martes, 30 de septiembre de 2014

La voz de los días



María del Carmen Callado Peña, funcionaria de Administración Local que se define como “ciudadana del mundo”, acaba de irrumpir en el panorama de la última narrativa albaceteña con un libro titulado La voz de los días, donde manifiesta su firme voluntad de “escribir en prosa poética para tener y entregar una visión más lírica y emotiva de la vida” (p.9). Y a fe que todo el volumen manifiesta un constante esfuerzo de la novel escritora para lograr su propósito.
Lleno de historias cortas y largas, el volumen La voz de los días (que aparece marcado con un original subtítulo: “Cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad”) nos regala un sorprendente vademécum de relatos en el que casi todo cabe... “El libro y la flor”, por ejemplo, reproduce un diálogo entre ambos objetos, quienes comprenden que una alianza entre ellos (conocimiento y belleza, sabiduría y hermosura) puede servir para cambiar el mundo; “Quítate tú... pa ponerme yo...” tiene como protagonista a Gundisalvo, hombre elemental casado en segundas nupcias con la alcaldesa del pueblo, que se convertirá en el eje de este relato irónico y crítico sobre las hipocresías y las falsedades de la política; “Coquetear en la red” es la historia de una joven madre que, por las noches, se siente impulsada a coquetear con unos y otros en Internet, protagonizando unas infidelidades que no controla y que le hacen sentir viva y deseable; “Él” nos habla de un indigente que encuentra por sorpresa un billete de 500 euros. Con ese alivio económico toma un vuelo barato y se instala en Copacabana, donde retoma su antiguo hábito de tocar el saxofón. Allí también se reencuentra con su amigo Caetano Veloso y dibujan planes para el futuro. Pero antes de que esos planes se concreten despierta en el hospital. En realidad es un joven multimillonario que ha sufrido un accidente esquiando. Al volver a la normalidad, entrega un billete de 500 euros a un mendigo, el cual piensa en acudir a la casa de empeños con el dinero y recuperar su viejo saxofón...; “Adiós, nicotina, adiós” es un relato en el que los Pulmones, el Asma, el Cáncer y la Bronquitis, entre otros, se mezclan en una historia que la escritora estructura en clave amarga y humorística...

Y así podríamos seguir desgranando argumentos hasta el final. Pero que nadie se alarme: no lo haré. Prefiero la invitación para que sean los lectores quienes tracen por sí mismos ese camino y descubran a esta escritora de Tobarra. Se sorprenderán.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Llorar en la sopa



Aunque toda regla incorpora sus excepciones y todo enunciado sus asteriscos, no resultaría muy desatinado distinguir entre autores de éxito y autores de prestigio (dejaremos aparte la siempre peliaguda cuestión de la calidad literaria, tan discutible como discutida). Los primeros conformarían un grupo caracterizado por sus altísimos logros numéricos: ediciones grandes o  directamente mastodónticas, masas de lectores esperando la aparición de sus libros, gran aparato propagandístico... Hablamos de gentes como Tom Clancy, J. K. Rowling, Stephen King o Dan Brown, por citar tan sólo cuatro nombres emblemáticos. Los segundos serían aquellos que, por el contrario, concitan solamente el fervor incondicional de un grupo más limitado de lectores, pero que están empapados por la aureola de la excelencia o la exquisitez. Aduciré también cuatro nombres, para equilibrar la balanza: Wislawa Szymborska, Seamus Heaney, Jaroslav Seifert y Elena Poniatowska.
Y hoy traigo precisamente a esta sección el último libro de la mexicana Poniatowska: la colección de relatos que lleva por título Llorar en la sopa, que le publica acertadamente Fondo de Cultura Económica. Después de haberle sido concedido el premio Cervantes en 2013 (segunda mujer que lo obtiene en lo que llevamos de siglo, junto a Ana María Matute), muchos fueron quienes anotaron su exótico apellido y lo incorporaron a la lista de “autores que había que leer”. No sería mala idea empezar por estos relatos, para quien no conozca nada de la autora de Hasta no verte, Jesús mío, De noche vienes o El tren pasa primero (con la que obtuvo el premio Rómulo Gallegos en 2007).
Pero son relatos, eso sí (conviene matizarlo desde el principio, para que ningún lector se llame a engaño), donde abundan las palabras y expresiones de raíz mexicana, lo cual puede dificultar en ocasiones la lectura o la comprensión del texto. Salvado ese obstáculo, quien se sumerja en el volumen encontrará la historia de una mujer que escribe una carta de amor a Martín, a quien ama en secreto (“El recado”); las peripecias que rodean a un viejo perro vagabundo del que anda prendada una anciana que quiere a toda costa mimarlo en los años finales de su vida (“Chocolate”); la dulzura seductora e inocente de Esmeralda Loyden, que está casada simultáneamente con cinco hombres y que a todos los quiere y cuida con idéntico mimo (“De noche vienes”); la intensa amargura que embarga a Pancho, un maquinista de ferrocarril que sufre dos pérdidas igual de dolorosas: su vieja máquina y la mujer a la que ama (“Métase, mi Prieta, entre el durmiente y el silbatazo”); la decepción que arrasará el alma de un guardián de museo, que está convencido de haberse enamorado de una maestra que lleva a sus niños de visita al museo y que padecerá el acíbar del desencanto (“Los bufalitos”); o la grisácea existencia de una solterona que ha visto quemarse su vida entre llamadas telefónicas incorrectas y citas sin éxito (“Esperanza número equivocado”). Brillando en ese río de cuentos, quizá destaque un poco más que los restantes “El corazón de la alcachofa”, que nos habla de parejas rotas y de amores que no terminan de cuajar.

Elena Poniatowska entrega en este volumen veinte historias donde nos propone un viaje por el interior del ser humano, sobre todo por la zona de umbría. Imposible resistirse al encanto de muchas de ellas.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Los viajeros de Madrid



Que la capital de España ha sido visitada durante siglos por viajeros de todas las nacionalidades es algo perogrullescamente sabido, y comentarlo otra vez supone reincidir en el tópico, con la terquedad del escritor huérfano de otras ideas. Julio Llamazares, no obstante, se ha arriesgado a incurrir en ese contumaz ejercicio de erudición y nos presenta este librito que él mismo cataloga como “modesto homenaje a la ciudad en la que vivo” y donde se apiñan las impresiones que los viajeros han emitido sobre el rompeolas de todas las Españas, desde el siglo XVI hasta 1959.
De los treinta testimonios que Llamazares amontona aquí (lista muy discutible, por otro lado, pues anexa a Casanova, a Heinrich Link, a George Borrow y a Hemingway, con un enfoque narrativo más que dudoso), destaca por su exaltación el de Alejandro Dumas, que quiso nacionalizarse español tras conocer la capital del país. Pero llama muchísimo más la atención la virulencia mayoritaria de los ataques que Madrid recibe, tanto por causa de sus gentes como por su estructura urbanística, su limpieza o su cordialidad. El nuncio papal Camilo Borghese se despachó diciendo que los madrileños eran “muy puercos”; Saint-Simon, sin dejarse amilanar por su condición de diplomático, manifestó que “aquí la ciencia es un crimen, y la ignorancia y la estupidez, las primeras virtudes”; y Richard Ford llamó “carroña” a la ciudad.

Llamazares, insulso hilvanador de estos testimonios, podrá decir lo que quiera, pero esto más parece una venganza de Madrid que un homenaje.

martes, 23 de septiembre de 2014

Cuentos completos



Cuando una colección sólida, veterana y exquisita como lo es Austral publica todos los relatos breves de un escritor y les coloca un estupendo prólogo de ciento cincuenta páginas (firmado por el profesor Enrique Turpin), es que se está refrendando un hecho bien conocido por miles de lectores y que ya no admite discusión: que el catalán Juan Marsé es un clásico vivo de las letras españolas del siglo XX. Haber escrito Si te dicen que caí ya lo hubiera hecho merecedor de esa etiqueta; y habernos regalado Últimas tardes con Teresa, también; e igualmente se le otorgaría ese título por aquella delicia titulada El embrujo de Sanghai. Pero es que Marsé, además de esos tres prodigios narrativos ha enriquecido nuestra sensibilidad con La oscura historia de la prima Montse o Rabos de lagartija. Y, obviamente, con sus cuentos.
En este tomo recopilatorio veremos a Juanito Marés resolviendo enigmas de orden policíaco (“Historia de detectives”); asistiremos a la disputa técnica e intelectual entre un guionista y el director de una película (“El fantasma del cine Roxy”); reiremos con (o sentiremos lástima de) un militar ciertamente obtuso (“Teniente Bravo”); gozaremos con el humor socarrón con el que disecciona a la gauche divine catalana (“Noches de Boccaccio”); y muchas otras propuestas cinceladas con una prosa de excepción, que embriaga con la delicia de su música y con la cercanía humana de sus protagonistas.

En el relato “Parabellum” (germen, como señala con tino Enrique Turpin, de la novela La muchacha de las bragas de oro, con la cual obtendría el premio Planeta en 1978), la deslenguada Mariana le dice a Luys Ros que él es, fundamentalmente, un farsante bien parido. Y quizá Marsé también lo sea: un bien parido constructor de farsas. “Su cara de boxeador muestra a las claras su irreductible individualismo, la solidez de sus convicciones y la fuerza innegable de su obra. Es, aunque no lo parezca, un peso pesado con la forma de un peso pluma”. Así lo definía en 1986 la desaparecida revista “El Urogallo”. Y desde entonces no ha hecho sino muscularse más y crecer como narrador. Hay que ponerse en pie cuando se abre un libro de Juan Marsé. Yo lo hago.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Baudolino



Más de una vez, a lo largo de su carrera literaria, el argentino Julio Cortázar suspiró por lo que él llamaba un “lector-cómplice”. Y Umberto Eco, con esta novela, lo que parece estar reclamando es un “lector-santo Job”. No porque la obra sea mala, que no lo es, sino porque lo realmente atractivo de su argumento no se inicia hasta bien cruzada la página 300; y esa demora no todos los lectores están dispuestos a soportarla. Pero si lo hicieran (y mi recomendación es que lo hagan) descubrirían que, a partir de ahí, comienza un fabuloso viaje que tiene como objetivo descubrir el mítico reino del Preste Juan.
En esa fabulosa aventura, Umberto Eco hará que sus héroes (encabezados por ese avispado y locuaz farsante llamado Baudolino, dueño de una inmoderada desfachatez) encuentren basiliscos, selvas donde no penetra ni un solo rayo de luz, ríos de piedras movientes, unicornios mansísimos, doncellas con pies de cabra y otros mil prodigios que incluyen esciápodos (criaturas humanoides sostenidas sobre una pierna), blemias (homúnculos sin cabeza) y hasta hombres con testículos “que les llegan hasta las rodillas” (p.335).
Por lo que respecta a las huellas literarias, las hay muchas y de muy variada condición, como es normal en la prosa del cultísimo semiólogo italiano. Véase, si no, ese homenaje a Jonathan Swift que se encuentra en la página 398, cuando los blemias llaman a los caballos “Houyhmhnm” (que es precisamente como se llamaba a los humanos en uno de los Viajes de Gulliver); o esas burlas dirigidas en la página 393 contra Jorge Luis Borges (al que, por cierto, ya había satirizado con el nombre de Jorge de Burgos en El nombre de la rosa).

¿Conclusión? Pues que paciencia, porque la segunda mitad de la obra compensa del esfuerzo de haber recorrido sin apenas alegrías la primera parte.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La casa del rojo



Es curioso que, sin haber leído ninguna novela de Miguel Sánchez-Ostiz (no lo digo con orgullo, ni con vergüenza: es una simple constatación literaria), me haya animado a leer su extenso diario de los años 1995-1998: casi medio millar de páginas. El tomo se titula La casa del rojo y me lo regaló hace tiempo mi gran amigo Pepe Colomer, que es un fino degustador de buenos escritores. Diré, como conclusión general, que el volumen me ha gustado, y que seguramente me llevará a adentrarme en algunos otros libros de Sánchez-Ostiz, a corto, medio o largo plazo. De hecho, ha despertado mi curiosidad el conjunto de inquinas que le deparó la edición de su novela Las pirañas, por la que algunas gentes de Pamplona le juraron odio eterno y lo convirtieron en enemigo público número 1. El escritor, en parte para aislarse de esa corriente de odio, se instaló en una vieja casa desvencijada en la zona norte de Navarra, en el valle del Baztán. La casa se llamaba Gorritxenea (cuya traducción al castellano es, precisamente “La casa del rojo”) y en estas páginas nos cuenta cómo fue su vida durante esos años, en los que vivió estrecheces económicas (colaboraciones de prensa que escaseaban o eran mal pagadas; conferencias que lo requerían con cuentagotas), arreglos domésticos constantes (la casa amenazaba ruina cuando la adquirió), lecturas de todo tipo (de las que va dejando constancia inteligencia en sus entradas), etc.
Sánchez-Ostiz nos deja, además, sus reflexiones sobre el choque agrio entre la forma de pensar de los vascos radicales y quienes no piensan del mismo modo que ellos; sobre las componendas mezquinas que atraviesan y determinan el mundillo literario; sobre las amistades que se destruyen; sobre el amor y las difíciles relaciones familiares; sobre gastronomía y sentir de los pueblos... Es un libro donde jamás me he aburrido, aunque el autor hablase del clima, del paisaje de los alrededores, de los platos que había comido en una taberna, de sus paseos por el monte o de la época más adecuada para plantar un determinado tipo de árboles o flores. Su prosa es tan fluida, tan elegante, tan seductora, que incluso lo más banal queda teñido de hermosura.

Anoto, de paso, algunas de las frases que he subrayado en el volumen: “No me gusta la gente que cree demasiado en nada” (p.16). “La capacidad de disfrutar de las cosas es algo que exige un ejercicio, una actitud positiva” (p.21). “El temor no a dejar una obra inacabada, sino una vida inacabada” (p.45). “Es asombrosa la facilidad con la que el impertinente da en tonto del culo” (p.77). “Nada más peligroso que no querer pertenecer a tribu alguna, nada más peligroso que el ir por libre” (p.147). “Hay cosas que sólo pueden verse con la niebla” (p.439)

martes, 16 de septiembre de 2014

El ruido del mundo



La vida de Isabel Arriaga discurre por unos cauces de tediosa banalidad: dirige una consulta psicológica con Aurora, en un exclusivo barrio de Madrid; se encuentra separada de su marido, con el que comparte un problemático hijo adolescente (Gonzalo); atiende a una clientela estable de mujeres ricas con falsos problemas absurdos (a las que bautiza con el irónico nombre de “languidecientes”); y tiene una edad que aún la mantiene deseable a los ojos de los hombres. Pero basta un chispazo para alterar esa calma aparente y falsaria: un tipo llamado Ricardo Alvear, culto, rico, programador informático, que solicita sus servicios como terapeuta después de espetarle, en la primera sesión, un resumen autobiográfico tan tentador como abrupto: “No necesita saber mucho de mí. Vivo en un buen chalet, viajo con frecuencia a Londres, a Nueva York o a Tokio si dispongo de más días, me gusta estar solo, me tomo mis copas por la noche, no entiendo las canciones de amor, apuesto en Bolsa desde mi casa. Ah, he matado a un hombre” (p.35).
Desde ese instante, el dique emocional de Isabel comienza a agrietarse: no consigue conectar con su hijo, rebelde, arisco y que cuida en su dormitorio a una inquietante boa imperator, que cada día crece más; descubre que tal vez sigue amando a su exmarido Luis (lo que no le impide mantener una extenuante sesión sexual con Adrián Siles, un reconocido experto al que ha pedido directrices para afrontar el caso de Alvear); se ve impotente para marcar unas fronteras claras en el caso de su paciente (no sabe si le gusta, le atrae o lo odia)... Es como si, de pronto, innumerables vectores de tensión la desgarraran de una forma meticulosa. El suelo tiembla. Su cerebro tiembla. Su corazón tiembla. Algo turbio parece zarandearla en todas las direcciones y la sacude el vértigo. Ricardo Alvear se ha transformado, sigilosa pero férreamente, en el elemento que modula su vida (“Era el diapasón de mi semana”, p.293). Con él mantiene una intensa esgrima psicológica, que la agota durante mucho tiempo y que provocará cambios radicales en su forma de pensar. Poco a poco irá retirando capas protectoras de su paciente y accederá a pasillos oscuros en los que él sigue deambulando desde la infancia: una madre atrapada por la náusea de las drogas; un tío con el que mantendrá una relación desasosegante y confusa; el paso por diversos centros de acogida y “re-educación”; la presencia reconfortante de Bernardo Ruiz, tal vez la única persona que veló por la felicidad del joven Ricardo... y, por fin, sus revelaciones sobre el ruido, el ruido del mundo, ese estruendo cacofónico que “nos envuelve, se cierne sobre nosotros” (p.298) y nos aleja de la calma, del sosiego, de la paz interior. Isabel, desbordada por la enorme envergadura de su dolor, no puede detener la derrota inevitable de Ricardo Alvear, pero sí que descubrirá a su lado los mecanismos para salvarse a sí misma, para enderezar el rumbo, para no hundirse en el légamo. Paciente y psicóloga intercambian silenciosamente sus funciones y ultiman, alterados, sus destinos.
Todos —es la lección que Ignacio García-Valiño nos sugiere y traslada en sus páginas— estamos acechados por hondas heridas invisibles y por fisuras que un día, sin plan previo, se alían para desmoronarnos. Todos tenemos el corazón erizado de túneles, como un termitero. Y a veces se produce una detonación que borra los tabiques. Isabel lo descubre gracias a su educadísimo y hermético paciente.

Desplegando una vez más su prosa diáfana, elegante y armónica, en la que belleza y precisión se distribuyen en los dos platillos de la balanza, el autor maño nos entrega una turbadora indagación (o un cúmulo de turbadoras preguntas) sobre el espíritu humano, sobre sus flaquezas y meandros, sobre sus puntos ciegos y sus ráfagas de luz, sobre la zozobra y sobre la esperanza.