viernes, 29 de septiembre de 2017

Y tú, por tanto, otra cosa



El amor que nutre las páginas de Y tú, por tanto, otra cosa no puede tener un inicio más natural ni más sencillo: “Empezamos siendo dos vidas desconocidas”, nos asegura Salva Robles casi en el inicio del poemario. Pero pronto esos senderos iniciales se fueron “agostando entre las sombras” y brotó el itinerario común, que se llenó de películas, manos, libros, ojos, música, labios, cuadros y piel.
Todo cabe en esta acumulación sedimentaria o explosiva de sensaciones: el brote lírico que puede surgir de cualquier producto de belleza (“Cosmética necesidad”); la hermandad dulce que forman las pupilas y los dedos a la hora de buscar un libro en la estantería (“Aspiración”); la cotidianidad lánguida de todos los objetos y paisajes que rodean el amor (“No olvidemos, vida mía, / que más allá de nosotros / están los semáforos, el lavavajillas, / los bancos y la ropa para planchar”); o el sofá donde la pasión ultima y aquilata sus detalles de fuego.
Entregado a la ceremonia de las palabras, el poeta alcanza cimas como el texto de la página 45, que no me resisto a transcribir:
“Quiero habitarte.
Tú eres la casa por amueblar
en la que caben esas estanterías
que ahora me sostienen.
Repisa a repisa,
espero derramarme sobre ti
como si a la vez yo fuera
un libro que quieres leer
y un espacio que necesito ocupar
para leerte”.
Todo el poemario burbujea con instantes voluptuosos, filosóficos, cultos, sensuales, reflexivos, que obligan a los lectores a sumarse a su dibujo interior, del que termina impregnado.

Deliciosa obra, en verdad.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Disciplina sin lágrimas



Educar a los hijos. Son apenas cuatro palabras, pero constituyen un quebradero de cabeza para millones de personas, que no terminan de encontrar el método más adecuado para hacerlo. Seguir un patrón autoritario supone convertirse en una figura ríspida, gruñona y tensa. Elegir un modelo demasiado blando nos provoca vacilaciones, porque se nos antoja inoperante para imponer auténtica disciplina. ¿Qué hacer, entonces? ¿Por qué opción decidirse? ¿Por quién dejarse aconsejar? ¿Qué camino elegir?
Los terapeutas Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson nos proponen, en este tomo que traduce Joan Soler Chic para Ediciones B, un sistema basado en la escucha, la serenidad, la interacción y el respeto. Desde el principio del volumen nos dicen algo que sabemos de sobra quienes formamos parte del colectivo (“Los padres están cansados de chillar tanto, de ver malhumorados a sus hijos, de que estos sigan portándose mal. Saben qué clase de disciplina no quieren utilizar, pero no saben qué alternativa elegir”) y luego, poniendo ejemplos prácticos, esmaltan consejos para evitar las tormentas emocionales, o al menos para reducir y reconducir las mismas.
Se trata, en suma, de mantener una posición reflexiva y mesurada la mayor cantidad de veces que sea posible, para construir esquemas reguladores propios en el cerebro del niño; porque los “combates” de gritos o de malos gestos no son en el fondo más que batallas de amígdalas, donde nadie consigue alzarse con la victoria: ambas partes sufren la erosión de la ira, que siempre es una derrota entre seres que se aman.
Lo mejor de la obra: la gran cantidad de casos prácticos que nos propone, incluidas muchas “muletillas verbales” que ofrece como auxilio para situaciones de estrés.

Lo peor: los dibujos que acompañan al volumen (horrendamente infantiloides) y la excesiva repetición de consignas, que fatigan por asfixia. Con ochenta páginas menos se habría dicho lo mismo, más concentradamente.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cuentos grises



El título de esta colección de cuentos, que acaba de aparecer en el sello Boria Ediciones, resulta levemente engañoso. Paul Auster ofreció al público su Cuaderno rojo; triunfan por doquier los relatos negros; Dostoievski está muy bien representado por sus Noches blancas; Fernando Fernán-Gómez nos contó su vida en El tiempo amarillo; Antonio Gala pudo teatralizar sobre Los verdes campos del Edén; y Rubén Darío nos legó en 1888 su libro Azul… Pero el gris, pobrecito, tiene muy mala prensa en nuestra mente, porque lo asociamos a lo anodino, a la fruslería, a la rutina, incluso al fracaso.
Hugo Argüelles (Madrid, 1978) nos ofrece en estos Cuentos grises una serie de crónicas y retratos que, en efecto, parecen haber sufrido la contaminación de esos atributos: un joven que se viene a la región de Murcia y que languidece de hospedaje en hospedaje, rodeado de personas y actividades entre las que no encuentra su sitio; una pareja de lectores que, al cabo de los años, terminan por experimentar un cambio radical en sus vidas, fruto de unas vacaciones no convencionales; los lánguidos locutores de un programa radiofónico nocturno; un poeta solitario que compone versos eróticos al buen tuntún y que no tiene más amiga que una lesbiana llamada Paty; un muchacho que agota días inanes en las calles y cervecerías de Dublín, mientras experimenta el aburrimiento o la falta de objetivos; el escritor novel que odia a su vecino, escritor con publicaciones que vive en su misma calle… En este racimo de diez historias apenas encontramos un solo argumento que avance con solidez o se quede en la memoria, pero esa evidencia no constituye un defecto en el libro de Hugo Argüelles, sino que nos revela el sentido final del título del volumen. El escritor nos está colocando frente a unas vidas grises, unas existencias salpicadas por el gotelé del tedio, unos rumbos etilícos o desesperanzados que se mueven entre la niebla; y después deja que nosotros extraigamos conclusiones. No son cuentos grises porque estilísticamente carezcan de brillo, sino porque dibujan cotidianidades huérfanas de fulgor, lo cual es muy distinto.

Con su narrativa de frases cortas e imágenes yuxtapuestas, el madrileño se instala en un modo de contar que, o mucho me equivoco, puede producir resultados muy notables en sus siguientes volúmenes. En éste, desde luego, ya los ha logrado.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Censura y política en los escritores españoles



Vuelvo al terreno de la entrevista (género que me gusta bastante, aunque sólo tiene de literario un porcentaje muy reducido) con el volumen titulado Censura y política en los escritores españoles, de Antonio Beneyto (Euros, Barcelona, 1975). Se trata de un recorrido a lo largo y ancho del pensamiento y circunstancias de cuarenta y tres intelectuales, que sufrieron en mayor o menor medida la censura del régimen franquista.
Algunas declaraciones me han parecido soberbias, tanto desde el enfoque ideológico como desde el punto de vista literario. Otras, en cambio, me defraudan por la exasperante sequedad del autor (caso de José Manuel Caballero Bonald). Y otro grave defecto que le encuentro al libro es que Antonio Beneyto, queriendo someter a sus protagonistas a un “cuestionario”, se deja llevar por una excesiva rigidez. En ocasiones, tiene que variar el rumbo de la conversación con un giro brusquísimo, con tal de esclafar la preguntita que tiene preparada. (Por cierto, ¿cuál será el motivo de que, en ocasiones, formule una pregunta con exagerada objetividad formal, y en otras dicte la misma con un tono de claro subjetivismo, tratando de influir en la respuesta? Me parece jugar con innoble ventaja manipuladora). Por cierto, lo de Carlos Edmundo de Ory me lo he dejado a medias, porque no hay Dios que entienda a ese tipo. En fin. Páginas para conocer y conocernos, que es de lo que se trata.

“La censura es un problema de estilo, de modo que las cosas se pueden decir todas porque en literatura no importa tanto lo que se dice, importa lo que no se dice, lo que se sugiere” (Francisco Umbral). “El demonio de hoy es anónimo” (Llorenç Villalonga). “Los problemas de conciencia están hechos para los pobres o los vencidos” (Joan Brossa). “Todo escritor que cede a las ofertas especulativas de los financieros o a los halagos del poderoso, alquila su talento para que aquellos lo desprecien” (J.V.Foix). “Sería necesario que el hombre llegara a ser un animal, además de racional, razonable” (Joan Oliver). “El intelectual es el peor enemigo del intelectual” (Joan Fuster).

martes, 19 de septiembre de 2017

El enfermo imaginario



Pocas líneas serán precisas para recordar el asunto de esta comedia del inmortal Molière: el risible caso de Argan, un estrafalario señor que lleva años obsesionado con la idea de que lo aquejan múltiples “dolencias y alifafes” (como diría Azorín) y que el único modo de conservar la vida es ponerse en manos de médicos y boticarios que, con su palabrería y sus remedios invasivos (sangrías, lavativas, etc), “depuran” su organismo y mantienen su equilibrio. De nada vale que su hermano Beraldo despotrique contra los galenos (llegando a invocar el nombre del dramaturgo Molière, que tanto ha dado en burlarse de ellos); de nada valen tampoco los sarcasmos de su sirvienta Antoñita, que juzga ridícula su postura… El incauto Argan se ha empeñado en someterse con suma docilidad a todas las exigencias de sus cuidadores; y eso lo convierte en un personaje ridículo, en un títere patético al que manipulan y del que se aprovechan vilmente, amenazándolo con una muerte rápida si no completa los tratamientos prescritos.
Lo que ven muy claro algunos personajes de su entorno (es decir, que su segunda esposa lo alienta para seguir con esos disparates hipocondríacos porque desea heredar pronto todo su dinero) es inadmisible para él, quien la estima un dulce ángel sin más horizonte que velar por su bienestar y por su dicha.

Llena de diálogos graciosos, de situaciones hilarantes y de pullas contra las frases empingorotadas y el vocabulario pseudocientífico que exhiben los médicos y boticarios de la obra, Molière consigue una crítica imperecedera contra los malos cuidadores de la salud, que se sigue leyendo sin fastidio y con una sonrisa en los labios.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Vida y aventuras de Jack Engle



Será raro el lector que, leyendo o escuchando el nombre de Walt Whitman, no piense de inmediato en su descomunal, germinador volumen Hojas de hierba, quizá el poemario más influyente en la historia de la literatura norteamericana. Desde 1892, este volumen ha extendido su influencia sobre todo tipo de autores, que lo han leído, comentado, traducido y elogiado de mil maneras distintas. Pero Whitman también publicó en 1842 una novela, muy desconocida, con el título de Franklin Evans, el borracho, lo que convertía esta faceta literaria del neoyorkino en una rareza.
Y aquí es donde interviene el doctorando Zachary Turpin, de la universidad de Houston, quien tras revisar unos cuadernos de notas de Whitman se encontró con varios nombres apuntados y con detalles que parecían aludir a una novela en vías de escritura. Tirando de ese hilo, en el que nadie había reparado hasta ese instante, se encontró en la Biblioteca del Congreso de Washington con el único rastro hemerográfico que se conserva del periódico The Sunday Dispach. Y allí estaba, publicada por entregas, una novela de Walt Whitman: Vida y aventuras de Jack Engle, que ahora traduce Miguel Temprano García y prologa Manuel Vilas para Ediciones del Viento.
En sus páginas nos lleva a un Nueva York que empieza a desplegarse hacia el futuro, y por cuyas calles y edificios pululan los abogados sin escrúpulos (Covert); los ancianos a quienes el alcohol ha desmigajado el cuerpo (Wigglesworth); las bailarinas que se empeñan en encontrar un sitio digno dentro del mundo del espectáculo (como la española Inez); los hombres de negocios que no permiten que la honradez les vede el lucro (Fitzmore Smytthe); o los aprendices con más entusiasmo que buen sueldo (Nathaniel). Con esos mimbres, que a ratos recuerdan a Charles Dickens y a ratos nos hacen pensar en Wilkie Collins (de quien fue casi rigurosamente coetáneo) el escritor de Long Island compone una novela sobre la orfandad, el coraje, la virtud y la búsqueda del camino, que se lee con agrado y con sorpresa. Que nadie espere encontrar aquí las tempestuosas osadías del Whitman poeta, pero sí la cálida dicción de un prosista elegante, eficaz y fino, al que hemos recuperado de manera casi milagrosa gracias al tesón de Zachary Turpin, que actualmente se encuentra impartiendo clases en la universidad de Idaho.
La celeridad con la que Ediciones del Viento ha vertido esta obra a nuestra lengua es digna del mayor de los aplausos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Soliloquios y conversaciones



Los libros de artículos de Miguel de Unamuno son siempre así. Lo vemos avanzar, recular, darse testarazos contra los conceptos, idear paradojas, protestar de que los lectores las consideren paradojas, afirmar algo para después negarlo dos o tres textos después, exaltarse, serenarse, encender luces para de inmediato teñirlas de sombra y, en fin, dejarse llevar por el hilo del discurso hasta que se le corta, se le agota o se le tuerce. En Soliloquios y conversaciones nos encontramos con los mismos procedimientos.
La sensación que queda es la imagen de un líquido que no se resigna a mantenerse calmado sino que salta en calientes borbotones. Y no creo que al escritor vasco le molestase esta definición, en caso de haberla leído. Unamuno toma la punta de un hilo y, con una absoluta falta de plan expositivo, va enlazando citas, reflexiones y posibilidades. Le sale así un discurso que carece de método y que lo mismo se introduce por senderos convincentes que por trochas atrabiliarias. Lo mejor de este mecanismo argumentativo: la sensación de frescura y de humanidad que sus líneas desprenden. Lo peor: que no consigues tomártelo del todo en serio, porque le ves las costuras.
En medio de un maremoto de ideas ortopédicas, refractarias al rigor y a los cauces de la linealidad, Unamuno nos habla de sus filias y fobias (“Aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo a los libros que hablan como hombres”); opina sobre la auténtica misión que debe tener un pensador o un filósofo (“Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud, y hasta de desesperación”); nos resume sus opiniones literarias (“Homero o Shakespeare son más modernos que los más de los escritores vivos que hoy pasan por más modernos […]. Moderno viene de moda, y tú debes huir de las modas”); nos interroga sobre la actualidad periodística de su tiempo (“¿Es la prensa la que engendra esa insana curiosidad pública a la busca siempre de espectaculosidades y de fútiles informaciones, o es el público el que exige eso de la prensa? Yo creo que se corrompen mutuamente”); se adelanta a teóricos como Ortega y Gasset o Bauman (“La muchedumbre es líquida y no sólida”); o se rebela de una forma estruendosa contra la “vulgocracia” que, en su opinión, está destrozando el mundo del pensamiento y la creatividad.

En suma, nos ofrece el espectáculo siempre cambiante y siempre llamativo de sus argumentaciones de energúmeno (en el sentido que le concedió Julián Marías: el que lleva un demonio dentro y se siente agitado por él y habla con sus voces), que nos seducen, nos asombran, nos repelen, nos convencen y nos irritan. A veces por separado y, a veces (otra paradoja), todo a la vez.