jueves, 6 de marzo de 2008

Días de diario



Disponemos en España de pocos genios literarios vivos. Existen, sí, varios escritores prodigiosos (Manuel Rivas, Juan Marsé, Quim Monzó); pero genios, lo que se dice genios, sólo disponemos, en mi opinión, de dos: Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada. Y ambos, curiosamente, publican con el sello Seix Barral.
Ahora, el jienense Muñoz Molina ve publicado con esa misma editorial su breve obra Días de diario, un cuaderno de bitácora mínimo, humilde, delicioso en su desnudez retórica, donde nos va dando cuenta de cuatro meses en la vida del autor. Cuatro meses (desde julio hasta noviembre de 2005) en los que el narrador andaluz y su esposa, la también novelista Elvira Lindo, estuvieron en la ciudad de Nueva York, escribiendo, paseando, empapándose de otra cultura, otro clima y otras amistades; cuatro meses donde no les pasó nada excepcional, salvo el mero milagro de vivir, de componer sus obras, de charlar sobre mil y un temas, de añorar a la familia, de respirar otra atmósfera.
Todo este volumen tiene la tibieza humana de un álbum de fotografías: su madre (a la que llama por teléfono con cierta languidez), su padre recién fallecido, sus hijos, las noticias que lo perturban (como las que rodean al terrible huracán Katrina), los paisajes y sus colores, los restaurantes que van descubriendo, algunas consideraciones pedagógicas de gran interés («Siempre he pensado que a los hijos hay que exponerlos a las obras maestras del arte, igual que al aire saludable y al sol», p.62); reflexiones serenamente lúcidas sobre cuestiones sociales («La política crea conflictos donde no existían y agrava los ya existentes en lugar de resolverlos. Véase la alarmante actualidad española. La política, en países como España, es echar sal en las heridas y gasolina en el fuego, y encender hogueras donde no las había. El presente inquieta más cuando se piensa en lo que fue el pasado», p.54)… Y, de fondo, la gestación del libro El viento de la Luna, que tiene al autor ocupado y preocupado («Me da mucho miedo pensar que la novela no salga bien, porque en estos tiempos creo que es imprescindible y urgente para mí terminar una buena novela. Vital para mi buen nombre y para mi confianza en mí mismo, tan debilitada últimamente», p.9).
Para todos aquellos que, engañados por las dimensiones del volumen, puedan deducir que nos encontramos ante una obra menor de Antonio Muñoz Molina, convendría recordar la prudente advertencia del arcipreste de Hita acerca de las virtudes de lo pequeño: en una diminuta colección de páginas honestas y bien trazadas puede haber más belleza que en un mamotreto de medio millar de folios. Aquí, estén ustedes seguros, ocurre de ese modo.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Después de muertos



Seguramente, si nos preguntan con qué asociamos el nombre de Haití, lo más frecuente será que respondamos que con el vudú, ese rito extraño, tribal y desconcertante que afirma que puede resucitar a los muertos y convertirlos en unos seres llamados zombis. José María Latorre aprovecha ese hilo tan famoso para contarnos la historia de John Scott, un huérfano de 14 años que, desde Plymouth, viaja hasta la isla caribeña, donde su tío Philip, un rico propietario de plantaciones, ha aceptado cobijarlo tras la muerte de sus padres.
Pero los problemas de Johnny no se cancelan con este recibimiento familiar, sino que se inauguran: poco a poco, irá descubriendo que en la casa de sus tíos ocurren cosas demasiado extrañas. Sus primos (Chantal y Alfred) no parecen sentir ningún afecto por él; su tío procura mantenerlo alejado de ciertos lugares de la casa; la criada y cocinera Monique no se molesta en disimular el disgusto que le provoca la presencia de John; y su tía Marge no se ha dignado ni siquiera a hacer acto de presencia (todos le dicen a John que está convaleciente de una grave enfermedad, y que es mejor que se mantenga alejado de sus habitaciones). John, que es un muchacho con inquietudes musicales, pictóricas y literarias, no sale de su asombro ante el enrarecido ambiente de aquel enorme caserón. Ni se le quita el miedo del cuerpo cuando le informan de la atroz dictadura que Duvalier mantiene en la isla, auxiliado por los eficaces y brutales Tontons Macoute (su casi todopoderoso cuerpo de guardia). Y la situación no mejora cuando se entera de que su tío, en realidad, es un houngan (un sacerdote vudú). Y tampoco mejora cuando descubre, en el frigorífico de la cocina, un enorme recipiente lleno de sangre fresca. El único aliado con el que puede contar es Benjamin Perkins, un profesor al que tío Philip paga para que le dé clases particulares a John. Pero muy pronto los acontecimientos volverán irrespirable el aire: ceremonias alucinógenas, crímenes, enterramientos en vida, ocultamientos, persecuciones… ¿Qué posibilidades tiene un chico de 14 años de sobrevivir a todos esos horrores? José María Latorre consigue elaborar una obra, trepidante, muy bien escrita y resuelta con elegancia, que quedará en la memoria de los lectores. Una espléndida propuesta.

jueves, 14 de febrero de 2008

Pídeme la luna



¿Quién no ha escuchado, o leído, o visto en televisión, alguna historia de "bulling"? Se trata de personas que sufren acoso en sus trabajos, en sus centros de enseñanza o en sus localidades, y que tienen que abandonar su vida corriente por la presión de los indeseables que los martirizan. En el mundo escolar, el caso que más celebridad ha cosechado (triste celebridad, infame celebridad) fue el de Jokin, un adolescente que, harto de soportar las palizas y los insultos de sus compañeros de instituto, se arrojó desde lo alto de la muralla de Hondarribia (Guipúzcoa). Care Santos, sin duda conmovida por acontecimientos terribles como éste, ha escrito un texto durísimo cuya protagonista es Blanca, una chica de 16 años que estudia en el IES Esquivias Galerón y que sufre el maltrato físico y psicológico de Álex, un auténtico energúmeno que capitanea a un grupo de descerebrados cuya única misión en la vida parece ser machacarla día tras día, con vejaciones, insultos y todo tipo de sevicias. La muchacha sólo encuentra dos ventanas por las que le llega la luz: su amiga Irene (que la apoya en todo momento, y que trata de animarla en sus momentos bajos) y Miwok (un internauta del que anda enamorada, y que le corresponde). Pero conforme vamos avanzando por la novela descubrimos que los horrores pueden acumularse sin límite sobre las personas, y que a la muerte de su padre (que ha sido atropellado) se une la muerte de su perro (llamado Kafka) y, guinda que corona el pastel, la decisión de su madre de casarse con el hermano de su antiguo marido. Blanca, que se considera traicionada en el instituto y dentro de su propio hogar, vive como quien camina sobre un alambre, a muchos metros del suelo. Y se dedica a escribirle largos correos electrónicos a su hermano mayor, explicándole cómo se siente y tratando de mantener un vínculo imposible con él, que se encuentra muy lejano. Varias sorpresas de gran envergadura (que afloran en las páginas finales de la obra) dejarán al lector con la boca abierta, y le provocarán deseos de leer más libros de Care Santos. Si ocurriera así, me permito deslizar una sugerencia: que acudan a la novela Laluna.com, con la que esta excelente escritora catalana obtuvo el premio Edebé hace algunos años. Me agradecerán el consejo.