martes, 28 de diciembre de 2010

Kafka & Borges




Si nos paramos a analizarlo con una cierta calma descubriremos que una buena cantidad de los escritores a los que consideramos clásicos del siglo XX han sido, aparte de unos estilistas de primera magnitud, grandes constructores de laberintos. Unos estaban camuflados en la ciudad donde los escritores habitaban; otros, en el lato y minucioso territorio de su memoria; otros, en la poliédrica estructura de sus almas. Pero todos, indefectiblemente, nos mostraron que nuestro entorno o nuestro interior pueden ser diamantes de complejísimo brillo: James Joyce, Marcel Proust, Julio Cortázar, Fernando Pessoa... Parece como si nuestra época necesitase de ese tipo de artistas que dan forma y nombre a las angustias metafísicas, a los horrores llenos de niebla que acechan, cercan y sepultan al hombre moderno.
El checo Franz Kafka y el argentino Jorge Luis Borges son, por derecho propio, Grandes Maestres de esa logia exquisita; y la editorial Nórdica ha tenido la feliz idea de reunir en un solo tomo, de asombrosa factura, tres textos del argentino (La casa de Asterión, Un sueño y El laberinto) junto a la monumental pieza La metamorfosis, del checo. Y todas las páginas del volumen están inteligentemente ilustradas por Verónica Moretta, que las enriquece gracias a su sensibilidad, aportándoles un aroma nuevo.
El conjunto, que hará las delicias de los auténticos enamorados de los libros, se muestra en las librerías en una cuidada edición de 999 ejemplares que harán bien de ojear los buenos lectores, porque resulta de lo más seductora: rotulaciones que quiebran el ritmo visual (pero que respetan el ritmo narrativo), páginas con perforaciones casi mondrianescas, juegos donde la geometría se pone al servicio del relato... Todo un despliegue técnico, de gran fuerza expresiva, que respalda las propuestas de esos dos genios de la literatura universal.
Jorge Luis Borges nos habla en estas páginas de un singular personaje llamado Asterión que, consciente de su monstruosidad, se aísla voluntariamente de sus contemporáneos en un reducto casi inexpugnable, donde trata de acorazarse del odio; pero, a la vez, nos deja bien claro que le urge relacionarse con los demás, mezclarse con ellos, sentirse unido a la calidez de su estirpe humana. En otro de los relatos (Un sueño), Borges nos hablará de un rey que, humillado por su vecino, termina acometiendo una venganza tan eficaz e implacable como incruenta, con un aroma inequívoco de apólogo oriental.
Franz Kafka, como bien sabemos, nos comunica en La metamorfosis (uno de los seis textos privilegiados que, según le dijo a Max Brod en sus instrucciones testamentarias, debía salvarse de la destrucción de sus escritos) la desazón de un pobre oficinista que despierta una mañana con el horror pintado en el rostro al descubrir que se ha transformado en un monstruoso insecto, y que ha de afrontar la repugnancia de su familia ante esta desagradable mutación: perderá su trabajo, su hermana se convertirá en la limpiadora oficial de su habitación, su madre se alejará de su presencia, su trabajo corroborará el desdén que siente por su hijo, que siempre lo ha decepcionado desde que nació...Mi amigo Pascual García me dijo una vez que, a su juicio, los textos y autores clásicos son aquellos a los que uno puede acudir varias veces a lo largo de la vida y siempre les descubre detalles que le pasaron inadvertidos en la primera lectura, sorpresas de nuevo colorido y gozos sin explorar. Yo estoy de acuerdo con ese dictamen. Por eso no he abandonado nunca la relectura de Kafka o de Borges, desde que agoté sus obras hace años. Escribió Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes siempre encuentra nuevos principios. Ahora podríamos completar esa afirmación con este libro en la mano: quien deja que una editorial con sensibilidad (Nórdica), una artista con talento (Verónica Moretta) y una traductora con sólidas virtudes (Ángeles Camargo) rotulen ante sus ojos un sendero diferente, aprenderá sin duda que las obras inmortales de la literatura no son algo muerto, embalsamado y colocado en el interior de una vitrina, sino cofres que aún cobijan sorpresas, diamantes con facetas inexploradas. Esta edición es la prueba manifiesta. Yo me siento muy feliz de tenerla en mis manos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La memoria de Lucifer




Cuenta una leyenda medieval castellana que don Julián, importante conde de Ceuta, envió a su hermosa hija Florinda a la corte toledana para que recibiese allí una buena y esmerada educación. Es probable que entre sus intenciones hallase también un hueco la de lograr que algún noble se enamorara de ella y la tomara por esposa. Pero he aquí que entró en acción el rey visigodo don Rodrigo (al que otras fuentes llaman Roderico) quien, deslumbrado por la belleza de la muchacha, no se detuvo ante las barreras de su virginidad y la violó. Enterado el padre de la chica, y preso de la cólera, pactó con las tropas árabes del norte de África para abrirles el camino de la invasión de España. Ésa fue la represalia que tomó contra el infame y lúbrico monarca.
Pero como una de las atribuciones de los novelistas es dejar que el vuelo de la imaginación se extienda sobre las historias y juegue con ellas para arrancarles nuevos brillos, he aquí que el escritor Patrick Ericson examina los pormenores de esa fábula ancestral y decide que no; que don Rodrigo no provocó la ruina de nuestro país por la comisión de esa atrocidad de corte erótico, sino por una causa bien distinta: porque profanó un recinto situado en el cerro de Bu, en Toledo, donde se supone que había enterrado un antiquísimo tesoro, oculto por el legendario rey Salomón y protegido por un sortilegio mágico de incalculable trascendencia. Una vez establecida esa sugerente hipótesis novelesca, la acción se sitúa en la actualidad, justo en el instante en que dos periodistas de la publicación esotérica Mundos paralelos viajan hasta la patria chica de Garcilaso para investigar un suceso altamente siniestro: la tortura, asesinato y posterior cremación de un teólogo jesuita llamado Robert O’Brian en la céntrica plaza Zocodover. Los signos de la atrocidad apuntan claramente a una secta de tipo satánico, pero lo que nadie entiende muy bien es la truculencia de la acción. ¿Por qué se han ensañado de esa manera con el religioso? La situación que los periodistas encuentran en la capital del Tajo no puede ser más inquietante: una ciudad dominada por fuerzas oscuras (vientos satánicos que están representados por las altas jerarquías del ayuntamiento, el obispado e incluso la guardia civil), una agrupación de hebreos que custodian un secreto milenario, un historiador llamado Enric Cortázar que estaba desarrollando algún tipo de trabajo en colaboración con el padre O’Brian y que guarda el diario de éste... El fotógrafo de Mundos paralelos (Noyle) y la experta en fenómenos de tipo paranormal que lo acompaña (Cecilia) irán adentrándose sin darse cuenta en una trama de gelatinosas implicaciones oscuras, que los atrapará de forma inquietante.
Pero lo que diferencia esta novela de otras del mismo corte es la agudeza que Patrick Ericson utiliza para darle un giro a la narración, enriqueciéndola con matices teológicos (donde Pedro Calderón de la Barca comparte protagonismo con la película Matrix), con algunas audacias de tipo argumental (por ejemplo, cuando en la página 190 explica a los lectores la razón oculta de que la jerarquía nazi se mostrara tan interesada en aniquilar a todos los judíos de Europa, o cuando en la página 261 nos explica el vínculo entre Lucifer y Jesús de Nazaret), con poderosas páginas descriptivas (sólo hay que irse al capítulo 9 para comprobarlo: la manera en que es torturado Enric Cortázar produce un auténtico vuelco en el estómago de los lectores, que asisten a las atrocidades que un demonio le perpetra con la ayuda de instrumentos cortantes y con la colaboración de una rata hambrienta), etc.

¿Es posible (llegan a preguntarse los protagonistas de esta novela) que nos encontremos viviendo dentro de un mundo virtual, provocado por la mente de Lucifer? ¿Acaso nos movemos dentro de un escenario de pesadillas en las que nada es real (ese perturbador Nothing is real que cantaban los Beatles) y donde somos simples muñecos de humo? Por debajo de esta novela hay un plano de significación más profundo, que permitirá a unos pocos lectores deslizarse, si lo desean, por una cinta de Moebius de singular complejidad y de tenebroso espíritu: aquella que permite cuestionarse el universo en el que vivimos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Horas venecianas



Venecia es desde hace siglos (¿quién podría dudarlo?) una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Ha servido de inspiración a cantantes (desde el gran Charles Aznavour hasta los pequeños Hombres G), poetas (Pound, Gimferrer), novelistas (Thomas Mann, Juan Manuel de Prada) o cineastas (Visconti). Y ha sido objeto de contemplación para numerosos intelectuales que se han acercado hasta ella y luego nos han contado sus experiencias y opiniones acerca de la ciudad de los canales. Uno de los más reputados ha sido el neoyorkino Henry James, que firmó varios textos sobre la urbe que vio nacer a Casanova. La editorial Abada, con buen criterio y una excelente edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, ha puesto en las librerías un tomo de hermoso formato, con ilustraciones de Joseph Pennell, donde se alinean cinco trabajos de James, a cuál más intenso y encantador.
Comienza Henry James explicándonos que visitar la ciudad de Venecia, paladear sus colores y sentir su belleza estática y eterna es, a su entender, «la máxima felicidad que se puede alcanzar conservando la razón» (p.31). Y dentro de esa órbita de deslumbramiento, el novelista emite algunos juicios de gran interés sobre los artistas plásticos de la localidad, que podrían parecer incluso paradójicos, por su refinada formulación, y que obligan a reflexiones por parte de quien lee («Tiziano fue sin duda un gran poeta, pero Tintoretto fue casi un profeta», p.39). De ahí que su paseo por los lienzos, esculturas, canales y arcos de la ciudad llegue a momentos de intensa emoción. Porque James no sólo nos habla de San Marcos o el puente de Rialto, sino también del Palazzo Montecuculi o el Loredan, la Riva degli Schiavoni o los mil y un rincones asombrosos que atesora aquel rincón del mundo. El apasionado Henry James, consciente del fulgor inmarcesible de Venecia, llegará a decir en uno de los trabajos que contiene este volumen que «hacen falta muchas cosas para producir un norteamericano satisfecho, pero hacer a un veneciano feliz sólo requiere un puñado de sensibilidad despierta», p.55). No obstante, en medio de ese continuo éxtasis visual, James no desdeña tampoco la reflexión sobre algunas consideraciones prácticas, que traslada a sus lectores de un modo directo: «¿Cuál es la fuente de financiación de toda esta magnificencia cívica (mostrada de cien otras formas) y cómo se las arreglan las ciudades italianas para realizar gastos que resultarían formidables para comunidades más ricas y sin duda menos artísticas? ¿Quién paga las facturas sólo de las costosas estatuas?» (p.141).
De todas formas, y por debajo de estas consideraciones, hay a juicio de Henry James un peligro que amenaza de forma inmediata a esta población de la península italiana: el turismo. James, como otros muchos viajeros del siglo XIX que recorrieron buena parte del mundo empujados por la curiosidad estética o antropológica, cobijaba un desprecio más que notable por aquellos que viajaban de una manera distinta. El turismo de masas (del que apenas llegaron a conocer los albores) imponía una visión mucho más celérica, menos aristocrática; y eso les producía un repelús casi orgánico. Y ni siquiera la mejora del nivel de vida de los lugareños se les antojaba motivo de felicidad; al revés, incluso pareciera que les molestase. Henry James no escapa a esa tendencia y cuando, entre las páginas 98 y 99 del volumen, nos habla de Lido nos explica que el lugar «se ha estropeado» (sic) porque sus calles ahora tienen asfalto, presentan farolas de gas, disponen de tiendas, han ampliado los baños, se ha mejorado su restaurante y se ha construido un teatro. «Mejoras infames» a juicio a de James, que le han cercenado al lugar su carácter «silvestre». Ignoramos lo que pensarían sus sufridos habitantes, que quizá preferían mejorar un poco su nivel de vida antes que agradar a los turistas snobs.
Olvidándonos de esta anécdota, que no es sino un elemento espurio de este libro, qué maravilla volver a leer a Henry James. Toda la elegancia del prosista que construyó Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama o la voluminosa novela Las alas de la paloma está en estas páginas deliciosamente manuales con las que Abada Editores enriquece la bibliografía castellana de uno de los mejores prosistas de su tiempo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Oficios ejemplares



La historia de la literatura está llena de personajes que han desempeñado oficios de lo más diverso: pescadores (El viejo y el mar), capitanes de barco (Moby Dick), jóvenes oficinistas (La metamorfosis), militares retirados (El coronel no tiene quien le escriba), maestros (La lengua de las mariposas), médicos (Fausto), viajantes de comercio (Muerte de un viajante), gastrónomos moribundos (Rapsodia Gourmet), sacerdotes de conciencia turbia (La Regenta), periodistas con escrúpulos (Sostiene Pereira), agrimensores desconcertados (El castillo)... La lista se podría extender a lo largo de muchas páginas; y en ella encontraríamos profesiones de lo más variopinto. Pero he aquí que a la escritora mexicana Paola Tinoco, conocedora de esa larga tradición, se le ha ocurrido hace poco reunir un buen ramillete de estas ocupaciones anómalas en su libro Oficios ejemplares, que le ha publicado la editorial madrileña Páginas de Espuma.
Muchas de esas actividades profesionales ni siquiera están contempladas en los hospitalarios vademécums de los sindicatos (pedigüeño, ladrón de libros): y otras sí que lo están, pero bajo una tipificación menos rocambolesca que la que la ingeniosa Paola Tinoco construye para ellas (niñera, lavacoches). Y es que el gran atractivo de este volumen es observar cómo la autora, partiendo del enunciado de una profesión banal, paradójica o inexistente, edifica su labor de palabras y nos va perfilando unos hechos, unos paisajes y a unos protagonistas tan curiosos que, al fin, se quedan en nuestra memoria de manera indeleble.
Aportemos algunos ejemplos notorios: el de Gabriela, una mujer que es vilipendiada en público por su pareja y que, harta de humillaciones (y picada por la curiosidad), termina aceptando el curioso trabajo que le propone un sesentón con un aspecto inmejorable: acompañarlo a una fiesta y dejarse insultar por él con gesto de mansedumbre y resignación («Ceniciente humillada»); el de un honorable y viejo gurkha —un soldado nepalí— que, tras quedarse sin trabajo, acepta la oferta que le hacen una modelo famosa y su marido millonario para que se convierta en el nuevo protector de los hijos del matrimonio («Niñera sagrada»); el de El Piti, un pequeño proveedor de droga que cuando se dispone a efectuar una entrega para la narradora, Sheila, es abatido a balazos en plena calle por los componentes de una facción rival («Drug Dealer»); el de un actor que, falto de trabajo en su actividad cotidiana, penetra en los hospitales y, tras fingir que uno de sus familiares más queridos está necesitado de una operación muy grave y muy costosa, recauda una buena cantidad de dinero de la conmiseración ajena («Pedigüeño profesional»); o ese disparate, que firmaría y filmaría con gusto Quentin Tarantino, protagonizado por Tito y el narrador de la historia, cuya labor es la de limpiar escrupulosamente la sangre y las vísceras de los vehículos donde los narcotraficantes han ultimado alguno de sus ajustes de cuentas («Lavacoches»).
No obstante, como en el mundo de las predilecciones no hay reglas fijas, yo tengo un relato predilecto entre los catorce que forman este volumen: es el que lleva por título «Soñatriz» y está protagonizado por una mujer que consigue que las demás personas, con el simple procedimiento de acostarse a su lado y acompasar las respiraciones, se relajen y tengan sueños apacibles, que les hagan olvidar todas sus cuitas. Descubrió ese don mientras permanecía recluida en la cárcel; y ahora, tras su salida del recinto penitenciario, lo ha convertido en su actividad laboral. El problema vendrá con su último cliente, un hombre que desea relajarse y que la cita para tal fin en un hotel. (Que nadie se espante: por respeto a la autora y a quienes visiten su relato, me abstendré de desentrañar los detalles de su conclusión, que les anticipo que es maravillosa e inquietante).Con una prosa sobria y de gran limpieza, que Paola Tinoco pone al servicio de catorce argumentos tan sencillos como sorprendentes, Oficios ejemplares logra mantener la atención de los lectores desde la primera página y reclama un lugar en la cuentística más reciente. Sería sumamente injusto, después de ver estos relatos que le publica Páginas de Espuma, no concederle el derecho a ocuparlo. Las catorce historias contenidas en este trabajo demuestran que esta escritora mexicana tiene sin duda cosas que decir.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Unos días en el Brasil



Con una pregunta retórica que camufla tan sólo a medias una convicción meditada, Michel Lafon nos interroga en la página 80 de este libro: “¿Y si Bioy fuera el mayor diarista del continente?”. Amortajado y sin duda preterido por la sombra descomunal de Jorge Luis Borges, el argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999) es uno de los escritores menos justamente valorados de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. De poco parece servir, en nuestro mundo de etiquetas y de podios, haber escrito El héroe de las mujeres, Plan de evasión o La invención de Morel: a Bioy siempre se le señalará como el autor que, en el mejor de los casos, va después de Borges y de Julio Cortázar en la literatura argentina. El marchamo es desde luego injusto; y este pequeño cuaderno de notas que coeditan La Compañía (Buenos Aires) y Páginas de Espuma (Madrid) acaso contribuya a fomentar un tratamiento más razonable sobre este autor.
Invitado a un congreso del PEN Club en 1960, al que asiste con una cierta desgana irónica (“Yo no hablo. Soy escritor por escrito”, p.22) y en el que se desenvuelve con una frialdad muy poco corporativa (“Estos escritores, ¿no se preguntan en ningún momento si están jugando a ser diputados? Cómo les gustaría serlo”, p.28), Bioy Casares nos ofrece en estas páginas un mosaico de impresiones tomadas velozmente del natural, con voluntad casi taquigráfica. Contemplamos así un fresco dibujado con teselas multicolores (dulces, amables, agrias, incisivas, tolerantes, coyunturales, cáusticas), en las que opina sobre escritores célebres, como el italiano Alberto Moravia (“Impaciente e influenciable”, p.29); sobre algún otro, de cuyo nombre no nos informa (“Qué sinceramente interesado está en él mismo”, pp.33-34); o acerca de un delegado belga, al que crucifica con una definición tan aplastante como malévola, y cuyo término penúltimo no la exonera de crueldad (“Pesado, corpulento, gotoso, impaciente, malhumorado, hosco, quizá estúpido, a veces gracioso, mal poeta”, p.50)... Con un material que, en otras manos (como las de Andrés Trapiello), hubiera generado un volumen de medio millar de páginas, Bioy nos retrata unos días tediosos, poco enriquecedores para el escritor, de los cuales dejó también algunos documentos gráficos (como esas fotos de una Brasilia en construcción, que se anexan como epílogo del volumen). El dandy inevitable, el caballero casi anacrónico, el gourmet exquisito que fue Adolfo Bioy Casares nos asalta en cada una de estas páginas, con cuya lectura se amplía nuestro conocimiento de la persona y también del personaje. Una buena ocasión para acercarse a uno de los grandes (en la sombra) de la literatura.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El procurador de Judea



Por uno de esos misterios que de vez en cuando atraviesan el mundo de la literatura y que lo enrarecen y pueblan de mitos, he aquí que la obra literaria de Anatole France (1844-1924) nunca ha sido especialmente leída en España, donde más de un profesor de literatura tendría problemas para determinar si se trataba de un hombre o de una mujer (vive Dios que he hecho la prueba, con chocantes resultados). Ni siquiera su premio Nobel del año 1921 le deparó una mejora visible en la consideración del público lector de este lado de los Pirineos. Ignoro si sus ideas sociales, avanzadas para la época en que vivió (propugnó la separación de la Iglesia y el Estado, se significó como uno de los valedores más aguerridos del capitán Dreyfus, luchó por los derechos sindicales de los trabajadores, etc), pudieron influir en ese despego, que no ha sufrido alteraciones significativas en los últimos decenios.
Para subsanar esa injusticia, tal vez no sea una mala idea la de acercarse a algunas de sus obras y comprobar por nosotros mismos la originalidad de sus temas y los muchos primores que su narrativa incorporaba. La editorial Contraseña nos ha facilitado recientemente esta aproximación gracias a un libro titulado El procurador de Judea, que ha traducido María Teresa Gallego Urrutia y que ha prologado, tan breve como juiciosamente, el también formidable novelista Ignacio Martínez de Pisón. En esta obra se nos traslada hasta el siglo I y se nos explica cómo Aelio Lamia, retirado en un exilio forzoso que distrae con los deleites del paisaje y con la lectura reposada de los textos de Epicuro, descubre un día aproximándose por un sendero la litera que transporta a Poncio Pilatos, antiguo procurador de Judea al que le unió hace años una cierta amistad. Este último vive actualmente en Sicilia con su hija, y comercia en trigo. El recuerdo que guarda de los judíos no puede ser más agrio: dice que le «colmaron de amargura y asco» (p.24) y que, sin duda, se les puede considerar como los peores «enemigos del género humano» (p.29). La acrimonia que por ellos experimenta no ha decrecido ni un ápice con el paso del tiempo, como bien puede comprobar el sosegado Aelio Lamia mientras lo escucha (y cualquier lector, mientras lo lee). ¿Cómo es posible (se pregunta, perplejo, un bilioso Poncio Pilatos) que se aplicaran con tanto ahínco a obstruir sus razonables órdenes de gobierno y que se negaran a integrarse en la pax romana, que tanta felicidad y tan sosiego podría haberles dado? Más tarde, cenando juntos, Poncio Pilatos manifiesta ante Aelio Lamia que los judíos, con su ceguera mesiánica, no serán nunca un pueblo con el que se pueda convivir: adolecen de una intolerancia religiosa sin fisuras, que los vuelve potencialmente peligrosos siempre.
Pero lo más llamativo de la historia viene cuando, acabándose ya la acción de la misma, Aelio Lamia rememora a una mujer judía de la que estuvo prendado (bailaba voluptuosamente, y él era un hombre ardiente, que la miraba con deseo). Ella, de pronto, dio un giro a su vida y, abandonando la disipación, el erotismo y los placeres mundanos, se sumó a una pequeña insurrección que tuvo lugar en aquel tiempo, protagonizada por un joven taumaturgo «que se hacía llamar Jesús el Nazareo» (p.46). Poncio Pilatos, después de forzar la memoria y sin que en su voz o en su actitud se perciba la más mínima dosis de cinismo, dice no recordar nada de aquel revolucionario que terminó muriendo en la cruz. Los lectores, como es lógico, se llevarán una sorpresa con esta revelación... Pero en el fondo no es tan disparatada. ¿Por qué habría de recordar el procurador de Judea, asaltado durante su gobierno por mil y una rebeliones, incordiado por mil y un falsos profetas, a un galileo insignificante que fue ajusticiado sin más problemas? Anatole France, con una prosa elegantísima y con una capacidad notable para adentrarse en la mentalidad de sus protagonistas, nos brinda en estas páginas un fabuloso retrato de época, que merece sin duda nuestra atención. Y la editorial Contraseña, por la misma razón, nuestro agradecimiento. Recuperar a los grandes de la literatura siempre es una excelente idea.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El tercer secreto



Es una queja muy extendida entre los críticos literarios y entre personas vinculadas al mundo de la religión: la iglesia católica se ha convertido de unos años a esta parte en elemento central (casi diríamos que obsesivo) de muchas obras, que parecen haber encontrado en ella el filón necesario para alimentar el ansia de misterios, enigmas, complots y oscuridades que ciertos lectores demandan de las novelas más trepidantes. Autores como Dan Brown, Umberto Eco, Matilde Asensi, Jerónimo Tristante, Philipp Vandenberg y tantos otros (la lista es realmente kilométrica) han escarbado en los entresijos de la historia del cristianismo en busca de materiales que luego servir en forma novelesca, con más o menos manipulaciones, con más o menos elegancia, con más o menos escrúpulos: los templarios, el arca de la Alianza, las catacumbas, los evangelios perdidos, los cuadros misteriosos de Leonardo Da Vinci, las catedrales, el santo Grial, el Camino de Santiago, los viejos manuscritos medievales, María Magdalena...
Seix Barral nos ofrece ahora, en la traducción de Diego Friera y María José Díez, la novela El tercer secreto, del norteamericano Steve Berry, que gira alrededor de uno de los episodios más conocidos del catolicismo del siglo XX: las apariciones de Fátima. Como quizá recuerden los lectores de esta reseña, tres pastorcillos llamados Lucía, Jacinta y Francisco, con graves problemas familiares y adornados por un delicioso analfabetismo (es lástima que la Divinidad nunca se aparezca a catedráticos universitarios), aseguraron haber visto a la Virgen en el verano de 1917. Desde ese instante, la localidad portuguesa se convirtió en uno de los centros más importantes de peregrinación y culto de la cristiandad. Tres fueron los secretos que la Virgen les reveló, según afirmaron, en aquellos parajes: los dos primeros (que se relacionaban con la guerra mundial y con la conversión futura de Rusia) nunca comportaron enigma alguno... pero sí lo incorporaba el tercero, que quedó empañado por un tenebroso oscurantismo. ¿Qué había dicho la Virgen en ese tercer secreto, anunciado a la niña Lucía (posteriormente sor Lucía)? ¿Por qué la Iglesia se obstinó en recluirla en un lugar donde nadie pudiese hablar con ella y preguntarle por aquellas palabras misteriosas? Cuando el papa Juan Pablo II hizo que el contenido del tercer secreto fuera divulgado en el año 2000, el asunto pareció quedar por fin zanjado.
Pero Steve Berry, amparado en su condición de novelista, acude entonces a su imaginación y concibe una historia trepidante, ingeniosa y montada con gran habilidad, donde nos ofrece otra interpretación: el tercer secreto de Fátima no fue revelado entero por el Sumo Pontífice. Algo quedó sin difundir entre la opinión pública. Algo sumamente importante. Tan importante que puede socavar de forma gravísima los cimientos de la Iglesia Católica y hacer que se desmoronen sus más sólidas estructuras. Y como ya preveo las sonrisas de los lectores más serios, me adelantaré a las objeciones y a las ironías: ¿que la base novelesca es previsible? Obviamente. No osaría negarlo. Ni siquiera Steve Berry se atrevería a hacerlo. Pero es que resulta que no está ahí la importancia de esta novela, sino en su solidez de orden literario. El escritor de Atlanta se sirve de esos elementos para ofrecernos una historia donde son muchos otros los atractivos: la crónica de las intrigas diplomáticas que se producen en el Vaticano, la secreta guerra fría subterránea que se establece entre dos candidatos firmes para hacerse con el papado, las escuchas telefónicas que se urden, los chantajes más viles, los crímenes de sangre, los turbios resortes del poder que se esconden en la sombra, el suicidio de dos sumos pontífices consecutivos...Steve Berry no esconde sus cartas, pero sí que las utiliza con una pasmosa (¿podríamos decir endiablada?) eficacia. Amparándose en las célebres predicciones papales de san Malaquías, que auguraba el sangriento final de la Iglesia Católica cuando subiese al poder un papa que se llamase Pedro el Romano (es decir, Pedro II), nos entrega un artefacto de explosiva contundencia literaria. A mí, que no suelen gustarme las historias en las que se juega con este tipo de tejemanejes donde religión y oscurantismo se dan la mano, la obra de Steve Berry me parece más que solvente. No me arrepiento de haberla leído.