martes, 11 de diciembre de 2018

En directo del Gólgota




Me acabo una novela de Gore Vidal, titulada En directo del Gólgota (Anaya-Mario Muchnik, Barcelona, 1995) y, sin haberme defraudado, me ha dejado más bien frío. Es una historia donde las constantes referencias al mundo mediático norteamericano se me antojan (a mí, que pertenezco al extrarradio de ese mundo) bastante lejanas: chistes que me pierdo, descripciones cuyo posible valor irónico no alcanzo a calibrar, etc. En ese ámbito no puedo pronunciarme porque, si he de ser sincero, tampoco me apetece documentar sobre la cuestión para emitir un juicio.
La historia que Vidal plantea no deja de tener su originalidad (la lucha de una serie de cadenas televisivas para hacerse con los derechos de la crucifixión de Jesús, que ahora puede ser filmada gracias a un adelanto científico que permite desplazar cámaras y personas hacia atrás en el tiempo), pero su formulación es un poco embarullada: personajes que vuelve al pasado en dos estadios diferentes de su vida, rectificaciones del pretérito, etc. Ese tipo de juegos, que en otros libros han servido para componer páginas deliciosas, aquí sólo deparan una antología de situaciones discretamente atractivas.
Dejaremos al autor neoyorquino entre paréntesis, mientras espero a ver si la vida me pone algún otro volumen suyo en las manos y puedo juzgarlo de una forma más contundente.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Mundo artificial




Termino el ensayo Mundo artificial, de Antonio Dyaz (Temas de Hoy, Madrid, 1998), quien era aún muy joven en el momento en que la obra fue publicada. Y se nota. El autor trata de dar en sus páginas una panorámica del previsible futuro tecnológico que se nos venía (y que, en buena medida, ya se nos ha venido) encima: casas inteligentes, internet a velocidad vertiginosa, etc.
La idea es sin duda atinada, pero lo triste es que el desarrollo formal de la obra se encuentre ulcerado por demasiadas jactancias de “jovencito que lo sabe todo”. Si alguien opina lo contrario que el autor, o se atreve a alzar el dedo con alguna matización, es de inmediato estigmatizado con la etiqueta de retrógrado y se lo crucifica con saña (“Los tecnófobos deberán alfabetizarse, o sucumbirán ahogados por su ignorancia”, p.184). Eso hace que el tono general del libro (no su contenido, con el que no resulta difícil mostrarse conforme) se torne fastidioso, por esa especie de chulería risible, petulante y catecumenal de quien se cree señalado para transmitir a los demás una Buena Nueva.
A mí, que nunca me han gustado los profetas (y menos todavía los afiebrados y los desdeñosos), la resolución literaria de la obra se me ha atragantado.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La vida




Ignoro cuántas veces he leído este libro (unas veces, para explicarlo en clase; otras, por puro placer), pero sí que recuerdo perfectamente la sensación nítida que he tenido al acabar cada lectura: no sé qué decir de estos poemas. Aludir a la melancolía, al paso del tiempo, a la perfección de su música, a su elegancia léxica, a sus encabalgamientos, a su perfil clásico, incurre en la fatiga: mil veces ha sido dicho, por voces más autorizadas que la mía. Deslizarse hacia terrenos algo más tangenciales (sus homenajes a Donizetti, Homero o Leopardi) tampoco aportaría gran cosa a la intelección del volumen. Buscar un ángulo inexplorado se me figura maniobra más centrada en el lucimiento crítico que en el éxtasis lector.
¿Callarse, entonces?
Bien, callarse entonces. Por qué no. Decir que me siento atravesado por el soplo lírico de este autor; que las composiciones “Desde aquí”, “En mitad de la noche” o “Sobre la experiencia” podría aprendérmelas de memoria; o que siento la íntima verdad profunda de lo dicho en estos poemas. Y ya está. Nada más es necesario, porque cualquier juicio sería menos valioso que las palabras mismas de Eloy.
La humildad de permanecer en silencio, sentir los ojos húmedos y saber que las volveré a leer muchas más veces, hasta que llegue la Sombra.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Debajo de los días




Lo he intentado varias veces y reconozco, con humildad y también con forzosa resignación, que me ha resultado imposible. Quería redactar una reseña donde quedasen reflejadas las líneas maestras de este asombroso, lúcido, memorable poemario que Ángel Paniagua acaba de ver publicado en la editorial Raspabook; y fui observando las palabras y frases que anoté con lápiz en los márgenes del volumen, al hilo entusiasmado de la lectura. Allí encontré “balance”, “cómputo de decepciones”, “contaduría de fracasos”, “melancolía”, “amores perdidos” o “mirada lánguida”; allí encontré paisajes al otro lado de la ventana, música de Bruckner o Scarlatti, rayas en el cuarto de baño, cicatrices que se acarician con tristeza, barro acercándose a la boca, vanas esperanzas erosionadas por el viento; encontré un torrente ígneo de citas en francés, en inglés, en alemán, en latín, en italiano, que no eran en realidad una exhibición culturalista del autor, sino astillas clavadas durante años en su corazón; y también encontré amor, esperanza, sonrisas, ilusiones.
Todos esos ingredientes estaban ahí, burbujeando, mezclándose, diciéndome en clave su verdad profunda. Eran como piezas de un puzle emocional que no podía quedar convertido (que no puede quedar convertido, ahora lo sé) en una reseña al uso, llena de palabras, lugares comunes y elogios banales. Eran como teselas de un mosaico majestuoso y lleno de luces, capaz de embriagar pero también de intimidar a algunos lectores, incapaces de enfrentarse a pecho descubierto al espectáculo de la franqueza.
Al fin, este volumen lleno de sinceridades, este libro de aliento crepuscular, este catálogo de amores febriles o dulces, prolongados o súbitos, termina imponiendo sus leyes y te obliga como crítico a rendirte: no puedes “decir” en una reseña de trescientas cincuenta palabras lo que el poeta ya dice con más plenitud, con más desgarro, con ritmo más trabajado a lo largo de sus generosas páginas. Sólo te queda permanecer en silencio, conmovido, convulso, sabiendo que volverás a sus versos varias veces en los próximos años, porque este paño de la Verónica que ha sido bautizado como Debajo de los días cumple y supera con amplitud todas las expectativas líricas que había generado. Y porque, quizá, sea un libro destinado más a la relectura (sosegada, intensa, proteica) que a la lectura misma.
El Ángel ha vuelto.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Cantos de vida y esperanza




Lo diré en pocas palabras: pensaba que el reencuentro con la poesía de Rubén Darío sería menos gratificante. Cuando lo leí en mi juventud fui consciente de su musicalidad casi wagneriana, de su léxico histriónico, de su infulosa pedantería apenas enmascarada; y aunque acepté esos ingredientes como parte del encanto de su lírica (hablo del año 1988, más o menos), al retomarla tres décadas después imaginaba que esas mismas características podrían atragantárseme.
Por fortuna, no ha sido así: me ha distraído en muchas páginas la polimetría juguetona del nicaragüense, he tenido la cautela de protegerme de su martilleo rítmico (si te dejas llevar por él te zumban los oídos y no logras atravesar la epidermis del poema), he deslizado mis ojos por sus pirotecnias léxicas (obsede, oriflama, triptolémica, áptera, egipán) sin dejarme impresionar… y hasta he tenido el humor de contar las palabras esdrújulas que burbujean en algunas de sus composiciones (casi 40 en “Salutación del optimista”).
Y de este ejercicio de relectura he vuelto a extraer placeres no sólo sensoriales (el poema “Lo fatal” podría ser grabado en mármol) que me confirman la excelencia inmortal de este vate cuyo aliño indumentario no debe confundido con su valor lírico: el primero caducará, o resultará sofocante, o provocará incomodidad en algunos lectores; el segundo me parece indiscutible.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Filek




Hay millones de personas que atraviesan la existencia sin dejar más huella  en el mundo que alguna foto borrosa o una anécdota que sus sucesores recordarán durante dos o tres generaciones, para luego dejar que sea engullida por el sumidero de la nada. Personas sin significado colectivo y sin trascendencia social, cuya única virtud (o cuyo imperdonable error) ha sido la transmisión de su material genético a las generaciones posteriores. Pero que tal destino aguarde a algunos seres especiales, únicos, llamativos, se antoja tan sorprendente como digno de análisis.
Albert von Filek Wittinghausen fue una de esas singularidades. Y, como tal, provocó la curiosidad investigadora de Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores novelistas de España. ¿Cómo era posible que una persona que había engañado al general Franco, haciéndole creer que estaba en condiciones de fabricar una gasolina nueva, a base de agua y destilados frutales, se mantuviese en la grisura del anonimato? ¿Cómo era posible que apenas hubiera merecido diez líneas en un libro de Paul Preston, sin que otros intelectuales se interesasen por sus peripecias?
Recorriendo archivos, solicitando documentos, devorando la prensa de la época, analizando expedientes y frecuentando dependencias oficiales, el escritor de Zaragoza fue reuniendo con larga paciencia todos los hilos que le permitieran reconstruir las andanzas de aquel estafador que buscó la financiación de la República y del franquismo, que se codeó con Ramón Serrano Suñer (el Cuñadísimo), que fingió ser militar y periodista, que se hospedó en mil sitios (abandonándolos sin pagar o tras ultimar alguna de sus tropelías), que pasó de la celebridad periodística a la mugre de las prisiones y que acabaría muriendo en Hamburgo, tras haberse casado con una misteriosa mujer granadina.
Reconstrucción e investigación que conforman, junto a algunas conjeturas del novelista, un relato magnético, lleno de intriga y claroscuros, que la mano poderosa de Martínez de Pisón sostiene sin altibajos. Deslumbrante.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El arqueólogo




Claudio Bersani, el protagonista absoluto de esta novela (todos los demás personajes y todas las acciones que se narran en sus páginas se encuentran salpicados por su magnética influencia), es un setentón muy peculiar: continúa ejerciendo como profesor de arqueología en la universidad (acaban de nombrarlo emérito), sigue desplegando su encanto con las numerosas mujeres que a su alrededor pululan, no renuncia a los gestos huraños o paradójicos que le permitan mantener su independencia y su aura intelectual y, desde su casa a las afueras de Nápoles, colabora en la prensa y documenta sus libros. Es la suya, por tanto, una existencia pletórica en la que incluso se relaciona con notables políticos (Romano Prodi actúa como presentador de una de sus obras), miembros de la realeza (se olvida de un encuentro con Carlos de Inglaterra, porque lleva a sus nietos a ver la película Los cuatro fantásticos) o mafiosos de siniestra trayectoria. Presuntuoso, altanero, encantador, displicente, tierno, ególatra, son adjetivos que lo definen con exactitud en diferentes momentos de su vida.
En esa vida está rodeado de muchas figuras importantes, sobre las que ejerce más influencias de las que recibe: su esposa Melina, sus hijos, sus nietos, su sirviente Todor, sus colegas docentes, algunos vecinos. Y uno de los grandes aciertos del mallorquín Román Piña consiste en la inteligencia con la que dibuja los nexos familiares y la telaraña de anécdotas que, como las cerezas en una canastilla de mimbre, se unen entre sí para enriquecer los perfiles de don Claudio. En los últimos años de su existencia, un capricho del azar convertirá al venerable arqueólogo en aclamado triunfador en otro ámbito distinto al que siempre ha dedicado sus esfuerzos… Pero a los lectores, por obra y gracia de una estratagema narrativa que el autor nos tiene avariciosa y secretamente camuflada hasta el final, nos esperará aún una sorpresa de gran magnitud, que imprimirá un sesgo inesperado a la novela.
Solvente en todo momento, lírico cuando la ocasión lo requiere y abrupto cuando así se lo demanda la psicología de su personaje, Román Piña Valls sale victorioso de un texto que, en otras manos, no habría mostrado ni la mitad del esplendor que éste muestra. Notable.

domingo, 2 de diciembre de 2018

En ausencia de Blanca




En un melancólico artículo de prensa que el autor jienense publicó en el año 1988 bajo el título de “El ladrón de libros” se nos hablaba con delicada exactitud de “esos amantes que no piden ni desean otra cosa que el privilegio estático de la contemplación”; idéntico sentimiento al que experimentaba aquel monarca que, tras ser concebido por Rabindranath Tagore, pasaba sus días encandilado con la belleza y las gratas perfecciones de su esposa, llegando a mostrarse dispuesto a desatender las tareas del gobierno con tal de permanecer siempre a su lado para alimentarse con su visión… 
Mario pertenece a esa estirpe de personas. Su trabajo como delineante en la Diputación Provincial de Jaén no comporta ningún tipo de brillo, pero a él le resulta suficiente: obtiene unos ingresos menguados pero seguros, no soporta sobre sus hombros ningún tipo de exigencia administrativa y dispone de tiempo libre para estar en su casa y dedicarse a la actividad que le depara la única felicidad de su vida: gozar de la cercanía de Blanca, su esposa. “Qué pérdida de tiempo, no estar siempre con ella, tenerla cerca y poder mirarla”, nos confiesa el protagonista en una de las primeras páginas de su relato. Pero ella no comparte esa reducida visión del mundo, sino que nota bullir en su interior otras pulsiones: adora la pintura de Frida Kahlo (le pide a su esposo que vayan a Madrid para deleitarse con una exposición antológica suya que se ha instalado en la capital), el cosmopolitismo, la sofisticación, la modernidad. El equilibrio entre ambos temperamentos disímiles comenzará a erosionarse cuando aparezca en su mundo el artista conceptual Lluís Onésimo, que fascina a la impresionable Blanca y que generará desconfianza y celos en el pusilánime Mario… Lluís se convierte de sospecha en amenaza, y de amenaza en termita, lo cual despierta en Mario el recuerdo de Jaime Naranjo, el pintor con el que Blanca mantenía unas relaciones muy tóxicas antes de irse con el modesto delineante, que no dudó en someterse a situaciones vejatorias, bochornosas, casi lacayunas, para merecer la atención de la hermosa muchacha…
Una novela sobre la timidez, sobre el amor acomplejado y absoluto, sobre las parejas que se mantienen con los alfileres que uno de los miembros se obstina en colocar.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Cuaderno de Ibiza




Deambulamos por la vida buscando todo tipo de tesoros, anhelando descubrir el escondrijo donde Ben Gunn ocultó los cofres rebosantes de joyas del capitán Flint, persiguiendo el oro de los nibelungos, sin advertir que las más cercanas e íntimas riquezas, las más auténticas y satisfactorias (la familia, el amor, la amistad) las tenemos a una distancia pequeñísima, casi al alcance de la mano. Es probable que la sabiduría consista en descubrir ese diminuto secreto insuperable y no olvidarlo ya nunca.
El poeta José Cantabella nos demuestra en el volumen Cuaderno de Ibiza y otros poemas, publicado por MurciaLibro, que esa lección la tiene perfectamente clara desde que entró en su alma la artista Carmen Molina Cantabella, compañera, esposa, luz, sendero y horizonte que le ha llenado el corazón de ventanas y los dedos de versos. Con ella, a cuatro manos, ha construido una espléndida Casa del Amor; y ambos la han llenado de colores, músicas, libros, besos y futuro. Porque cuando se tiene la suerte de encontrar en la vida a esa persona especial, que parecía estarnos predestinada y que ensancha nuestra sonrisa, todo adquiere la densidad del gozo y nos inunda de dicha.
Adentrarse en las páginas de este libro es caminar junto al poeta y junto a su musa, compartir su esplendor de amantes y saborear las palabras como quien cierra los ojos y siente en los párpados la caricia de un tibio sol otoñal. “Me fui ovillando, es decir, me marché a la isla”, nos indica el poeta como arranque del volumen. Pero estas palabras no constituyen una etiqueta de misantropía o una declaración huraña, porque desde ese espacio puro el escritor nos tiende la mano y nos invita a contemplar con él, a escuchar con él, a sentir con él. Nos sentimos invitados a esa Región donde la felicidad canta y es bella (imposible sustraerse al juego de palabras).
Meseta de hermosura, isla de amor y sencillez, Cuaderno de Ibiza y otros poemas es un espléndido poemario al que debemos acercarnos con aplauso y con gratitud.