años de letargo, he recuperado de la estantería El e-mail del mal (Alfaguara), que también se ha editado como El mensaje del mal (Algar)… Y aquí ha venido el problema. Casi desde las primeras páginas tuve la incómoda sensación de que el escritor madrileño ensartaba cliché tras cliché, sin sorpresa alguna. Tampoco el lenguaje me producía la admiración que sus obras anteriores habían despertado en mí. Y, lo peor de todo, hacia la mitad del libro ya tenía claro quién era el personaje maquiavélico de la novela, que actuaba en la sombra y movía los hilos (lo confirmé con fastidio en las tres últimas páginas del volumen). Con esos ingredientes, avanzaba por los capítulos como quien fatiga una playa rectilínea bajo el sol: sabiendo que cien metros después solamente le espera más sol; y si avanza otros cien, más sol. De hecho, en algunas secuencias los ojos se me iban de diálogo a diálogo, saltando los párrafos descriptivos, pues tenía clarísimo que no eran más que relleno (cuando mi sentido de la justicia me obligaba a volver algunas veces para leerlos… confirmaba la sospecha).
Insisto (y me da rabia hacerlo): un cliché detrás de otro. Ni siquiera el hecho de que la obra esté concebida para un público juvenil la exonera de grisura o pereza. Un libro escrito por el propio Satanás. Una secta que persigue hacerse con él. Un becario que ha encontrado el texto y que se mueve entre el desconcierto y la codicia. Una muerte inexplicable. Un joven periodista que debe cubrir la noticia y que sufre con paciencia y resignación a su novia snob y desdeñosa... hasta que aparece la chica guapa y dulce, que lo ayuda en la investigación y que le hace comprender que es mejor opción que su casquivana pareja actual. Un malo malísimo con acento extranjero y ademanes de película. Una casa tenebrosa llena de pasadizos subterráneos. Una intervención policial in extremis… Toda la novela parece construida con billetes de cinco euros, llenos de pliegues y mugre añosa.
¿Volveré a leer otro libro de César Fernández García? Estoy seguro de que sí. Un bache no estropea una autovía. Ya veremos qué me depara la siguiente aventura.

domingo, 21 de junio de 2020

Alegría de nadadoras




Me baño en las páginas de Alegría de nadadoras, un conjunto de conversaciones que Marisa López Soria construye entre una anciana (Fabia) y su nieta (Marisa), alrededor de varios temas, como el machismo (qué divertido, y qué patético, y qué revelador es el primer relato, en el que se nos habla de una mujer que, harta de su marido, encuentra por fin a un gran tipo, que la hace muy feliz y que le hace descubrir una vida plena. La sorpresa es que se trata de un pingüino, en plena Antártida), la misoginia de algunos renombrados filósofos (del polaco o alemán Arthur Schopenhauer se dice que fue “un triste en definitiva, que es lo peor que uno puede ser en esta vida”, p.19), la inanidad de los test de inteligencia o el fenómeno del exhibicionismo, que es contemplado desde un punto de vista antropológico.
Ternura, ironías, reflexiones sabias y una prosa que no deja ni un solo resquicio para el aburrimiento son los mejores atributos del volumen.

viernes, 19 de junio de 2020

Del azul




En su obra Del azul (Huerga y Fierro Editores, 2000), la escritora Juana J. Marín Saura prosigue la línea dolorosa que había comenzado en libros anteriores y nos reitera símbolos ya anticipados: la isla (que puede ser el corazón, el amor o la poesía), el mar (que golpea a la escritora, o la acaricia, o le borda de espuma los tobillos), el faro (que representa magníficamente la esperanza), etc. Hay algunos poemas donde de nuevo nos habla de pintura (la autora es diplomada en Artes Plásticas), como los dedicados a Toulouse Lautrec, Degas o José María Párraga; hay un poema emocionantísimo donde nos habla de alguien que se encuentra en una silla de ruedas (p.57); y hay también un poema donde vuelve a recordarnos sus ansias de maternidad, no cumplidas (pp.61-63).
Frente a este volumen admirable de Juana J. Marín Saura experimenta el lector la sensación de encontrarse ante una especie de aleph borgiano: todos sus temas principales, sus símbolos más puros y sus sonidos mejores están aquí, girando en torno a la noción de “isla”. Pero hacia el final del poemario, como si la autora estuviera aguardando para derramarnos encima el agua gélida de la decepción, nos proclamará: “Yo tenía una isla […]. Ahora no sé si tengo algo” (p.81).
En realidad, lo que tiene la escritora es más que “algo”: tiene una espléndida voz poética. Y eso los lectores siempre lo agradecen.