domingo, 25 de marzo de 2012

Un ángel impuro




Al abrir la caja fuerte de su difunto marido para depositar allí una cierta cantidad de dinero, Hanna Vaz descubre un bloc en blanco y acaricia la posibilidad de convertir sus páginas en un almacén para su memoria. Jamás ha llevado un diario y ésta es, por qué no, una magnífica oportunidad para empezar a hacerlo. Hanna Vaz (que antes se llamaba Hanna Lundmark, y antes aún Hanna Renström, y que después sería Ana Branca, aunque no llegaría a convertirse en Ana Negra), tiene, ciertamente, muchas cosas para consignar en él, porque su vida ha estado llena de acontecimientos singulares.
Puede contar cómo nació en un pequeño pueblecito de Suecia, rodeado por la nieve. Allí vivió su infancia en un hogar donde las dificultades económicas eran tan grandes que su madre optó por enviarla fuera, encomendándola a un hombre llamado Jonathan Forsman, quien le acaba consiguiendo trabajo de cocinera en un barco que pronto zarpará rumbo a Australia. El cambio que se dibuja en el horizonte de su vida es radical, pero Hanna Renström desconoce la parálisis del miedo: quien nada tiene, nada arriesga. Y quien nada arriesga, nada puede ganar. En ese barco le espera una persona que se convertirá en alguien muy importante en su vida: el oficial Lars Johan Jakob Antonius Lundmark, un hombre de pocas palabras pero nobles intenciones que se terminará convirtiendo, poco tiempo después, en su primer marido. Pero el Destino no tiene reservados demasiados muelles ni demasiadas bahías para Hanna Renström, así que la felicidad no la enjoyará durante mucho tiempo.
Por azares que tendrán que descubrir los lectores, la joven acabará alojada en un lujoso hotel de Lourenço Marques (actual Maputo, en Mozambique) que, bajo su apariencia honorable, encubre en realidad un burdel de pujante fama. Durante los primeros días, Hanna es atendida allí de su fiebre y de su delicado estado de salud. Y cuando se recupera comprueba lo extraño que resulta hospedarse en un sitio así: un dueño de origen portugués; multitud de prostitutas de raza negra; un ambiente de lo más desagradable para ella (los clientes blancos entienden que las personas de raza negra son inferiores y no merecen consideración de ningún tipo: ni siquiera las que se tendrían con los animales); un singular hombrecillo llamado Zé, que lleva años afinando el mismo piano, con lentitud y terquedad incansables; y un mono llamado Carlos, que adopta ademanes de ser humano y al que incluso visten con chaquetilla. Más adelante, Hanna conocerá a otros personajes fundamentales en su vida, como Pedro Pimenta (que cohabita con la negra Isabel, de la que tiene dos hijos), el abogado Andrade (el encargado de llevar las cuentas del burdel) o Moses (un minero de gran fortaleza física y que cree en la magia).
Pero lo más singular de la historia, siéndolo todo, es que Henning Mankell explica en una nota situada al término del libro que su novela tiene un trasfondo histórico real: gracias a una conversación que mantuvo con el africanista Tor Sällström se enteró de que una misteriosa mujer sueca regentó a finales del siglo XIX y comienzos del XX uno de los prostíbulos más famosos de aquella zona; que cotizó enormes cantidades de dinero a la hacienda pública; y que finalmente desapareció sin dejar el mejor rastro. ¿Cómo no sentirse impulsado a investigar un suceso así? Poca información pudo obtener, pero su fantasía de novelista se puso de inmediato en funcionamiento para edificar esta narración, que ahora presenta en España la editorial Tusquets, con traducción de Carmen Montes. En sus páginas descubrimos la robusta personalidad de una mujer a la que las circunstancias vapulearon repetidas veces durante su existencia, pero que supo sobreponerse con energía; una mujer que viajó desde los hielos boreales hasta los calores mozambiqueños y cuya pista se terminó esfumando entre la niebla; una mujer pobre que terminó siendo enormemente rica; una mujer blanca que tuvo que adaptarse a una sociedad que no entendía, donde los blancos oprimían y vejaban a los negros sin ningún tipo de rubor o humanidad; una mujer, en fin, que resultará inolvidable para los lectores, incluso cuando haya pasado mucho después de haber cerrado la novela. Henning Mankell lo ha vuelto a lograr.

domingo, 18 de marzo de 2012

El síndrome de Mowgli




Muchas personas aseguran, convencidas y acaso orgullosas, que su vida es una auténtica novela; y que si la contaran conseguirían una obra de primer orden. Pero yerran. Nada es una novela... salvo una novela. Toda vida, por definición y salvo raras excepciones, es una curva gris. Dibuja su trayectoria en un eje de coordenadas y ya está. No hay más esplendor. No hay más grandeza. Pero, como bien saben los matemáticos, las curvas funcionales presentan a veces puntos de inflexión, instantes en que su trayectoria se altera y modifica. Es probable que ahí, en esos giros bruscos, se encuentren las claves para convertir una vida en una novela: detectando esos cambios, explicándolos, exprimiéndolos, dándoles valor simbólico, emocional y biográfico. Sólo una mirada estética genera buena literatura.

Andrés Pérez Domínguez supo aprovechar maravillosamente ese concepto en su obra El síndrome de Mowgli, con la que obtuvo el XVII Premio de Novela Luis Berenguer y que ahora reedita el sello Algaida en formato de bolsillo. Su gran protagonista es Rafael Montalbán, un antiguo boxeador de peso superwelter que ha llegado a la madurez sobreviviendo como portero de garitos infames, como guardaespaldas ocasional y, sobre todo, como matón por cuenta ajena al servicio de prestamistas hartos de no cobrar su dinero, de divorciadas que quieren apretar las tuercas a sus exmaridos para que les pasen la pensión fijada por el juez y de tipos que lo utilizan como brazo ejecutor para sus venganzas y ajustes de cuentas. Ahora, harto del rumbo que ha tomado su vida, Rafael decide darle un giro acudiendo a un programa de radio nocturno. Lo que no puede sospechar es que dicho programa se va a convertir en uno de los puntos de inflexión de su existencia, porque le va a permitir retomar el contacto con Lola, una mujer crucial de su pasado. Con ella se vio envuelto, dieciocho años atrás, en una rocambolesca aventura en la que estafó al Gordo (su mentor y la única persona que lo trató con respeto y cariño), se perdió el respeto a sí mismo y viajó inútilmente hasta Lisboa, para descubrir tan sólo que no se puede confiar en determinadas personas y que la meta no suele estar pintada de rosa en nuestras vidas.
Rafael Montalbán lleva mucho tiempo convencido de que al final siempre está «tan solo como Mowgli, el cachorro de hombre que los lobos encuentran en la selva» (pp.100-101) y que esa desubicación, esa orfandad absoluta, es la metáfora que mejor lo define: alguien que no encaja en ningún sitio y que, pese a su deseo, debe vivir en completa soledad, lobo entre los hombres y hombre entre los lobos. Sin más refugio en el que ampararse. Sus últimos veinte años de vida han resultado ser un cúmulo de traiciones, mezquindades, bochornos y claudicaciones, en los que no se ha sentido feliz consigo mismo y en los que ha descubierto que una victoria puede ser una derrota (la que él experimentó cuando tuvo que enfrentarse con el Vendaval de Marsella en el ring) y que, por la misma regla de tres, una derrota (que un antiguo amigo te ofrezca un cheque para que desaparezcas de su vida, o que te mande a sus matones para que te tundan el cuerpo a base de golpes) puede dibujar en el aire los jeribeques de una efímera victoria. Volver a Lisboa no constituye sino un modo de perfeccionar la melancolía.

Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) es uno de esos novelistas de los que se espera, con justicia y con fundados motivos, una trayectoria impecable. Por ahora, su quehacer literario ha sido refrendado con galardones como el Ateneo de Sevilla, el Luis Berenguer o el Max Aub; pero no hablamos (y esto conviene subrayarlo con energía) de un novelista y cuentista al que se pueda reducir enumerando la cabalgata de sus premios. Andrés Pérez Domínguez es un escritor auténtico, un narrador de los de siempre, un fabulador de raza, un estilista de primera magnitud. Abrir uno cualquiera de sus libros es siempre aventurarse en un territorio de tinta donde las bellezas terminan embriagándote. Si se adentran ustedes en El síndrome de Mowgli seguro que lo convierten en uno de sus autores de cabecera.

martes, 13 de marzo de 2012

Polos opuestos




Que la novela sea el género predilecto por las masas lectoras desde mediados del siglo XIX no es sino un accidente histórico o una nimiedad. Durante siglos lo fue con no menor pujanza la poesía, y aun el teatro, sin que tampoco aquellas veleidades circunstanciales resultaran significativas. Pero sucede que el cuento, salvo en ciertos ámbitos y en períodos temporales muy concretos y más bien limitados, jamás ha sido el género que podríamos tildar de estrella. A pesar de su condición de lectura variada, breve, intensa e imaginativa, nunca los lectores lo han galardonado con su fervor máximo, aunque apellidos como Cortázar, Chéjov, Borges, Carver, Aldecoa o Poe permanezcan asociados de forma casi indisoluble a él. Podríamos resumir diciendo que el cuento reúne todos los requisitos para triunfar en un mundo tan acelerado e inestable como el nuestro, donde la atención lectora no puede ser mantenida en condiciones normales durante mucho tiempo (autobuses, metros, trabajos y gestiones nos atenazan), pero que jamás ha gozado de ese éxito que sin duda merecía.
Ahora, nadando a contracorriente, el escritor Antonio Parra Sanz acaba de condensar su indiscutible talento para los relatos en un libro que Ediciones Atlantis publica con el nombre de Polos opuestos, donde brillan la eficacia, la belleza formal, la sorpresa y la densidad estilística, hasta un punto que embriaga. Dueño de una musculatura narrativa de primer orden, este escritor madrileño (aunque reside en Cartagena desde hace ya algunos años) ha esculpido una veintena de historias donde toda suerte de personajes, situaciones y finales capturan nuestra atención de un modo exquisito e inapelable. Así, en el relato Palabra de honor nos ofrece una inteligente fabulación protagonizada por un escritor de libros de autoayuda que ha alcanzado el rango de bestseller y que responde al nombre de Giorgio Bucconi (aunque podría aventurarse una pronunciación argentina del nombre), quien comienza a ver tambalearse su carrera gracias a una lectora entusiasta, que le hace comprender (sin desearlo) que todo él es un bluff y que la sinceridad ya no anida en sus líneas. O en Ariadna, donde asistimos al desarrollo magistral de una historia deslumbrante de toros y sexo, en la cual somos testigos de la cruda venganza mítica, épica, casi telúrica, de una camarera que compartió una noche de orgasmos con el célebre torero Pedro del Puerto y que luego fue abandonada por éste. O en Caronte, donde conoceremos a Carmelo, auténtica leyenda dentro de los funerarios de Cataira (que es el nombre con el que Antonio Parra Sanz convierte en materia literaria a Cartagena). O en esa delicia estructural y compositiva que es Café solo, sobre un hombre sucesivamente torpedeado por las asechanzas de la adversidad... Muchas historias excelentes, donde Antonio Parra Sanz trabaja con los mimbres del humor (Polos opuestos), las reflexiones sobre la barbarie de las dictaduras (Ojitos de caramelo), el surrealismo (Alta fidelidad), las actualizaciones de mitos clásicos (Polifemo) o la metaliteratura (No hay jurado que se resista), sin que baje ni un milímetro el listón de la calidad. Después de que varios de estos relatos obtuviesen galardones de notable envergadura en certámenes de toda España, el autor se ha decidido a reunirlos en un volumen; y este detalle permite a los lectores descubrir, entre otras cosas, que algunos de los personajes de este tomo aparecen en dos o más cuentos (el fotógrafo Mariano Beltrán, el constructor Ginés Olivares, el donjuán Alfredo Santaolalla, el comisario Marquina); que el paisaje de Cataira empapa varios relatos; y que las conexiones argumentales de unos cuentos con respecto a otros son tan evidentes como significativas y constantes. En el fondo, se respira aquí el ambiente de una novela construida a la manera de un caleidoscopio: los cuentos del volumen se articulan entre sí por sinalefas delicadas pero ostensibles. Estamos, a mi entender, frente a un libro de primera categoría, que permite comprobar la gran magnitud literaria de Antonio Parra Sanz, de quien ya he hablado otras veces en esta misma página. Y puesto que mientras salía al mercado esta obra se estaba cociendo en las prensas su novela Apocalipsis 17,1, es más que probable que en las próximas semanas vuelva a traer su nombre y su firma a este blog. Con toda justicia.

domingo, 4 de marzo de 2012

Sueño de una noche de verano




Resulta curioso e ilustrativo preguntarse de quién nos enamoramos. ¿De la persona que exactamente estaba destinada para unirse a nosotros? ¿De alguien a quien conocemos de un modo casual y que se convierte en imprescindible en virtud de azares concatenados? Hay quien sostiene que la ceremonia del amor tiene mucho de mágica y poco de estratégica, pero no está de más formularse este interrogante a modo de ejemplo: si soy de Cuenca, ¿qué posibilidades hay de que el amor de mi vida sea de Melbourne; y cuántas de que sea conquense? O formulado de un modo más directo: ¿nos enamoramos o elegimos? ¿Se van nuestros ojos detrás de la persona única, perfecta y predestinada; o más bien escogemos la mejor opción, lo más seductor y apetecible... de cuanto vemos y nos rodea?
El inmenso, el genial, el prodigioso William Shakespeare, que algo sabía de amores y algo sabía también del espíritu humano, nos entregó en las páginas de Sueño de una noche de verano una interesante reflexión sobre estas cuestiones, que ahora refrescamos en la edición que el sello Cátedra acaba de publicar, en un magnífico volumen bilingüe que traducen con interesante aparato de notas los profesores Vicente Forés López, Jose Saiz Molina y Virginia Analía Soprano Manzo, habituales colaboradores de la Fundación Shakespeare de España. La pieza no es, desde luego (dejemos asentada esa premisa), una de las obras capitales del genio de Stratford; no forma parte de ese elenco sublime donde brillan con luces propias El rey Lear, Hamlet, Otelo o Macbeth. Pero tampoco conviene olvidar que incluso una comedia mediana de William Shakespeare atesora tal cúmulo de primores que su lectura es siempre enriquecedora y recomendable. Es lo que ocurre con este anómalo Sueño de una noche de verano. En sus páginas nos encontramos con la ira tremebunda de Oberon quien, a causa de una disputa pendiente de resolución con Titania (reina de las hadas del bosque), decide ejecutar una venganza más bien extrema y aparatosa: con la ayuda de Puck, su duende favorito, verterá cierto jugo de flores sobre los ojos de la reina y provocará que ella se enamore del primer ser con el que se encuentre a la hora de despertar. Al mismo tiempo, de forma paralela, se desarrollan otras líneas argumentales que confluyen con la anterior: la boda que va a celebrarse entre el duque Teseo e Hipólita; los ensayos teatrales, tan bienintencionados como ridículos, de unos lugareños que quieren representar la fábula de Píramo y Tisbe en dicha boda; las disputas de amor que se establecen entre Demetrio, Hermia, Lisandro y Helena; etc.
Como es lógico suponer, la mayor fuerza cómica de la pieza de William Shakespeare reside en los enredos que se derivan de la equivocación de Puck (el cual vierte el jugo mágico en los ojos de quien no debe) y en la hilarante circunstancia de que la altanera y hermosa reina Titania caiga rendida de amores ante un zopenco pueblerino que, además, lleva encasquetada en la cabeza una máscara de burro. Y la mayor intensidad lírica y literaria es posible localizarla en las conversaciones de amor y desamor que nutren los actos II y III, sobre todo con la actitud de Helena, que se humilla lastimosamente para merecer el cariño de un glacial Demetrio. Desde hace años, el Instituto Shakespeare, donde tiene papel principal el profesor Manuel Ángel Conejero, traduce, prologa, estudia y anota con admirables resultados las obras del dramaturgo inglés más brillante y enigmático de todos los tiempos. Fruto de esa dedicación han sido las ediciones de Otelo, Macbeth, Romeo y Julieta, El mercader de Venecia, Noche de Reyes o La tempestad, todas ellas editadas para el público español por el sello Cátedra, en volúmenes de escaso precio y altísimo primor. Hacerse con esta colección es una de las apuestas más inteligentes y fructíferas que podemos realizar de cara a nutrir nuestras bibliotecas. William Shakespeare estaría en cualquier listado de los diez mejores escritores de todos los tiempos. Incluso en un listado de los cinco mejores de todos los tiempos. De ahí que poseer y leer sus obras sea un privilegio, que con libros como éste es muy fácil lograr. No desperdicien la ocasión de comprobarlo.

domingo, 26 de febrero de 2012

Correspondencia




Cuentan de Jorge Luis Borges una anécdota no sé si inventada, deformada, malévola o fidedigna que me gustaría recordar hoy. Al parecer, paseaba nuestro escritor tranquilamente, ya con fama mundial, por la ciudad de Buenos Aires. Un joven se le acercó y, con ojos admirativos y voz balbuciente, le anunció: «Maestro, yo escribo». A lo que Borges, esbozando una sonrisa, respondió: «Qué casualidad, yo también». Y me sirve esta anécdota, auténtica o apócrifa (de Borges se han contado tantos chascarrillos como de Camilo José Cela o de Quevedo), para reflexionar sobre la relación maestro-discípulo en el mundo de la literatura. ¿Cuántos escritores, a lo largo de la Historia, se habrán animado a dirigirse por escrito o de forma oral a otros, a quienes consideraban sus maestros, para rendirles tributo de fidelidad, solicitar que les lean o pedirles consejo de algún tipo?
La editorial Funambulista nos presenta hoy, traducida por Rubén Pujante Corbalán, la Correspondencia que mantuvieron dos de los escritores rusos más conocidos en Occidente: Anton Chejov y Maxim Gorki. En el momento en que se inicia el intercambio de cartas, notas y telegramas entre ellos (con un fervoroso envío de palabras que Gorki le hace llegar al maestro Chejov en octubre de 1898, declarándole su admiración infinita), el desequilibrio entre ambos es notable: Anton Chejov ya tenía escritas media docena de obras teatrales, un par de novelas y bastantes cuentos; Maxim Gorki, por el contrario, apenas estaba comenzando a dar sus primeras hojas notables en el mundo de la literatura. Ese desequilibrio (usaré ese nombre, a falta de otro mejor) se observa en la forma en que Gorki se dirige a Chejov: siempre reverencioso, siempre admirativo, siempre acrítico («Le estrecho la mano con fuerza, su mano de genio», p.25). En cambio, el tono que emplea Anton Chejov para dirigirse a Maxim Gorki, siendo respetuoso y lleno de afecto, no condesciende a la tolerancia: le indica las exageraciones en las que incurre en sus cuentos («En sus cuentos notamos los excesos», p.27), le afea su falta de cohesión textual («Uno tiene la impresión de que no es la obra de un autor, sino de siete: señal de que es usted todavía joven y de que su talento no está aún suficientemente decantado», p.97); e incluso, cuando Gorki le suplica que le permita dedicarle una obra que está a punto de publicar, Chejov se permite incluso decirle cómo tiene que hacerlo («Redacte en la medida de lo posible la dedicatoria sin literatura inútil: quiero decir que escriba solamente: A... y eso es todo», p.81).
Sin entrar en la calidad literaria de ambos autores, que es magnífica, lo que más me ha llamado la atención de este epistolario (también desequilibrado: Gorki escribe 54 mensajes, mientras que Chejov se limita a 35) es el aspecto que podríamos llamar psicológico: vemos a un Chejov más frío, menos proclive a los elogios, más parco en sus efusiones; y a un Gorki que se derrama en loas sobre su maestro; que le traslada su preocupación por el modo en que el editor de Chejov está explotando a éste, por no pagarle lo que realmente merece con sus páginas, que se venden muchísimo en toda Rusia (puede verse al respecto la página 176); así como en humildades igualmente sinceras, que chocan por su sencillez y por su marmórea contundencia («Soy más necio que una locomotora. [...] Pero no hay raíles debajo de mí, mi sensibilidad es fresca y fuerte, pero pensar... no sé pensar. La catástrofe me aguarda», p.32). Y también nos sirve este conjunto de misivas para ver el modo en que ambos veían a otros escritores de su entorno, como Briusov, Bunin o Lev Tolstoi.
Unamos a ese conjunto de primores que presenta el volumen un postfacio excelente de Rubén Pujante, un papel de altísima calidad, una encuadernación sólida (con cinta marcadora incluida, ese hermoso detalle que tanto se olvida en los libros actuales) y unas notas de precisión inigualable, que nos aclaran las identidades de los personajes mencionados, y tendremos un libro que merece la pena conseguir y conservar. No es la primera vez que digo en esta página que el sello Funambulista trabaja como pocos en cuanto a primor. Este libro lo corrobora.

domingo, 19 de febrero de 2012

El frente ruso




Recuerdo que, hará cosa de quince o veinte años, leí un singular libro firmado por Pablo Huneeus y cuyo título era Homo burocraticus (la Real Academia Española exigiría hoy una tilde en la segunda palabra). Allí, con humor, desparpajo y prosa fácil, se nos caracterizaba a aquellas personas que, instaladas en el seno de la Administración Pública, chapotean en labores más o menos nebulosas, más o menos rutinarias, más o menos inútiles. Ahora, el francés Jean-Claude Lalumière (Burdeos, 1970) nos da su versión de ese espíritu burocrático, circunscribiéndolo a la diplomacia gala. La obra, que apareció en 2010, ha sido traducida por Paula Cifuentes para el sello barcelonés Libros del Asteroide y es, sin duda, un libro espléndido.
Su protagonista es un joven que consigue aprobar unas oposiciones como funcionario y que, después de cinco años de desempeño laboral, está destinado en el Ministerio de Asuntos Exteriores francés. Desde pequeño era un fervoroso lector de la revista Geo y eso le hizo enamorarse de países y paisajes que ahora, en su edad adulta, está deseando conocer. Para ello (pensó), nada más atinado que entrar en la carrera diplomática. Es una profesión que te permite ver mundo, conocer sus peculiaridades, desempeñar tu labor entre gentes diversas, conocer idiomas, tener trato con culturas distintas... Pero la realidad ha venido a golpearlo con la maza de lo anodino: su trabajo es de una grisura y de una inanidad lamentables. Para más inri, ni siquiera lo destinan a un lugar exótico, sino a las misteriosas oficinas a las que se conoce como “El frente ruso”, donde se estudian y pulen las relaciones con los países de la Europa del Este y Siberia. Descubrirá allí de inmediato que los sueños se oxidan rápidamente cuando resultan expuestos al aire de la realidad: sus viajes serán rancios, acelerados o infructuosos; sus gestiones, más folclóricas que importantes; y sus relaciones con los compañeros, tan falsas como precarias. Muy pronto aprenderá los absurdos de su oficio («El valor de un funcionario se mide por la cantidad de expedientes que tiene a su cargo, incluso si alguno no sirve más que para sostener a los otros en la estantería», p.75) y la enorme cantidad de gente rara a la que puede conocerse por ahí (como esa pareja que sólo viaja a destinos turísticos que han sido azotados por una catástrofe reciente, porque así obtienen unos precios baratísimos: «Visitamos Nueva York en 2001, Bali en 2002 y Madrid tras los atentados de Atocha. Sin olvidar Tailandia en 2006, justo después del tsunami», p.105).
Pero lo interesante de la narración no radica únicamente en este retrato sarcástico o desmitificador de la diplomacia, sino también en el humor que a veces impregna las páginas de la novela. Basta recordar, por ejemplo, aquella secuencia retrospectiva de las páginas 50-51 donde, tras haber escuchado en labios de su padre la palabra Homosexual, el protagonista, con apenas ocho años, se enredó a buscar en el diccionario y llegó a la hilarante conclusión de que era «alguien al que le gustaban los animales y plantas y que no dudaba en regalarlos a aquellos que tenían el mismo sexo que él»; o el delirante episodio de la paloma (que se desarrolla entre las páginas 63 y 74 a base de correos electrónicos y que supone una inmejorable sátira de los métodos administrativos); o cuando el narrador explica que, durante su niñez, las pastillas contra el mareo no le servían para nada durante los viajes que la familia llevaba a cabo («Para mí tenían el mismo efecto que una fricción de Vicks Vaporub sobre una mesa de madera», p.170). Y, sobre todo, recomiendo fervientemente a los lectores que se detengan con especial lentitud y con especial atención en el excelente final lánguido de la obra, semejante en belleza y eficacia narrativa a los de La tempestad (Juan Manuel de Prada) o El dueño del secreto (Antonio Muñoz Molina). Por múltiples razones (las enumeradas, pero también las que han tenido que quedar fuera, por simple cuestión de espacio), El frente ruso, de Jean-Claude Lalumière, es una novela altamente recomendable, que el público español haría muy bien en no dejar de lado: se sonríe, se aprende y se disfruta muchísimo con ella.

domingo, 12 de febrero de 2012

El cartógrafo de Lisboa




Deliciosa. No hay otro adjetivo que, a mi parecer, defina con más exactitud la novela El cartógrafo de Lisboa, de Erik Orsenna, que la editorial Tusquets acaba de situar en las librerías. Es, a no dudarlo, una novela histórica, una espléndida novela histórica; pero también es mucho más: un fascinante retrato de época, una profunda aproximación al alma humana y una revisión —documentada, serena y firme— sobre los primeros años de la conquista de América, donde la sangre y el oro brillaron con igual intensidad sobre las enormes tierras del Nuevo Mundo.
El protagonista es un hombre ya anciano, zaherido por la enfermedad y el tedio. Durante su juventud, trabajó como cartógrafo en la capital portuguesa (lo contrataron en 1469, por su extraordinaria capacidad para escribir con letras de tamaño minúsculo) y ahora, viviendo en la isla de La Española en 1511, justifica sus últimas horas rememorando lo que ha sido su vida ante dos hombres singulares: uno se llama Jerónimo y es un simple copista, que tiene como tarea la de registrar por escrito todos los detalles de sus confesiones; el otro es fray Bartolomé de las Casas, que pide a su homónimo interlocutor que se extienda cuanto desee: no hay menudencia que le resulte desdeñable para la documentación de su informe, en el que pretende que quede reflejada toda la verdad del proceso de conquista. No es preciso andarse con más tapujos ni más misterios: el narrador de la historia (y protagonista por tanto de esta singular experiencia memorialística) es Bartolomé Colón, hermano menor del Almirante. Él nos irá contando, con una prosa elegante y llena de belleza, cómo recibió sus primeras enseñanzas de un religioso analfabeto, que trató de educarlo en la santa ignorancia, pues a Dios no le gustan aquellos que indagan en los misterios de la naturaleza («¿Por qué los curas tenían tanto miedo a la verdad?», p.49) y cómo, en 1476, la calma de su vida quedó perturbada: justo en el instante en que su hermano Cristóbal comenzó a desarrollar su proyecto de viajar a las Indias por mar.
El padre Las Casas, que desea recabar detalles sobre todo de Cristóbal, tiene que escuchar con paciencia cómo su hermano Bartolomé le refiere todo tipo de anécdotas sobre su vida lisboeta: la llegada de un misterioso animal llamado rinoceronte, que provocó estupefacción entre los habitantes de la ciudad cuando fue desembarcado (pp.54-60); la manera singular a imaginativa en que imponían nombre a las plantas y animales que iban llegando de las expediciones africanas (pp.66-67); ese jardín al que las mujeres de los marineros que llevaban meses fuera del hogar acudían para copular con hombres ciegos (sin palabras, sin nombres, sin que peligrase su reputación); la anonadante costumbre de las grandes damas, que se desnudaban sin pudor ante sus esclavos negros, por no considerarlos personas, ni considerar que pudieran sentir impulsos como los varones blancos; la obsesión que los hermanos Colón llegaron a tener con el libro Imago Mundi, del teólogo francés Pierre D’Ailly, que luego serviría grandemente a Cristóbal para trazar su plan de viaje; o las referencias a una mujer llamada Isabel, a la que pretendió de un modo estéril por estar ya casada, y a quien identifica como su «único amor» (p.111). Pero tampoco ahorrará detalles Bartolomé Colón acerca del grave error que cometió la corona lusa al desdeñar la financiación del viaje («Portugal rechazó el regalo de mi hermano», p.269); de la vergüenza que sintió en el año 1500, cuando lo llevaron preso a España como a un vulgar malhechor; o de la fortísima y desagradable impresión que le produjeron los sangrientos perros que Vasco Núñez de Balboa puso al servicio de los soldados españoles para destrozar y devorar a los despavoridos indígenas («¿Por qué descubrir, si matamos a los que descubrimos?», p.325)... Utilizando una documentación que se adivina elevada pero que jamás nos entorpece la lectura con erudiciones o fárragos, Erik Orsenna consigue en esta obra un texto novelístico de primer orden, donde conviven el humor, la ironía, la dureza, la melancolía, la reflexión y las ambientaciones históricas, para entregarnos unas páginas que difícilmente dejarán insatisfecho a lector alguno. Una de las mejores narraciones que he leído en los últimos meses.