jueves, 30 de abril de 2020

Como la noche que nunca amaneciese




Un singular y desgarrado “Monólogo espasmódico en tres tiempos”, que el poeta Miguel Sánchez Robles publicó con el título de Como la noche que nunca amaneciese, concentrará todas las visiones negativas y nihilistas (tan frecuentes en este autor) en un personaje con nombre y apellido: Lola López.
En el primero de los tres tiempos mencionados, la mujer se dirige al personaje bíblico de Job y le habla largamente de su cansancio. Le dice que se encuentra “carcomida en los bordes. Arrodillada en la desesperanza” (p.13); que la vida se le antoja una gris “grieta pútrida” (p.16) que el tiempo se ha entretenido en abrir en su carne; y que la domina constantemente el “ansia de escapar” (p.29). Pero de inmediato surgen las preguntas terribles: ¿escapar hacia dónde? ¿Escapar para encontrar qué? El resumen vital que Lola López se plantea es desgarrador: “No soy: huyo” (p.34).
En el segundo tiempo comienza a alborear una solución para sus cuitas, aunque los matices impresionan: “Es más dulce el suicidio / que esta diaria gangrena”, p.47). Pero Job ni siquiera se digna contestar, pues ha adoptado una actitud de silencio a ultranza, de silencio divino. La mujer, desesperada, se descubre con una interrogación en los labios, dirigida a la vida: “¿Por qué me dueles tanto?” (p.66).
Y en el tercer tiempo descubrimos que no hay tregua posible para quien se pregunta por el sentido de las cosas. No hay luz. Todo es “como la noche que nunca amaneciese” (p.69), como una lepra del alma que nos sume sin rastro de misericordia “en una especie de letargo ebrio” (p.81).
La conclusión no puede ser más contundente, ni más amarga. El autor cierra el libro con estos dos versos, marcados en negrita: “Después de tanto hastío / nunca hubo nada” (p.89).

miércoles, 29 de abril de 2020

Lluvia fina




Todos necesitamos, de vez en cuando, utilizar las palabras para aliviarnos de nuestros dolores, desatascar el flujo de las lágrimas o exonerarnos de nuestras culpas. Lo saben los sacerdotes; lo saben los psicólogos; y lo saben también aquellas personas que, por su carácter afable o su sentido de la amistad, escuchan con paciencia las confesiones y los recuerdos de quienes los rodean. Lo que pocos se detienen a valorar es cómo afecta ese caudal de secretos e inmundicias a quien las recibe e, involuntariamente, las almacena en su corazón y su memoria.
Luis Landero, uno de los novelistas más brillantes de España, ha centrado su última producción, Lluvia fina, en ese aspecto; y nos ha entregado una obra que gira, vertiginosamente, alrededor de Aurora, una maestra de Primaria que, dulce, comprensiva y neutral, se convierte en el tazón sobre el que todos los miembros de su familia política vierten su leche agria, buscando su conocimiento o, quizá, su absolución. Lo hace su marido, Gabriel, un profesor de filosofía con un carácter débil, voluble y egoísta, que se refugia en preceptos estoicos para no escribir su eterno libro, para no terminar su eterno doctorado… y para no ocuparse de su hija Alicia, que nació con problemas y a la que considera una “fatalidad”. Lo hace su cuñada Andrea, que culpa a su madre de haber fracasado en la vida, porque no le permitió casarse con el hombre al que amaba, y no le permitió seguir estudios musicales, con los que soñaba convertirse en cantante famosa. Lo hace su cuñada Sonia, que ha sufrido un divorcio traumático porque su marido (que la eligió a ella, en lugar de a su hermana Andrea) era un peligroso pervertido sexual. Lo hace su suegra, que juzga que sus hijos no han entendido nunca que su sequedad y su roñosería eran modos de protegerlos de la pobreza.
Cuando a Gabriel se le ocurre la inquietante idea de reunir a toda la familia para celebrar el octogésimo cumpleaños de la madre, la tensión se dispara. Aurora, durante días interminables, escucha y trata de responder con serenidad a las diferentes confesiones y acusaciones que le van llegando por teléfono, en las que cada componente de la familia, con acrimonia, culpa a los demás de su estado. Y ella trata de ir apaciguando los ánimos, moderando las invectivas y serenando los espíritus. Pero los detalles que va descubriendo de todos (incluido su marido) le terminarán también envenenando el corazón.
Una novela, aparte de maravillosamente contada, muy útil para reflexionar sobre los rencores familiares, sobre la forma hiperbólica en que construimos nuestros odios y sobre la incapacidad para ser feliz. 
Cómo amo a Luis Landero, clásico vivo.

martes, 28 de abril de 2020

Los despistes del abuelo Pedro




Pocas situaciones se me antojan más dolorosas que advertir (y sobrellevar) el alzheimer en una persona cercana de la familia. Y si esa persona es el padre o la madre el dolor puede llegar, me parece, a cotas everésticas. ¿Qué adulto puede aceptar sin derrumbarse que los ojos vacíos de un progenitor lo miren y le digan: “No sé quién eres”?
Pero gracias a la magia de la literatura y a la magia del humor bondadoso, he aquí que la escritora Marta Zafrilla consigue en Los despistes del abuelo Pedro que esa terrible situación pueda ser comprendida con naturalidad incluso por los niños. Es lógico que se sorprendan cuando se enteren de que el abuelo ha metido su llave en el agujero de un árbol, creyendo que es la cerradura; o que ha planchado un lenguado, intentando hacerle bien la raya; o que ha metido un pollo asado en la lavadora, para dejarlo reluciente… Pero muy pronto se dan cuenta de que se trata de un simple problema de la edad: ha vuelto a ser como un niño y es preciso prestarle ayuda.
Cariño, comprensión y naturalidad son las palabras claves de este relato al que pone preciosas ilustraciones Miguel Ángel Díez y que edita primorosamente el sello Cuento de Luz.

lunes, 27 de abril de 2020

Elegías




No leo a los clásicos grecolatinos porque entienda que suponen un interesante añadido cultural o porque su conocimiento se me antoje imprescindible en un profesor de literatura. Ya pasé por esa etapa de mi vida, de la que no reniego. Si continúo con las visitas a estos autores es porque me entregan vida, placer lector, sonrisas, informaciones curiosas, asombros filosóficos. En suma, porque me enriquecen y me expanden.
Me detengo hoy en las Elegías de Tibulo, que traduce y anota Juan Luis Arcaz Pozo, de las que me quedo fundamentalmente con dos núcleos temáticos: el primero es el elogio de la vida sencilla, agrícola, recoleta (“Un pequeño campo es suficiente, suficiente es descansar en el lecho y, si es posible, dar solaz al cuerpo en el tálamo de siempre. ¡Qué agradable es escuchar acostado los fieros vientos y estrecharse a la amada contra su apacible regazo”). Viviendo con la persona amada, rodeado de hijos y nietos, con salud razonable, ¿qué sentido tiene el afán de más lujos? Y en ese elogio se incluye también el repudio del militarismo, por lo que tiene de imán para las desgracias y de segador de hombres (“¿Qué honra es atraer a la negra Muerte con guerras?”); el segundo es la crónica de sus curiosos devaneos eróticos. Y no los tildo de curiosos porque incluyan la bisexualidad o la utilización de hechiceras para hacerse con los favores de la persona amada, sino por su enredo constante. Verbigracia: Tibulo mantiene amores con Delia, mujer casada, a quien enseña artimañas para que burle a su marido y se reúna con él; más adelante, cuando descubre que ella utiliza esas argucias para verse con otro amante, encolerizado, le resume al marido los engaños de su mujer para que se ponga en guardia y evite la infidelidad. A la vez, Tibulo siente un “lánguido amor” (sic) por el joven Márato, de cuyos favores goza… y al que ayuda para que éste consiga el amor de la renuente Fóloe. Pero cuando descubre que el impetuoso y voluble Márato lo engaña con un ricachón, le desea a este último que su esposa le sea infiel con otro… Quien se adentre en estos poemas tiene asegurada una buena dosis de sonrisas y, a la vez, un acercamiento tenue pero firme a las debilidades y grandezas del ser humano, que aquí quedan retratadas con elegancia.

domingo, 26 de abril de 2020

Bienvenida la noche




En el año 1991, Ángel Paniagua publicó en la Editora Regional de Murcia un libro de poemas con el título de Si la ilusión persiste; pero todo parecía indicar (y las declaraciones posteriores del autor así lo confirmaron de forma explícita) que no se hallaba muy feliz con la publicación del tomo, por antojársele que su ciclo creativo no estaba terminado. Doce años tardaría en pulir y clausurar esa etapa poética. Y lo hizo con el volumen Bienvenida la noche.
Se ha hablado en muchas ocasiones de la majestad con que Eloy Sánchez Rosillo encabalga sus versos y de la sonoridad manifiesta que con este procedimiento les extrae: pues no es menor la belleza que obtiene de este mismo recurso Ángel Paniagua. “El tema de la vida” (poema que se encuentra entre las páginas 27 y 28) puede servir como ejemplo. Nos encontramos indudablemente ante un libro de amor y desamor, de intensas pasiones melancólicas, de cataclismos de piel y ausencias, en el que nuestro poeta accede a una madurez desencantada, de emociones provisionales, porque está claro para él “que aquellas luces álgidas / que pusieron su brillo en nuestros ojos / se han perdido de modo irremediable: / no somos tan mayores, / pero estamos cansados de esta danza” (p.37).
Tras muchos versos escritos y un buen ramo de palabras publicadas, Ángel había conseguido comprender que un poema no es más (ni menos) que “un fragmento de vida en que el poeta, / hablando de sí mismo, habla de todos” (p.16); y que un libro es “el resultado final de tanto esfuerzo / por hablarle a la vida con coraje” (p.107).
Voz imprescindible de la lírica contemporánea, Ángel Paniagua nos regala aquí unas páginas delicadas, lánguidas y sabias, que conviene releer de vez en cuando.

sábado, 25 de abril de 2020

El valor de educar




En estos días confusos de enseñanza a distancia, alumnos desorientados, padres perplejos y peticiones extrañas por parte de políticos, estudiantes y ciudadanos, acudo hasta las páginas de El valor de educar, del filósofo Fernando Savater, donde encuentro ideas muy interesantes y, sobre todo, una agradable atmósfera pedagógica y reflexiva.
Podría resumir o comentar su contenido, lleno de sensatez. Podría relacionar algunas de sus inteligentes propuestas con la situación actual. Podría, en fin, realizar una lectura subjetiva del volumen. Pero creo que el mejor servicio que le puedo hacer a la obra (y a las personas que lean esta reseña) es ofrecerles una serie de frases que he ido subrayando en el tomo, para que juzguen si les parecen lo suficientemente buenas como para sumergirse en el resto de la obra. Dudo que se opine lo contrario. Ahí se las dejo.
“Este mundo carece de libro de reclamaciones”. “Educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos..) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”. “La educación es siempre un intento de rescatar al semejante de la fatalidad zoológica o de la limitación agobiante de la mera experiencia personal. Proporciona a la fuerza algunas herramientas simbólicas que luego permitirán combinaciones inéditas y derivaciones aún inexploradas. Es poco, es algo, es todo, es el embarque irremediable en la condición humana”. “Es disparatado aplicar a rajatabla desde el parvulario el principio democrático de que todo debe decidirse entre iguales, porque los niños no son “iguales” a sus maestros en lo que a los contenidos educativos compete”. “Quienes enseñan es preciso que sepan apreciar las virtudes de una cierta insolencia en los neófitos (...). Para un maestro sensato la ocasional insolencia de sus alumnos es un síntoma positivo, aunque pueda resultar por momentos incómodo”. “Hay que decir pedagógicamente a los que vienen que lo esperamos todo de ellos, pero que no podemos quedarnos a esperarles”. “El bien educado sabe que nunca lo está del todo pero que lo está lo suficiente como para querer estarlo más”.

viernes, 24 de abril de 2020

Viaje a Tierra Santa




De dos formas (distintas, pero complementarias) puede y debe hablarse cuando nos asomamos a las páginas de un libro como Viaje a Tierra Santa, de Jacinto Verdaguer: de un lado, el aspecto formal, literario, estético de la pieza; del otro, su contenido ideológico-religioso. Omitir cualquiera de esas perspectivas para centrarse exclusivamente en la otra supondría ser parcial, al igual que resultaría absurdo describir una moneda o una hoja limitándonos a su haz o su envés.
Por lo que respecta a la forma, es innegable la elegancia de Verdaguer (que llevó a Josep Pla a afirmar que se trataba de la mejor prosa catalana del siglo XIX), que nos dibuja el paisaje y nos invita a caminar por él: sentimos el calor, nos alivia el frescor cuando la hierba menudea, respiramos el polvo que la mirada de Mosén Verdaguer registra para nosotros, notamos el batir inmisericorde del viento, aspiramos el olor de las flores y nos deleitamos con la belleza de los árboles que nos va describiendo. Los nombres de las poblaciones, las referencias bíblicas y la curiosa anotación de detalles costumbristas colaboran para construir la ambientación y para insertarnos en ella de eficaz modo. En ese terreno, el libro es bello y admirable.
Por lo que respecta al contenido, el asunto es menos esplendoroso. Al principio, es verdad, el narrador de Folgarolas se muestra tierno y dulce. Recuerda con gran cariño a su madre a la hora de emprender la ruta, agradece a Dios que le permita conocer los territorios donde se desarrolló la vida de Jesús y se muestra satisfecho con el resultado de la experiencia (“Ya no deseo ni espero hacer otro viaje más que el de la eternidad, cuando me toque la hora”, p.14). Pero muy pronto empieza a manifestarse de un modo menos respetuoso y apolíneo: describe con desdén la indumentaria de las mujeres de la zona (“El manto negro que llevan en la ciudad les da más aire de fantasmas que de mujeres”, p.24); observa con altanero desprecio a los varones (“Gentes fanatizadas, sordas y ciegas, manada humana que el profeta Mahoma unció a su carro en su triunfal correría”, p.47); calibra con maniqueísmo la diferencia entre los símbolos religiosos católicos y musulmanes (“La cruz, amado signo de nuestra redención, parece hallarse a la sombra de la fatídica y aburrida media luna”, p.87); y hasta se muestra irrespetuoso con las tradiciones locales (se hace enseñar un manuscrito en la puerta de un templo, a cambio de dos pesetas y media, porque se niega a descalzarse para entrar, p.92). A punto se queda de solicitar una nueva cruzada, que expulse a los infieles del sagrado suelo que, obviamente, pertenece en exclusiva al catolicismo. ¿Y qué decir de párrafos tan mansurronamente soberbios como el que desliza en la página 102, donde le ruega en sus oraciones a un evangelista “que enderece e ilumine los caminos de la poesía moderna, tan llenos de fango, polvo, tinieblas, duda y desesperación. Para mí, humilde cigarra de los bosques de Cataluña, insignificante grillo que aprendió a cantar en los terruños de la Plana de Vic, pedí la bendición para mis pobres canciones”? ¿Y de exhibiciones tan amenazantes y tan cafres como la que infama las páginas 138 y 139, tras observar unos milenarios monumentos antiguos: “Jesús, aquel niño que entró en Matariye en brazos de su madre, es más grande que todos, más que los Menes, Sesotris y Ramsés, y más perdurable que las treinta y tantas dinastías de los reyes de Egipto. Con un mero movimiento de su dedo, Él los borrará a todos, con sus templos, palacios y ciudades inmensas. Con un soplo hará caer sus ídolos y únicamente les dejará como tumba la pirámide de Kheops”?
Un libro curioso, sin duda, bello e irritante a partes iguales.