domingo, 30 de abril de 2017

Versos humanos



Lo dice el santanderino Gerardo Diego en una de las primeras páginas de este poemario: “Regresa el pájaro a la jaula”. O, dicho de un modo menos lírico y más prosaico: abandona las aventuras métricas y rítmicas que lo habían ocupado en los meses anteriores y retorna a un espacio donde se siente mucho más cómodo y donde fluye con mayor naturalidad. Menudean los sonetos (que siempre cinceló con especial fortuna y donde consiguió monumentos como “El ciprés de Silos”), se detiene en los romances y, en general, demuestra su elevada musculatura lírica en todas aquellas estrofas donde el clasicismo de la forma no está reñido con la innovación temática.
Creo que el mejor Gerardo Diego estuve siempre en el ámbito apolíneo, y que en él obtuvo sus logros más memorables. Sabe escribir música con sus versos. Sabe conformar poliedros rítmicos donde todo está medido, equilibrado, orquestado. Y luego espolvorea esas composiciones con destellos notables, como cuando nos define a una cigüeña llamándola Hada madrina de los campanarios o cuando fija la mejor descripción de una pequeña plaza de pueblo diciendo que su esencia consiste en soledad de once meses / soñando con las fiestas.
Otras veces, el cántabro se detiene en poemas como “Carnaval de Soria” (retrato espléndido del ambiente que se respira en esa celebración castellana, tanto en las calles como en el casino. El ritmo musical, logradísimo gracias al manejo de los octosílabos, se adelgaza en el tramo último con el paso a hexasílabos) o como el celebérrimo “Brindis” (el poema que firmaría cualquier profesor vocacional). Además, en este volumen se ocupó de dedicar textos a algunos de sus amigos más profundos, como José María de Cossío, José del Río o Juan Larrea.

Se ha dicho (y la crítica es desde luego admisible, y hasta rigurosa) que Gerardo Diego resulta fatigoso si se leen muchas páginas seguidas de sus composiciones. Es verdad. Pero si somos justos convendremos en que ningún sonetista resiste que se lean treinta o cuarenta poemas suyos de un tirón. Ni don Francisco de Quevedo. Ni Lope de Vega. Ni Miguel Hernández. Eso, evidentemente, no resta calidad al autor, sino que nos indica que debemos acercarnos a él con lentitud y en pequeñas dosis. Aconsejo actuar así con Gerardo Diego, quizá nuestro premio Cervantes más incomprendido.

viernes, 28 de abril de 2017

Te veo triste



Todos emprendemos, en mayor o menor medida, búsquedas. Pero la que tiene que ultimar la joven traductora Marta Sampiero es singularmente curiosa. Su padre, un escritor de cierta fama, acaba de fallecer; y deja indicado que su hija encuentre a una misteriosa mujer llamada Carmen Cabrera y que le comunique su muerte. Al principio, el desconcierto invade a la muchacha, pues ignora quién puede ser esa persona; pero después comienza a registrar las pertenencias de su padre en su casa de Zaragoza (carpetas, cajones, libros) y acaba encontrando diarios y cartas donde el nombre de Carmen sale a relucir. Por lo que parece, mantuvieron algún tipo de relación sentimental que se desarrolló en lugares como Varsovia o Dublín... pero Marta sigue sin encontrar a la enigmática dama.
Pero ese eje tibiamente detectivesco (que no he hecho sino esbozar y que desvela muy poco a los posibles lectores de la novela) no debe desviarnos de la auténtica esencia de este libro, que se mueve por caminos diferentes. “Hay búsquedas que no resultan fáciles. La de uno mismo suele ser complicada”, leemos en la página 14. Y en verdad que ahí sí que podemos detectar una pista clave para entender la obra. Marta fue una adolescente complicada, que no consiguió nunca sintonizar bien con su padre. Crecieron entre ellos demasiados muros y verdeció demasiada hiedra, hasta el punto de que se convirtieron en extraños el uno para el otro. Con el paso de los años, y con esa maduración lenta que produce en los espíritus y en los corazones, Marta ha entendido que fue injusta con Luis y que quizá su modo de compensar esos agravios sea acercarse hasta Carmen (forma vicaria de acercarse también a su padre) y mirarla a los ojos. Eso no eliminará el dolor que atesora en el alma (“El pasado necesita gomas de borrar. Muchas. Porque de lo contrario sería difícil asumir tantos errores, tantos empeños falsos, tanto disparate”), pero le servirá para descargarse de una parte de su tristeza.

En algunas ocasiones (en demasiadas, quizá) Fernando Sanmartín se abandona a unas estructuras de avance lento (“X es Y, X es Z, Z es W...”) que producen fatiga por acumulación. Pero en líneas generales su estilo es lírico y seductor, consiguiendo que la lectura sea muy gratificante. Esta publicación de Xordica es una deliciosa pieza narrativa a la que conviene aproximarse.

miércoles, 26 de abril de 2017

Todos mis futuros son contigo



Marwan es uno de esos nombres que, de súbito, comienzan a extenderse entre los lectores y prenden como la pólvora. Se constituyen en moda, en consigna, en lugar común. Desde hace unos meses, un significativo número de mis alumnos del instituto invocan su nombre, lo repiten, se prestan sus libros, lo elevan a los altares, lo convierten en santo y seña. Hay épocas en las que a Antonio Gala (o a Paulo Coelho, o a Carlos Ruiz Zafón) lo encontramos hasta en la sopa; y esto, en principio, no es ni bueno ni malo. Es un hecho sociológico.
Así que cuando apareció en el sello Planeta Todos mis futuros son contigo pensé que podría acercarme hasta el libro. Sobre todo porque una de mis consignas como lector siempre ha estado inspirada en el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, cuando dice que a la hora de escribir encierra los preceptos bajo llave. A mí me ocurre igual a la hora de leer. No acepto aprioris, ni denigratorios ni encomiásticos. Leo y juzgo. Y el juicio no pretende, después, sentar cátedra. Es mi opinión. Nada más.
Veo desde el principio de la obra que Marwan bebe de lo cotidiano y que luego lo transmuta mediante una mirada lírica, especial (“Para mí la poesía siempre ha consistido en contar todo lo que acontece (las cosas normales, el día a día, los amores y desamores, un pensamiento, los deseos, cualquier cosa que pueda suceder) de un modo extraordinario”). Pero nunca pierde de vista que se dirige a lectores jóvenes y del siglo XXI. ¿Qué implica esa doble referencia? En primer lugar, que debe hablarles de los temas que les interesan (el amor, la soledad, la tristeza, las relaciones familiares, las rupturas, las posiciones ideológicas) desde la proximidad. El lector juvenil (que luego será lector adulto) necesita sentir que los libros le están diciendo algo que le interesa, que el autor es alguien que experimenta sus mismas sensaciones, que “otro corazón sintió lo mismo” (como se lee en la página 12). Y en segundo lugar, debe recibir esa comunicación en un lenguaje que lo invada, que lo seduzca, que lo impregne, que forme parte de su ámbito cultural, emocional, vital. La literatura de diccionario no genera afición lectora.
Marwan acudirá entonces a su espléndida imaginación de poeta popular (y de cantante popular, no lo olvidemos) para decir a sus jóvenes seguidores que “el amor es el único deporte en el que hay que empatar” (p.18), que “la compasión es solo una ciudad bombardeada” (p.75) o que para ser feliz debes seguir “el ejemplo de los locos necesarios” (p.180). Y con el objetivo de aproximarse más a sus lectores recurrirá a la polimetría, a los versos blancos y a la renovación del arsenal de imágenes que pueblan sus composiciones (“Si el corazón al que llamas está apagado y fuera de cobertura, / si tus sueños tienen banda ancha pero mal conexión, / si el otoño llama a cobro revertido...”).
El crítico “serio”, académico, puede sentir la tentación de etiquetar estos versos como populistas o facilones, pero no conviene olvidar dos detalles, con los que concluyo la reseña: el primero, que Marwan trae a sus páginas referencias de un centenar de autores, bien asimilados y bien escogidos (desde Séneca hasta Luis Alberto de Cuenca, pasando por Ángel González, Gil de Biedma, Nicanor Parra o Fernando Pessoa), lo que demuestra una cultura amplia y versátil, que lo aleja del cliché de “zagal-que-escribe-para-adolescentes”; el segundo, la escandalosa cifra de “críticos serios” que han errado secularmente en sus apreciaciones sobre sus contemporáneos (Ramón Gaya afirmando que Pablo Neruda era “mal poeta”, Núñez de Arce definiendo como “suspirillos germánicos” las rimas becquerianas y un kilométrico etcétera, que casi produce bochorno recordar).

Moraleja: no dejes que nadie lea por ti, ni que opine por ti. Nunca.

lunes, 24 de abril de 2017

Imagen



Tras unos primeros trabajos poéticos clásicos, canónicos, el cántabro Gerardo Diego se propuso en Imagen una aventura más arriesgada en el aspecto formal. O, como él mismo explicaba en el primer poema del libro, trató de “repudiar lo trillado / para ganar lo otro. / Y hozar gozoso el prado / con relinchos de potro”. En suma, se aprestó a ensayar procedimientos nuevos, para que sus versos circularan por caminos distintos y eso le permitiera comprobar qué resultados obtenía. Queda así tronzada la seriedad apolínea de El romancero de la novia y da paso a unas propuestas gráficas y conceptuales mucho más intrépidas.
Por ejemplo, introduce juegos semánticos y rítmicos de los que no está ausente el humor (“La luna en cuarto creciente / es como un huevo esplendente. / Todo el cielo se resiente / de su luz. / Los faroles en hilera / son estrellas de primera, / de segunda y de tercera / magnitud”, leemos en la composición titulada Nocturno funambulesco); o compone curiosas estrofas dedicadas a los signos del Zodíaco, llenas de rimas intrépidas y de alusiones mitológicas; o se deja llevar por delicias alígeras como la que rotula con el nombre de Apunte... Gerardo Diego se adentra por una línea arriesgada, en la que los lectores más convencionales pueden tener la sensación de que el poeta “se les ha ido”, se ha dejado embelesar por un arrebato dionisíaco, en el que extravía buena parte de su música, de su esencia. Pero lo cierto es que sigue encontrando imágenes de enorme poder intelectual (“El tiempo sabe a cloroformo”), ritmos juguetones que provocan sonrisas (“Los verbos irregulares / brincan como alegres escolares”) y perlas brillantes que siguen lanzándonos su luz entre la aparente hojarasca vanguardista...
Y en ocasiones ocurre también (negarlo resultaría absurdo) que el santanderino roza peligrosamente la ñoñería o el infantilismo lírico. Sirvan de ejemplo estos versos, que producen rubor incluso en un lector condescendiente: “Estribillo Estribillo Estribillo / El canto más perfecto es el canto del grillo / Paso a paso / se asciende hasta el Parnaso / Yo no quiero las alas de Pegaso”.

En síntesis, un experimento coyuntural y con algunos altibajos, del que Gerardo Diego salió airoso porque era un magnífico poeta.

sábado, 22 de abril de 2017

Sopa de fauno



Cuando se termina de leer este libro surge una gran pregunta en la mente del lector: ¿qué es Sopa de fauno? ¿La obra que permanece en silencio sobre la mesa, junto a un paquete de cigarrillos? ¿El original inédito que revisa en el borde de un acantilado el lector de una editorial? ¿Ese volumen ajado que reposa esperando manos redentoras en una consulta médica? ¿La novela que planea escribir un escritor novel? ¿El tomo que lee por las noches el taciturno empleado de una gasolinera? ¿Una extraña pieza esotérica redactada por Óscar del Prado? ¿El título que elige un cuentista para encabezar los ocho textos que envía a un concurso de la editorial Satélite? Sin ánimo de desconcertar a los lectores de esta reseña, conviene responder de inmediato: “Sí”.
Pero, sobre todo, lo que Sopa de fauno nos ofrece es un espectáculo de gran literatura, donde se combinan unas atinadas ilustraciones de Lola Castillo, una bonita edición por parte de Adeshoras y, como plato principal del menú, diez espléndidos relatos de Diego Prado (Mahón, 1970), autor que aparece aquí por segunda o tercera vez, si no me falla la memoria. En ellos descubrimos sorpresas argumentales, brillantes despliegues estilísticos, humor y neurosis, que se combinan siempre en la dosis justa: el actor que logra un singular trabajo en la casa de una familia tan rica como extravagante (“Planta de interior”); el albañil italiano que no consigue encontrar una colocación estable en los Estados Unidos y que recibe, de súbito, una oferta laboral y sensual de lo más tentadora (“El infierno bajo la nieve”); la aparición de una figura femenina que transporta un mensaje para dos amigos a quienes la vida ha mantenido separados durante mucho tiempo (“Ella aguarda”); la turbación que experimenta el protagonista de un viaje en coche por Extremadura cuando entra en la consulta de una doctora (“Un viaje familiar”); los desconcertantes sonidos que emergen de un frigorífico (“El oráculo de hielo”); los sofisticados juegos eróticos a los que se entrega una pareja, y su relación con el mundo de los espejos (“El rostro deshabitado”)...
El escritor menorquín ha vuelto a conseguir lo que muy pocos logran pero todos envidian: un fantástico libro de relatos. Son legión quienes, huérfanos de talento para conseguirlo, camuflan su inoperancia con fatigosas promociones en las revistas especializadas, estridencias snobs en las redes sociales, fotos de estudio y titulares gamberros o provocadores en periódicos de toda laya. Pero Diego Prado es mucho más que todo eso: es un escritor de raza, un narrador musculoso de ideas sorprendentes, que desarrolla siempre con solidez, sin tener que recurrir a extravagancias, propuestas estructurales rompedoras y otras hierbas (alucinógenas) de las que tanto abundan en el mundo mentiroso de “lo moderno”. Diego Prado piensa, organiza y relata. Al viejo estilo. Con la solvencia de quien ha leído mucho y ha aprendido los resortes sabios de la narración. Así, lo que en otras manos más inexpertas o ansiosas se convertiría en material de segunda, adquiere en él categoría de hallazgo y condición de joya.

Apunten su nombre, apunten el título de este libro y salgan hacia su librería de confianza para pedirlo. Se van a enterar de lo que es bueno.

jueves, 20 de abril de 2017

Cartas inéditas



Gracias a la recopilación de Sergio Fernández Larraín, puedo leer estas Cartas inéditas, de Miguel de Unamuno (Rodas, Madrid, 1972), donde advierto la complejidad terriblemente contradictoria de este vasco universal y terruñero. A veces, Unamuno incurre en discursos que sorprenden por su insensibilidad (en la carta del 3 de mayo de 1896, comenta la hidrocefalia de su hijo, de la cual parece que sólo la muerte lo sacará; y luego, tras colocar un punto y aparte, sigue hablando de sus publicaciones, y de asuntos filológicos); pero la mayor parte de las ocasiones, sus asertos son agudos y exactos. Como la mejor muestra nos la ofrecen sus propias palabras, dejaré algunas de las citas que he subrayado en el tomo: “No hay nada que más sostenga en el mundo, después del cariño a una mujer, que el propósito de llevar a cabo alguna obra de fin impersonal y desinteresado”. “La ciencia es propiedad colectiva y el egoísmo debe quedar para tratantes de bacalao”. “Hoy creo que lo que hace falta es al publicar una nueva edición de una obra se debe hacerlo corregida y disminuida”. “El buen tono es la seriedad del burro: ir a dormirse a la Ópera”. “Si en mí consistiera ya se estaban quemando todas las obras de Calderón de la Barca, eterno desconocedor del corazón humano, gongorino inaguantable, teólogo echado a perder, sofista, inflador de gaita”. “Yo soy antidemócrata, creo que el pueblo es pueblo y no puede dar ni quitar patentes de talento. Estimo en más la opinión de cuatro inteligentes que el aplauso de todo un pueblo de profanos”. “El cura y el soldado son hermanos, los dos soportes de un mundo que se va, demasiado lentamente por desgracia”. “¡Qué verdad la de que se riega con sangre la fortuna y que debajo del proceso industrial hay un festín de antropofagia”. “Mientras haya ejércitos no habrá civilización”. “Ciencia que no tienda a filosofía no merece atención”. “La ciencia se está convirtiendo en superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. ‘La ciencia dice...’”. “Comprendo que se coleccionen cosas naturalmente limitadas, como insectos, o históricamente limitadas, como monedas árabes, pero no objetos que se fabrican para coleccionistas. Eso de coleccionar tarjetas que se hacen para colecciones no me parece serio”. “Malo es leer libros para escribir sobre ellos (...). De entre todas las profesiones la peor es la de lector”. “El que piensa por su cuenta es progresivo, piense como pensare, y el que piensa por otros, es regresivo, así repita las mayores novedades”.

Un intelectual, sin duda, lleno de singularidades, admirable y odioso casi en las mismas proporciones. Sé que seguiré leyéndolo en los años venideros.

martes, 18 de abril de 2017

La espalda del círculo



Reconozco que, cuando comencé las primeras páginas de La espalda del círculo, de Alfonso Vallejo, una sensación de intriga teatral y de complacencia lectora me fue ganando con rapidez. Estaba en el embarcadero, junto a la hermosa Helga, dispuesto a subir con ella al “Río de la Caoba”. Luego llegó Coburn y se fue desarrollando entre ellos un diálogo fascinante, en el que quedaba claro que ambos tenían la misma misión: descubrir a bordo del barco fluvial si el nuevo jefe de la muchacha, Klausner, es en realidad Frank Stender, al que quieren identificar y eliminar.
Pero este punto de partida, que prometía una acción magnética y un desarrollo dramático lleno de interés, se fue diluyendo lentamente: diálogos que giraban en direcciones confusas o que se volvían repetitivos, personajes innecesarios e incluso patéticos (como la voz del capitán del barco), figuras que quedaban como de cartón piedra (el camarero Moltke) y, en general, una sensación de desperdicio temático que me resultaba irritante. Lo que podía haber sido una pieza densa sobre la culpa, sobre el amor o sobre el perdón se malbarata en un fuego pirotécnico de mediana intensidad.

Una pena.