jueves, 28 de febrero de 2019

Pegar la hebra




Volver a la prosa de Miguel Delibes es como, después de haber bebido licores de todo tipo, dejar que un vaso de agua fresca te inunde la garganta y viaje por tu interior: éxtasis de la belleza sencilla. Da igual que se trate de una novela, de una colección de artículos o de cualquier otro formato. El maestro siempre embriaga y siempre conforta.
En las páginas de Pegar la hebra volvemos a experimentar la misma emoción; da igual que nos cuenta que fue extra en una película de Orson Welles (aunque las escenas donde salía, nos aclara, fuesen suprimidas en el montaje final de la película); que nos imparta una charla sobre las aficiones cinegéticas del pintor Francisco de Goya (que se manifiestan en sus cuadros y en su correspondencia); que reflexione calmadamente sobre el estupor que le produce el apoyo del progresismo al aborto libre (ellos que se han distinguido siempre por su apoyo al débil y la no violencia: ¿no infringen ambas normas cuando aceptan interrumpir una vida?); que nos pregone su admiración por Cossío y Umbral (a quienes considera figuras egregias del periodismo moderno); que nos explique que caza, pero nunca animales de mayor envergadura que una perdiz o un conejo (hay quienes se detienen en el mosquito, la mosca o la cucaracha: Delibes se detiene en el conejo); que nos comente las relaciones que ha mantenido con los directores que han adaptado novelas suyas al cine; que se horrorice ante la creciente violencia del fútbol actual; que construya demoledores textos sobre la censura de prensa en los años cuarenta (que él padeció durante sus años en el rotativo El Norte de Castilla) o que diseccione con fina sabiduría la novela Nada, de Carmen Laforet.
Miguel Delibes, con voz tenue y prosa elegante, impregna todos estos escritos de una magia inigualable. La magia de un clásico.

martes, 26 de febrero de 2019

Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull




Que Enrique Jardiel Poncela fue uno de los más disparatados y brillantes autores del humor español del siglo XX no es afirmación que pueda discutirse por parte de ninguna persona sensata. Títulos como Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Eloísa está debajo de un almendro o Los ladrones somos gente honrada dan fe de esa excelencia, y nos hacen imborrable la figura de aquel madrileño irónico, lánguido y excepcional. Hace unos años, la editorial Rey Lear tuvo la feliz ocurrencia de recuperar un viejo texto de Jardiel, que lleva el largo y sorprendente título de Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, donde nos encontramos con un protagonista al que conocemos de sobra por el mundo del cine y de la novela: Sherlock Holmes. Pero esta vez, por obra y gracia del autor (nunca mejor dicho), no va acompañado por su inseparable doctor Watson, sino por el propio Jardiel, que realiza las funciones de asistente-admirador del más famoso detective de todos los tiempos.
¿Y qué van a encontrar los lectores que decidan sumergirse en esta pieza breve pero intensa? Pues descubrirán una historia cuyo argumento les parecerá tan ilógico, tan descabellado y tan extravagante que no tendrán más remedio que rendirse a la magia de su seducción; descubrirán también unos personajes alocados y delirantes, que se mueven en terrenos alejados de la normalidad y del pensamiento ortodoxo (“El suegro de McGregor, senador vitalicio, y que confiaba en esto para no morirse nunca”, p.63); y descubrirán, sobre todo, grandes dosis de humor inteligente. Inteligencia que, además, se dispara en varias direcciones, a cuál más atractiva: desde el juego de palabras y la hipérbole (“Aquel hombre genial se caracterizaba por lo bien que se caracterizaba, hasta el punto de que, cuando se veía obligado a disfrazarse, tenía que echarse al bolsillo un puñado de tarjetas de visita para poder reconocerse a sí mismo”, pp.19-20) hasta la comparación absurda (“Yo le seguía como la sombra al cuerpo cuando el cuerpo proyecta sombra”, p.60).
Únanle a ese catálogo de maravillas unas ilustraciones interiores que no brotaron de ningún dibujante profesional, sino que salieron de la pluma del propio Jardiel Poncela, y comprenderán que no deberían perderse este libro, delicia para los sentidos y gozo para la inteligencia.

lunes, 25 de febrero de 2019

En el búnker con Hitler




Si consultamos el mundo inabarcable de Internet descubriremos que Bernd Freytag von Loringhoven fue un prestigioso militar alemán, un respetado hombre de la diplomacia internacional y, en sus últimos años de vida, un alto dirigente de la OTAN. Pero lo que no suele pregonarse con tanta frecuencia de este singular personaje es que gozó de un curioso privilegio histórico, que él mismo nos detalla en la página 8 de este libro: “Durante nueve meses, del 23 de julio de 1944 al 29 de abril de 1945, tuve la ocasión, muy rara para un joven oficial, de ver a Hitler casi todos los días. En efecto, como asistente del inmundo jerarca nazi, Loringhoven pudo asistir a la progresiva decadencia de Hitler, a sus achaques, a sus melancolías, a sus sueños absurdos, a sus proyectos y a sus vacilaciones. A partir de 1948, acabados para Loringhoven los interrogatorios de los aliados, comenzó a anotar en unos cuadernos todos los detalles que recordaba de su etapa junto al Führer; y casi sesenta años después, gracias a la insistencia del periodista François D’Alançon, esos cuadernos se convirtieron en un libro, que la editorial Crítica publicó en España.
¿Qué imagen nos ofrece el autor del personaje retratado? Pues negativa, claro está. Nos dice que fue un hombre acomplejado y con graves fisuras en su personalidad (“Necesitaba tener siempre a su alrededor un auditorio que le estimulara”, p.67), que llegó a sus momentos finales en un lamentable estado físico (“Deambulaba con paso cansino, blanco como el papel, con el brazo tembloroso, enfermo y decrépito”, p.133), que había cambiado el horario por completo (“No se levantaba hasta mediodía”, p.74) y que, huérfano de amigos, siguió ejerciendo hasta su muerte una estricta autocracia (“Le repugnaba compartir la más mínima porción de poder y se dedicaba a alimentar una división permanente entre su subordinados”, p.69).
¿Y cuál es la visión que de sí mismo nos regala Bernd Freytad von Loringhoven? Pues una altamente angelical. De nada se disculpa, pues considera que nada hizo durante la Segunda Guerra Mundial que fuera reprobable. Y además procura mantenerse en un cuidadoso equilibrio moral, que lo deje limpio de todas las responsabilidades: ni participó en la colocación de la bomba contra Hitler en 1944 (p.37), ni supo jamás de los campos de exterminio (p.60), ni perteneció siquiera al partido nazi. Ni amó a Hitler ni lo odió; ni mató a nadie ni deseó hacerlo. Sólo sirvió a su patria con honor y con orgullo. Una enorme blancura, tan inmaculada como sospechosa.
En todo caso, el valor documental de este libro es soberbio, y nos ofrece un retrato completo de la agonía del nazismo, aquel cáncer horrendo y abominable que llenó de pústulas la piel del siglo XX.

domingo, 24 de febrero de 2019

Lugares comunes




Nadar a favor de la corriente es ejercicio que se encuentra al alcance de muchas personas. Hacerlo al revés, ya no tanto. Y esa afirmación, que procede del mundo del deporte, podemos hacerla extensiva a la literatura. Irene Jiménez lo demostró en su libro Lugares comunes, publicado en Páginas de Espuma.
Dentro de los infinitos modos de elaborar cuentos, goza de especial fortuna el modelo “cortazariano”: es decir, historias muy bien urdidas que, al final, nos reservan una sorpresa, un giro, un mazazo que nos provoca pasmo y admiración. En este modelo, el escritor es una especie de prestidigitador, un amable farsante (en el mejor sentido de la palabra) que sabe desde el principio cómo envolvernos con su trama y que diseña su estrategia con el fin de seducirnos, maravillarnos y dejarnos con la boca (literaria) abierta.
Pero hay otros modos cuentísticos fuera de este modelo, que goza de los aplausos generales. E Irene Jiménez demuestra en este trabajo que sus preferencias se orientan por ahí, para gozo de quienes opinamos que no hay una sola forma de escribir, y que muchos son los senderos que nos pueden llevar al placer literario. Irene, en estos Lugares comunes, demuestra con elegancia y con excelente prosa que escribir es, ante todo, la elección de una mirada. Ella se fija en su entorno y lo radiografía; observa a los seres anodinos que deambulan por las calles, por las oficinas, por las fiestas, por los dormitorios, por los bulevares; anota los detalles de las existencias medianas o fracasadas; reflexiona sobre cosas tan aparentemente absurdas como “la diferencia entre llamarse Elena y llamarse Helena” (p.23); y nos da sus retratos pequeños, humildes, cotidianos, significativos.
Tal vez la modernidad comenzó cuando alguien supo darse cuenta de que no hace falta regresar de Troya, darse un paseo por los círculos infernales o fundar una dinastía gloriosa para convertirse en protagonista de una obra literaria, sino que cualquier ser, por gris que se antoja su existencia, puede alcanzar el mismo destino: a Leopold Bloom o a Bernardo Soares no seríamos capaces de distinguirlo de un frutero que pasea por la ciudad en su día libre.
Hace ya muchos años, escribió Francisco Umbral en su libro Mortal y rosa que “hay que descubrir la piedra filosofal todos los días, y encontrarla entre las piedras grises y torpes, que son las que más abundan”. Irene Jiménez demuestra, con este libro magnífico, que es una auténtica maestra en esas labores de búsqueda.

viernes, 22 de febrero de 2019

Abel Sánchez




Leamos cómo comienza la novela Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno: “No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su primera infancia, pues sus dos sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aún ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi más bien hermanos de crianza”. Y ahora seamos justos: ¿cabe un primer párrafo más torpe en una obra presuntamente buena? Insisto: seamos honestos. No nos dejemos influenciar por la fama del gran autor vasco, al que he tributado aplausos muchas veces. Ciñámonos a las palabras que abren el libro. Estas líneas son de una torpeza desmañada y ramplona, inauditamente mediocres, cacofónicas y casi renqueantes. No hay en ellas primor alguno, ni música, ni excelencia.
A partir de esa primera impresión áspera la lectura de la obra se me ha hecho tan artificial como insatisfactoria. Miguel de Unamuno quiere meter ideas, y juicios sobre la envidia, y presuntos análisis del espíritu humano, pero el resultado no es una novela admirable sino un texto reseco, un mosaico de azulejos misticoides y gazmoñerías religiosas metidas con calzador que no alcanza apenas esplendores. Joaquín es falso. Abel es falso. El personaje de Antonia es amojamadamente falso. Nada respira autenticidad en estas páginas, porque las ideas (unas ideas de cartón piedra, con mucha roña ampulosa) ahogan la fluidez narrativa, constantemente tijereteada en capitulillos de tesis o diapositiva, apenas hilvanados unos con otros.
Mira que he leído con respeto a don Miguel, y mira que lo seguiré haciendo en el futuro, pero estas páginas son tan torpes que me cuesta creer que sean suyas. La literatura reside siempre en el cómo, y aquí el cómo es terriblemente defectuoso: ni me creo a los personajes, ni me creo sus diálogos, ni me creo sus profundos traumas marmóreos, ni me creo que sus sentimientos, ni me creo nada.
Un libro para olvidar.

jueves, 21 de febrero de 2019

Diarios 1984-1989




Resulta sumamente doloroso imaginarse a Sándor Márai, con 84 años y viviendo lejos de su patria, desengañado del mundo y observando cómo su esposa Lola (compañía fiel durante más de seis décadas) es devorada por un cáncer. Quizá por eso el tono general de este volumen (que traducen del húngaro Eva Cserhati y A. M. Fuentes Gaviño para el sello Salamandra) está impregnado de tristeza, de melancolía, de abatimiento, de desolación. La muerte es aquí contemplada con serenidad, aunque atemorice el camino que puede conducir hasta ella (“Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”, p.37); la trascendencia es puesta entre paréntesis (“Muy de mayor he llegado a no creer en nada, aunque tampoco descarto nada”, p.46); los calendarios y las agendas se revisten de un tono amenazante (“Soy el último de mis coetáneos, y ahora me toca a mí”, p.171); y la vida, en fin, se convierte en un gelatinoso laberinto gris en el que apenas se vislumbran brillos o ilusiones.
Pero el segmento más duro se inicia cuando Lola comienza su declive físico y mental. Ella, que lo ha supuesto todo para Sándor (“Ha sido un ser maravilloso, la mujer completa, el compendio de todo lo humano, de las virtudes femeninas, el sentido de mi vida, y sigue siéndolo. Si se va, ya nada tendrá sentido”), entra en la cuesta abajo: se inician los mareos, desvanecimientos y caídas; requiere una atención médica continua y especializada; y, en la esclavitud del deterioro, exclama unas palabras que al escritor lo perseguirán hasta el último de sus días: “Qué lento muero”. La crónica, tan detallada como conmovida, que Márai va componiendo en estas hojas estremece por su hondura, por su temblor, por su orfandad de anciano que se va quedando solo y lo sabe. Hasta que, por fin, el 4 de enero de 1986 escribe “L. ha muerto”; y luego anota el 14 de enero “Ha sido incinerada”; y continúa el 4 de febrero “Hoy hace cuatro semanas que murió”. Ese mes de atroz silencio, de silencio retumbante, conmueve más que todo lo escrito antes y después. ¿Qué sintió durante esos treinta días? ¿Qué lágrimas lo anegaron? ¿Qué acantilados se abrieron ante sus pies?
Tres años más tarde, el 15 de enero de 1989, leemos como cierre del tomo: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”. Un mes más tarde, sin haber escrito más en el diario, apoyó en su cabeza el arma que había adquirido meses antes. Y apretó el gatillo.
Obra impresionante. Quizá sólo en la senectud la entendamos del todo.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Cuatro veces fuego




En uno de sus versos, publicado por la revista Almiar en el número de marzo-abril de 2007, dice la escritora Lara Moreno: “El pie tropieza, es carne fresca lo que ha encontrado”. Esa sentencia podría valer (y de hecho vale) para resumir el eje central de su libro Cuatro veces fuego, publicado por Tropo Editores en 2008.
Vemos ahí cómo, mediante pinceladas cortas y frescas, nos dibuja todo el abanico de sentimientos que puede rodear al ser humano: el deseo, la soledad, el desorden, la tristeza, la búsqueda. Sus criaturas son tan humanas que produce un auténtico vértigo contemplarlas de cerca, y por eso Lara Moreno las diseña con la acuarela de su ordenador, recortándolas de nieblas y haciéndolas latir sin ambages.
Así, descubrimos a la anónima mujer que, saciada de todos los futuros imperfectos que le estampó en la cara alguien que se fue, se refugia en la soledad tétrica de un váter de bar para masturbarse; y nos encontramos con Jacobo, que atesora desde la infancia un buen número de cajas con cráneos de roedores; o acompañamos a esa chica que no sabe si viajar a Dubrovnik, Split, Benarés, Zanzíbar o Lisboa, y que guarda un secreto en el agujero cariado de su muela. Tantos seres breves, tristes, recortados y cálidos, hechos no de la materia de los sueños sino de la materia de la vida: calor, desesperanza, desconcierto, ilusiones, lágrimas y sexo.
Lara Moreno, cuentista, poeta, editora y correctora, que declara su fervor por Julio Cortázar como quien reconoce su pertenencia a un territorio físico (ya dijo Pessoa que su patria era la lengua portuguesa), nos entrega en este volumen un trabajo delicioso, de perfume denso (dulce o agrio, según las páginas) y de sólida escritura, que contenta a los más exigentes degustadores del género breve.