martes, 29 de noviembre de 2016

La leyenda de El Dorado



Existe un espacio en nuestra mente (en la mente de todos) donde reinan la fantasía, las fábulas y el misterio; y ésa es la explicación de que determinadas obras (sean novelísticas o cinematográficas) triunfen de forma multitudinaria. Así, las historias de Matilde Asensi; así, las películas de Indiana Jones. Christian Kupchik editó con el sello Nowtilus un volumen que ahondaba en una de esas vetas: la búsqueda de riquezas y reinos imposibles o fabulosos en el Nuevo Mundo. Es decir, el mito de El Dorado, la Fuente de la Eterna Juventud, el reino de Paititi, la Ciudad de los Césares y algunos otros referentes inexcusables que alimentaron la ingente leyenda de América. Y lo hace amontonando un vertiginoso caudal de datos históricos, citas de exploradores y misioneros, observaciones de estudiosos y hasta indicios arqueológicos plenamente modernos. Todo ese material dota al libro de un aire serio y ponderado, que lo aleja de cualquier tentación sensacionalista.
Así, cuando nos habla de las presuntas amazonas que habitaban en las inextricables selvas del Nuevo Continente se nos advertirá de que tal mito carece de todo fundamento, pues se articula sobre referencias culturales europeas adaptadas a las Vírgenes del Sol de tierras americanas (que poco tenían de guerreras y mucho de estandartes religiosos). Y cuando tiene que abordar algún tema polémico, como el célebre tesoro perdido del emperador Moctezuma, se limitará a indicarnos que, según fuentes de la época, fue sumergido en una laguna (página 112), sin prestarse a más conjeturas.
Quizá las dos aproximaciones que más pueden sorprender al lector medio sean las que el argentino Christian Kupchik dedica al piloto norteamericano James Angel (quien, mientras trataba de encontrar el famoso oro de El Dorado, descubrió el salto de agua más elevado del mundo, llamado desde entonces Salto del Ángel, en su honor) y al explorador Percy Harrison Fawcett (quien a mitad de los años 20 se adentró en la selva amazónica en busca de una legendaria ciudad perdida y jamás volvió a saberse de él; actualmente el público lo recuerda porque sirvió como inspiración para el personaje de Indiana Jones, al que Steven Spielberg ha dotado de fama universal).

Un nutrido catálogo de fotografías (desde restos arqueológicos hasta los más variados paisajes americanos), citas textuales entresacadas de docenas de libros y un asombroso y elaborado cuadro de biografías y cronologías completan un volumen que, lejos de avanzar por el fácil sendero de la verborrea mistérica o del efectismo tipo Íker Jiménez, nos concede la posibilidad de conocer mucho y bien de cuanto escondió y sigue escondiendo el amplio mundo de las culturas precolombinas. Un trabajo tan elogiable como recomendable.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El pequeño corredor



Tiene parte de razón el prologuista Mariano Baquero Goyanes cuando señala, en este libro de José Cervera Tomás, una escasa presencia de fulgores estilísticos; pero no es menor verdad que, si transitamos por los relatos del tomo con cierta lentitud contemplativa, nos sorprenden de vez en cuando alegrías formales que, discretas, enjoyan algunos de sus párrafos. Fijémonos, por poner un único ejemplo, en la página 70, donde nos habla de una carretera “que deja el adoquín para adoptar el asfalto”.
Pero es evidente que al escritor le preocupan mucho más otros aspectos. Sobre todo, trasladarnos una historia sencilla, trazada con pinceladas leves, escuetas y airosas: la del chiquillo aficionado al ciclismo que tiene una ensoñación centrada en el famoso Tour de Francia (“El pequeño corredor”), la del crío que contempla con estupor la regañina que su padre recibe de su superior jerárquico (“El niño que quiso ser hombre”), la del chaval pobre cuya única ilusión es que los Reyes le dejen un precioso juguete que ha visto en un escaparate (“La injusticia de un caballo”), la paradójica escena que se produce alrededor de una muerte (“El velatorio”)... o incluso aquellos relatos que muestran tintes más existencialistas (“Unos ojos sobre el mar”) o kafkianos (“El hombre del cuello torcido”).

José Cervera captura la magia pequeñita del instante y nos la sirve en un cristal de microscopio para que extraigamos de ella su gota de luz, su quintaesencia, su arquitectura fugaz o eterna. Su hijo, el catedrático Vicente Cervera Salinas, en la introducción del volumen, completa el panorama con unas líneas elegantes, contenidas y emocionadas. Un auténtico Pórtico de la Gloria para una obra que se lee sin decepción.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Las palabras en la arena



Estamos en el año 30 d. C., en las inmediaciones de Jerusalén. Noemí, la esposa de Asaf (jefe de la milicia del Sanedrín), se encuentra inquieta e ilusionada, porque un viaje de su marido le va a posibilitar cumplir un deseo: citarse con el centurión romano Marcio, de quien está enamorada. De hecho, envía a su sirvienta (a la que todos llaman La Fenicia) para que le comunique la noticia al soldado imperial.
Entretanto, su marido y otras personalidades religiosas de la ciudad (saduceos, sacerdotes, fariseos) vuelven del Templo absolutamente irritados: al parecer, un predicador llamado Jesús, al que muchos llaman Rabí, ha impedido la justa lapidación de una pecadora utilizando un recurso inesperado: ha escrito unas palabras en la arena. Mientras le explica la escena a su esposa se da cuenta de que tanto ella como la sirvienta parecen demasiado nerviosas; y su suspicacia se verá incrementada cuando a La Fenicia se la caiga al suelo una bolsa donde brillan las monedas que Marcio le ha dado como pago por sus servicios como recadera. De ahí a acusar a la criada de prostitución hay un paso muy corto. Y ella tendrá que defenderse de la única manera posible: explicando que ha sido su señora quien le ha ordenado realizar esa misión.

Antonio Buero Vallejo, uno de los dramaturgos más talentosos de la Historia de España, consigue construir en esta breve pieza una historia tan terrible como eficaz, donde nos pone ante los ojos una profunda reflexión sobre la culpa, sobre la fidelidad y sobre la ira. Escoger a este autor es una de las mejores ideas que se pueden tener a la hora de elegir un libro.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Alma



El nombre y la fama literaria de Manuel Machado se han visto salpicados, con más frecuencia que justicia, por la comparación con su hermano Antonio. Y en ese ejercicio Manuel siempre ha resultado perjudicado: se ha señalado su menor rango filosófico, su menor profundidad, su menor influencia en otros vates. Las apreciaciones son, desde luego, razonables; pero incurren en la miopía de negar validez poética a un escritor por el hecho de que su hermano, su padre o su hijo alcanzasen mayores cotas de importancia. ¿Heinrich Mann frente a Thomas Mann? ¿Camilo José Cela frente a Jorge Cela Trulock? ¿Gonzalo Torrente Ballester frente a Gonzalo Torrente Malvido? Ninguno de los seis que acabo de traer a la memoria merece la etiqueta de mal escritor. Manuel Antonio Rafael de la Santísima Trinidad Machado Ruiz, ciertamente, tampoco.
En Alma (un volumen que fue publicado en 1902) advertimos que se mueve con la misma gracia y con la misma soltura en el arte menor y en el arte mayor. En el primer ámbito consigue maravillas alígeras como el poema Otoño, construido sobre versos sincopados y saltarines; y en el terreno de los versos más largos no se olvidan nunca, una vez leídos, textos como Castilla, donde ofrece un retrato impagable del Cid; o el no menos egregio poema Felipe IV, que debería figurar en muchos más libros de literatura para que nuestros estudiantes de Secundaria lo frecuentasen y admirasen.
A veces (absurdo e inútil sería negarlo), las tintas están un poco cargadas en el platillo declamatorio, lo que barniza el poema de cierta pomposidad. Ocurre, a mi juicio, en algunas líneas de Adelfos (“Nada os pido. Ni os amo, ni os odio. Con dejarme, / lo que hago por vosotros hacer podéis por mí... / ¡Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir!”). Pero, por lo general, sabe contenerse mucho mejor que otros contemporáneos suyos, más desatados o estruendosos.

Los poemas de Alma están, sí, salpicados por una cohetería de guitarras, estrellas fulgentes, amores que no son de este mundo, hetairas, almas de nardo y otras pirotecnias modernistas que hoy leemos con una leve sonrisa irónica. Pero hay que reconocerle a Manuel Machado que, con esos mimbres, consiguió trenzar unas vasijas poéticas más que notables.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Parpadeos



No cabe sino llamarlo azar. Es imposible concebir que pueda tratarse de otra cosa. Frente a los millones de libros posibles, frente a los miles de autores que se encuentran disponibles en castellano (no leo otro idioma), mis 35 años de lector me han puesto ante los ojos, como no podía ser de otra manera, a una pequeña parte de ellos. Y resulta muy fácil advertir que, salvo en el caso de los grandes nombres (Shakespeare, Borges, Flaubert, Kafka), a la gran mayoría de los otros se accede por rutas peregrinas: la intriga de una sinopsis, una portada especial, un título sorprendente, una recomendación encendida... No recuerdo qué albur colocó en mis manos Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón. Pero sí sé que, sumergido en sus historias, tuve la sensación, explosiva e instantánea, de que me encontraba ante un escritor del que quería mantenerme cerca a partir de ese momento; un escritor al que necesitaba respirar y seguir. Por eso me convertí desde entonces en visitante asiduo de sus libros.
Ahora revisito su volumen Parpadeos y sigo maravillándome con los relatos que ya me impresionaron en su primera lectura: el dolor hondo, terrible y proteico que empapa las líneas de “Pájaro llanto”; el simbolismo fértil de “La tristeza del león”; el espeluzno casi cinematográfico de “Los invasores”; la lectura alegórica que nos permite ejecutar “Teoría del hueco”; los destinos inesperados que abofetean a los protagonistas de la serie Heidi en “Cimas blancas contra el cielo azul” o la bellísima historia del inquilino que entrevió al fantasma Jeremías Hünerberg... Vuelvo también a encontrarme con aquel microrrelato que tanto me sobrecogió en los años 90 (“Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto”) y con aquellas líneas enumerativas que condensan toda una existencia (“La vida pasó, indiferente, con su menuda caravana de ruidos, fastidios, brindis, obligaciones, enfermedades, sobrinos, viajes, almuerzos, coitos, facturas, regalos, cabalgatas de reyes, domingos, nacimientos y muertes. Y al final de todo aquello: un silloncito de orejas”).
Eloy Tizón posee en grado sumo el “don de fluir” (utilizo la fórmula de Jorge Drexler), y con él esculpe páginas de agua, de aire, de tierra y de fuego. Páginas que, leídas años después, comprendes que son de mármol y que se insertan en un lugar privilegiado de la Historia de la Literatura Española.

Sin duda, uno de mis autores.

sábado, 19 de noviembre de 2016

La Estancia



Hace años se publicó en España (traducido por Miguel Candel y Marta Pino para el sello Paidós) un interesante trabajo de Stuart Kelly que se titulaba La biblioteca de los libros perdidos. En él nos ofrecía un paseo (erudito pero también muy sugerente e imaginativo), por gran número de obras literarias que jamás se escribieron o que en la actualidad se encuentran perdidas. Entre sus páginas aparecían referencias a Shakespeare, Aristófanes, Gogol, Jane Austen, Dickens, Dante, Milton, Flaubert, Goethe o Zola, pero no se mencionaba por ningún sitio a John Polidori, aquel médico tímido que convivió con lord Byron y Mary Shelley en Ginebra, durante el verano de 1816, y que no alcanzó más que una tibia repercusión después de publicar su breve novela El vampiro, antecedente del posterior Drácula, escrito por Bram Stoker.
Ahora, el escritor murciano Pedro Brotini se lanza a sugerirnos desde las páginas de La Estancia (publicada por La Fea Burguesía) una hipótesis llena de interés narrativo: ¿es posible que Polidori, a pesar de haber vivido siempre a la sombra castradora de lord Byron, concluyese una obra maestra y se editara de la misma un cortísimo número de ejemplares, que la convirtieron en una rareza editorial? Los testimonios de autores y críticos que dicen haber visto esa novela son tan escasos y circunstanciales que ningún investigador se toma en serio su presunta existencia... salvo Armando, un bibliófilo de finísimo olfato que dedica una buena parte de sus esfuerzos a esclarecer el misterio. Tras su muerte, será su viuda quien decida enarbolar ese estandarte y continuar la búsqueda de la enigmática narración de Polidori, para lo cual necesitará la ayuda de Irene (una antigua doctoranda que en la actualidad trabaja como cuidadora de ancianos) y de Markus (un brillante falsificador, que ya rebasó la edad de la jubilación).
Pero Pedro Brotini no se queda anclado en ese esquema narrativo, que resulta accesible a cualquier mentecato con ínfulas de bestseller. Lo que sus páginas nos proponen, por el contrario, es algo más denso, más duradero, más sugerente: un ejercicio de buena literatura, donde el lenguaje, la sintaxis y la erudición se conjugan con un exquisito cuidado de la arquitectura novelesca. Al avanzar por La Estancia, el lector se da cuenta de que está adentrándose en una propuesta que no está edificada con trucos baratos o repetidos, diseñados para capturar su atención, sino que se vertebra sobre personajes creíbles, con un hilo argumental verosímil y con un manejo brillante del material literario. Y también se da cuenta de que, en el fondo, Pedro Brotini le está contando varias historias de amor, fundidas en un mismo volumen: el amor entre Mary y John; el amor entre Armando y Aurora; y, por encima de todo, el amor a los libros, que es una constante que empapa, en gran medida, a los personajes de esta novela, desde el origen de los hechos históricos (Lord Byron, Mary Shelley, John William Polidori) hasta el presente.

El ganador del IV Premio Volkswagen Qué Leer (lo obtuvo en el año 2011 con su novela El tiempo de las palabras azules) ha vuelto con un libro muy notable, donde corrobora las excelentes sensaciones literarias que nos dejó. Y la editorial La Fea Burguesía vuelve a acertar con esta incorporación a su catálogo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Poemas



“Este pequeño compendio de poemas sale a la luz pidiendo disculpas, como quien dijo sin querer algo que sólo lo estaba pensando [...] Leedlo de noche, medianamente ebrios y con holgura en el cerebro”. Ésta es la petición que formula el conquense José Luis Coll en las últimas líneas del prólogo que abre sus Poemas, puestos en las librerías por Polar Ediciones en 1983.
Se trata de un tomo donde se cobijan dos tipos de composiciones. En las de aliento más largo (versos de arte mayor) el famoso humorista no suele acertar casi nunca con el aliento poético. Se muestra falto de ritmo; emplea unas rimas pobres (cuando no directamente ripiosas: “Yo tengo nariz para oler lo bueno. / Con ella no huelo lo que huele a cieno”); y tampoco consigue brillar en el empleo de metáforas y adjetivos. En los poemas de arte menor, en cambio, sí que logra algunos instantes felices, teñidos de un cierto toque filosófico o temporal (“La muñeca de mi hija / siempre está quieta. / La muñeca de mi hija / es ya mi nieta”) o embarcados en reflexiones sobre asuntos tan humanos como el amor, la compasión o la amistad (“Hallé un día entre los hombres / un leal y fiel amigo. / Jamás se lo dije a nadie. / Nadie me hubiera creído”).

En suma, un volumen no demasiado relevante en la trayectoria literaria del autor y que, con otra firma, ni siquiera habría sido publicado.