martes, 20 de octubre de 2020

Clepsydra

 


Mi amiga Teresa, exquisita y siempre atinada, me trae de Portugal un libro que llena de poesía mi tarde del domingo: Clepsydra, de Camilo Pessanha, en una hermosa edición bilingüe con traducciones de Jerónimo Pizarro y María Matta, ilustraciones de André Carrilho e introducción de Helena Carvalhão Buescu.

Son textos llenos de silencio, y también de visiones deliciosas: corazones perdidos o tristes que se arrastran por el suelo, asimilados a gusanos; soledades inefables después de la batalla; inviernos que colonizan el paisaje y el alma; poemas de una textura delicadísima, que se construyen para homenajear a la madre; pasos en la arena húmeda de una playa; revelaciones religiosas; reflexiones sobre el poder curativo o lenitivo de la amistad; canciones imborrables sobre la separación entre personas que se quieren; estupendos (algo melancólicos) versos sobre cómo los años se abalanzan sobre los bohemios, intentando derruirlos o amilanarlos; la calma de la muerte, frente a las aceleradas abominaciones del mundo.

Pero, entrelazado con todas esas bellezas temáticas y estilísticas, hay un elemento que me perturba: la traducción. No me atreveré a señalar (por desgracia, ignoro la lengua portuguesa) que resulte despreciable; nada más lejos de mi ánimo. Llevo toda mi vida dando las gracias a los traductores, porque me han permitido conocer a centenares de autores que me hubieran estado vedados sin su ayuda; así que figúrense si voy a menospreciar a Pizarro y Matta. En absoluto. Se trata, tan sólo, de una inquietud personal: si cambiamos las palabras del poeta por otras menos exactas, con el único fin de mantener la rima, ¿estamos siendo justos con el “espíritu” del compositor? En este volumen se puede comprobar en infinidad de casos que se ha preferido la rima a la semántica, y tal decisión a mí no me convence. Miguel de Unamuno afirmaba que la poesía es demasiado importante para ser transformada en música. Elegir la música de la rima frente a la música del sentido me parece discutible. Y aporto dos ejemplos de la página 81, como mera ilustración: si Camilo Pessanha habla de una frialdad que “não entristeça ninguém”, sus traductores optan por decir que “a nadie haga rehén” (para que luego rime con “desdén”). Un volatín muy forzado. Y, poco después, el verso “Que frio, que desconsolo!” se transmuta en “¡Qué frío, qué contienda!” (para que rime con “prenda”). Otra cabriola imperdonable.

Salvados esos arrecifes (cada verso que me gustaba lo miraba a continuación en su versión original, a la izquierda), el tomo es magnífico, enriquecedor. Y me permite seguir aumentando mis lecturas portuguesas, de las que nunca me sacio.

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