miércoles, 31 de julio de 2019

El relevo




Llegando a divertirme con algunas de sus páginas, acabo de leer El relevo, obra teatral de Gabriel Celaya (Escelicer, 1972), que juzgo entretenida pero banal. Es el típico juego onírico, surrealista e iconoclasta que, creyendo actuar como una bomba devastadora contra el Sistema y la conciencia humana, sólo sirve en verdad como inoperante cosquilla en la axila lectora. Obviamente, no me burlo ni de la persona Gabriel Celaya ni del escritor (al que siempre he admirado), sino de la candidez infantil de la propuesta: hacer una revolución repartiendo chucherías se me antoja una simple pose, que solamente sirve para enriquecer a los vendedores de pósters y de camisetas.
El autor guipuzcoano juega aquí a la fantasía, y me parece bien; pero siempre que no pretendiese nada más con sus páginas. Las propuestas lírico-oníricas no sirven nunca de nada: la Historia lo demuestra continuamente.
Pero luego, claro, nos encontramos con el humor de Celaya (“¡Qué bien hablas, Máximo! Casi no se te entiende”), con su ironía lúcida (“El amor es una cosa muy seria. Debemos aburrirnos como Dios manda”), con la belleza de sus disparates (“Te quiero porque dos y dos son cinco”) y con su seriedad psicológica (“El que a uno le crean feliz ayuda a serlo de verdad”). Y no renunciamos a aplaudir a este gran mago incomprendido de nuestras letras.

martes, 30 de julio de 2019

Crónica de Todmir




En 1997, el narrador histórico que vive dentro de Santiago tomó la palabra para componer una versión novelada de la vida del conde (o duque) Teodomiro, un personaje importantísimo del siglo VIII del que se saben bastantes cosas, pero del que todavía se ignoran otras muchas, que él rellenó con su fantasía hasta componer un extenso escrito dividido en tres partes.
En el que abre la historia (titulado “Las vísperas del elegido”) nos cuenta que Muhammad, presunto nieto putativo del conde, se apresta a cumplir en el año 743, ahora que su “abuelo” ha muerto, la promesa que le hizo de poner por escrito su vida. Desde el principio, advertimos que Muhammad admiró profundamente a su abuelo, por la anticipación histórica que supo demostrar con la Cora de Todmir, un sitio donde sangres, razas, culturas e idiomas se mezclaron con normalidad y sin escándalo. Por eso, él, Muhammad, compondrá aplicadamente la crónica de Todmir Ibn-Gandarias, caíd cristiano de Aurariola que nació en La Guardia, cerca de Tuy, en la costa gallega.
Mucha es la información histórica y cultural que en las siguientes páginas se nos va trasladando, pero creo el lector disfrutará especialmente con la secuencia que se centra en los baños de Mula, donde la bella y más bien madura dama griega Irene consigue que el dux de Aurariola fije sus ojos y su deseo en ella, hasta que logra conducirlo al matrimonio.
En la segunda parte, titulada “La gloria del señalado”, se nos sitúa varios años después: Irene ha muerto (sabiendo que una enfermedad incurable la minaba, tuvo el coraje de administrarse la dignidad socrática de la cicuta); Fátima, hermana del cronista, ha aumentado en belleza y en familia (ha tenido dos hijos); y Atanagildo, heredero de Todmir, además de haber sufrido abusos económicos por parte de quienes no tuvieron valor para exigírselos a su padre, ha perdido todo rasgo de grandeza en su porte, y muestra un aspecto. El cronista, destrozado íntimamente por la constatación de tantas ausencias, exclama: “Por todo eso, porque han muerto casi todos los que eran un poco yo mismo, cuando yo moraba aquí, he muerto yo un poco también” (p.125). En esta segunda parte de la crónica, Muhammad adopta un tono mucho más escéptico y menos entusiasta que en las páginas anteriores. La vida, con su tenaz goteo, ha limado muchas de sus ilusiones, y las ha reducido hasta límites que rozan la desesperación y la amargura. Su abuelo Todmir, que antaño le pareciera un gigante histórico y un poderoso señor adornado con las más exquisitas virtudes, ahora se le antoja un “lejano personaje, cabeza de pequeña comarca, pobre y exótica, poco digna de crónica” (p.125).
Y en la tercera parte del volumen, que se titula “Los escritos de Fátima”, se nos ofrece una novedad curiosa: ahora es la hermana de Muhammad la que, muerto éste, retoma la crónica. Este tercer bloque se rebaja drásticamente el número de informaciones históricas, y el tono de la novela se vuelve más alígero, menos erudito. Santiago, hábil narrador, sabe que los hermanos Fátima y Muhammad no son parangonables en sabiduría, y por tanto tampoco sus estilos pueden manifestar semejantes en este orden. En manos de la mujer, la crónica adquiere una fluidez desnuda y graciosa, que no sólo sirve como contrapeso a la sección anterior, sino que también posibilita que la novela termine de un modo elegante y airoso.
Otra demostración del buen hacer narrativo de Santiago Delgado, que espera con paciencia la llegada de más lectores.

lunes, 29 de julio de 2019

De mutuo acuerdo




Para cualquier disciplina artística (pintura, escultura, poesía, música, baile) se puede disponer de buena voluntad, invertir elevadas dosis de trabajo y sacrificar tiempo y dinero con el fin de obtener resultados. Es tan posible como plausible. Pero ninguno de esos ingredientes garantiza que pueda alcanzarse el éxito o la excelencia, porque el talento no es democrático. Se tiene o no se tiene. Es así de sencillo. No se trata de crueldad, de altanería, de jactancia o de soberbia: es un hecho.
Y Diana de Paco Serrano, cuando se pone a escribir teatro, dispone de talento. Es un aroma, una fluidez, una solidez que se perciben desde la primera página y que impregnan sus textos inequívocamente. La forma en que hace moverse a sus personajes, el modo en que hablan, sus reflexiones, los giros argumentales, todo está calibrado a la perfección para que la maquinaria escénica ruede y convenza. Y lo volvemos a comprobar en De mutuo acuerdo (y otras obras menudas), que le premió y publicó el sello Irreverentes. Nos encontramos allí con hombres débiles a quienes sus esposas han exprimido y engañado, a adolescentes que viven enganchadas a sus teléfonos móviles y que los utilizan como oxígeno, a extraños hipocondríacos que se entusiasman al contratar un seguro médico, a amigas maduras que en realidad se odian y se desprecian, a ninis espléndidamente retratados como metáfora del mundo en que vivimos… Y, llegados al final, esa delicia titulada Lapidarius, donde los personajes cervantinos de don Quijote, Sancho y Dulcinea quedan transfigurados y modernizados en un entorno psiquiátrico.
Costumbrismo irónico, señalamiento de las lacras eternas del ser humano, melancólico sentido del humor… Diana de Paco Serrano juega espléndidamente sus cartas para dejarnos un amargo sabor de boca y un insuperable retrato de nuestro tiempo. Como siempre.

domingo, 28 de julio de 2019

Las cintas de Anderson




Me termino, en dos tardes, la curiosa novela titulada Las cintas de Anderson, de Lawrence Sanders, traducida por Marta Isabel Gustavino (Ultramar, Madrid, 1980)… Veamos. Yo diría que es una novela esencialmente absurda, porque parte de una enorme cantidad de conexiones traídas por los pelos: orwellianas, huxleyanas, increíbles. ¿Es acaso “tragable” que se pueda verificar este ingente rompecabezas, este puzle urbano con micrófonos dispersos, no solamente por toda la ciudad, sino en los sitios y momentos adecuados? La hipótesis de la vigilancia electrónica del peatón ya no resulta tan descabellada en estos años de comienzos del siglo XXI; pero lo que sigue siendo descabellado es pensar que pueda ser espiable una persona, en veinte sitios de la ciudad, gracias a veinte departamentos estatales diferentes y desconectados entre sí. Eso, por lo que atañe a la credibilidad de la trama.
En cuanto a los aspectos puramente literarios, la novela no pasa de ser interesante, sin alcanzar mayores logros. Una novela más, entre el grupo de las normalitas.

sábado, 27 de julio de 2019

El escritor y sus fantasmas




Releo El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sábato, e inevitablemente vuelvo a maravillarme con sus ideas, con su prosa, con sus erudiciones y con su capacidad para hacer que el lector se intrigue o interese por asuntos que, apenas unas horas antes, ni siquiera habían pasado (quizá) por su mente. El narrador argentino era un auténtico maestro, no cabe duda.
Ahora, fruto del entusiasmo que esta relectura me depara, podría glosar con delectación las múltiples reflexiones que Sábato lanza en estas páginas: analizar su interés y profundidad, enlazarlas con otros autores, etc. Pero estoy pensando en algo mucho mejor: voy a trasladar a esta reseña sus palabras exactas, para que los lectores las disfruten sin intermediarios. Dicho por él, mejor que dicho por mí. Me cubro, pues, con los ropajes del Pontífice y procedo…
“Toda cultura es híbrida”. “En cuanto a la técnica, considero legítimo todo lo que es útil para los fines perseguidos, e ilegítimas aquellas innovaciones que se hacen por la innovación misma”. “La condición más preciosa del creador es el fanatismo. Tiene que tener una obsesión fanática, nada debe anteponerse a su creación, debe sacrificarse cualquier cosa a ella. Sin ese fanatismo no se puede hacer nada importante”. “No hay grandes temas y temas insignificantes: hay escritores grandes y escritores insignificantes”. “No hay peor conservatismo que el de los revolucionarios triunfantes”. “La madurez de un hombre comienza cuando advierte sus limitaciones”. “No hay gran novela que en última instancia no sea poesía”. “Los hombres escriben ficciones porque están encarnados, porque son imperfectos. Un Dios no escribe novelas”.

viernes, 26 de julio de 2019

Malos días




Hay días que son gozo, días que son tortura y días que se incorporan a la cloaca gris de lo indiferente. Pero de todos ellos se puede trazar, si se dispone de talento y de pericia narrativa, un relato espléndido, porque la literatura siempre ha estado en la forma en que se miran las cosas, en el enfoque que utilizamos para pirograbarlas en las pupilas y el cerebro de los lectores.
Victoria Pelayo Rapado, en su hermoso trabajo Malos días (De la luna libros), nos ofrece una demostración incuestionable de esa posibilidad. Por sus páginas desfilan personajes de sexos y edades diferentes, que se tienen que enfrentar a jornadas especiales, a horas de inflexión en las que sus vidas quedarán alteradas de un modo irreversible; y quien lee siente que los latidos de su corazón (más rápidos o más lentos, sonrientes o perturbados) se amoldan al ritmo que la autora zamorana imprime a sus textos.
Conoceremos así a Ángel, un joven que acepta un delicado y angustioso trabajo por el que le pagarán muy bien, pero que lo acongojará; y a Montse, una extraña sordomuda que trabaja como limpiadora en un hotel; y al padre y al hijo que, tras veinticinco años de separación orgullosa e inútil, se reencuentran en la casa del anciano; y a la muchacha que da a luz sin ayuda en el suelo de la cocina; y al agobiado repartidor que experimenta la ansiedad de estar sin tabaco, y que lo busca en todos los lugares donde realiza entregas; y a la tanatopractora que se siente minusvalorada, a pesar de la importancia de su actividad; y a muchos otros personajes que, diminutos y anónimos, circulan por el mundo con su cargamento de tristezas, alegrías y decepciones.
Gran libro, sin duda, que se lee con la gratitud que todos los buenos degustadores de literatura experimentamos hacia las personas que se preocupan de componer buenas obras.

Bicicletas blancas



Roberto acaba de cumplir 13 años y recibe de sus padres, como regalo, la noticia de que pasará el verano en Holanda para perfeccionar su inglés. Tal decisión, que no le hace ni chispa de gracia, lo hace refugiarse en su diario, donde muestra su desacuerdo y su rabia. Pero, como resulta obvio, no dispondrá de argumentos bastantes para contradecirles y tendrá que instalarse en Ámsterdam.
Allí, a través de su profesora de inglés, llamada Shanti, descubrirá los horrores del racismo, sea cual sea su forma o su color, y entrará en contacto con el mundo de la niña judía Ana Frank, que fue asesinada en el campo de exterminio de Bergen-Belsen por los nazis. Hasta tal punto empatizará con ella que terminará refiriéndose a la Segunda Guerra Mundial como “la guerra de Ana” (p.97). También descubrirá la pintura de Rembrandt e innumerables detalles sobre gastronomía holandesa, sobre el uso de las bicicletas en la ciudad, sobre el consumo de marihuana o sobre sus extensas calles y jardines.
Entretanto, en su localidad de origen, los padres de Roberto están viviendo su particular infierno: una relación cada vez más deteriorada e insatisfactoria.
Ambas pulsiones (lo que tiene ante sus ojos y lo que chirría a sus espaldas) hacen que Roberto deba enfrentarse a “esas cosas que le ocurren a la gente cuando viaja y se le desordenan las hojas de la vida” (p.130).
Un libro espléndido de una autora espléndida, que puede ponerse en manos de cualquier adolescente con la convicción de que le encantará.