sábado, 4 de abril de 2026

Las crines


 

“Estoy aquí, sigo aquí, pero no puedo decir qué me trajo exactamente. Un cambio de aires, como tú decías”. Son las palabras que un catalán del Empordà escribe a su amiga Juana, que le ha prestado su hacienda La Magnolia, en la Argentina, para que permanezca en ella por un tiempo. No sabemos si huye, no sabemos si busca, no sabemos si encuentra: el alma y sus silencios resultan a veces muy intrincados como para poder reducirlos a fórmulas sencillas. Con pequeños capítulos que son fogonazos de luz (y también fogonazos de oscuridad, al modo de aquella luz negra de la que hablaba Salman Rushdie en su obra Harún y el mar de las historias), Marc Colell nos va dejando que observemos su cajón de recuerdos, donde todo es diminuto y significativo: esos sapos que se cuelan al atardecer en la casa, tercamente exactos; el viejo caballo Potricox, que come sus manzanas y le da serenidad al protagonista; el abrumador festejo de carne al que es invitado por el potentado Alfonso Urrutia; la extraña pareja formada por don Emilio y su hija Rosita; los niños que juegan a galopar agarrándose a las crines de los corceles; las carreteras interminablemente largas y anodinas; los cuises que se pasean por el césped, con calma de sultanes.

Y el lector descubre pronto que está siendo convocado a una ceremonia sacra, en la que deberá revisar, ordenar y ensamblar todas las piezas para adentrarse en una explicación que dé orden al conjunto. El protagonista de esta novela viaja a la Argentina con una llave en el bolsillo, pero seremos nosotros quienes habremos de dilucidar cuál es la cerradura en la que encaja. Disponemos de muchas escenas simbólicas (tormentas que incrementan la angustia, lonas que protegen del horror un cuerpo, la orfandad del protagonista, el whisky como narcótico o como salvoconducto, ladridos pavorosos en medio de la noche, una cueva donde cierta muchacha permanece en cuclillas y emite sonidos inescrutables), y será necesario que nos mantengamos alertas para hilvanar todas las cuentas y formar el collar.

Marc Colell es una voz, como diría Gabriel Celaya, cargada de futuro. Pero esa voz ya nos ha entregado tres libros asombrosos, egregios, de puro y brillante presente, así que no esperen demasiado para conocerlo.

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