viernes, 30 de septiembre de 2016

Los elementos de la noche



Yo tenía por aquel entonces 17 o 18 años. Era un chiquillo que empezaba a leer a todas horas y que, de vez en cuando, descubría a un autor que le fascinaba. Me ocurrió con José Emilio Pacheco, poeta mexicano del que leí una antología en la editorial Alianza (si la memoria no me traiciona). Y, ni corto ni perezoso, escribí un pequeño ensayito de seis o siete páginas que tuve la osadía de presentar a una revista de Cieza. Amables, lo publicaron. Y yo, enardecido, escribí una carta a la embajada mexicana en Madrid y, tras explicarles el caso, les rogué que me facilitaran la dirección del poeta. Amables, me la enviaron. Y yo, otra vez enardecido, fotocopié las páginas de la revista y se las remití. Unos meses más tarde, cuando la amnesia había moderado mi osadía y no esperaba respuesta, Pacheco tuve el detallazo de enviar a aquel jovenzuelo que era yo una nota de agradecimiento y uno de sus libros, con una dedicatoria generosa e inmerecida. Hay que ser muy grande para elogiar a los pequeños.

Ahora releo el primer poemario de este insigne creador, Los elementos de la noche, un breve y exquisito volumen donde me deslumbra la capacidad que tiene José Emilio Pacheco para consignar fórmulas que aúnan filosofía y lirismo (“He inventado la selva pero me falta un árbol que la pueble”), su extraordinaria brillantez para elegir verbos sorprendentes (cuando nos explica que una paloma “pule en el aire su desnudo vuelo”) o su esfuerzo para mirar las cosas desde el otro lado, como pedía García Lorca (“La playa en donde nace el mar”).

 

Es verdad que el tomo aún carece de un espíritu unitario, porque José Emilio Pacheco navega libremente entre la prosa y el verso, entre la rima y la blancura, entre la polimetría y el soneto, entre el formalismo y el vendaval; pero me sigue pareciendo un libro fascinante, obra de un poeta sólido, apolíneo y excelente.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los mal amados



El señor de Virelade fue abandonado por su esposa hace ya bastantes años, y él ha encharcado su vida en alcohol desde entonces, mientras veía crecer a sus dos hijas: Elisabeth (su ojito derecho) y Mariana (a quien trata con desdeñosa frialdad, porque le recuerda a la fugitiva). Ahora, Elisabeth tiene ya 29 años y está a punto de pedirle a su padre el consentimiento para contraer matrimonio con Alan; pero no será fácil, porque el antiguo militar no parece dispuesto a consentir que su amadísima primogénita lo abandone. Además, pronto queda al descubierto que Alan y Mariana mantuvieron una pequeña relación superficial en el pasado, que a él le resultó inane pero que a ella la marcó indeleblemente.
En esta pieza de François Mauriac, que Vicente Balart traduce para Escelicer, nos encontramos con cuatro seres infelices, que han amado mal o que han sido mal amados, y con cuyas existencias el Destino jugará de manera cruel. El señor de Virelade no fue bien amado por su esposa, que lo abandonó a su suerte con dos criaturas; Mariana no fue bien amada por Alan (que se limitó a tontear con ella, hiriendo sus sentimientos), ni por su padre (que la relegó a un segundo plano en su corazón), ni por su hermana (que está a punto de arrebatarle al amor de su vida); Elisabeth no fue bien amada por Alan (quien la traicionó), ni por su madre (por su abandono), ni por su padre (que ejerce sobre ella una clara dominación egoísta); Alan...
No creo que resulte necesario seguir detallando. La atmósfera está enrarecida, las vidas están manchadas, los corazones sufren una perpetua gotera de dolor. En esa espiral terrible y claustrofóbica, François Mauriac nos enseña que todas las puertas están cerradas y que los cristales de las ventanas están oscurecidos. ¿Es legítimo actuar de forma egoísta para procurarse la propia felicidad, sin parar mientes en los daños que causamos a quienes nos rodean? ¿Es legítimo, por el contrario, que se nos pide resignación y sacrificio, para que no broten lágrimas en los ojos ajenos?

Una pequeña obra teatral muy interesante, sin duda.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Queridos niños...



Lo más frecuente es que en los libros de relatos siempre haya dos o tres que sobresalen en el conjunto y que marquen la meseta del volumen, pero en los buenos libros de relatos (rara avis) resulta compleja la circunstancia contraria: encontrar dos o tres que puedan ser tildados de pasables o medianos y que tiren hacia abajo del conjunto. La guipuzcoana Juana Cortés Amunarriz, cuya carrera literaria está enjoyada de galardones, obtuvo con Queridos niños el premio Ciudad de Alcalá; y el tomo pertenece, sin duda, al segundo bloque. De tal modo que pretender destacar alguna de sus propuestas sobre el resto constituiría una abominación o un pecado de reduccionismo.
Desde la niña que vive atemorizada por la figura de un dragón y que ocasiona una tensa situación familiar en una gasolinera (“La maldición de Casandra”) hasta la chica que ejecuta varias acciones delictivas para proteger la vida del hombre al que ama (“La mujer partida”). Desde la hija de una fanática religiosa que, tras descubrir su potencial sexual, lo usa de forma inaudita (“Ruth ratón”) hasta la hermosa muchacha que queda embarazada misteriosamente de un novio imaginario (“Los mundos de Silvia”). Desde la niña que, alborotada de lágrimas, denuncia en su colegio la presunta violencia que sus padres ejercen sobre ella (“El remolino”) hasta el solitario chico que, advirtiendo los primeros signos de la pubertad, se niega al dramático acto de crecer (“Sergio, ¿estás ahí...?”).

Juana Cortés nos sorprende y nos reta en cada relato. Pone ante nuestros ojos a sus personajes, diseña la trama argumental, elige el formato (siempre distinto, siempre mágico) de la narración y lo convierte todo en un perfecto mecanismo literario, que nos conmueve, nos perturba y nos seduce. Sabe lo que quiere y sabe cómo lograrlo. A eso se le llama maestría.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Memorias de un niño murciano



Existen dos tipos de miradas que los escritores con talento ejecutan con habilidad y belleza (o con pericia y desgarro, depende): la mirada hacia adentro y la mirada hacia afuera. Con la primera se sumergen en sí mismos y exploran galerías misteriosas, pliegues de dolor, recuerdos de luz, anécdotas del ayer, minutos que volaron; con la segunda nos codifican el mundo y nos lo muestran como quizá nunca antes lo habíamos imaginado o contemplado. Res intensa y res extensa, si se me permite la broma.
Ahora, José Cubero Luna nos ofrece en estas hermosas Memorias de un niño murciano las dos miradas, entrelazándose como los hilos de una alfombra mágica. Nada importa, a los efectos literarios o vitales, que el autor naciese en un pueblo de Cáceres llamado Valencia de Alcántara, porque el hecho de que su padre obtuviera destino en la capital murciana le permitió habitar durante sus primeros años en un sitio donde el cielo era “una borrachera de azul celeste que dolía en los ojos” (p.15) y donde experimentó miles de vivencias, que nutrieron su corazón y su memoria: los viejos que jugaban al dominó entre chatos de vino; la figurita de la Virgen que iba de casa en casa, metida en un camarín donde se podían depositar limosnas en una ranura; el barro y las ranas, que pronto iban a ser sus compañeros de juegos; su atracción por la Lonja, donde la cara más torva de la pobreza y la picaresca se mostraba con nitidez; la divertida (y un poco agobiante) narración de cómo tuvo la inesperada idea de robar un higo chumbo y llevárselo escondido en el bolsillo, donde las púas se convirtieron en un suplicio; el sueño de su vecino Andréu, que no cejó en su empeño hasta construirse una moto (sin dejarse abatir por las burlas constantes y crueles de quienes lo rodeaban); el melancólico recuerdo que le dedica a su amigo Ángel, que murió de tuberculosis con pocos años; aquella noche de tormenta en la que tuvo que refugiarse en un seminario y cenar con sus ocupantes, para no pillar una pulmonía; la niña parisina que vino un verano a Murcia y de la que se enamoró perdidamente; el lechero que provocó sin quererlo la muerte de su amante...
Son tantas las diapositivas emocionales que José Cubero Luna nos pone ante los ojos que, inevitablemente, llegamos a la conclusión de que el retrato personal deviene retrato colectivo. Afirma Antonio Botías Saus, en el delicioso prólogo de la obra, que estas páginas contienen la primavera en Murcia; pero no es tan sólo una primavera ambiental o cronológica, sino una primavera grupal. Aquí palpita y fulge el retrato de todos los que hemos nacido o nos hemos criado entre limoneros, hemos jugado en las acequias, hemos contemplado a los mozos subirse a las cucañas en las fiestas populares, hemos visto misales en los cajones de la madre o la abuela, nos hemos resistido a los trasquilones del peluquero o hemos sido chicos de los recados.

Lea este libro quien quiera recordar. Léalo quien quiera descubrir. Léalo quien amó o ame la tierra de Murcia. Descubrirá con gozo y con un punto de añoranza que lo que sintió o contempló durante los tiempos de su niñez está aquí consignado con palabras bellísimas. Un volumen memorable.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El cuarto en que se vive



Rosa es una chica joven, ingenua y huérfana, que va a verse sometida a una terrible presión familiar por parte de sus tíos (ellas, dos ancianas chapadas a la antigua; él, antiguo sacerdote ahora postrado en una silla de ruedas) cuando descubran que acaba de enamorarse de Miguel Dennis, un hombre mucho mayor que ella y que está casado. La disímil pareja está dispuesta a afrontar todas las consecuencias de su decisión: el enfrentamiento con la familia de la muchacha, el histerismo furibundo de la mujer de Miguel (cuyo espíritu está muy turbado desde que perdió a su único hijo) y hasta las habladurías de los habitantes de la localidad. Se quieren y eso se les antoja justificación bastante.
Pero, pronto, ambos comenzarán a sufrir vacilaciones y a detectar fisuras en la roca granítica de sus voluntades: Rosa sufrirá al ver cómo la esposa de Miguel se derrumba en llanto delante de ella y le suplica que no le arrebate al hombre con el que se casó; y el propio Miguel, que se gana la vida como psicólogo, no podrá evitar accesos de ternura y de temblor cuando piense en la soledad que espera a partir de ahora a su antigua y desventurada compañera.
Con todo este océano de sentimientos, lágrimas, arrebatos amorosos, culpas y obligaciones, el británico Graham Greene compone una pieza teatral magnífica que, traducida por Victoria Ocampo, publicó el sello Sur.
Resulta chocante comprobar que, cuando constriñen espacios físicos en la casa (los tíos de Rosa van dejando de utilizar los dormitorios donde han muerto familiares a lo largo de las décadas), parecen reducirse también las ansias vitales de los personajes. Al final, solamente se vive en un cuarto, y todo gravita de una manera claustrofóbica en torno a él. Asfixiada, la muchacha querrá salir de ese círculo opresivo, y el amor de Miguel constituye en apariencia una ventana por la que entra el aire puro de la libertad y de la pasión. El problema es que todos los paraísos exigen un pago y no siempre estamos en condiciones de abonar su importe.

Una pieza memorable sobre el amor, el sentimiento de culpa y los dogales con que la vida nos va amarrando.

martes, 20 de septiembre de 2016

Muerte accidental de un anarquista



Acabada esta Muerte accidental de un anarquista me doy cuenta de que si me informara acerca de los matices del caso real (el que sirvió de inspiración a Fo) entendería muchos más detalles de la obra. Pero, de pronto, he comprendido que asimilar sus tonos de farsa, sus toques irónicos, sus hipérboles, sus bruscos cambios de registro, otorga una dimensión especial y acaso exenta, que tampoco es desdeñable.
Sabemos que un anarquista murió en extrañas circunstancias al lanzarse (o ser lanzado) por una ventana del cuarto piso de la Jefatura de Policía de Milán, en diciembre de 1969; y sabemos que Dario Fo quiso componer en estas páginas un alegato durísimo contra la tortura, la manipulación, el autoritarismo y la execrable impunidad con la que agentes del orden, jueces y políticos se protegen los unos a los otros y conforman una burbuja privilegiada, impermeable a las puniciones de la ley.
En esta obra, el papel de “conciencia moral” y de “acusación ética”, el papel de quien alza el dedo y señala las inmundicias, lo realiza el personaje del Loco. Creo que no hace falta añadir nada más.

Una obra de teatro cuyas conexiones con la actualidad irán siendo olvidadas o sufrirán el descrédito de la amnesia, pero cuyo vigor y entereza permanecerán indelebles.

domingo, 18 de septiembre de 2016

No habrá Dios cuando despertemos



Victorio y Amanda se encuentran en un Aeropuerto, rodeados de otras muchas personas. Pero los lectores que hemos decidido sumergirnos en esta obra de Ricardo Vigueras (ganadora del VIII Premio Tristana de novela fantástica y editada por Menoscuarto) descubrimos pronto que algo raro sucede allí. En primer lugar, se nos habla de un Aeropuerto, con mayúscula; más tarde, se nos aclara que todos sus usuarios llevan tatuada en su muñeca una clave alfanumérica y que, a diario, se celebra un sorteo para elegir a una sola persona, que tendrá la suerte de embarcar en el vuelo que lo saque de aquel espacio claustrofóbico. Por fin, en la página 27, se nos aclara aún más la situación: el Aeropuerto “es una región a donde vamos a parar las almas que abandonamos la vida con muerte violenta”.
Preparado el marco narrativo y seducidos por su extrañeza, los lectores somos invitados a acompañar a los dos protagonistas, que han sido señalados por el Destino, en su largo y accidentado viaje hasta la Terminal V, donde les espera el avión que los sacará de aquella “babel de idiomas antiguos y modernos” (p.62), donde deberán mantener diálogos desquiciados con algunos funcionarios, enfrentarse a demonios de repulsiva textura (como Bástiabas) y sufrir, minuto a minuto, con la posibilidad de perder el vuelo, lo que eliminaría de raíz toda esperanza.
Victorio (que fue un maestro de escuela español fusilado el día antes de su boda, en 1936) y Amanda (que sufrió una muerte de lo más infame y sangrienta, a manos de varios energúmenos) conseguirán por fin acceder hasta la Terminal V cuando apenas faltaban unos minutos para el despegue de su avión, pero aún les espera una sorpresa... Y también les espera otra, mucho más aparatosa todavía, a los lectores del tomo, porque el murciano Ricardo Vigueras (que actualmente trabaja como profesor de mitología clásica y latín en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en México) se ha reservado para el cierre la última magia, el último efecto sorpresa.

Con secuencias de humor y de amor, con páginas de asco y de fantasía, con diálogos muy bien construidos y, sobre todo, con un desarrollo elegante y serio, No habrá Dios cuando despertemos es una novela de lectura placentera y aroma sartreano que, en muchos casos, nos obliga a pensar. Otro acierto editorial para aplaudir al sello palentino.