martes, 4 de agosto de 2020

Tiempo para los pájaros


Siempre ha habido obras literarias donde se nos propone algo parecido a un retrato generacional. A veces, se trata de una planificación consciente por parte del autor (pienso en las novelas iniciales de José Ángel Mañas o Pedro Maestre); pero en otras ocasiones es, más bien, un proyecto que se cumple de forma casi accidental (aduciré los nombres de Jack Kerouac o Julio Cortázar). En el caso de Tiempo para los pájaros, de la cántabra Celia Corral Cañas, volvemos a encontrar un libro de ese rango, que obtuvo el premio Carmen Martín Gaite en el año 2019.

Pero hay una característica que lo diferencia de otras obras de parecido espíritu: frente a la mediocridad literaria de krónenes y dinosaurios (que el viento de la sensatez barrió con eficaz y justa prisa), estas páginas de Celia Corral constituyen una asombrosa cosmogonía, un retrato del estar en el mundo, una crónica íntima admirablemente pensada y redactada, que está llena de frescura, fluidez, verdades, desgarros, lágrimas, perplejidad, remordimientos y furias. Tenemos meditaciones sobre Indonesia y el vegetarianismo, sobre los contratos basura que encepan las vidas de los más jóvenes, sobre los vecinos impertinentes, sobre las gatas, sobre los rescoldos olvidados (e inolvidables) de las guerras, sobre el frío y el trocánter, sobre la tristeza de disfrutar de alegría, sobre el juego de las sillas musicales, sobre un endecasílabo de Octavio Paz que se tatúa en un antebrazo, sobre los sándwiches de aguacate, sobre pájaros que nos salvan del suicidio, sobre nacer en Invernalia y no saber cuándo llegará el primavera.

“Qué sentido tiene esto que estoy escribiendo, pienso a veces. Adónde me llevará”, nos dice la autora en la página 53. Quizá nos lleve simplemente a la constatación de que el sinsentido también debe ser narrado, para que la luz inunde algunos de los corredores oscuros. Nuestras vidas son (admitámoslo) como vidrieras: están formadas por centenares de cristalitos emplomados, y no siempre la luz incide del mismo modo sobre todos ellos; ni colocamos nuestros ojos sobre el mismo cristal para observar el otro lado; ni podemos evitar cortarnos con el borde de alguno. Somos esplendor y miseria. Somos tinieblas y luz. Somos dolor sonriente y sonrisas quebradas. Somos paradojas. Celia Corral, tan joven, ya ha sido capaz de verlo y escribirlo en esta obra lúcida, intensa y sabia. No la pierdan de vista.




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