domingo, 20 de enero de 2019

Atrapada




Los desórdenes familiares y la repercusión que tienen sobre los adolescentes es un tema que, literariamente, favorece unos argumentos muy llamativos. Ocurre también en esta narración de José María López Conesa, que lleva por título el de Atrapada y que vio la luz en el año 2006, con el sello Nausícaä.
Tres protagonistas (la triple A) construyen la base de la novela: Anabel (quien a sus 14 años está viviendo un auténtico infierno, con la separación traumática de sus padres), Aurora (la madre, que ha descubierto por fin la libertad y que la está gozando sin cortapisas, en medio de salidas nocturnas y compañías masculinas de lo más variadas y frecuentes) y Augusto (quien ha sucumbido al canto de sirena del alcohol y que vagabundea en medio de perdularios y maleantes, durmiendo en lugares infectos y con la autoestima a la altura del betún). Sobre ese triángulo incidirán diversos vectores, positivos y negativos. Entre los primeros se encuentra Roxi, maestra de Anabel, que intenta ayudarla a conseguir el equilibrio en sus emociones; entre los segundos, Bustelo o Walter, que se afanarán en utilizar de mala manera a la incauta adolescente.
Con una acción rápida y llena de meandros, el escritor molinense nos presenta una importante cantidad de reflexiones sobre la vida, la rectitud, los nexos familiares o el amor; y también sobre los cambios íntimos (y también sociales) que van experimentando sus personajes a lo largo del tiempo, sin permitir que los lectores se aburran en ningún instante. Una propuesta llena de interés.

sábado, 19 de enero de 2019

Caminos de otoño



Cuando apenas tenía 28 años, José Ignacio Nájera (Xauen, 1951) se fue a vivir a Murcia, y allí se dedicó a impartir clases de filosofía. Comenzó su andadura con la publicación de algunas novelas, como Olvídate de Alcibíades o Hermanos mayores; y luego obtuvo (en medio de una sonora polémica) el premio Pío Baroja por su obra El enfermo epistemológico (1991). Pero hoy lo traigo a esta página por Caminos de otoño, el ensayo que le publicó la Editora Regional de Murcia tras haber obtenido con él el premio Miguel Espinosa.Nájera, camuflado bajo la piel de un librero que toma nota de sus ideas para entender mejor el mundo (y para entenderse mejor en él), se planta inflexible ante los filósofos más conspicuos, ante las ideologías, las religiones, la Historia, los grandes santones culturales, los poetas, los cineastas, las Torres Gemelas, el fundamentalismo, el racismo o la política nacional; y a todos los somete a la más dura de las pruebas: la del análisis inteligente y desprejuiciado, huérfano de tabúes. Así, liberado de cortapisas que condicionen el rigor de su pensamiento, Nájera se negará a la comodidad confortable de las creencias trascendentes, y nos dirá que la religión es “la locura que saca de la locura” (p.11); se pondrá cartesiano (en su variante alicaída) y nos comunicará que la última certeza absoluta del ser humano es “Pienso, luego muero” (p.79); se negará a una posible adscripción ideológica inocente, afirmando que “la Historia ha dado ya tantas vueltas que nos ha dado tiempo a ver el crimen en todos los puntos cardinales” (p.147); descreerá inflexible de los políticos y concluirá que “nadie que detente el poder evoluciona desde sí mismo” (p.180); o, en fin (y no agoto, ni mucho menos, el catálogo de sus zarpazos), jugará a la boutade diciendo (y lo dice en serio, y lo argumenta) que “la defecación y el parto son los dos actos más parecidos que hay” (p.103).

En suma, una propuesta ideada para lectores inteligentes y con ganas de pensar, que estén dispuestos a despojarse de todo prejuicio antes de entrar en el tomo, y que saldrán del volumen pletóricos, liberados y excitados desde el punto de vista intelectual.

viernes, 18 de enero de 2019

Factbook




Acudamos a una cita de la página 216 de esta novela: “La pregunta de Factbook no es ¿qué estás pensando?, sino ¿qué has hecho?”. Es la forma que tiene el autor, Diego Sánchez Aguilar, de recordarnos que el mundo que nos rodea, acelerado vertiginosamente hacia el desastre, ya no exige de nosotros una actitud pasiva o contemplativa, ni la adopción de una pose testimonial, sino que requiere nuestros actos, nuestra implicación enérgica, la voz muscular de nuestra ira. Entre otras pocas porque es hora de plantearnos en serio la pregunta fascinante y frontal que nos lanzó el catalán Kiko Veneno en una de sus canciones: “¿Para qué quieres la información, si no la usas?”.
En esa línea, Factbook (Candaya, 2018) es la novela del despertar, el chasquido de dedos que pretende sacarnos de la hipnosis interesada en la que los poderes políticos y las elites económicas han logrado sumergirnos desde hace décadas, convenciéndonos de que el curso de la Historia circulaba por los carriles adecuados, y que pretender explorar otros diferentes constituía un desatino. Por eso, Diego Sánchez Aguilar, que ya había hecho saltar la banca de la excelencia con su libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino repite éxito con esta novela auroral, densa, vigorosa e inteligente, en la que los desahucios, la corrupción, la especulación inmobiliaria, la muerte de las ilusiones, el capitalismo salvaje, las manipulaciones mediáticas, la erosión calculada de la educación pública, las series de televisión en las que se maneja la conciencia y la ideología de los espectadores, las hipotecas subprime, el Fondo Monetario Internacional, la CEOE, las redes sociales entendidas como narcótico o desahogo, los gestos éticos en Change.org o el saqueo infame del dinero público se van trenzando para conformar una malla que asfixia y que revela minuciosamente el mundo real (¿o quizá irreal?) en el que vivimos.
Nos encontramos en estas páginas a Rosa, una profesora de instituto con un alto nivel de compromiso político y social, que ha participado en infinidad de manifestaciones y que lucha contra los desmanes del Sistema desde la PAH y desde su centro de enseñanza. Nos encontramos también con Gustavo, un guionista televisivo de éxito que ha decidido acudir a un hotel abandonado de La Manga del Mar Menor para someterse a un curioso tratamiento. Y encontramos, como telón de fondo, los Toros de Osborne (que empiezan a servir como patíbulos para que anónimos vengadores ahorquen a algunas de las personas que han provocado la brutal crisis económica que padece el país) y una extraña organización llamada Factbook, tan inquietante como nebulosa.
Nada más que añadir. Quede el resto (y el reto) en manos de cada persona que lea el libro. Esta novela egregia, de la que esperaba mucho pero que me ha dado más, no admite resúmenes ni etiquetas: es brillantez e inteligencia en estado puro. Diego Sánchez Aguilar, increíblemente, lo ha vuelto a hacer.

miércoles, 16 de enero de 2019

Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible




Lo dice Constance de Salm en la introducción de la obra (“Quería esbozar un cuadro o, mejor dicho, una especie de estudio sobre el corazón de una mujer”, p.11), y a fe que lo cumple con anonadante precisión, porque las cartas que la protagonista de este libro va dirigiendo a su amado conforman un dibujo tan delicado, tan exhaustivo, tan profundo, que terminas sintiéndote subyugado por él… En síntesis, asistimos al proceso anímico que experimenta una mujer que observa a su amado marchándose de una fiesta junto a otra dama. Al principio, trata de distraerse de esta imagen paseando o pintando, pero su recuerdo llega a torturarla hasta extremos inauditos. ¿Por qué se ha ido con la señora de B.? ¿No se da cuenta del dolor que le están provocando los celos? ¿O es que acaso le da igual causarle esa aflicción? “Creía respirar fuego”, anota con rabia en la página 26.
Durante todo el día, con su noche, la dama escribe y escribe, desgarrada, febril, compulsiva, y va haciendo que su sirviente Charles lleve lo escrito a casa de su ingrato enamorado, quien no puede recibirlas por encontrarse ausente. ¿Tal vez sigue con ella? ¿Son ciertos los rumores que le llegan a la narradora acerca de un matrimonio secreto que está a punto de celebrarse y en el que el nombre de su amado aparece comprometido? Por fin, cuando el vértigo y la decepción alcanzan sus límites máximos, la noble y sensible dama piensa en la posibilidad de poner fin a su vida, que considera vacía sin la presencia del inesperado traidor; pero una noticia sorprendente vendrá a rematar la obra con un tirabuzón narrativo, que la autora gradúa y expone maravillosamente.
El único inconveniente que le veo a la obra pertenece, me temo, más a la labor de la traductora que a la pluma de Constance de Salm: la impericia a la hora de mantener los tratamientos de “tú” y de “vos” de forma coherente y homogénea. Así, no es raro encontrarse con galimatías lamentables como éste: “Os lo he dicho cientos de veces: Amor mío, ándate con cuidado; tu infidelidad me mataría; y me matará, os lo repito” (p.66). Si tal desliz se cometiese una vez, ni lo mencionaría; pero su proliferación, más que notoria, aconseja a la editorial Funambulista que revise el texto para una posible y merecidísima nueva edición.

martes, 15 de enero de 2019

Literatura y Guerra Civil




Ramón Jiménez Madrid (Águilas, 1945), uno de los estudiosos más serios y constantes que ha tenido la historia de la cultura murciana del siglo XX, nos ofrece en su trabajo Literatura y guerra civil (Nausícaä, 2006) un recorrido por la obra de todos los poetas, novelistas y dramaturgos que, de forma directa o tangencial, han utilizado en nuestra región el tema de la guerra civil de 1936 como sustancia o telón de fondo para alguna de sus producciones. Y de ese empeño (que era arriesgado y tortuoso, aun a la altura en que nos encontramos) sale indemne gracias a una enorme capacidad para objetivar los análisis, para no sucumbir a la tentación del panfleto, para no cargar las tintas en ninguno de los frentes y para tratar, siempre, de mostrarse integrador, comprensivo, lúcido y dueño del arma más poderosa e insobornable que puede esgrimir un crítico: la inteligencia.
Este trabajo, en palabras de su autor, se plantea como “un libro sencillo que pretende ser claro” (p.27). Y a fe que consigue su propósito. El profesor Jiménez Madrid ordena a los escritores en tres grupos diferenciados, según su edad y su cercanía al conflicto (los participantes en la guerra, los hijos de la guerra, los nietos de la guerra); y luego va aproximándose a sus obras (incluidas algunas inéditas), extrae de ellas las más jugosas citas, entresaca la esencia de su ideología y nos va dibujando, con pinceladas sutiles, el espíritu de estos hombres y mujeres que escribieron desgarradamente sobre “aquella trágica noche española que duró casi tres años” (p.121). Entran aquí poetas (Carmen Conde, Eliodoro Puche, Vicente Medina), autores de cuentos (Alfonso Martínez-Mena), dramaturgos (Fernando Martín Iniesta) o novelistas (Gregorio Javier, Jaime Campmany, Salvador García Aguilar), que escribieron en tiempos difíciles y que se obstinaron en dejar su testimonio para que las generaciones futuras tuvieran noticia de aquellos años atroces y fratricidas, en los que tantos horrores y errores se cometieron.
Refiriéndose al novelista lorquino José María Castillo Navarro dice el autor que es un hombre “imparcial y que trata de mantener una ecuanimidad y un equilibrio admirables” (p.203). Lo mismo se puede pregonar, sustantivo a sustantivo y adjetivo a adjetivo, del propio Ramón Jiménez Madrid, que reniega de fundamentalismos caducos y nos entrega en este volumen un apasionante vademécum de citas, reflexiones, sugerencias y análisis, que nos ayudan a entender mejor de dónde venimos. Y éste es, siempre, el primer paso para saber hacia dónde vamos.

lunes, 14 de enero de 2019

Ayer, sin ir más lejos




Ana y Teo se encuentran desmantelando su casa, al mismo tiempo que proceden a la desintegración de su matrimonio. El hijo común, Enrique (un bigardo carota y chantajista), no constituye suficiente motivo para seguir juntos, sobre todo tras haber constatado que uno y otra se han sido, sucesivamente, infieles: en el caso del marido, con una catedrática de lengua y con una estudiante de Sociología; en el caso de Ana, con un amigo de la pareja (Arturo).
Utilizando continuas e interesantes analepsis, Jorge Díaz nos va mostrando el camino que siguió el matrimonio desde sus albores: compromiso político muy vinculado a la izquierda, consumo de drogas blandas, interés por el sexo tántrico y por las hierbas naturales, etc. Es decir, el modelo progre convencional de aquellos años del tardofranquismo, del que han ido saliendo a trancas y barrancas (con éxitos y, sobre todo, con decepciones). Nada fue al final como esperaban o soñaban; y en ese camino no dudaron en envilecerse hasta límites bochornosos (Teo permitió que su esposa se convirtiera en amante de Arturo para obtener de él un destino político que lo ayudara a despegar en el mundo de las finanzas). Ese ambiente de desencanto queda bien resumido en la página 70 de la obra, en la voz de Teo: “Ha sido una lenta transfusión: de sangre revolucionara a horchata de chufas. Si hubiera usado lentillas a tiempo no me habría equivocado tanto. He repartido mis abrazos a gente sin futuro. Debía haber estado en Suresnes, por lo menos, llevándole un cafetito al compañero Isidoro. Habría hecho carrera y hubiera acabado con una pensión maja, esperando el infarto en Marbella”.
Crónica de un tiempo aciago, en el que las esperanzas apenas alcanzaron a ver cumplimientos tibios, y del que ambos personajes salieron erosionados, Ayer, sin ir más lejos, es una pieza elegante, melancólica y bien trabada, que se lee con un punto inevitable de tristeza.

domingo, 13 de enero de 2019

La mujer burbuja




Una mujer, después de muchísimos años viviendo dentro de una burbuja médica a causa de un accidente (recibió importantes injertos de piel, le pusieron ojos nuevos, etc), recibe la visita de Margus, un prestidigitador que dice conocerla desde hace cuatro décadas y que puede ayudarla a recuperar la memoria perdida. Se llama, le dice, Nadia; y que ambos formaban grupo artístico. Le explica que en marzo de 1939 cruzó la frontera de La Pertus y que, mientras que a él lo recluían en un campo de concentración, ella logró llegar hasta el pequeño pueblecito de Saint Jean de Brel… El proceso de salida de la amnesia llega hasta el año 1988, que es cuando se está produciendo el encuentro: Franco ha muerto, en España hay una monarquía parlamentaria y gobiernan un partido de izquierdas (ante la afirmación de Nadia sobre que “triunfó el socialismo”, Margus aclara: “No, los socialistas”).
La obra, que circulando por esos carriles podría haberse convertido en una pieza notable, se malbarata a partir de ese punto, con personajes que se ponen y que se quitan máscaras, con parlamentos ambiguos y de una simbología mentecata, y con un final en verso (no me atreveré a decir que es poema, porque respeto mucho la poesía) tras el que explota un globo.
En fin. Veinte minutos de lectura distraída y cinco minutos finales de “¿Pero esto qué mierda es?”. Papel para envolver sardinas.

sábado, 12 de enero de 2019

El traspié




El filósofo alemán Arthur Schopenhauer, irascible y misógino, pesimista y huraño, posó el año antes de morir (o sea, en 1859) para que la joven escultora Elisabeth Ney, sobrina nieta de un mariscal de Napoleón, le realizara un busto. Esta inusual concesión estética, aparentemente frívola, es utilizada por Fernando Savater como base para su obra teatral El traspié, que publicó en 2013 el sello Anagrama.
En ella, el filósofo donostiarra fabula sobre una tarde en la que, a punto de ver ya terminado su trabajo, Elisabeth Ney escucha del anciano Schopenhauer sus opiniones sobre Hegel (“aborrecible criatura ministerial”), sobre los 27.000 años de duración que tendrá su fama futura (el cubo de los 30 años de ignorancia que sus contemporáneos le han prodigado), sobre Fichte y Schelling (“nombres para el ridículo y después para el olvido”), sobre la necesidad del aislamiento para las grandes mentes (“Los espíritus superiores tenemos que elegir entre la vulgaridad o la soledad”) o sobre el tráfago de la sociedad moderna (“Estoy convencido de que hay una proporción directa entre la cantidad de ruido que es capaz de soportar alguien sin inmutarse y el vacío que tiene en su cabeza”). Pero, sobre todo, le escucha definir la vida como un traspié, glosado con una imagen muy plástica: “Salimos al escenario trompicando, hacemos esfuerzos para conservar el equilibrio, damos bandazos desordenados, nos tambaleamos más y más hasta caer finalmente para no levantarnos”.
Tal conversación, que podría haber resultado áspera y aburrida, se convierte en las hábiles manos de Savater en un encuentro chispeante, intenso y muy ameno, gracias también a la intervención de dos personas externos: la vieja ama de llaves Margaret Schnepp (gruñona y fanática religiosa) y don Rodrigo de Zúñiga (un traductor español que quiere verter una antología de Schopenhauer al castellano y, de paso, coquetear con Elisabeth).
Una obra tan curiosa como enriquecedora.

viernes, 11 de enero de 2019

El vuelo de las termitas




Antes de que Luis Leante fuera el fenómeno editorial Luis Leante (reflejado en los mejores suplementos literarios del país y celebrado en varios países e idiomas) ya había escrito y publicado libros absolutamente espectaculares. Uno de ellos fue El vuelo de las termitas, que primero impulsó la Editora Regional de Murcia y después volvió a lanzar Gollarín.
Y lo cierto es que esta novela lo tiene todo para conseguir convencer a todo tipo de lectores: una historia seductora y llena de aventuras, donde se nos relatan las peripecias de Felipe de Lyon; unos personajes tan interesantes como el hermano Lorenzo, tan enigmáticos como Eximio de Poitiers o tan dulces como Inés; sodomías protagonizadas por monjes; búsquedas de reliquias misteriosas, que sólo tras muchas páginas identificamos; templarios violentos que persiguen oscuros objetivos; máquinas voladoras tan sorprendentes como la que construye Asbag Ben Mansur; descripción de las mazmorras medievales; y un buen caudal de anécdotas perfectamente documentadas sobre Cehegín, Mula, Bullas o la propia Caravaca de la Cruz. Y, por encima de todos los demás atributos de la novela, uno que la convierte en una obra digna de elogio, y que hará las delicias de todos los lectores que se acerquen hasta ella: la perfección de su prosa, el modo mayestático en que Luis Leante construye sus capítulos para que todos quedemos atrapados y seducidos de la primera hasta la última de sus frases.
Desde las terribles pesadillas que asaltan a Felipe de Lyon en el capítulo primero hasta las felices noticias que se reciben en el trigésimo cuarto (con el que se cierra el volumen), no hay tregua para quien se adentra en sus hojas: acompasando su lectura a los avatares del protagonista, y viviendo con él sus múltiples aventuras, se peleará, sufrirá frío, sobrevivirá a incendios, padecerá engaños, se enamorará, temblará de miedo, descubrirá el valor de la amistad, será encarcelado, atravesará los caminos de España, llorará, experimentará los latigazos de la traición, reirá, correrá el riesgo de contraer pulmonías, dormirá a la intemperie o en lugares inhóspitos, será novicio y comerciante, comerá lo que encuentre por los caminos... Y, por encima de todo, irá transformándose en otra persona, como el propio Felipe de Lyon se transformó, encontrando el amor de su vida y cumpliendo su destino. ¿Hay alguien que se pueda resistir a esta propuesta?

jueves, 10 de enero de 2019

El adoquín azul




A veces, la vida nos coloca ante una persona a quien no podemos tener; o en una situación en la que no podemos quedarnos. Y mucho más tarde descubrimos, con dolor o con melancolía, que en ese espacio de luz se encontraba la dicha más pura esperándonos, aunque por cobardía o por imposibilidad no pudiésemos aferrarla.
Le sucede al pobre Montero, un tipo pusilánime que vive en la Barcelona de 1945 y que escribe versos de dudoso valor (“Yo no sé si fue un gran poeta, pero imagino que debió de serlo, porque no lo cita ninguna antología”). Durante la guerra civil, fiel a su sencillo espíritu republicano, “defendió a Cataluña en el paso del Ebro, no como otros poetas que la defendieron comiendo marisco en Tahití, y a los que todavía se tributan homenajes de cuatro barras y cinco tenedores”); pero ahora la mala suerte ha querido que reciba un disparo de la policía y que deba huir con la bala alojada en su cadera. Así conocerá a Ana, que lo recogerá en el piso donde se dedica a escribir a solas, alejada de su marido, el impetuoso inspector Ponce, fascista convencido. Transcurrido un tiempo, y cuando éste empieza a considerar que esa casa de su mujer es más un picadero que un refugio intelectual, ella venda los ojos de Montero, le facilita un salvoconducto y lo conduce hasta un tren que lo lleva a Francia.
Años después, instalado en Nueva York, Montero comenzará a utilizar el tiempo de vacaciones para volver a Barcelona y tratar de encontrar a aquella mujer de la que se enamoró secretamente… Pero el tiempo establece siempre sus gabelas y no siempre está dispuesto a mostrarnos su cara más amable.
Una novela corta de Francisco González Ledesma que tiene un raro privilegio: es, en los últimos seis o siete años, el primer libro cuya conclusión me ha hecho llorar.

miércoles, 9 de enero de 2019

La llaga presentida




La trayectoria de Pedro Antonio Martínez Robles (Calasparra, 1959) es tan dilatada como exitosa. Obtuvo en 1983 el premio Enrique Ríus por su obra Voces de la espera; se le concedió un accésit en el concurso de poesía Albacara a su trabajo La réplica de las sombras (1985); y le otorgaron una mención honorífica en el certamen de poesía de Miranda de Ebro en el año 1996 por Las manos transparentes. Con el libro que hoy comento, La llaga presentida, confirmó la solidez y la plenitud de ese camino lírico, que desde entonces no ha dejado de crecer y de ramificarse incluso hacia la novela.
Sus poemas nos hablan en este volumen de la juventud, de su familia, de soledad y de meditaciones. Y, sobre todo, nos hablan del paso del tiempo, a través de un territorio de palabras, imágenes y metáforas que sorprenden al lector por su riqueza y densidad. Sirva como ejemplo el poema que cierra el volumen, titulado “La herencia”: el escritor golpea, en un momento de rabia, a su perro; y observa consternado y meditabundo cómo sus hijos lo están mirando mientras acomete esa indignidad. Entonces Pedro Antonio recuerda que, en su niñez, él vio a su padre golpear también a un perro, y comprende que sus nietos verán a sus hijos hacer lo mismo. Adviértase qué sencilla metáfora para ilustrar el viejo tema del carácter cíclico del tiempo y del eterno retorno, que concibieron los griegos e inmortalizó Nietzsche. Si Azorín analizaba en su obra Castilla la imagen de un Calisto que, cercano a la vejez, veía a su hija repetir sus errores de juventud, Martínez Robles redefine el leitmotiv utilizando a su perro y a sus hijos como actualizadores.
Formalmente, este poemario juega habilidosamente con las asonancias, con los endecasílabos (algunos de ellos, majestuosos) y con los encabalgamientos (donde alcanza a los mejores orfebres de este recurso).
Dice nuestro escritor en la página 60 que cada poema que se inicia es un intento de “averiguar quién soy”. Y es probable que no se pueda decir de más atinada manera. Pedro Antonio Martínez Robles se busca en su familia, en los paisajes que lo rodean, en la contemplación ensimismada de huertos y casas, en la tensión herida de los calendarios. El poeta mira, reflexiona y aprende. O, al menos, va curtiendo su alma en esa forja de lágrimas que es siempre el paso del tiempo. Pero no sólo de esas tristezas se nutre este poemario, sino también de poemas lúcidos y estremecedores (como el que dedica a su hijo en “Amado corazón que nos despeñas”) o de emocionadas declaraciones de amor (como la que contiene “Herido barro”). Un libro, sin duda, muy hermoso.

martes, 8 de enero de 2019

Los años borrachos




En 1956 nació en Caravaca de la Cruz un joven al que pusieron por nombre José María Rafael Corbalán García, y que muy pronto iba a desarrollar unas inquietudes precoces y fuera de lo común; sobre todo, la música y la poesía. Un penoso accidente de tráfico segó su vida en 1979, cuando aún no había cumplido los veintitrés años. Tras su muerte, quedaron como testimonio de su hacer poético y prosístico un buen montón de páginas que el profesor Javier Orrico (amigo de juventud de José María) tuvo la paciencia de ordenar, anotar y sacar a la luz en la Editora Regional de Murcia, bajo el título de Los años borrachos.
En este volumen disparatado, creativo, juguetón y emocionante entra también un pequeño caudal de fotografías que Javier Orrico exhuma de sus álbumes, y donde puede verse no sólo la evolución física (necesariamente, tristemente breve) del escritor, sino también los rostros de algunos de sus amigos mejores: Jesús López, Alfredo García Beléndez o el propio Javier.
¿Y qué decir de esta colección de poemas y cuentos, sino que son de una belleza convulsa, brincadora, eléctrica? Hay textos escritos con líneas quebradas, en diagonal, en forma de pirámide; textos donde se vulneran de manera consciente y sacrílega una amplia porción de reglas gramaticales; textos donde se manifiesta el fervor por determinadas músicas y autores (en especial, Brian Eno y Robert Fripp); textos donde se nos habla con gran misterio de “las tres direcciones del fracaso” (p.64), donde se juega con nuestro idioma para referirse a unas ambulancias “idénticamente diferentes” (p.75) y donde se escriben versos locos, versos descoyuntados, versos llenos de metáforas y desafío.
En sus líneas advertimos una explosión de creatividad y un afán casi infinito de probar caminos, de buscarse mediante el ejercicio taumatúrgico de la escritura (la auténtica poesía es siempre un tablero ouija del corazón). Habitan en estas doscientas páginas los zarpazos, los fogonazos de luz en la noche, los experimentos formales y temáticos de una mente en ebullición, que quiso adelantarse a su tiempo mediante el ejercicio desenfadado de las vanguardias, pero que también esmaltó endecasílabos tan hermosos como ese “He detenido el tiempo para ti” que figura en la página 58.
Nunca sabremos a ciencia cierta hasta dónde podría haber llegado esta voz si el Tiempo, misericordioso, le hubiera permitido andar durante más años por el sendero de la poesía.

lunes, 7 de enero de 2019

Confesiones de un psicópata adolescente




Ángel Salazar Ugarte nació en la localidad murciana de Alcantarilla, hijo de un humilde albañil y una mujer que se ocupaba, como tantas otras en su tiempo, de la intendencia de la casa. Unos años después, nació su hermano pequeño. Hasta aquí, el dibujo doméstico que José Antonio Jiménez-Barbero nos plantea en su novela no resulta demasiado llamativo. Pero las cosas cambiarán cuando su protagonista, que narra los hechos en primera persona, nos explique que no soportaba los continuos lloriqueos del bebé y que por eso tomó la decisión de ahogarlo con la almohada. Descubrimos en ese instante el desequilibrio mental grave que padece Ángel, y que no irá sino ampliándose, enturbiándose y adoptando ramificaciones a lo largo de la obra: compañeros de clase a los que humilla, golpea o extorsiona; niñas de las que abusa de una forma inicua; animales a los que tortura salvajemente; vecinas a las que somete a actos vandálicos; trapicheos con la droga… Apenas es concebible un modo de la barbarie en el que este angelito (valga el juego de palabras) no incurra con entusiasmo.
Pero sus tormentosas andanzas sufrirán un grave revés cuando un suicidio y un homicidio pongan a las autoridades sobre alerta y Ángel sea condenado a cumplir dos años de internamiento en un centro de menores donde recibirá medicación antipsicótica y donde tendrá que enfrentarse a varias personas que, quizá tan virulentas y tan despiadadas como él, pretenderán anularlo.
Con esta obra audaz, bien documentada, carente de melindres y que se enfrenta sin tapujos con los meandros cenagosos de una mente enferma, José Antonio Jiménez-Barbero logra el propósito más difícil: que su ficción suene a verdad, que nos creamos a su protagonista y, sobre todo, que nos preguntemos cómo es posible que una novela nos perturbe tanto, nos desazone tanto, nos revuelva tanto las tripas. Todo un logro por parte del autor. El esfuerzo, espectacular y complejo, produce unos resultados inigualables.

domingo, 6 de enero de 2019

Se ofrece mezzosoprano para labores del hogar




Parece increíble que el caravaqueño Luis Leante, después de tantos libros y tantos reconocimientos, continúe siendo capaz de sorprender a los lectores con cada nueva producción que sale de sus manos. A veces, lo consigue ambientando sus obras en sitios inesperados (desde Baracoa hasta Guinea); a veces, modificando los destinatarios de las mismas (circula del público adulto al adolescente o al infantil con aparente sencillez); y a veces, como ocurre en este volumen, cambiando el género literario que utiliza para comunicarse con su público. Porque, para sorpresa de muchos, lo que encontramos aquí son tres piezas teatrales suyas, que el editor Francisco Serrano reúne en un tomo de hermosa presentación.
En ellas burbujean seres heridos, desorientados, que se miran a los ojos y cruzan palabras repetitivas, ambiguas y dolientes, con ecos innegables de Ionesco y de Beckett, que convierten sus diálogos en fértiles ocasiones para la reflexión. Casi nada en estas páginas es lo que parece de forma superficial; y el gran reto consiste en que los lectores se sumerjan en sus líneas y traten de entender el sentido último, final, hondo, de lo que están escuchando. ¿Quiénes son estas personas? ¿Cuáles son los dolores o traumas que los aquejan? Soslayado el humor, apartado el absurdo, preterido el nonsense, el mensaje se convierte en una semilla que se introduce en nuestro cerebro y genera allí una luz fortísima.
Si la narrativa de Luis Leante tiene una legión de fervorosos adeptos, sugiero a esas personas que se paseen también por sus escenas teatrales: es muy probable que salgan aplaudiendo.

sábado, 5 de enero de 2019

Cuatro encuentros




Ninguna vida, ni siquiera la más grisácea o insignificante, puede ser resumida en tres o cuatro escenas. Pero hay que reconocer que, como procedimiento literario, tal reducción puede alcanzar unos niveles de profundidad, de metáfora o incluso de belleza muy notables. Es lo que ocurre con estos Cuatro encuentros, de Henry James, que traduce Beatriz Sánchez Santos para el sello Funambulista y que tienen todo el aroma exquisito que el narrador norteamericano supo imprimir a sus producciones.
El narrador, tras enterarse de la muerte de la señorita Caroline Spencer, nos describe aquí las cuatro ocasiones en que tuvo la oportunidad de coincidir y de charlar con ella, presentándonos un dibujo íntimo de la dama a través de esas escenas: una profesora tímida, con deseos de viajar a Europa, que apenas logró cumplir su sueño y que, a la postre, tuvo que soportar durante el resto de su vida los abusos de una falsa condesa casada con su primo, que se comporta con ella de un modo desconsiderado y altanero.
Por medio de esas cuatro secuencias, Henry James, endiabladamente hábil, nos introduce en la triste existencia de una mujer dominada por el temperamento pusilánime, que se pliega a cumplir los roles que la sociedad espera de ella: el conformismo, la resignación, la generosidad, el silencio.
Una novela corta, intensa, deliciosa y enervante. Grande Henry James, como siempre.

viernes, 4 de enero de 2019

Donde lloran los demonios




Las cosas, después del horror que supone haber visto a su hermana violada y asesinada por el Encerrador, parecen irse encauzando para el inspector César Giralt. Sobre todo, después de haber logrado que una bala escupida por su pistola acabe con la respiración del asesino. Es verdad que su madre está atrapada en las redes del Alzheimer, y que su padre sigue siendo una figura borrosa que se dedica a viajar despreocupadamente por el mundo, y que su sobrina Silvia sigue viviendo en su casa (el padre, un borracho irredento, no es figura en la que pueda confiarse demasiado), pero César Giralt se encuentra en un período de reinvención, de reconstrucción, de sosiego.
No obstante, bastará que el cadáver de una chica aparezca en la playa de Calella de Mar con los signos inequívocos de haber sido violada y torturada con los mismos métodos que usaba el Encerrador para comprender que la angustia no ha terminado, sino que entra en una nueva fase: ¿se trata de alguien que lo está imitando? ¿Se trata de un fiel colaborador, que continúa su obra? ¿O se trata de algo mucho más inquietante y mucho más horroroso: que se equivocaron en la identificación del anterior asesino y que la bestia anda aún suelta?
Pedro Martí, en la propuesta novelística Donde lloran los demonios, nos deja sin aliento en cada página (nos encontramos ante una novela negra canónica) y no permite que ningún cabo (argumental, descriptivo o psicológico) quede suelto: encuadra perfectamente lo que quiere decir, lo expresa con elegancia innegable y construye unos personajes, tanto principales como secundarios, en los que cada perfil tiene un sentido y en los que los matices son tan delicados como brillantes. Añadamos a esa construcción prodigiosa un final espléndido, adrenalínico (y también melancólico), y obtendremos una de las grandes narraciones del pasado 2018, que seguirá cosechando lectores durante 2019.
Consejo de amigo: no pierdan de vista a este escritor.

jueves, 3 de enero de 2019

Fedra




Todos albergamos en el fondo del corazón —allá donde no permitimos el acceso a nadie o casi nadie— un secreto triste y amargo que nos erosiona y demuele. Por él vivimos impregnados en una melancolía centrípeta y en un silencio creciente; y por él se enturbia nuestra relación con los demás. A Fedra, hija del rey Minos y esposa de Teseo, también le ocurre: sin que nadie alcance a sospecharlo, porque el odio que ha manifestado en los últimos tiempos por su hijastro Hipólito ha sido tan virulento como público, está enamorada de él. Ha fingido desdén para que no resultase evidente su horrenda inclinación, pero los oídos de su sirvienta Enone terminan escuchando la verdad… Y también la escucha el propio Hipólito, que queda paralizado por el estupor, porque él ama a Aricia y considera una atrocidad que la esposa de su padre pretenda sus favores.
En esta historia clásica, que el francés Jean Racine recrea con una infinita elegancia, podemos descubrir los mil perfiles del amor, de la fidelidad, de la traición y del deseo que, burbujeando en los corazones de sus protagonistas, los conducen hacia destinos casi siempre aciagos.
Una obra para meditarla en silencio… pero para leerla en voz alta, porque la labor traductora de Carlos Pujol consigue en estas páginas una belleza rítmica de difícil superación. Decir que el resultado final es maravilloso constituye apenas un tibio ditirambo para lo que su trabajo merece. Memorable.

miércoles, 2 de enero de 2019

Pequeños crímenes conyugales




Ella se llama Carla, y es una mujer madura pero aún bastante atractiva. Él se llama Alejandro, y no recuerda que ella es su esposa. En esa situación delicada, incómoda, penetran ambos en la vivienda conyugal, tras el accidente que dejó amnésico a Alejandro hace unas semanas. Los ojos del esposo, febriles, tratan de encontrar en los muebles, en las fotografías, en las anécdotas que ella le va poco a poco refiriendo, alguna argolla de la que tirar para recuperar la normalidad de sus vidas; pero no lo logra. Carla le va explicando que es escritor de novelas de corte policíaco, con razonable éxito; que las muchachas lo consideran todavía un hombre atractivo; y que forman un matrimonio idílico, en el que apenas discuten y donde los celos no anidan.
Pero Alejandro comienza a detectar que algunas cosas no funcionan o no encajan como deberían: pequeñas contradicciones en las que su mujer parece incurrir, datos que no le cuadran, frases que pueden ser interpretadas de dos modos distintos, adjetivos o silencios que lo ponen en guardia… ¿Acaso ella le está ocultando algo? ¿Acaso no le está diciendo toda la verdad?
El lionés Eric-Emmanuel Schmitt nos presenta en esta obra teatral (que versiona Juan José de Arteche para el sello Anagrama) una reflexión inquietante sobre el mundo de las emociones y sobre los entresijos de una pareja moderna, que vive entre la verdad y la mentira, entre la fidelidad y el engaño, entre la honestidad y los secretos. Y lo hace con una trama que gira y gira, aportando a los lectores quiebros continuos en la acción, que la dotan de velocidad, frescura y matices, hasta el punto de que no podemos estar seguros de quién tiene la razón y quién se camufla tras los embustes o los maquillajes. Todo un logro.

martes, 1 de enero de 2019

Las apariencias




Una forma de mirar y una forma de contarnos lo que se observa o se deduce de ese ejercicio de la mirada. Quizá nos encontremos ante las dos claves que nos permiten identificar a un escritor distinto, valioso, imperecedero, como me parece que es el caso de Antonio Muñoz Molina. Otros autores, más impacientes o aparatosos, se obstinan en encontrar su signo distintivo en los aspectos verbales y sintácticos, o en la trepidación del argumento, o en la novedad de su temática, pero tales rasgos suelen ser devorados por el vértigo del tiempo, que muestra tanta inmisericordia como exactitud.
En Las apariencias nos encontramos con un hermoso ramillete de artículos de prensa que, prologados por Elvira Lindo y reunidos casi cronológicamente, conforman un volumen hermoso, emotivo, rebosante de amor a la literatura, el arte, al cine, a las gentes, a la vida. Nos habla de un ladrón de libros, que se dejó embriagar por el ansia acumulativa de sus robos y que jamás cometió el exceso de leer ninguno de los tomos; del afán que ciertos políticos españoles exhiben a la hora de preterir el examen riguroso de cuanto aconteció durante la guerra civil y durante los aciagos años que siguieron (“La memoria española es un campo minado en el que nadie quiere internarse. […] Conviene que los muertos sigan siendo convictos para que los verdugos guarden a salvo su inocencia”); de su inmenso amor por Miguel de Cervantes (al que tributa el antológico texto “Aniversario íntimo”); del incomprensible desdén que las instituciones educativas muestran hacia el estudio de la literatura en los centros de enseñanza (“Los bomberos pirómanos”); del escaso interés personal que muestra por el éxito (“El éxito es un malentendido incómodo y fugaz y un pretexto para el canibalismo de quienes sólo saben vivir a expensas de la vida o de la muerte de otros”); y, por supuesto, de sus autores predilectos, que brotan en casi todos sus libros de forma explícita o implícita: Faulkner, Onetti, Aub...
A esas delicias (que constituyen un resumen mínimo, telegramático, de los placeres intelectuales que esta obra ofrece oceánicamente al lector) podemos añadir los retratos de enorme brillantez literaria (“Por influjo de los libros, el hidalgo Alonso Quijano malbarata su hacienda y entrega su dignidad al escarnio”), las fórmulas metafóricas más inesperadas (alude a la “dignidad insular” de un vientre abultado) o el lirismo que nos aguarda, agazapado, en docenas de estas páginas (por ejemplo, cuando se refiere a “la luz de una estrella que ha cruzado el universo para herir durante unas décimas de segundo la pupila de un hombre”). 
Antonio Muñoz Molina consigue cumplir en Las apariencias el difícil reto de hacer arte en cada uno de los artículos, y en cada una de las páginas, y en cada uno de los párrafos, y en cada una de las oraciones. Es privilegio de los clásicos.