martes, 31 de diciembre de 2019

Historias de cronopios y de famas




Pocas veces la etiqueta de “libro distinto” se habrá aplicado con tanta justicia (y con tanto desconcierto) a un volumen literario. Y pocas veces un autor se habrá autorizado tanta libertad, tantas libertades, tanta fantasía, tanto fluir alocado de la prosa, tanta diversión tentacular, tantos sanos disparates sonrientes, como en el caso del argentino Julio Cortázar, puesto delante de las páginas que iban a reunir bajo el título de Historias de cronopios y de famas, desde que intuyera la existencia de los primeros en forma de globitos de colores durante la asistencia a un concierto.
Lejos del almidón narrativo y de los corsés retóricos y argumentales, Cortázar se entrega a la ceremonia pura de crear, de inventar laberintos y paradojas, para después invitar a los lectores a que nos sumemos a la fiesta. “Venid” (parece decirnos), “aquí os ofrezco una mercancía sorprendente, con olor a amarillo, con sabor a azul, con sonidos anaranjados. Tomad y leed todos de mí. Bailad conmigo tregua y catala”. Y lo hacemos, claro está. Cómo no sentirse atraídos irremediablemente por un escritor que te ofrece instrucciones para llorar, para subir una escalera o para dar cuerda a un reloj; cómo no sentir un escalofrío de curiosidad frente a la familia que erige un patíbulo en su jardín, para escándalo de vecinos e impotencia de las autoridades; cómo no acongojarse con el pánico que siente la pobre tía, que camina cuidadosamente para no caerse nunca de espaldas; cómo no asistir con perplejidad y asombro a la manera en que una familia estrafalaria se organiza para hacerse con el control emocional de los velatorios; cómo no sentirse conmovido por el lirismo delicioso de la lluvia que percute en un cristal.
Cortázar, lúdico y lúcido, nos abre su gaveta y extiende su arco iris de palabras con el único objetivo de que nos dejemos fascinar por ellas. Como los más innovadores vanguardistas. Como los más viejos narradores de antaño. Así que la actitud que debemos desplegar ante ellas es clarísima: preparar un café, quitarnos la corbata (a ser posible, quemarla), sentarnos en el suelo sobre un cojín, quitarnos los zapatos (a ser posible, también los calcetines) y dejar que el Gran Mago nos embriague. Cuanto más tardemos en hacerlo más tardaremos en descubrir la maravilla de un libro minotauro, un libro unicornio, un libro dragón, un libro sirena, un libro catoblepas, un libro Julio.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Michael Kohlhaas




Jamás dos caballos generaron tanto conflicto como el que provocan en las riberas del Havel, a mediados del siglo XVI, los del tratante Michael Kohlhaas, “uno de los hombres más honrados y a la vez más terribles de toda su época”. Obligado por el caballero Wenzel von Tronka a dejarlos en prenda en su castillo mientras abona un impuesto ficticio que este último se inventa para escarnecerlo, los dos hermosos animales son mal alimentados, empleados en labores agrícolas y, en fin, convertidos en desechos.
Tras solicitar una compensación y recibir burla tras burla, desdén tras desdén y humillación tras humillación, Kohlhaas organiza una partida de hombres y se alza en armas contra Von Tronka, quien cada vez se asusta más de la fiereza de su oponente, que quema y mata a su paso mientras lo persigue. La situación llega a tal nivel de pánico social que el mismísimo Lutero celebra una entrevista con el tratante de caballos y lo amonesta por su actitud (“¿Quién te ha dado el derecho de pronunciar por ti decisiones jurídicas y de tratar de ponerlas en ejecución cayendo sobre Wenzel von Tronka? ¿Quién te ha dado el derecho, al no encontrarle en su castillo, para asolar a sangre y fuego toda la comunidad que le protege?”). Aplaudido al principio por el pueblo, pronto es juzgado con severidad por el mismo pueblo, que califica su actitud de intolerable. De esa forma, pronto los acontecimientos se precipitarán en su contra.
Una estupenda narración de Heinrich von Kleist sobre cómo la legítima sed de justicia puede degenerar en crímenes más monstruosos que el que causó la acción. Merece ser leída y aplaudida incluso en la actualidad.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Señoras y señores




Escritores, actrices, políticos, cantantes, empresarios y otros personajes célebres del siglo XX quedan retratados en estas páginas que Juan Marsé bajo el título de Señoras y señores (esta obra ha sido publicada en diversos sellos y mostrando un índice variable de protagonistas. Yo utilizo la edición de Plaza & Janés, 1998).
Observador implacable, analista certero, taxidermista de rostros y coleccionista de singularidades, Juan Marsé nos traza aquí los elogios más inesperados y los venablos más corrosivos que imaginarse pueda: nos hablará de “la pupila bancaria” y el “efluvio gatuno” de Isabel Preysler; de “la mirada triste y dolorida bajo las sombrías banderas de rímel” que ostenta la folclórica Isabel Pantoja; de la fina autenticidad femenina de Bibiana Fernández, que supera a la de muchísimas mujeres de nacimiento, las cuales llevan su sexualidad “como una letra de cambio, como una Mobylette o como un capazo”; del tenor Plácido Domingo, “uno de los tres terrores”; de Marguerite Duras, a la que define sin ambages con los sustantivos “camelo” o “coñazo”; o de Lluís Llach, al que crucifica con párrafos tan tremebundos como éste, refiriéndose a su voz: “Considerada en sí misma como una de las formas de aburrimiento intelectual más típicamente catalanas que se conocen –junto con las novelas de Baltasar Porcel, los discursos de Jordi Pujol y los programas de TVE desde Sant Cugat–, es una voz de beata capaz de matar de aburrimiento al más pintado. Suena un tembleque de sacristía en la garganta, una solemne idea de sí mismo”.
Aconsejo leer cada uno de los retratos con una fotografía del protagonista situada delante, en la pantalla del ordenador: las sonrisas están garantizadas.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Carta abierta a un fanático




Leo un interesante libro inútil de Ángel María de Lera, titulado Carta abierta a un fanático y publicado en 1975, varios meses antes de la muerte de Franco. Y me apresuro a aclarar dos detalles de mi anterior frase. La primera, que el adjetivo “inútil” no pretende ser peyorativo, sino lánguido: por coherencia cavernícola, ningún fanático leerá esta obra, con lo cual los agudos mensajes que el escritor de Guadalajara le lanza, para que reflexione y enmiende su tozudez agresiva, caerán en saco roto; la segunda, que la fecha de publicación (abril de 1975) es importante, porque el ensayista critica con la misma intensidad los desvaríos de la extrema izquierda y de la extrema derecha, equilibrio nada fácil cuando España se hallaba aún inmersa en una dictadura fascista: ni los levantiscos de la revolución, ni los carpetovetónicos del Régimen debieron de aplaudir con demasiado fervor estas páginas mesuradas, profundas e inteligentes.
Le afea al fanático que huya del contraste de ideas (p.9); que abomine de todas las discusiones, porque “desfiguran y debilitan la verdad, tu verdad. ¿Qué es eso de oponerse a lo que no te ofrece ninguna duda?” (p.13); que sea ridículamente pequeño incluso a la hora de odiar (“Tú eres un bárbaro. Y ni siquiera un gran bárbaro como Atila, Gengis-Kan, Tamerlán o Hitler, sino un alevín de bárbaro”, pp.19-20); de su soberbia impermeable (“Alardeas de que estás en posesión absoluta de la verdad, de que tu rumbo es infalible y de que, por eso, no necesitas el consejo de nadie”, p.41); y de que su actitud genera, por enfrentamiento, otras intolerancias de signo contrario, igual de despreciables y peligrosas (“Toda acción fanática provoca la fulminante respuesta antifanática que, a su vez, se convierte en fanática”, p.98).
Muchos problemas podrían resolverse (o al menos suavizarse) en la España de nuestros días si este libro fuera leído de una forma reflexiva y pausada.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Los usurpadores




Quizá una de las injusticias más absurdas y flagrantes que se vertieron sobre el granadino Francisco Ayala la perpetró Paco Umbral al escupir que era la menor cantidad de escritor que cabía dentro de un escritor. Pero al ingenioso veneno de ese dictamen se puede oponer un eficaz contrapeso: la lectura de cualquiera de sus libros, donde se desmiente con rotundidad el presunto acierto de la etiqueta. Por ejemplo, la colección de relatos que lleva por título Los usurpadores, que cobija siete historias primorosamente memorables.
¿Qué se le puede objetar a “San Juan de Dios”, la conmovedora historia del soldado que descubre la luz de la fe y reconduce su vida por senderos piadosos? ¿Quién no disfrutará literariamente —y aprenderá sobre la historia medieval española— con las páginas de “La campana de Huesca”, donde Ramiro el Monje deberá asumir las riendas de un poder monárquico que nunca ha anhelado ni requerido? ¿Cómo no quedar pensativo con el trasfondo de “Los impostores”, que nos habla de un hombre que pretende ser el rey luso don Sebastián, desaparecido durante la batalla de Alcazarquivir y que retorna para exigir sus derechos? ¿De qué manera no quedar subyugado por la excelencia casi etérea —la levedad argumental es asombrosa— de “El Hechizado”, resumen espléndido de la burocracia y la decadencia imperial de una España erosionada por la desidia? ¿Y quién no tragará saliva tras escuchar la voz enterrada de quienes han muerto en un combate (en todos los combates) y charlan, profundos y desengañados, bajo la piel yerta del campo?
Incuestionable y convincente, la literatura de Francisco Ayala despliega toda su musculación en el terreno donde quizá más cómodo se encontraba: el mundo del relato. Cómo no aplaudir.

martes, 24 de diciembre de 2019

De la misma vida




Lento, ceremonioso, consciente de que la prisa no es buena consejera para los oficios artesanales del poeta, Diego García López dejó que pasara más de una década entre la publicación de su primer libro (El hombre y la palabra) y éste, que se convirtió en el segundo en el año 1999: De la misma vida. Lo publicó el editor Juan Pastor.
En esta entrega ya no hay sonetos, sino poemas de textura algo más moderna y que indagan en una línea melódica huérfana de rima y vertebrada sobre una polimetría juguetona. Las imágenes se han vuelto mucho más audaces (nos habla de “los dedos inconcretos del silencio” en la página 9) y el mundo que rodea al poeta es observado con un innegable sentido del humor (“Hoy los arcos triunfales / los conforman los pubis de las top-models”, p.38).
Pero lo más sorprendente de este nuevo volumen quizá sea que sus versos, incluso los más sencillos, impulsan a la reflexión y parecen esconder el veneno de una revelación trascendente (“Un día de éstos / me voy a levantar / y estaré muerto”, p.47). Hay algunas composiciones donde se pone de manifiesto una visión muy negativa (alarmantemente negativa) de la existencia, como por ejemplo en “La vida”, p.53; otras, en las que ensaya escabrosos juegos de palabras (“La niña más turbadora”, p.27); alguna más donde ridiculiza a ciertos personajes de la actualidad informativa (“Jet Society”, pp.28-29); e incluso reflexiones cercanas a la teología (“La respuesta”, p.16). Aunque como la poesía se refugia donde ella quiere y no donde queremos confinarla, es probable que el texto más hermoso del volumen sea el titulado “La menor”, un delicioso y tierno homenaje a su hija Rocío, dormida.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Perro de aeropuerto




Un perro. Pero no un perro cualquiera: un perro maltratado. Alguien lo envía por avión hacia la familia que ha decidido adoptarlo, pero el perro se pierde. Alguien lo pierde. Anda errabundo e ilocalizable por el aeropuerto de Málaga. Y quién sabe dónde está ese pobre animal. Y todos somos ese pobre animal, acribillados de magulladuras, desorientados y sin saber dónde se encuentra está la puerta de salida, tras la que nos esperan la luz y unos brazos cariñosos.
Es la propuesta inicial que nos plantea el uruguayo Claudio Burguez en su libro Perro de aeropuerto, que ahora publica en España el sello Liliputienses. Por sus páginas merodean las habitaciones de hotel; los edificios de apartamentos donde la gente se enreda de amor o discute a gritos; las palabras escuchadas junto a una botella de vino, que la soledad ayuda (o invita) a consumir; las playas en las que sentarse en silencio y observar a las personas de alrededor; los llantos nocturnos escuchados en Londres; o los envíos por Fedex.
Hay declaraciones inquietantes o misteriosas (“Hoy la gente no es fruta, es insecto”), hay retratos familiares conceptistas (“Una mujer cóncava / metida en un abrigo convexo / esa era mi abuela”), hay versos durísimos de finitud (“La cosa más frágil es ver a tu padre que se va”), hay canciones que conmocionan tanto que no quieres que nadie te traduzca su letra (“Les Rita Mitsouko”) y hay poemas de tierno amor crepuscular que alcanzan una belleza mesetaria (p.35).
Les sugiero que busquen este libro. Van a encontrar en su interior muchos textos que llamarán su atención.