sábado, 29 de febrero de 2020

El tarot murciano




Después de que en 1988 apareciese un curioso ejercicio bibliográfico, al que se tituló Oratorio Barroco, y del que se editaron 300 ejemplares numerados y firmados por sus autores (Santiago Delgado como responsable del texto, e Ignacio García como dibujante), con elegante formato y una carpeta envolvente de color malva, fabricada con cartulina Canson, ambos autores se embarcaron en otro proyecto igualmente curioso, pero más trascendente. Se trataba de idear un tarot que tuviese ambientación en figuras, lugares, costumbres y anécdotas de la región de Murcia, y que como tal resultara más cercano y simpático al público de esta tierra. En enero de 1989, la exquisita edición estaba dispuesta: 3000 ejemplares y estuche alargado para guardar las cartas.
Quizá lo que más llama la atención de este mazo de cartas es el inteligente juego de equivalencias que Santiago establece con el tarot tradicional, y el hermoso equilibrio que intenta mantener para que toda la región se sienta de algún modo representada en el mismo. Así, Santiago intenta “traducir” a la murciana todos los arcanos, en un esfuerzo ciertamente notable, donde Cehegín, Lorca, Cartagena, Archena, Fortuna, el Mar Menor y otras localidades se vean reflejadas y, por tanto, también incorporadas.
Una obra elegantemente editada y de agradable lección (hay párrafos de un memorable humorismo), que nos revela otra de las facetas creadoras de Santiago Delgado: la de intelectual curioso, al que no le importa inmiscuirse en proyectos que otros considerarían menores pero que, en las manos adecuadas (y las suyas lo son, desde luego), sirven para que los lectores murcianos conozcan mejor su entorno y su historia, y los valoren y amen en mayor medida.

jueves, 27 de febrero de 2020

El drama oculto




Leo con interés un volumen de análisis psicológicos sobre Luis Buñuel, Salvador Dalí, Manuel de Falla, Federico García Lorca e Ignacio Sánchez Mejías, que lleva por título El drama oculto y del que es autor Emilio Valdivielso Miquel (Ediciones de La Torre, Madrid, 1992).
En sus páginas descubro detalles que ignoraba, como lo retorcidos que eran los sueños de Buñuel y su animadversión brutal hacia los homosexuales (pensaba que el retrato que sobre él trazaba Juan Manuel de Prada en Las máscaras del héroe tenía un poco de novelesco e hiperbólico); de Dalí corroboro que se trataba de un simple muñeco en las manos de Gala (por la que Valdivielso muestra una repugnancia extrema, que no se molesta en disimular); de Falla me sorprende un poco su religiosidad pacata, de la que tenía algunas noticias parciales; de Sánchez Mejías me anonada su elevada cultura; y de Federico García Lorca no recibo ninguna información nueva (lo cual resulta lógico, tras haber leído varios libros enjundiosos sobre él, firmados por Ian Gibson y otros autores).
Hasta ahí, todo fenomenal y digno de aplauso.
El problema viene cuando, caminando por las páginas del libro, me encuentro con los abundantes disparates ortográficos que lo salpican y afean: “urgar” (p.11), “provó” (p.21), “extremecedora” (p.137), etc. Lástima que la editorial no contase con un digno corrector de pruebas, o que el autor andase tan ciego a la hora de repasar las galeradas.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Mariana Pineda




Resulta muy difícil separar, en esta pieza lírico-teatral de Federico García Lorca, lo que nos emociona como argumento de lo que nos seduce como drama, porque cuando conceptos como el amor o la libertad (voy a prescindir de mayúsculas grandilocuentes) impregnan unas páginas resulta complicado centrarse en los valores puramente literarios o escénicos de la obra.
La historia en sí (las desventuras de una viuda joven y atractiva que, enamorada de un revolucionario, borda a escondidas la bandera de la insurrección) es sin duda magnética. Y el poeta de Fuente Vaqueros tenía una especial gracia para concatenar imágenes deliciosas en sus diálogos, a los que dota de un ritmo tan emocionante como seductor. Hasta ahí, todo colabora para que el drama cautive a los lectores y a los posibles espectadores. Pero existe un elemento que, a mi juicio, chirría en este organigrama: la idealización excesiva, casi paródica por hiperbólica, que se desliza por sus páginas, convirtiendo a Mariana en una heroína perfectísima a la que todo el mundo adora (desde sus hijos hasta los sirvientes, incluidas las monjas que la custodian en sus horas finales y que la llaman “Marianita”), pero que tiene que sufrir el acoso rastrero de Pedrosa y el abandono miserable de don Pedro. Ella queda convertida así en un ángel; y ellos en dos demonios (de lujuria, el primero; de cobardía, el segundo). Esa dicotomía (buenísimos-malísimos) erosiona la solidez del conjunto y lastima la predisposición de los lectores, porque nos obliga a aceptar muellemente los mimbres de la hagiografía.
Esto no impide (lo aclararé de inmediato) que se aplauda la obra. Y yo el primero. Pero si el mismo Federico tuvo sus dudas posteriores sobre el excesivo espíritu romántico de la pieza, ¿por qué no nosotros, sin ser acusados de irreverentes? Un García Lorca más maduro habría introducido, quiero pensar, grietas en el mármol de estos personajes, para acercarlos de un lado y del otro a un perfil más humano.

martes, 25 de febrero de 2020

Mercado de Barceló



Releo la hermosa colección de artículos Mercado de Barceló, de Almudena Grandes, cuya prosa siempre me encandila. Tiene lirismo, melancolía, grandes dosis de inteligente observación y un manejo espléndido del lenguaje, lleno de destellos de humor y de buena música sintáctica. Dicho lo cual, me pregunto (no es necesario que nadie me indique mis absurdos: yo mismo soy consciente de ellos) por qué extraña razón no frecuento más libros de esta autora. Tengo diez o doce en mi biblioteca sin abrir y, paradójicamente, cada vez que he acudido a uno de ellos me ha maravillado. A lo mejor es cuestión de proponerme leerlos todos en fila, uno detrás de otro, y dejarme ya de demoras.
Apunto aquí algunas de las frases que burbujean en este libro formidable: “Escribir es, sobre todo, mirar el mundo, pero el resultado no depende sólo del paisaje. También cuenta la mirada”. “Amar a alguien significa pedirle perdón todo el tiempo”. “La realidad, ese horizonte compacto y neutro que nos contiene”. “El envoltorio de la sabiduría es la humildad”. “Vivo con personas muertas, y paso junto a otras, que están vivas, sin darme cuenta de que no se han muerto”.

lunes, 24 de febrero de 2020

Novela de ajedrez




En el barco que viaja hacia Buenos Aires, el narrador de la historia coincide con Mirko Czentovic, brillante campeón mundial de ajedrez. Deseoso de acercarse a él, aunque no sea un gran aficionado (nos dice de sí mismo: “Juego al ajedrez en el sentido más acabado de la palabra, mientras los demás, los auténticos jugadores, serian al ajedrez, para introducir una nueva palabra atrevida en el idioma alemán que Hitler me ha vedado”), se pone a jugar con otras personas, intentando atraer la atención de Czentovic. Lo logra haciendo que un orgulloso rico contrate los servicios del campeón para que celebre con él una partida. El campeón, huraño y desdeñoso, vence; y el millonario, herido en su orgullo, le pide una revancha. Viendo la oportunidad de conseguir más dinero con aquel botarate, Czentovic se la concede. No obstante, la intervención de un anónimo viajero les hace conseguir tablas con el campeón, quien queda desconcertado y sugiere una tercera partida.
A partir de ese momento, Zweig consigue que los lectores nos centremos mental y argumentalmente en el anciano caballero, que ha conseguido plantar cara al campeón del mundo; y comenzará a contarnos su historia: la de un hombre que, retenido por los nazis, convirtió este juego en un arma contra la rendición anímica.
Novela sobre la fortaleza de la mente, sobre las obsesiones y sobre la complejidad íntima del ser humano, esta pequeña obra maestra fue publicada por el escritor vienés en el año 1941 y se ha convertido en una de sus narraciones más famosas.

domingo, 23 de febrero de 2020

El viaje




Poco después de haber obtenido el XIX premio Gabriel Sijé de novela corta, Pura Azorín volvió a recibir otro reconocimiento a una novela corta en el IES José Luis Castillo-Puche por su obra El viaje, publicada meses más tarde.
Se trata de un texto ambientado en el lejanísimo mundo de las cavernas que tiene como protagonista a Yaco, un chico de diez años que emprende un viaje muy duro en busca del mar. Para alcanzar su objetivo tendrá que atravesar desiertos, franquear montañas, relacionarse con los miembros de otras tribus y sufrir una notable porción de penalidades. Cuando por fin las aguas se encuentran ante él experimenta tal conmoción que permanece durante semanas mirándolo casi sin pestañear. Extasiado por su olor y por su color, llega a sentir una experiencia casi mística (“Se sentía dentro del círculo del universo, lleno de paz y de dicha, así un día tras otro, sin más deseo que permanecer de esa manera. Siempre”, p.37).
Nos encontramos, en sentido estricto, ante el primer viaje iniciático de la Historia de la Humanidad, lo cual le aporta un singular encanto.
Lo menos creíble de la narración es, sin duda, el tono filosófico o siddhártico (es inevitable recordar aquí la inmortal novela de Hermann Hesse) que la escritora hace brotar en el corazón de un niño cavernícola. Y lo más atractivo es la firme recreación que Pura Azorín elabora sobre las costumbres, ritos, vestiduras y modos de sus personajes.

viernes, 21 de febrero de 2020

Jardín interior




La infancia es un territorio que se encuentra muy alejado cronológicamente de nosotros, pero convendremos en que resulta extraño el día en que no pensamos en ella, en que no la sentimos adherida a la piel o burbujeando en la memoria. Somos, sin proponérnoslo, la cristalización de ese tiempo, el germinar de aquella semilla que se conserva formolizada en fotografías y en el atrabiliario cajón de los recuerdos.
La uruguaya Claudia Campos (Montevideo, 1971) acaba de publicar en el sello Liliputienses su poemario Jardín interior, donde aglutina una serie de textos en prosa lírica, iniciados todos por la misma palabra: “Infancia”. Y constituyen, al ser leídos, una cartografía emocional y emocionante, en la que sentimos latir los dolores, las alegrías, los sabores y los sinsabores, las personas que ya son ceniza, los amaneceres que se repiten sin ser iguales. Un universo donde se encuentra con Daniela (“No puedo decir en qué momento dejábamos de ser amigas para agarrarnos por la espalda y besarnos. La falsa sorpresa. Empezar a ver las bicicletas borrosas. Trancar con llave. Perder de vista la ventana. Excitarse”); donde visita el consultorio del doctor Artagaveytia por una dolencia incómoda de explicar; donde se alude a la amante de su padre y a la conjura familiar para que la poeta centre en él su furia (“Quieren que lo odie y no me pasa”); donde expone algunos traumas no limados por el transcurso del tiempo (“Odiando el club Juventus. Era gordita, y me mandaban dos veces por semana a hacer gimnasia y natación”); y donde incluso asume silencios necesarios (“Hay cosas que no deben ser contadas”).
Los hilos de este libro-telar forman un panóptico que ni explica ni muestra el total de la infancia, pero que quizá (desde el otro lado del espejo) consiga ambas cosas. Porque no elegimos qué recordar. Ni tampoco elegimos cuándo recordar. Pero somos el precipitado químico y alquímico de esa operación en la cual la melancolía, la tristeza, la conformidad y el engaño se unen para sostenernos. Por eso, Claudia Campos se enfrenta con valentía a su ayer y extrae para nosotros los fotogramas que componen este libro lánguido, lleno de laberintos y luces indirectas, en el que una niña vive para luego escribirse.