viernes, 31 de agosto de 2012

El último judío



Que el pueblo judío ha experimentado a lo largo de su turbulenta historia incomprensiones, diásporas, vejámenes y llorosas masacres es un suceso bien sabido y bien explicado, desde los relatos de la Biblia hasta los fotogramas estremecedores de La lista de Schindler. Lo que no se suele recordar tanto (y conviene que esta memoria se refresque, aunque sea para nuestro dolor y para nuestro bochorno) es que España, a finales del siglo XV, también colaboró de forma activa en esa bárbara maldición, expulsando al pueblo hebreo mediante un dictamen inflexible de los Reyes Católicos que, con una leve excusa religiosa, sirvió para apropiarse de las abundantísimas riquezas de este pueblo.
Ahora, quinientos años después, el norteamericano Noah Gordon fabula la historia errática y atormentada del último judío que permaneció en nuestro país sin abjurar de su fe: Yonah Toledano, hijo del afamado platero Helkias. Para mantenerse a salvo de las sangrientas garras de la Inquisición, este judío deberá fingirse otras identidades, refugiarse bajo otros nombres (Tomás Martín, Ramón Callicó) y resignarse a una vida de perpetuo fugitivo, en la que habrá de adaptarse al aprendizaje de innúmeros oficios (marinero, bracero, pastor, albañil, carcelero, forjador de metales) y a la acometida de azarosos viajes (cruza la mitad de las actuales provincias españolas, incluida Murcia; e incluso hace una escala marítima en el puerto de Cartagena). Al final, encontrará su destino como médico en Zaragoza, camuflado ya bajo la paz tranquila de su último seudónimo.
La pregunta inmediata, tratándose de Noah Gordon (uno de los más reconocidos fabricantes de bestsellers que hay actualmente en el mundo), es casi inevitable: ¿estamos ante una buena novela, o tan sólo ante un “artefacto para ser vendido”? Yo diría (si ustedes me preguntasen) que ante ambas cosas. Hay, sí, concesiones formales a una masa lectora amplia (un nivel de vocabulario no excesivamente elevado; un argumento donde se espolvorean instantes de intriga y de sexo; unos análisis psicológicos de los personajes que jamás inquietan por su complejidad; etc); pero sería absurdo no reconocer que la novela está bien construida, bien hilvanada, mantiene un digno interés argumental y se resuelve en un epílogo irónico o amargo que quizá sea lo mejor de toda la historia, por la sonrisa triste que al lector se le dibuja cuando lo concluye.
El proceso de documentación del libro fue además (y así lo certifica la notable lista de agradecimientos que abre la narración) muy meticuloso, con un Noah Gordon consciente de la complejidad del tema y de la imperiosa necesidad de trabajarlo bien, que viajó por España (visitó los antiguos barrios judíos de Barcelona, Gerona y Toledo), se asesoró sobre viajes por mar en el siglo XVI en el Museo Marítimo de Barcelona, consultó libros en las más destacadas bibliotecas de varios países, asaeteó con sus preguntas a sabios rabinos, historiadores españoles y profesores universitarios, y confeccionó un sinfín de fichas eruditas. El resultado es una novela que, a mi entender, resulta sólida y estimable. 

martes, 28 de agosto de 2012

El fanal hialino




Decía Jean-Paul Sartre, en la primera página de La náusea, que el peligro de llevar un diario consiste en que el autor se encuentra al acecho, observando con fijeza su entorno y a las personas que lo rodean con el único fin de llevar todo ese material a sus hojas. Pero hay otro peligro, no menos preocupante, que gravita sobre todos aquellos que escriben un diario públicamente conocido: el de suscitar la vocación histriónica o impostada de quienes rodean al cronista. Andrés Trapiello no escapa tampoco a esa peste teatral y la constata en varias secuencias de su novela en marcha: el crítico que le telefonea para pedirle que ofrezca una buena imagen suya (p.395); el amigo que vacila a la hora de hacerle una confesión íntima, por si de ella pudiera quedar apuntación en el tomo (p.481); su propio hijo, que le pregunta si va a hablar de sus notas escolares (p.423); o ese peculiar catedrático de física que le escribe para que lo saque (como sea y por la causa que sea) en el diario (p.289). Y no se pierdan ustedes la presentación frívola que Luis Antonio de Villena escenifica en un pequeño restaurante parisino para epatar a un amigo común... o para salir en el tomo (pp.203-208).
Pero no es esto lo más notable del volumen, desde luego, sino (una vez más) el brillante estilo del que Trapiello se sirve para incautarse de una porción de vida y que no se la lleve la trampa: finas observaciones del mundo rural, extasiadas descripciones de ciudades italianas, nevadas en Las Viñas, juicios literarios de valiosa disidencia, retratos de primorosa miniatura e insomnios humanísimos. La vida (como diría Eloy Sánchez Rosillo). La vida retratada por este viajero inmóvil que tiene los ojos de tinta, por este fotógrafo ambulante que ha hecho de la mirada un observatorio astronómico desde el que registrar la temperatura del universo y comunicárnosla a los demás. En Las nubes por dentro, cuarto volumen de la serie, escribió Trapiello que “un sueño aburre porque siempre termina de la misma manera: en la realidad”. En cada tomo nuevo que publica de este Salón de pasos perdidos, el leonés nos demuestra que la realidad, vista con los ojos de un gran escritor, es siempre un sueño anómalo, pues ni se desvanece, ni aburre, ni defrauda.

sábado, 25 de agosto de 2012

El desfile de la victoria




En aquel exquisito diccionario de su alma que Ernesto Sabato publicó en 1945 con el título de Uno y el universo, escribía este argentino imborrable: “La gloria se equivoca casi siempre y rara vez se adquiere por motivos que podrían justificarla”. Hoy quería recordar tan atinada sentencia para aplicarla a uno de los más rotundos, talentosos y brillantes narradores de nuestro país: Antonio Gómez Rufo. Y recupero para ello mis notas de lectura acerca de El desfile de la victoria, espléndida muestra de su genio como fabulador.
Imaginen que estamos en el mes de mayo de 1953; imaginen que un hombre se baja del tren en la madrileña estación de Atocha; imaginen que la justificación de su viaje es sólo una: matar al general Franco; imaginen que su plan es perfecto, y que tanto el procedimiento de la ejecución como el meticuloso trazado de la huida están diseñados milimétricamente para que el pistolero vuelva a Francia sin problemas. ¿Lo tienen ya? De acuerdo. Ahora hagan el favor de desviar la vista hacia una destartalada pensión donde se hospeda la joven y hermosa prostituta Marcelina Bacigalupe (Violeta Imperio, en el oficio), que resulta ser hija de nuestro anarquista investido con los ropajes de verdugo. Y, si tienen la amabilidad, asómense ahora por una de las ventanas que desde la pensión dan a la calle: ¿no ven un extraño coche aparcado en la acera de enfrente, y cuyos ocupantes no salen para nada del vehículo ni apartan sus ojos de la hostería? Pues ahí tienen ustedes una de las líneas de arranque (no me pidan que les cuente más) de la novela.
Pero no piensen, de todas formas, que ésta es una obra policial o de superficiales trazos. Lo que les acabo de referir es sólo una hebra del fino estambre de esta narración, pues Gómez Rufo tiene la habilidad y el saber literario de no empobrecer su novela reduciéndola al esqueleto fabulístico. Antes bien, se preocupa por introducir en ella unos personajes densos, bien urdidos, creíbles, matizados: el indeciso opositor Evelio, asediado por los requerimientos matrimoniales de dos mujeres; la vieja tonadillera Dolores Carmona, que sueña con su inmediata reaparición; el capitán Castejón y sus inesperados redobles de conciencia; Ernesto Bacigalupe y su purísimo anhelo de una España más libre; la viuda doña Amelia, que sobrevive regentando una pensión de mediano pasar... Cada personaje tiene su historia, y todas nos las cuenta el autor. Pero no para rellenar la novela (artificio que Antonio Gómez Rufo no necesita), sino para que los sintamos como seres auténticos, vivos, reales. Y la verdad es que lo consigue siempre.
Si a todo lo expuesto se le une que esta novela contiene una de las mejores descripciones de una muerte que yo recuerdo haber leído jamás (la de don Jesús, huésped de la pensión de doña Amelia), y que se remata con uno de los finales más sobrecogedores de la novelística española, se deduce que este libro magnífico se une a ese particular desfile de la victoria que es la producción entera de Antonio Gómez Rufo. No duden en descubrirlo: me darán la razón.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La noche del Skylab



¿Qué vómito se agolparía en la garganta de un hincha de fútbol que descubriese en la grada, muy cerca de él y animando a su mismo equipo, a quien fue su sádico torturador durante la época de la dictadura militar que afligió al país? ¿Qué sentiría un profesor judío si, en el año 1918, recibiera en sueños las órdenes inexcusables de Dios para que fuera exterminando a unos niños que, apenas veinte años después, se convertirían en sanguinarios miembros del partido nazi? ¿Se atrevería usted, si fuera adolescente y acabara de ver morir a su mejor amigo, a cumplir su última voluntad: es decir, proceder a su exhumación y entregar su cuerpo a la acción purificadora de las llamas? ¿Qué imágenes, qué recuerdos y qué melancolías brotan en la mente de una anciana aquejada de alzheimer cuando descubre en el garaje de su hogar, lleno de polvo, el piano con el que recorrió Europa como concertista durante su juventud? ¿Hasta dónde conseguiría llegar un hombre guapísimo que se propusiese, como única meta en su vida, provocar el amor en mujeres ya casadas, con el fin de destruir sus matrimonios (institución que odia)? ¿Qué secreta y macabra ilusión mueve a los habitantes de una aldea para pedirle a Dios que desplome sobre ellos los fragmentos de la nave Skylab, que vaga sin rumbo por la atmósfera?
Pues argumentos como ésos son los que dan pie a Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) para construir los espléndidos relatos que conforman este volumen. Y es que este escritor viene demostrando desde hace años que no le tiene miedo a ninguna propuesta narrativa, por extrema o casi inverosímil que ésta pueda antojarse; y que en su pluma los argumentos que harían temblar de vacilación a escritores más curtidos, no son sino acicates con los que siempre consigue seducir (y no es pequeño logro) a sus lectores.
No faltan tampoco en este tomo las alusiones feroces e indisimuladas a algunos de sus colegas, como Umberto Eco o Arturo Pérez-Reverte. Así, en la página 204, cuando habla de “esas tramas pseudointelectuales que venden miles de ejemplares y después se convierten en películas gracias a que su autor, además de novelista, es catedrático en la Universidad de Bolonia o reportero de guerra”. Pero al margen de polémicas más o menos agrias La noche del Skylab es un libro inusitadamente bien escrito, que deja bien claro que Juan Bonilla no es un bluff, sino una de las voces más sólidas y prometedoras de la literatura española actual. Con esa certidumbre, me parece, hay que leer este volumen.

domingo, 19 de agosto de 2012

Stephen Hawking. Su vida y obra



Durante muchos años, en el imaginario colectivo, el hombre de la silla de ruedas fue Ironside, aquel investigador corpulento, poco expresivo y siempre con el traje puesto, que interpretaba Raymond Burr. Pero desde entonces la imagen ha sido suplantada por una otra radicalmente distinta: la de un tipo escuchimizado, muy expresivo y con la ropa casi siempre hecha un gurruño. Hablamos, como es lógico, de Stephen William Hawking, el físico teórico nacido en Oxford en enero de 1942 y que se ha convertido desde los años 80 en un auténtico icono mediático. No sólo por padecer esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y haber sobrevivido durante décadas a la enfermedad, contra todo pronóstico; sino porque existe un consenso más o menos generalizado a la hora de considerar que es una de las mentes más luminosas, privilegiadas y enérgicas que ha dado el siglo XX en el ámbito de la ciencia.
Kitty Ferguson, autora de esta biografía que ahora traducen Julia Alquézar y Ana Guelbenzu para la editorial Crítica, afirma en la página 33 que Hawking es «uno de los gigantes intelectuales de nuestro mundo moderno, y una de sus figuras más heroicas», y seguramente no le falta razón. Para concedérsela sólo tenemos que imaginar a un hombre que lleva décadas postrado en una silla de ruedas y que se comunica mediante un ordenador porque ya no atesora la capacidad del habla. Pero esas monstruosas limitaciones no le han impedido convertirse en uno de los teóricos más brillantes de las matemáticas y la astrofísica. Ésa es, podríamos decir, la parte que todos conocemos de Stephen Hawking, porque ha aparecido docenas de veces en periódicos y televisiones. Pero la investigadora Kitty Ferguson nos acerca a muchos otros aspectos del científico oxoniense que resultarán chocantes a la gran mayoría del público. Por ejemplo, que Hawking fue un estudiante perezoso y gamberro; que colaboraba como timonel en el club de remo de su universidad; que cuando ya era un genio reconocido internacionalmente, el Departamento de Salud del Reino Unido le negó la subvención necesaria para comprarse una silla de ruedas eléctrica (año 1975); que siempre ha conducido su silla «como un bólido imprudente dando por supuesto que tenía prioridad. Sus conocidos pensaban que era más probable que muriera arrollado por un camión que de la ELA» (página 193); que tras una noche de fiesta cantó Yellow submarine, de los Beatles, en un karaoke, utilizando su sintetizador de voz (páginas 205-206); que en una ocasión pisó con su silla al príncipe Carlos de Inglaterra y se difundió el rumor de que deseaba hacer lo mismo con Margaret Thatcher (Hawking declaró al respecto: «Se trata sólo de un rumor malicioso. Pisaré con la silla a cualquiera que lo repita», página 111); que tuvieron que hospitalizarlo a causa de un accidente “sillístico” («Tuve un enfrentamiento con una pared unos días antes de Navidad, y ganó ella», nos dice el físico en la página 249); o que se le concedió el capricho de aparecer en un capítulo de su serie favorita, Star Trek.
Pero todas estas jugosas anécdotas, que pueblan una de las mitades de este libro, no deben oscurecer la otra sección: aquella que resume y explica algunas de sus aportaciones colosales al mundo de la ciencia actual. Vemos ahí lo que Stephen Hawking piensa acerca de los agujeros negros, la materia oscura del universo, la teoría de las supercuerdas, la gravedad N=8, los agujeros de gusano o la curvatura del espaciotiempo. Y ahí, me temo, serán pocos los lectores que conseguirán seguir los razonamientos del volumen. No porque Kitty Ferguson no se explique con toda la claridad posible (que lo intenta), sino porque la materia en sí es tan abstrusa y tan coloidal que se escurre entre las neuronas de un lector medio. Yo aconsejaría, de todas formas, que se intentase. Hace tiempo que sabemos que la ciencia avanza desde hace décadas por senderos cada vez más anonadantes y no parece muy inteligente dejar que se nos escape ese tren de conocimiento (la noticia que ha saltado a los medios últimamente acerca del bosón de Higgins formaría parte de esa ruta). Para estar en el camino de entenderlos, es probable que estas páginas resulten un documento muy valioso.

martes, 14 de agosto de 2012

Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy



Hace ya algunos añitos que la exmoderna Olvido Gara (alias Alaska) grabó aquella canción feísima cuyo estribillo pregonaba "Quiero ser santa, quiero ser beata". Bueno, pues he descubierto un libro donde el gaditano Eduardo Mendicutti nos repite la misma sandez, pero en forma de ladrillo novelesco, bajo la dudosa máscara del humor. Y es que el argumento de este volumen (que a continuación paso a destripar) tiene bemoles: un transexual llamado Jesús López Soler (luego cirujaneado como Rebecca de Windsor) ha concebido la mostrenca ocurrencia de convertirse en santa. O más bien, como la propia protagonista precisa, "en santa de lujo", que para eso hay buena carrocería y silicona de por medio.
Inicia entonces una burda peregrinación (que quiere ser quijotesca y no lo consigue) a lo largo de libros, conventos y éxtasis espurios, hasta que la vistosa protagonista se acaba fatigando y abandona la alocada idea inicial.
Desde el punto de vista literario (el único que me interesa en esta página), hay dos momentos hermosamente escritos: el reencuentro de Rebecca con su madre, cuando ésta todavía ignora la metamorfosis genital de su Jesús; y la preciosa y bien narrada rememoración de su primer coito como mujer, con un desconocido llamado Juan. Lo demás, para pegarle fuego.
Traducción: un castañazo del tamaño de un tranvía, que en su momento se quiso vender a golpe de publicidad, entrevistas televisadas y fotos de promoción. Pero me parece a mí que no funcionó ni por ésas- Normal. Lástima de árboles talados para que se impriman libros así.

domingo, 12 de agosto de 2012

Los años indecisos




En la portada se nos predica que este libro es un magistral relato y en la contraportada se nos anuncia que es uno de los más indiscutibles logros de su larga y brillantísima carrera. Bueno, pues de eso nada. Esta novela, para decirlo sin las crueldades que don Gonzalo no merecía, podemos adjetivarla de prescindible o, como mucho, de discreta. No es que yo afirme que sea mala (absurdo sería propagar tal cosa): es, solamente, que no son páginas dignas de Gonzalo Torrente Ballester. Así de claro. Puestos a decir las verdades, vamos a decirlas, le duela a quien le duela, Ofuscado por la solemne tontería de publicar una novela cada año (tarea que él mismo se impuso en sus años finales, o que al menos aceptó, quizá por presión de su sello editorial o de su agente), Torrente incurrió en un gravísimo error: convertirse, desde su octogenaria atalaya, en un simple obrero de la prosa, en un amanuense tenaz que trabajaba cada línea según criterios de extensión, rentabilidad y cronómetro (Francisco Umbral lo definió, en el discutido tomo Las palabras de la tribu con un sintagma sangriento: "Un artesano muy digno").
Extrañas urgencias editoriales (La boda de Chon Recalde), premios presuntamente amañados que requieren la presentación de un libro que los justifique (La novela de Pepe Ansúrez) y otros derrumbesen los que no merece la pena meter el dedo pudieron haber empañado para ciertos lectores la trayectoria honesta y limpia de Torrente Ballester.
Si los futbolistas se retiran cuando las piernas ya no responden a sus deseos, y si los cirujanos saben marcharse cuando el pulso les comienza a temblar, ¿por qué de los escritores se espera aguante dinosáurico? ¿Acaso no sería mucho más responsable y más inteligente saber hacer mutis por el foro cuando las circunstancias así lo aconsejan? Yo admiro a Torrente y lo he leído con auténtico gusto: su saga/fuga de JB, sus gozos y sus sombras, su don Juan (excelente libro, poco entendido). Y confieso que volveré a releer más de uno de sus libros, en años futuros. Pero este volumen de Los años indecisos, francamente, es una porquería. Y sobraba.