domingo, 30 de septiembre de 2018

Un bosquejo de familia



Todas las familias del mundo contienen varios personajes que, por su condición seductora o estrafalaria, servirían para nutrir un libro de anécdotas, capaces de generar sonrisas, lágrimas o asombro en sus lectores. No se trata, pues, de una singularidad demasiado notable. Pero cuando la persona que anota esas frases llamativas, esas situaciones peculiares o esas respuestas jocosas es Mark Twain, padre literario de Tom Sawyer, Huckleberry Finn o el yanqui que viajó a la corte del rey Arturo, el volumen se convierte en un documento mucho más digno de estimación.
Traducido por Borja Aguiló Obrador para el sello Sloper, Un bosquejo de familia nos introduce en el ambiente familiar de Samuel Langhorne Clemens, el célebre escritor de Florida, en cuyo seno destacan personajes como el gato Abner, el sirviente George Griffin (un antiguo esclavo que consiguió ganar bastante dinero en las carreras de caballos, en elecciones políticas o actuando como pequeño prestamista) o una de las nodrizas de su hija Clara, a quien define afirmando que “tenía una salud de hierro, el apetito de un cocodrilo, el estómago como una bodega y la digestión de un molino de cuarzo” (p.55) y que, en el transcurso de un mes, “se bebió doscientas cincuenta y seis botellas de medio litro de cerveza en nuestra casa” (p.56).
Además del chisporroteo de anécdotas que burbujean en las páginas del libro, Mark Twain nos deja también algunas líneas más incómodas de asimilar en el mundo de hoy, como su aplauso a los castigos físicos (“No eran meros aficionados quienes decían con razón “Ahórrate el bastón y malcriarás al niño”, juzgo yo”, escribe). De hecho, refiriéndose al caso concreto de su hija Susie, anota sin el menor rubor: “Recurrimos a azotarla. Desde ese día, no ha vuelto a haber una niña más buena. Teníamos que disciplinarla una vez al día, al principio; luego tres veces por semana; luego dos; más adelante sólo una vez por semana; posteriormente dos veces al mes. Ella tiene casi cuatro años y medio ya” (pág. 83-84). Lo más sorprendente y lo más indigesto es que habla de castigos correctores infligidos a la edad de tres años.
Un libro chocante, fresco, distinto, que la editorial Sloper recupera para el público español de forma oportuna y admirable y que, sin duda, merece un sitio de honor en nuestra biblioteca.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Me casé por alegría




Pietro y Giuliana, tras coincidir más bien borrachos en una fiesta, se han casado de una forma absurda y precipitada. Ni se conocían antes, ni se conocen tampoco ahora. Simplemente, charlaron unas horas y, por sorpresa, tomaron la decisión de contraer matrimonio. Ahora, la convivencia entre ellos es más bien singular, con un elemento que los une como bisagra (la sirvienta Vittoria) y con otro elemento que actúa como crítica negativa de la relación (la madre de Pietro). Poco se puede advertir que los cónyuges tengan en común: él trabaja como abogado y pertenece a una buena familia; ella, tras sobrevivir como buenamente ha podido a la pobreza, ha trabajado en un comercio, del que fue despedida. ¿Qué les ha impulsado, entonces, a vincularse mediante matrimonio? Pietro sostiene que lo ha hecho por lástima; Giuliana no tiene problemas en reconocer que el dinero ha sido una de las razones fundamentales. En esta situación, ¿cuál es el futuro que les espera?
Con ese nudo argumental, Natalia Ginzburg (traducida por Andrés Barba para el sello Acantilado) desarrolla ante nuestros ojos una historia con puntos de humor, de crítica social y familiar y, sobre todo, con numerosas secuencias en las que los diálogos se vuelven zigzagueantes y casi “codorniceros” (por la revista que fundó y dirigió Miguel Mihura).
¿Puede ser considerada una pieza clave dentro de la producción de la escritora italiana o de la historia del teatro? De ninguna forma. Mentiríamos si tratáramos de sostener tal afirmación. Me casé por alegría es un simple divertimento. Pero dentro de su condición discreta, es una obra que se lee con algunas sonrisas, lo que no resulta desdeñable.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

La ira de los mansos




Imaginemos a un publicista de 39 años llamado Lázaro. Su vida no podría ser calificada de feliz, porque varios factores se alían con eficacia para erosionarla: el snobismo desdeñoso que muestra hacia él su familia política, la decadencia que advierte en la relación sexual y sentimental con su esposa, el temperamento insufrible de su jefe… Pero la puntilla que ha venido a desmoronar su existencia es el accidente que lo ha dejado en estado de coma en la UCI de un hospital. Curiosamente, y aunque nadie lo sospecha observando sus ojos cerrados y sus constantes vitales bajo mínimos, Lázaro es capaz de escuchar todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
De esa manera tan poco ortodoxa va a enterarse de los tejemanejes de sus cuñadas, del odio africano que le dedica su suegra, de las singulares aficiones de algunas enfermeras y de otros detalles mucho más inquietantes relacionados con su hijo, con médicos que se suman a prácticas ilegales o con al accidente que lo ha postrado en cama. Del mismo modo, leeremos con admiración el candoroso monólogo que un niño llamado Jesús pronuncia ante Lázaro, en el que tendrán un tierno protagonista los componentes de La patrulla canina.
El versátil y siempre eficaz Víctor M. Mirete nos ofrece en este relato una historia terrible y humorística, fluida e interesante, en la que las constantes variaciones del rumbo narrativo aseguran en todo momento la amenidad de la novela, que Malbec Ediciones publica con buen criterio, añadiéndole unos anexos jocosos que actúan como eficaz epílogo. Un buen antídoto contra el aburrimiento.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Una vida prestada



Durante un buen número de años, Vivian Maier trabajó como niñera en Estados Unidos, mientras se dedicaba durante sus horas libres a la actividad que realmente la entusiasmaba: la fotografía. Con su cámara Rolleiflex siempre dispuesta, fue inmortalizando sin fatiga miles de rostros, calles, suburbios, paisajes y rincones, intentando siempre capturar el alma, el espíritu de aquello que se encontraba al otro lado de la lente; pero jamás permitió que sus imágenes apareciesen en revistas o fueran expuestas en galerías. No le preocupó la fama. Vivió anónima, retrató anónima y murió anónima. Acabada su ingente tarea de cronista, de pintora, de antropóloga, los negativos que contenían su legado (unos ciento cincuenta mil) fueron adquiridos en una subasta por John Maloof. Ahí se inició la leyenda de Vivian Maier, que no ha cesado de crecer desde su muerte en 2009 hasta la actualidad.
La excelente escritora Berta Vias Mahou nos propone ahora, en un libro exquisito y de gran profundidad psicológica, una versión novelada de aquella mujer fascinante, que impresionaba por su altura (casi un metro ochenta), por su riguroso análisis del arte actual (“En este mundo no basta con hacer lo que haces maravillosamente bien. Es mucho más importante hacerse ver. Hay que sacar codos. Y tener buenos contactos en las altas esferas. Vende el que más grita, no el que ofrece la mejor mercancía”, p.69), por su voluntad de centrarse sobre todo en las imágenes de los desfavorecidos (“los hijos del dolor”, como los llama en la página 129) y también por su retrato descarnado y sincero a ultranza de algunos personajes famosos de su tiempo, como Salvador Dalí (“Es un fantoche. Hace demasiado ruido para vender su bazofia. Como tantos otros que se creen artistas y no están más que imbuidos por el afán inmenso que tienen de imponer a todos y en todas partes su enfermizo egocentrismo”).
Berta Vias logra en esta novela, dura y deliciosa, desgarradora y admirable, que viajemos por el corazón y la mente de una creadora ciclópea, desprejuiciada y proteica, que encarna el ideal del artista puro: aquel que construye universos sin pensar en los réditos económicos o publicitarios que puedan derivarse de su trabajo. Una novela impresionante.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Mamíferos que escriben



Quizá la gran búsqueda que todos acometemos durante la vida, aparte de perseguir indesmayables la felicidad, consista en descubrir a nuestros dioses verdaderos, entronizarlos en nuestro Olimpo, tributarles adoración y rendirnos al disfrute de sus excelencias. Es lo que hace literariamente Manuel Moyano en las páginas de Mamíferos que escriben, el exquisito libro que acaba de publicarle Newcastle Ediciones: un catálogo minucioso de escritores, músicos y cineastas que lo han conmovido durante décadas y a quienes ofrenda aquí el acanto de su admiración, tras haberlo reproducido capítulo a capítulo en la extinta revista El Kraken.
Comienza su recorrido con el norteamericano Paul Auster, uno de los autores que en su opinión “llegan a modificar nuestra percepción de la realidad” gracias a una forma de escribir que consiste en “echar una piedra a rodar y sentarse a ver qué pasa”. Después se ocupa del misántropo, racista, solitario y huraño Lovecraft, arquitecto de mitologías tenebrosas y fraguador de dioses nauseabundos, que lo fascinó desde su juventud gracias a la lectura de la novela El caso de Charles Dexter Ward (obra que el propio Lovecraft desdeñó). A continuación se aplica a componer una semblanza sobre Cioran, al que dedica seis páginas de difícil mejora, con las que retrata íntimamente al genio lánguido de Rasinari. No menos fervoroso es su retrato de Bukowski, al que comenzó a leer a los veinte años y del que se despide con un párrafo memorable: “Estaré siempre entre el grupo de sus admiradores. Es más, me encontraré siempre entre sus amigos. Salud, viejo Hank. Esto va por ti. Nos veremos en el jodido infierno”.
Se desplaza después al mundo del cine para hablarnos de Stanley Kubrick, autor de “incuestionables cimas del arte realizado por el hombre sobre este planeta”, y al de la música, declarándose “dylanita” irredento, pese a la “incomprensión hacia mi trastorno por parte de padres, hermanos, esposa y, ahora, hijos”. Y, tras ese paréntesis, retorna al mundo de la literatura con Bioy Casares; el dipsómano Dylan Thomas; el malogrado Federico García Lorca, del que se decanta por la lírica (“Personalmente, no creo que sobreviva su teatro”); el cronopio Julio Cortázar o el escasamente comprendido Álvaro Cunqueiro.
Al final, los lectores comprendemos que nos encontramos ante una auténtica delicatessen, a la que nadie con buen paladar literario debería renunciar.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El alba del alhelí




Termino El alba del alhelí, de Rafael Alberti, que no considero un libro meritorio. En sus primeras páginas, sí, me encandiló su gracia saltarina, y sus poemas religiosos dulcemente alígeros, pero pronto se diluyó la magia. Me han gustado mucho en las relecturas (lo dejé debidamente consignado en reseñas anteriores) tanto Marinero en tierra como La amante, pero en estas páginas me he sentido defraudado. Es, desde luego, una prolongación formal, temática y emocional de los dos anteriores; y ahí es donde encuentro que está el problema: en que sigue y sigue y sigue una línea ya trillada. No percibo ningún tipo de innovación, ninguna variante significativa. Es como si la alfaguara se hubiera secado y no promoviera sino repeticiones.
Las publicaciones posteriores del gaditano demostraron que no era así, y que fue capaz de ir variando los ritmos, las técnicas, los metros, para construir una obra muy variopinta y valiosa, donde el surrealismo, el compromiso político o la memoria completaron senderos admirables. Por eso seguimos leyéndolo con agrado, con aplauso y hasta con veneración.
Pero, según entiendo, El alba del alhelí es bastante prescindible: son poemas ya redactados –mucho mejor– en otros libros.

martes, 18 de septiembre de 2018

Todos eran mis hijos




Una madre (Kate) que se niega a aceptar que su hijo, desaparecido en una acción de guerra, esté realmente muerto; y que se aferra con ilusión a la idea de que el día menos pensado sus nudillos golpearán en la madera de la puerta. Ése es, en síntesis, el núcleo germinal de Todos eran mis hijos, del norteamericano Arthur Miller. Sobre esa base, el genial dramaturgo va añadiendo ingredientes de forma paulatina, que intensificarán el drama y la angustia de los personajes: un esposo (Joe Keller) que preferiría pasar página sobre aquellos luctuosos sucesos, un hermano (Chris) que ha decidido rehacer su vida casándose con la antigua novia de su hermano (Ann); el padre de Ann, antiguo socio de Joe, que se encuentra en la cárcel; George, hijo de éste, que decide acercarse a la casa de los Keller para impedir la boda…
Lentamente, Miller pone en movimiento a sus protagonistas y nos enreda en sus peripecias, que pronto irán revelando su envés de amargura, de resentimiento, de oscuridad. Casi nada es lo que parece al principio. Casi nadie es tan limpio como se obstina en pregonar. Todos esconden en el fondo de sus corazones una zona de sombra que enturbiará el futuro y que lo salpicará de barro: el honrado y eficaz empresario de éxito, que ha amasado una ingente fortuna y es admirado por sus conciudadanos; el mendaz exsocio, que se pudre en prisión por haber fabricado piezas armamentísticas defectuosas, que causaron un alto número de accidentes en primera línea de combate; el irreprochable soldado que desapareció (¿murió?) mientras pilotaba un avión de guerra; la chica frágil que espera (¿o que no espera ya?) el retorno de su prometido… Todos inocentes, todos culpables, todos llenos de heridas visibles e invisibles.
De uno de los dramaturgos norteamericanos más brillantes del siglo XX no se podía esperar sino una pieza tan sobrecogedora como ésta.