lunes, 4 de febrero de 2019

Chatarra




El astuto arcipreste de Hita, al que la vida había adiestrado en el noble arte de enunciar grandes verdades con la ligereza aparente de quien expele tontunas, manifestó en el siglo XIV que en lo pequeño era donde se podían encontrar las más altas maravillas. Y para demostrar su tesis hablaba de los perfumes, de las piedras preciosas y de los pájaros de canto más seductor. Si el bueno de Juan Ruiz viviera ahora tal vez ampliaría la enumeración a las editoriales pequeñas, donde en los últimos años están siendo descubiertos una serie de autores que, con la maravilla de su estilo y con el aire fresco de su imaginación, están renovando el panorama de la narrativa española de principios del siglo XXI.
Tal es el caso del sello Calambur, que no sólo apuesta por voces consagradas (como Félix Grande, Juan Pedro Aparicio o Ambrose Bierce) sino que tiene el gran coraje de publicar a gentes como Daniel Ruiz García, del que editó este Chatarra en 1997 (cuando el autor rozaba los veinte años). Una década más tarde la excelente pieza volvió a los escaparates en su segunda edición, después de que el director de cine Rodrigo Rodero la convirtiese en un cortometraje premiado dentro y fuera de España.
Ya desde la primera página advertirá el lector que no se encuentra ante una obra “normal”, sino ante un ejercicio de fluencia, ante un río de lava narrativa que bulle, se ondula, avanza y produce asombro. Mediante frases muy cortas que se van engarzando con abundancia de nexos y yuxtaposiciones, el autor nos va empujando a través de un turbulento episodio de violación: Irene, la hija del minero Augusto y de la desequilibrada Mercedes, aparece muerta en el río, con evidentes signos de abuso sexual, una semana después de que su hermano Demetrio, un retrasado, se arrojase (o fuese arrojado) desde lo alto de un campanario. Imaginen la perplejidad del pobre sargento del pueblo, desbordado por la magnitud del episodio; y traten también de imaginar cómo encaja la llegada de un inspector y de varios policías que, desde la capital, vienen a conducir la investigación. Introduzcan en ese turbio y letal cóctel a la mejor amiga de Irene, la tímida Margarita; a Jacinto, el novio de la chica muerta; a Joaquín, el ambiguo e inquietante encargado de la funeraria; y al turbión de vecinas y curiosos que, desazonados, rodean a los protagonistas del suceso; y añadan, sobre todo, la presencia de docenas de frases que podrían ser versos (“Qué importa la vida si la luna no te tiene respeto”).
El resultado es fácil de resumir: una novela talentosa e inteligente, muy recomendable.

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