viernes, 31 de enero de 2020

Tu voz, que ahora importa




Los grandes novelistas suelen hacer mucho ruido con sus libros, al igual que los grandes ensayistas: los reclaman desde las pantallas de la televisión, les dedican la zona preferente de los suplementos literarios y procuran incorporarlos a su elenco de charlistas las universidades veraniegas. Pero es privilegio de los grandes poetas hacer mucho sonido cuando nos entregan una nueva obra. Quizá no trepen como Edmund Hillary por el Everest de los bestsellers, mas su huella se instala en el corazón de los lectores de un modo quizá más duradero.
Pedro Antonio Martínez Robles, después de haber obtenido en diciembre de 2018 el máximo galardón en la XXII Bienal de Poesía Provincia de León, ve ahora cómo su exquisito trabajo Tu voz, que ahora importa sale a la luz y puede ser disfrutado por los amantes del verso.
En sus finísimas páginas, de una musicalidad tenue, descubrimos al padre que mira en silencio la cabellera vertical de las llamas; y a la madre, que arropa en la cama a su hijo para preservarlo de los helores del invierno; y descubrimos también la mesa donde el poeta escribe, que quizá será tocada por otras manos (¿cuáles?) en un futuro en el que él ya no exista; y sentimos cómo los rayos del sol acarician los visillos de la ventana y nos hacen pensar en la fugacidad del tiempo y en el avance inexorable de la extinción; y leemos las emociones que impregnan al autor cuando retorna a la vieja casa de su infancia y nota sus perfumes nunca olvidados.
Todo en este volumen es tiempo, reflexión y delicadeza. Todo es silencio lánguido de quien recorre con sus ojos los paisajes de la infancia. Todo es recuerdo melancólico de lo que fue, disfrute emocionado de lo que es (el amor, la amistad, la luz) y aceptación estoica de lo que vendrá. Todo es sabiduría. Y todo es, sobre todo, poesía.

jueves, 30 de enero de 2020

Polifonía




En el año 2000, la dramaturga Diana de Paco mereció el título de finalista en el premio Calderón de la Barca con Polifonía, una obra en la que cuatro mujeres de la mitología griega (Penélope, Medea, Fedra y Clitemnestra), cada una con sus torturas y demonios personales, se encuentran reunidas en una habitación (que a veces es llamada “cárcel” y a veces “muerte”). Cada una de ellas, usando sutiles mecanismos psicológicos, intenta descifrar el misterio de las otras; descubrir por qué se encuentran allí. “Todas queremos saber lo que les ha ocurrido a las demás, pero ninguna quiere que se conozca su tragedia” (p.106b).
Sabemos que Fedra ha sido enérgicamente desamada por Hipólito (hijo de su esposo Teseo); sabemos que Medea ha administrado la muerte a los hijos que ha tenido con Jasón; sabemos que Clitemnestra vengó a Ifigenia acabando con la vida de su esposo Agamenón, a quien acusaba de pasividad en la muerte de la hija común… Pero, ¿qué ocurre con Penélope? ¿Qué secreto se oculta tras sus pupilas, para compartir infierno con estas mujeres terribles; ella, la dulce, la paciente esposa? En un momento de debilidad, ésta reconoce: “Yo no deseo que Ulises vuelva” (p.115a). Y las demás, formando un tribunal eficacísimo, consiguen cercarla y rendirla hasta que la tejedora abre los labios y deja escapar su secreto.
Experta en el mundo mitológico griego y experta en la construcción de estructuras dramáticas de primera magnitud, Diana de Paco consigue aquí una pieza de enorme interés para el lector, consiguiendo que horade en su corazón y se quede en su memoria.

miércoles, 29 de enero de 2020

¿Dónde está el Sr. Spock?




En el año 1999 fue publicada en la editorial Everest una valiosa incursión de Pura Azorín en el mundo de la narrativa para jóvenes, que la hizo merecedora del premio “Leer es vivir”. Se trata de ¿Dónde está el Sr. Spock?, un hermoso texto que se desarrolla en la localidad de Puebla (sobran todos los comentarios que se pudieran hacer con la similitud fonética con la Yecla natal de la escritora).
Allí nos encontramos con Miguel, un chico de 15 años que acaba de hacerse un piercing en la oreja, tiene una hermana de 8 años llamada Anita, está rodeado por unos amigos normales, su padre falleció hace tiempo y su madre, además de ocuparse de su trabajo como enfermera, tiene que llevar adelante el conjunto de la casa. Un día aparece en clase Alicia (una muchacha aficionada a la escritura y que tiene un hermano con síndrome de Down), y ese hecho trastornará la vida de Miguel y le permitirá sentir un buen caudal de emociones nuevas. Pero el chico, a pesar de lo que siente por Alicia (y permítaseme la broma), no vive en el país de las maravillas, sino en el país de las normalidades adolescentes (primer amor, cuidado de su hermana pequeña, trabajo de su madre fuera de casa, alzheimer del abuelo, la pandilla que comienza a dar señales de separación, etc); y Pura Azorín lo relata con eficacia, con soltura y con atractivo.
Hay diálogos estupendos y fluidos en esta novela, escenas muy logradas (esa invocación a un espíritu entre las páginas 56 y 60) y un final sin duda excelente. Los divertidos y originales cuentos que Alicia va interpolando en la narración, al modo cervantino, son igualmente soberbios.

lunes, 27 de enero de 2020

Pampanitos verdes




Un buen narrador tiene que ser, ante todo, un mago. Es decir, una persona capaz de contarnos una historia lejana a nosotros (o cercana, pero contemplada desde un ángulo imprevisto) y conseguir que nos embelesemos con ella, que parpadeemos lo menos posible mientras transitamos por sus líneas, porque nos embarga la emoción y queremos contemplar el prodigio de su fluir y el milagro de su delta. Con Óscar Esquivias esas sensaciones están garantizadas.
Me sumerjo en las páginas de Pampanitos verdes (Ediciones del Viento, 2010) y recupero el deslumbramiento infinito que ya me habían deparado otras obras suyas, como Andarás perdido por el mundo, La marca de Creta o Inquietud en el paraíso. Intuyo, además, que la sensación se extenderá a cuantos volúmenes firmados por él me lleve la vida, porque la textura de su narrativa me resulta muy seductora. Pocos autores me han convencido siempre, de principio a fin: él es uno de ellos.
En este tomo me lleva de la mano para que conozca a Miguel, un joven estudiante de Filología y repartidor ocasional de flores que disfrutará una inesperada sesión de sexo; a un estudiante salmantino que tendrá que convertirse en cómplice involuntario de las aventuras extramatrimoniales de su progenitor; al pintor en trámites de divorcio que vivirá una experiencia erótica menos idílica de lo que en principio sospechaba; a un virginal estudiante de medicina que notará la explosión de las lágrimas cuando, tras la muerte de su hermano, escuche los conocidos versos de un villancico; al cartero que tendrá que representar a España en una competición deportiva en Chicago, y que allí se encontrará con varias sorpresas; al niño que vive una bochornosa profanación pedófila por parte del practicante que le administra su medicación; al padre que acompaña a su hijo pequeño a buscar huellas de dinosaurio en un día de lluvia…
Magias absolutas que Óscar Esquivias regala, espléndido, a sus lectores y que nos provocan aplausos de gratitud. Bendito sea.

domingo, 26 de enero de 2020

Al envejecer, los hombres lloran




En ocasiones, un libro acierta a plasmar una escena que, en la mente del lector, se transmuta en inolvidable. Eso no significa, lógicamente, que la obra quede en modo alguno reducida a esa secuencia; sino que su poder visual o emocional se alza hasta el territorio del olvido imposible. A mí me gusta encontrarme con esas páginas, porque siento que cuando paso por encima de ellas una bocanada de aire fresco me inunda los pulmones. Por ejemplo, la tía Tula colocándose el bebé en su pecho vacío y pidiendo a Dios un milagro secreto; por ejemplo, el silencio terrible, espeso, casi gelatinoso, que rodea la muerte de Rocamadour; por ejemplo, aquel personaje que volvió a su pueblo afligido, sabiendo que fue durante unas horas el dueño de un secreto y que lo malbarató. Tres ejemplos entre cien.
Ahora, en la novela Al envejecer, los hombres lloran, de Jean-Luc Seigle (que leo gracias a la traducción de Adolfo García Ortega para el sello Seix Barral), acabo de disfrutar con dos de estas escenas, que quedan ya fijadas en mi álbum de eternidades. La primera acaece cuando uno de los protagonistas, el obrero Albert Chassaing, lava con delicadeza, ternura y pudor a su madre, desbaratada por el alzheimer; la segunda, cuando el maestro jubilado Antoine explica el paso del tiempo de una forma maravillosa: mostrando sus manos e indicando que fueron acariciadas por las de su abuelo, las cuales fueron acariciadas por las del suyo: una cadena de cuidados y amor que se aroma con el perfume de la eternidad.
En esta novela descubrimos que Albert Chassaing trabaja en la empresa Michelin, pero en su corazón palpitan tristezas acumuladas: haber renunciado a su alma de campesino; estar casado con una mujer que, aún hermosa y joven, le es infiel; tener un hijo destinado como soldado en el extranjero, donde podría encontrar la muerte si las circunstancias se torcieran; el desmoronamiento mental y físico de su madre, que apenas lo reconoce desde su burbuja ensimismada; y la vocación literaria de su hijo pequeño Gilles, al que pone en manos del señor Antoine para que encauce su aprendizaje y lo lleve a buen puerto… Sí, al aproximarse al final del camino los hombres lloran. Todos los mundos que se erosionan quedan, si se los sabe observar y reflejar bien, nimbados de una luz de ceniza. Y después, sólo el silencio.
Jean-Luc Seigle ha sabido plasmarlo con infinita languidez, sin histrionismos y con una literatura admirable. Compruébenlo.

sábado, 25 de enero de 2020

Mis paraísos artificiales




Se repite más que la cebolla, inútil sería negarlo, en algunas páginas (la descripción de su pelo, la lírica exaltación de su biblioteca, etc), pero me da por entero igual. El cabrón éste escribe como le sale de los cojones, y no hay quien le eche la pata en cuanto a calidad, ternura y preciosismo. Estoy hablando, como es lógico, de Francisco Umbral, de quien acabo de releer Mis paraísos artificiales (Argos, Barcelona, 1976). No me canso de acudir a sus obras.
Lo único discutible del tomo, tampoco lo voy a ocultar, son las poesías que incluye en él: no lo quiso el cielo para rimador, y lo dejó en poeta. Qué disparate de perfección, coño. En cada línea consigue alcanzar este hombre (por barrunto intuitivo) el adjetivo esencial, el ritmo mágico e insustituible, la prestancia sólida del verbo, la fluidez del alma hecha palabras. Te puedes morir después de leerlo, porque ya está dicho todo cuando acaba. Cervantes y Quevedo (el primero, por la prosa; el segundo, por la poesía implícita) estarían muy orgullosos de su descendiente.
No me resisto a copiar algunas de las frases que, sonriente o serio, he subrayado en el tomo: “Las mujeres quedan mejor descalzas. Más líricas. Un señor descalzo siempre queda un poco tío guarro”. “Ya que la literatura no da para ponerse las botas, al menos hay que morir con ellas puestas”. “La vejez es la chapuza final que la vida hace sobre todos sus bocetos anteriores”. “El título es medio libro. Escribimos casi siempre para llenar un título”. “La juventud es tan independiente y tan díscola que está llena de influencias”. “Para crear, es más fértil la memoria que la fantasía”. “Estamos con la cabeza en el futuro y con el corazón en el pasado”. “No se muere de una vez, sino que se va muriendo por edades, y llega una edad en que uno es un cónclave de difuntos”. “Más que los amigos importantes buscamos ya la importancia de los amigos”.

jueves, 23 de enero de 2020

Koundara




El mundo se ha tornado (si en realidad no lo ha sido siempre) quebradizo, turbio e inestable. Nada a nuestro alrededor parece sólido. Y el habitante del mundo se encuentra desorientado en esa modernidad líquida, para protegerse de la cual apenas localiza asideros, porque son invisibles o se divierten ocultándose. André Breton afirmaba que la belleza del futuro sería convulsa o no sería; quizá podría haber dicho lo mismo de la vida.
David Pérez Vega, en su volumen de relatos Koundara (Baile del Sol, 2016), nos pone ante los ojos a una serie de criaturas narrativas que, zarandeadas por ese oleaje, intentan encontrar un sentido a sus existencias: la chica que viaja a África para no centrar su pensamiento en el abandono que acaba de sufrir; la gestora inmobiliaria que, en medio de la crisis, descubre que se ha quedado embarazada; el muchacho de Maqueda que emigra a Londres, intentando encontrar allí una estabilidad y unos horizontes distintos a los que tenía en el bar de su padre; el joven maestro que encuentra trabajo en un centro de enseñanza privada y que deberá elegir entre la dignidad o la sumisión; la madre que centra sus mejores esfuerzos en reconducir la desastrosa marcha escolar de su hijo con TDA… Seres anónimos pero perfectamente identificables, porque nos rodean desde hace años. Seres que toman café, pasean por la ciudad, se aventuran a practicar sexo con desconocidos o ayudan a otros a mudarse de vivienda. Seres que retratan, desde su universo de tinta, la realidad de carne y lágrimas de miles de otros seres. 
El autor madrileño, a pesar de las dificultades que suponía colocarse frente a tantos escenarios y psicologías, ni incurre en el simplismo ni en los clichés: al contrario, sale victorioso en cada relato y en cada página, gracias a una prosa excelente, a un envidiable sentido del ritmo y a la conmovedora eficacia con que consigue que nos sintamos en todo momento próximos a sus criaturas.
Sin duda, muy recomendable.