miércoles, 31 de enero de 2018

Apuntes (1973-1984)



Reincido en Elias Canetti, en su libro Apuntes (1973-1984), traducido por Genoveva Dieterich (Círculo de Lectores, Barcelona, 2000). Me sigue pareciendo un autor inteligente, aunque se me escapan algunos de sus hilos mentales y no comparto otros (su clara antipatía literaria por Borges, que para mí es un dios de las letras). Lo negativo de estos volúmenes donde se alinean de forma vertiginosa los aforismos —siempre lo he pensado— es que te obligan a una concentración ajedrecística o filosófica. Me gusta más descubrir por mí mismo las “sentencias”. Pero seguiré insistiendo en este autor, estoy seguro.

“Insoportables, los que siempre se creen auténticos”. “La extraña idea de Ha. de que se puede luchar contra todo menos contra la muerte. Como si hubiera otra cosa contra la que tuviéramos que luchar”. “La historia de la propia vida le parece a uno tan aburrida porque no ha sido realmente inventada”. “Amo demasiadas cosas. Debería amar todavía más”. “Los ancianos están tan solos que les perdono incluso sus riquezas”. “¿Podríamos tener aún esperanzas para el pasado?”. “Sigo sin creerme que tengo que morir, pero lo sé”. “Nubes de palabras usadas, ¿qué lluvia van a dar?”. “Un dolor que se olvida no es un dolor”. “Dios se mantiene demasiado quieto, como uno que acecha. ¿Qué?”. “Empieza de una vez a plantear las preguntas a las que nunca llegarás a responder. Lo has evitado durante demasiado tiempo”. “Un amigo para respirar juntos”. “La palabra más imprecisa de todas: yo”. “El que supera la alabanza la merece”.

lunes, 29 de enero de 2018

Saturno



La figura del padre, tiránica, enigmática, distante y gélida. Ese padre que arañó la infancia del narrador y que ahora lo lleva a elaborar un texto donde recuerda, donde analiza, donde ajusta cuentas. Ese padre que provocó en el alma y en la voz narrativa unos enormes impulsos de amargura, de incomprensión, de suicidio.
Con estas páginas donde lo narrativo y lo lírico se mezclan con datos históricos (sobre todo, de escritores que escogieron la vía del suicidio, cuyos finales son dibujados con elegantes pinceladas sobrecogedoras), Eduardo Halfon consigue un texto que se me antoja imposible de resumir. Incluso imposible de comentar. Es tan duro, tan denso, tan Kafka, tan lágrimas retenidas, tan perplejo, tan mentirosamente apolíneo, tan palpitante, que resulta cruel abordarlo como “texto” desde un punto de vista crítico: es pura vida doliente, puro escozor hecho tinta. Y con una filigrana de voces y planos cruzados que sorprende y deleita.
En resumen, un relato testimonial y sangrante sobre las difíciles relaciones entre un padre y un hijo que, se lo aseguro, se les quedará para siempre en su memoria.
Así que háganse a ustedes mismos un favor, olvídense de estas palabras mías y corran a leer las de Halfon.

En serio.

sábado, 27 de enero de 2018

Fuerza menor



Imitando aquel famoso anuncio de colonia, podríamos decir que en las distancias cortas es donde la pluma de un escritor se la juega. Y es que, en efecto, en diez líneas no hay demasiadas posibilidades de engañar a los lectores: o los convences con rapidez o, al cabo de tres relatos, los has perdido. De ahí que apuestas como la que plantea Javier Puche en su libro Fuerza menor resulten tan peligrosas y tan admirables. Primero, porque se adentra en zonas mefíticas, donde no siempre está garantizada la seguridad o la supervivencia del narrador; y segundo, porque consigue salir airoso del reto.
En este libro, publicado exquisitamente por el sello andaluz La isla de Siltolá en su colección Nouvelle, nos encontramos con un memorable vademécum donde mil sorpresas agradables nos asaltan de diferentes modos: la edificación (y posterior disolución) de una pareja a través de un hermoso y significativo juego de sombras (“Asincronía”); narraciones cuyo argumento habría fascinado a Jorge Luis Borges y cuyo desarrollo literario habría encantado a Cortázar (“El secreto del universo”); textos breves y estremecedores sobre las religiones, el odio y el absurdo (“La partida”); páginas de eficaz humor negro, que Javier Puche destila en relatos como “Taxidermia S.L.” o “Néstor salta”, entre otros; o composiciones de una lírica tierna y bellísima, como la que puede observarse y degustarse en “La marioneta” o “La memoria de cristal”. Este resumen, desde luego, no agota las virtudes del volumen, mucho más proteico de lo que puede condensarse en una reseña periodística.
Y por fin, como cierre del tomo, el bloque llamado “SEÍSMOS”, que está formado por una colección de minificciones de seis palabras. Son sesenta propuestas que pueden quedar bien resumidas en, cómo no, seis ejemplos: “Drácula atracó un banco de sangre” / “Sonríe el ciego ante la stripper” / “Hombre-bala busca ansioso mujer-cañón” / “Entre caníbales, está prohibida la felación” / “Entró al caleidoscopio el camaleón suicida” / “Pablito, recoge de inmediato los cadáveres”.
Si desea usted acercarse a un libro lleno de calidad y de ingenio le aconsejo que abra las páginas de éste. La Fuerza, sin duda, lo acompañará.

jueves, 25 de enero de 2018

Primer testamento



Recorro las páginas de un denso tomo de memorias del catalano-hindú Salvador Pániker: se trata de su Primer testamento (Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 2000). Cosas que me gustan: su desparpajo expresivo y lingüístico, su facilidad para enlazar sucesos, su análisis quirúrgico de las personas, su gracia para las anécdotas. Cosas que me desagradan o me resultan lejanísimas: su constancia en los temas religiosos, su difusa verborrea filosófico-misticoide, la fijación con su hermano Raimundo. Eso sí: que quiten los “en base a” de las páginas 270, 307 y 360; y la mención de “una editorial del diario Arriba” (p.316). ¿La escena que más me ha impresionado? Pues aquella en la que, tras contar que se le murió un hijo por unas paperas que probablemente le contagió él a su esposa, añade: “Fue un niño que vivió 55 horas. Lo cual, comparado con la vida media de un mesón Pi, resulta un período bastante considerable” (p.351). Joder, vaya cuajo. ¿Insensibilidad, estoicismo, ironía escocida? Cualquiera sabe. Diré que, en conjunto, se me ha hecho liviana la lectura y he agradecido el caudal de sus comentarios.

“Invulnerable ya a fuerza de estar herido”. “Yo, en todas partes, sólo me reconozco a medias”. “Un místico es, ante todo, alguien que no cree en nada. Nada que sea simbolizable”. “Un buen maestro es alguien que contagia la impresión de que lo que está diciendo lo dice por primera vez”. “Toda espontaneidad es fabricada”. “Los aciertos humanos van por zonas. Cada cual tiene su terreno de juego”. “Nada que se pueda contar es realmente secreto”. “Sólo necesita gloriarse a sí mismo quien también se desprecia a sí mismo”. “Siempre se está en alguna servidumbre; pero hay grados, grados de lucidez y margen de maniobra”. “Usted ha conseguido la nada despreciable edad de seguir vivo”.

martes, 23 de enero de 2018

El oficio de vivir



Releo, diez años después, El oficio de vivir, de Cesare Pavese, traducido por Ángel Crespo (El País, Madrid, 2003); y me provoca menos entusiasmos que en su primera lectura. Obviamente, el problema no tiene por qué residir en el autor, faltaría más. Creo que es un volumen que tiene mucho material interesante, pero que también cobija un centenar largo de páginas prescindibles, vacías de fulgor o directamente tartamudas. No veo el interés que pueden tener para un lector los balbuceos telegramáticos de Pavese, que lo mismo anota con perfecta prosa de ensayista un pensamiento profundo que nos inflige una deshilvanada confesión de tono autobiográfico imposible de desentrañar, pues la escribe casi en clave. También me ha producido perplejidad esa costumbre de Pavese de “autocitarse”, indicando día y párrafo: ¿qué rara especie de narcisismo es ésa? Es decir, que aunque esperaba reactivar el fervor pavesiano que tuve a mis cuarenta años, la lastimosa sensación de “mucho ruido y pocas nueces” me ha dominado al final del tomo. Queden para el recuerdo las frases que subrayé entonces y las que se suman ahora.

“La poesía sale a la luz cuando se la busca”. “Cada mar tiene otra orilla”. “El único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él”. “El arte de la vida consiste en ocultarles a las personas más queridas la alegría de estar con ellas, pues de otra manera se pierden”. “La tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada”. “¿Por qué es desaconsejable perder la cabeza? Porque entonces se es sincero”. “El arte de vivir es el arte de saber creerse las mentiras”. “Verdaderamente tuyo es sólo lo que te vuelve infinitas veces a la fantasía, y no puedes dejar de soñarlo”. “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”. “Un buen principio sería modificar el propio pasado”. “El amor es la más barata de las religiones”. “Hay que buscar una sola cosa para encontrar muchas en ella”. “Todo lo que no podemos hacer solos disminuye nuestra libertad”. “La poesía nace [...] de los instantes en que levantamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida”. “Señal segura de amor es desear conocer, revivir, la infancia del otro”. “El secreto de la vida es hacer como si tuviéramos lo que más dolorosamente nos falta”. “Tener a la infancia por poética no es más que una fantasía de la edad madura”. “Recuerda siempre que no te deben nada”. “Las lecciones no se dan, se toman”. “Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria”. “Se aspira a tener un trabajo para tener derecho a descansar”. “Se obtiene lo que no se busca”. “La poesía debe decir algo, y en consecuencia es inútil que viole la lógica y la sintaxis, modos universales del decir”. “Los suicidios son homicidios tímidos”. “Hay que estar poseído sin demostrarlo”. “No se puede acabar con estilo”. “¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?”.

sábado, 20 de enero de 2018

Florida Verba



De todas las palabras que me vienen a la cabeza tras la lectura de este libro hay una que destaca con un brillo especial sobre el resto: armonía. Las palabras de Charo Guarino y los dibujos de Mª Carmen García establecen entre sí un diálogo de luz, un abrazo de belleza (es decir, un fluir armónico) que nos permite a los lectores sentir aquella inundación castálida de la que hablaban los clásicos y que nos recordó después sor Juana Inés de la Cruz. Los ojos y el corazón se mueven de izquierda a derecha para dejarse sorprender –y empapar– por los adjetivos gráciles, por los brazos aspados de las bailarinas, por las referencias grecorromanas, por los pétalos, por los encabalgamientos, por los colores. Y el resultado final recibe el nombre de Florida Verba. Y lo ha publicado el elegante sello Dokusou.
En la parte literaria del volumen nos encontramos con los poemas que Charo Guarino dedica a su madre (véase la delicada composición “Si pudiera”), con sus reflexiones sobre la paciencia que los libros tienen y que les permite esperar infinitamente la mano que los abra y disfrute (“Vida de papel”), con su convicción de que los versos no terminan su misión hasta que los ojos del lector los recorren y quedan impregnados por ellos (“La poesía”) o con la fascinación que siente cuando considera “los cientos,/ y miles y más miles de eslabones / que forman la cadena literaria”, lo cual la lleva a pensar “cuántos mundos aún incógnitos me aguardan” (“Quellenforschung”).
Y en la parte pictórica, trazada por la mano de Mª Carmen García, notaremos cómo flores y bailarinas se funden en una simbiosis de intensa hermosura, con brazos que parecen girar con el viento y pétalos que danzan su ballet de colores. Y, sobre todo, sugiero que el lector se fije en los ojos inexistentes o cerrados de las mujeres, entregadas a la pura belleza de su música corporal, tan fascinante como mística.
El pintor norteamericano James Whistler explicó una vez que el arte sucede. Art happens. Sin más. Algunos podrán buscarlo laboriosamente durante toda su vida y no tener la fortuna de dar con él. Otros, tocados por una magia para la que no tenemos explicación, acceden a sus salones con cierta facilidad. Creo que Charo Guarino y Mª Carmen García han logrado dejarnos en Florida Verba un producto estético tan hermoso que merece ser leído y contemplado más de una vez.

jueves, 18 de enero de 2018

Guadalajara



Finalizo el libro de cuentos Guadalajara, de Quim Monzó, que traduce Javier Cercas (Anagrama, Barcelona, 1997), con la misma sensación de plenitud literaria con la que termino todas sus obras. Lleva muchos años pareciéndome un gran narrador, de prosa limpia y seductora, con la facilidad expresiva de un –por ejemplo– Javier Tomeo (aunque con mejores argumentos): una familia que, por tradición, amputa un dedo a los niños que llegan a los 9 años (“Vida familiar”); un Ulises que se muere de tedio y desesperación dentro del caballo de Troya sin que nadie meta el artefacto gigantesco en la ciudad (“A las puertas de Troya”); un hijo de Guillermo Tell que repite, en su propio hijo (pero con la salsa del anonimato), la proeza de su padre (“Las libertades helvéticas”); un escarabajo que se transforma en un adolescente, como un Samsa a la inversa (“Gregor”); un Robin Hood inmoderado, que acaba arruinando a los ricos y haciendo millonarios a los pobres (“Hambre y sed de justicia”); la historia de un mentiroso compulsivo que convence a los demás con la seducción de su tono (“El día de cada día”); un escritor que, en sus libros, va profetizando su vida (“La literatura”); son algunas de las fascinantes propuestas que Monzó lanza en este libro. Maravilloso.

A este autor hay que leerlo en los institutos, qué demonios. Y dejarnos ya de tantos autores roñosos y apolillados, que vacunan contra el amor a las letras.