domingo, 30 de diciembre de 2018

Entre bahías




Lorena, sobreponiéndose al amor absorbente y algo egoísta de su madre, decide abandonar su Cartagena natal y emprender una nueva vida como profesora en los Estados Unidos, donde se va a incorporar a la joven plantilla de un colegio de San Francisco. El salto no puede ser más abrupto (de Cartagena a California), pero ella dispone de un coraje y una determinación muy notables, que le permitirán sobrevivir airosamente en su lejano destino. Allí se encontrará a la pizpireta Debbie, compañera de trabajo, y a la estricta Hillary, directora del centro, cuyos corazones se ganará de inmediato con su simpatía, su profesionalidad y su carácter abierto. Pero lo que se presumía como una simple aventura laboral va a teñirse con otros colores cuando aparezca en su vida el prestigioso cirujano Michael Loogan, quien está a punto de casarse con la adinerada (y bastante casquivana) Bárbara Scott. 
Con una sabiduría narrativa muy bien templada, Lola Gutiérrez va consiguiendo que las dos líneas vitales se crucen, se entrelacen, se rocen y finalmente se enreden de un modo arrebatadoramente seductor, que sería inoportuno resumir (ni el editor ni la autora me lo perdonarían), hasta lograr que tejan una historia inolvidable.
Entre bahías es un texto que enamorará a los lectores más románticos y que, sin dudarlo, convencerá también a los lectores más exigentes, porque juega de forma muy habilidosa con los resortes narrativos que tan sabiamente maneja nuestra escritora: el tempo de la acción, la psicología de los personajes, la graduación de las emociones, la estratégica colocación de giros argumentales… Lola Gutiérrez, una vez más, consigue una novela espléndida, que MurciaLibro recupera con inteligencia y sensibilidad para su catálogo.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Lecturas pendientes



Encontrarse con un libro que esté muy bien escrito no es demasiado complejo. Tampoco lo es descubrir una obra que sea inteligente y profunda. Pero detectar un tomo donde se conjunten armoniosamente ambas virtudes ya no es tarea tan sencilla. Hoy traigo a esta página una propuesta de Pedro Ugarte que, en mi opinión, pertenece a esa categoría de volúmenes exquisitos en fondo y forma: Lecturas pendientes, la obra con la que el autor bilbaíno consiguió ser finalista en el premio internacional de ensayo Jovellanos del año 2017 y que ahora publica con elegancia Ediciones Nobel.
En ella nos encontramos con elogios inequívocos (define a Franz Kafka como “el mejor escritor de todos los tiempos”), con observaciones menos entusiastas (de Jon Juaristi lamenta su evolución “del timbre doliente y majestuoso al ripio lamentable”), con reflexiones sobre la modestia de los escritores (“nada más artificioso, ni menos natural”) o con ironías sobre los vínculos de algunos de ellos con las redes sociales (“no hablan más que de sus libros, de la buena marcha de sus libros, escritores que no tienen opiniones sobre absolutamente nada y cuya única tarea es vender libros, libros y más libros”).
Pero en este volumen no sólo hay, pese a lo que pueda deducirse del título, notas sobre literatura, sino también confesionales personales (el autor se declara liberal y católico, con tanta naturalidad como nitidez), juicios sobre el capitalismo (“la máquina más asombrosa de provisión de bienes y servicios que ha creado la humanidad”), humoradas más serias de lo que parece (“Muchas cosas cambian cuando envejeces: por ejemplo, el modo de no mirarme que tenían antes las mujeres es totalmente distinto al modo de no mirarme que tienen ahora”), análisis políticos (“Para saber la verdadera opinión que cualquier persona tiene sobre el pueblo no hay que preguntarle nada: espera a que su partido pierda unas elecciones y siéntate a escuchar”) o análisis lúcidos sobre el mundo que nos rodea (“Hoy la masiva información se disfraza de cultura, la mala educación se disfraza de sinceridad”).
En suma, un volumen inteligente, polémico, sagaz y lleno de esa sabiduría que los años y los libros, uniéndose, depositan en el alma de algunas personas.

jueves, 27 de diciembre de 2018

El poder y la gloria




Otra relectura que me ha gustado: El poder y la gloria, de Graham Greene, que traduce Guillermo Villalonga (Plaza & Janés, Barcelona, 1985), que me traslada la bronca y ríspida historia de un cura imperfecto, tan “fieramente humano”, que se envilece y envilece a los otros en una persecución sudorosa, mosquitada y febril. He de confesar que, durante muchas páginas, no he sabido si compadecer u odiar a este religioso, pero la balanza se inclinó del lado más negativo cuando, tras salvar el pellejo y llegar a un pueblo donde lo acogen y le piden confesiones y bautismos, él pone precio (un alto precio) a todos sus “servicios”. Otro momento digno de recordación acontece cuando pelea con una perra por un hueso. En general, un relato muy noble, muy tenso y complicado desde el punto de vista psicológico (y pienso no sólo en el cura, sino también en Mr. Tench o en el teniente).
Subrayo en el tomo varias frases, que copio aquí: “Las mujeres son asombrosamente prácticas construyendo en el acto planes nuevos sobre las ruinas de los viejos”. “Es condición general de la vida inclinarse a la sospecha”. “Un poeta es el alma de un país”. “Le preocupó siempre el destino de las mujeres devotas: tanto como el de los políticos. Se alimentan de ilusiones”.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Las lanzas coloradas




Muy hermosa me ha parecido, otra vez (la leí hace unos veinte años), Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, que recorro ahora en la espléndida edición de Domingo Miliani (Cátedra, 2000). Sigue siendo una novela que consigue captar mi atención desde sus primeras páginas con la delicadeza y creatividad de sus imágenes.
Si tuviera que elegir algo dentro de ella, excluyendo lo demás (absurda blasfemia en la que resultaría triste incurrir), me decantaría por el retrato psicológico de Presentación Campos, por el crudísimo y magistral capítulo 12 y por ese final agónico, pendular, intenso y lleno de adrenalina que Uslar Pietri le regala a su protagonista.
Y, por supuesto, siempre flotando la pregunta inevitable: ¿qué fue de doña Inés, tras seguir la bifurcación equivocada del camino? (Magnífico argumento para un cuento breve). A veces me lo he dicho a mí mismo, pero debo cumplirlo: he de leer más novelas de este escritor venezolano, capaz de escribir frases como ésta: “Ya nadie es un hombre; cada cual es tan sólo una cosa fatal que sabe destruir”.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Prosas (en verso)




Me regaló este libro, allá por el verano de 2002, mi amigo Pepe Colomer, y lo leí con agrado. Ahora, dieciséis años después, lo releo; y anoto algunos detalles sobre el volumen, que me permitirán constatar (si vuelvo a sus páginas en una tercera ocasión) cómo se mantiene o cómo varía mi opinión sobre la obra con el paso del tiempo.
Diré en primer lugar que hay poemas que, por su radical personalismo, no he llegado a entenderlos del todo (coloqué un signo de interrogación en el margen en la primera lectura, y continúo sin saber desentrañarlos). Pero creo que el resto atesoran las más aquilatadas virtudes líricas de su autor: fino humor sardónico, dulzuras culturalistas, logrados sonetos, descreencia del nacionalismo más chato y montaraz, etc. Me ha impactado sobremanera la crispada emotividad de su “Veinticinco pluvioso” (dedicado al crimen que acabó con la vida de Tomás y Valiente) y me ha galvanizado el erotismo elegante del poema “De profundis”. Por atreverse, Juaristi se atreve hasta con los poemas en versos acrósticos, como en “Shermot”; o en acrósticos juguetones, como en “El festón de Baltasar”.
Muy buen libro de este poeta vasco, látigo de nacionalistas tontucios, que no tiene problemas en referirse al “tren blindado de la medianía” y que sostiene con una indesmayable firmeza que “todo saber se ha de abrir paso siempre hacia arriba”.

sábado, 22 de diciembre de 2018

El caballero del león




Un gran salto hacia atrás en el tiempo, para leer la novelita El caballero del león, de Chrétien de Troyes, que vierte al castellano la traductora Isabel de Riquer (Alianza Editorial, Madrid, 1995). La pieza tiene todo el encanto de los relatos de aventuras, con un héroe legendario llamado Yvain que, bien respaldado por un león agradecido (reminiscencias de Androcles), atraviesa las provincias del reino cosechando triunfos, matando gigantes, penetrando en castillos tenebrosos, haciéndose invisible con un anillo mágico, casándose con Laudine, volviéndose loco, luchando contra su mejor amigo y, al fin, logrando la reconciliación con su esposa e ingresando en la muelle estabilidad conyugal.
Como resulta obvio, nos encontramos ante un cúmulo muy bien surtido de entretenimientos, que consiguen que el lector quede prendado a sus páginas y no desee sino más y más aventuras, a cada paso que avanza. Muy agradable de leer, incluso después de tantos siglos.
Es ingenioso que defina el amor diciendo que es un golpe “más duradero que el golpe de la lanza o de la espada porque el de la espada cura y sana rápidamente cuando el médico lo cuida pero la herida del Amor empeora cuando más cerca está de su médico”, y también es perspicaz que asegure que “reposando nadie se hace famoso” o que “las palabras que no escucha el corazón se olvidan”.
Una buena obra, sin duda.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Lampedusa




Hablaré hoy de la obra Lampedusa, de Maylis de Kerangal, que traduce Javier Albiñana para el sello Anagrama y que queda definida en la parte posterior del volumen como “novela”, para después recibir también las variopintas etiquetas de “intrincada constelación de formas”, “canto”, “pirueta literaria” o “canción hipnótica”. Y uno, que comienza a ser perro viejo en la afición al mundo de los libros, tiende a pensar con cierto fundamento que cuando se alinean muchas (y estrafalarias) nomenclaturas para designar una narración conviene acercarse a ella con ciertas sospechas preventivas.
En literatura todo resulta más o menos admisible, con tal de que quede escrito con elegancia, con profundidad y con belleza. Novelas teatrales, poesía en prosa, teatro narrativo y otra docena de formulaciones similares son tan legítimas como fértiles, siempre que no constituyan en realidad una mentira enarbolada con fines comerciales. Porque eso, me temo, es lo que sucede con estas páginas, que no son una novela, ni siquiera considerándolas con el más flexible y generoso de los criterios. Entiendo que dicha denominación activa unos resortes de ventas que no se pondrían en marcha si se dijese que éste es un texto (porque lo es) lleno de lirismo filosófico, de reflexión o de ambigüedades lectoras. Pero también entiendo que a la persona que acude de buena fe a la librería para adquirir un título no se le puede deslizar un embuste de este calibre.
Sería mucho más razonable y mucho más exacto decirle que va a adentrarse en un relato poliédrico y mezclado (cine, filosofía, antropología) que se activa a raíz de un accidente marítimo en el que murieron un buen número de inmigrantes. Pero que nadie busque en sus apenas sesenta páginas de generosa tipografía (sobre esa variante del timo tampoco será necesario insistir) ni argumento, ni personajes, ni elemento novelístico alguno, porque no lo hay. Al pan, pan; y al vino, vino.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Eloídes




Me he leído una obra de teatro que me ha dejado igual que estaba. Se trata de la pieza Eloídes, de Jerónimo López Mozo (Visor, Madrid, 1996). ¿Brillantez que presentan sus páginas? Cero. ¿Aportaciones psicológicas o argumentales que nos trasladan? Ninguna. Así que, a riesgo de parecer cruel o sarcástico, pregunto: ¿éste es el maravilloso legado de los autores que iban a sustituir o suceder a Antonio Buero Vallejo?
Un tipo que se queda sin trabajo, es expulsado de casa por su mujer y cae (tópico infumable) en una espiral de degradación que incluye la mendicidad, el rastreo por las papeleras, el robo a un compañero, el manejo insensato de la navaja y hasta la cárcel. Incluso la última frase de la obra, que se pretende honda y conmovedora (“¡Me da miedo la calle!”), queda falsa en labios del protagonista, porque suena a melodrama de plastilina.
Una pérdida de tiempo.

martes, 18 de diciembre de 2018

La camarera




Lynn Zapatek ha permanecido durante varios meses ingresada en una clínica y, al salir, encuentra su mundo tan desbaratado y tan solitario y tan gris como cuando ingresó: apenas mantiene trato personal con su madre (aunque procura llamarla por teléfono una vez a la semana), su casa ha sido asaltada por el polvo (que ella se ocupará de exterminar a partir de ahora) y su cuenta bancaria parpadea en rojo, lo que la obligará a recurrir a Heinz, quien le consigue un trabajo como limpiadora en el hotel Eden. En esa ocupación, Lynn desarrolla una actividad tan minuciosa como maniática: el polvo, la mugre, las imperfecciones, han de ser atendidas en cualquier lugar que se encuentren, tanto en la parte visible de los muebles como en las zonas que quedan ocultas a la mirada. No importa el número de horas extra (no pagadas) que esa tarea le exija.
Pero el gran punto de inflexión sobrevendrá cuando Lynn comience a meterse, la noche de los martes, bajo la cama de uno de los huéspedes y permanezca allí hasta el amanecer. Cada vez lo hace con un huésped distinto, y se limita a escuchar lo que hacen: charlar con su pareja, ver la tele, roncar, hablar solos… Un día, uno de los espiados recibe la visita de Chiara, una ardiente señorita de compañía. Y Lynn queda tan excitada con lo que escucha e imagina que toma una decisión que cambiará su existencia.
Novela sobre la soledad, sobre la introspección, sobre las personas que necesitan comunicarse y no saben cómo hacerlo, sobre la necesidad que todos tenemos de ser amados, La camarera, de Markus Orths, está traducida por Mª José Díez Pérez para el sello Seix Barral, y nos ofrece una historia tan anómala como tierna, tan excepcional como seductora.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Rúa




Vuelvo hoy a las páginas del lusitano Miguel Torga. En concreto, al volumen que lleva por título Rúa, que traduce Eloísa Álvarez para el sello Alfaguara. Es una hermosa (pero quizá algo desigual) colección de relatos de melancólico atractivo, como diapositivas tristes que se fuesen desarrollando ante nuestros ojos.
Textos como “Una lucha”, “Vuélvase ya” o “El señor Estrela y su mujer” se me antojan cuentos malogrados, donde Torga no ha sabido perfilar sus historias de un modo completamente atractivo. Les falta algo, un brillo, un enfoque, unas pinceladas más. En cambio, me han dejado mucho más feliz “La carta” (donde un cartero compasivo se apiada de una chica moribunda que padece mal de amores), “Dolor” (el delincuente que expía junto a su esposa las culpas del pasado, sin confesarle que tuvo una hija –a la que añora hasta la muerte– en el extranjero) y algunos más, de parecida brillantez.
Una frase para enmarcar, contenida en el tomo: “La vida es así, va mintiendo, mintiendo, y cuando ya no podemos más, pone sus cartas boca arriba”.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Las tribulaciones del Hermano Jero




Realizo mi primera aproximación a la obra del nigeriano Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura en 1986. Se trata de la pieza teatral Las tribulaciones del Hermano Jero (Alfaguara, Madrid, 1987), que tiene la amabilidad de traducirme Fernando Santos Fontenla.
Es, por resumirlo a su trazo esencial, la historia de un predicador religioso bastante carota, que vive de la impostura y que utiliza su facilidad de palabra y una razonable destreza para la manipulación psicológica para mantener su status de “profeta” ante los demás. Pudiera ser (y así lo sugiere quizá con torpeza la contraportada) una obra picaresca, pero a mí me ha dado más bien la sensación de aproximarse a las líneas básicas de un entremés moderno.
O sea, y por decirlo con cortesía: que la obra es graciosa… y nada más.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Velocidad de los jardines




Acuarelas. Es la palabra que acude a la imaginación cuando depositas los dedos en el teclado y tratas de condensar lo que piensas de la lectura de Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón, que aparece con el sello Páginas de Espuma. Tratas después de ser menos evanescente (habrá lectores al otro lado de tu página, que necesiten “saber” algo más sobre esta colección de relatos), pero comprendes que resulta imposible: no puedes hablar de argumentos, no puedes hablar de personajes, no puedes hablar de estructuras o de finales. Estarías falseando el espíritu del volumen, que es lírico y no narrativo. Tienes que decir a esos lectores curiosos que se arrellanen en un sillón y se dispongan a convertirse en pequeñas barcas que serán mecidas por el oleaje. Ésa es la auténtica verdad. Porque Eloy Tizón ha dibujado para ellos un vértigo emocional y sensual donde los colores, la melancolía, el paso del tiempo, la cultura, el extrarradio de las ciudades, las flores, las casas antiguas o los ahogados les harán subir, bajar, tambalearse, sufrir y sonreír.
Eso es todo. Eso es Todo.
Y como Pórtico de la Gloria un texto inigualable llamado “Zoótropo” en el que Eloy nos dibuja su propia acuarela íntima, su autobiografía pudorosa y bella: “Casi siempre estabas solo”, “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes”, “Es mejor tener fiebre que tener bibliografía”, “Toda la literatura es epistolar: necesita del otro para existir”, “Escribir es entrecomillar la vida”… Acompañémosle en ese viaje. No hay muchos tan hermosos.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Céfiro agreste de olímpicos embates




Me leo en una tarde la divertida pieza Céfiro agreste de olímpicos embates, de Alberto Miralles (ATT, Madrid, 2004), en la que puede observarse cómo un grupo de actores ensayan un texto del madrileño Calderón de la Barca, y lo modernizan, o lo arcaízan, o se lo inventan directamente… en función de que lo que desee el dispensador de subvenciones del Ministerio de Cultura. Y por debajo de esa línea argumental, latiendo, asistimos a las graves o pequeñas rencillas, trifulcas, envidias, amores y odios que se generan siempre en los grupos humanos cerrados.
Hay instantes de comicidad memorable, como cuando se despachan insultando a un crítico que siempre se les muestra adverso y beligerante (páginas 245-247). En el decurso de esta diatriba no hay más remedio que detener los ojos en vocablos como “jorrochero” (que se inventa Juanjo) o “Pijomuerto”, que no precisa de más aclaración.
No entrará en la historia del teatro español, pero a mí me ha divertido.

martes, 11 de diciembre de 2018

En directo del Gólgota




Me acabo una novela de Gore Vidal, titulada En directo del Gólgota (Anaya-Mario Muchnik, Barcelona, 1995) y, sin haberme defraudado, me ha dejado más bien frío. Es una historia donde las constantes referencias al mundo mediático norteamericano se me antojan (a mí, que pertenezco al extrarradio de ese mundo) bastante lejanas: chistes que me pierdo, descripciones cuyo posible valor irónico no alcanzo a calibrar, etc. En ese ámbito no puedo pronunciarme porque, si he de ser sincero, tampoco me apetece documentar sobre la cuestión para emitir un juicio.
La historia que Vidal plantea no deja de tener su originalidad (la lucha de una serie de cadenas televisivas para hacerse con los derechos de la crucifixión de Jesús, que ahora puede ser filmada gracias a un adelanto científico que permite desplazar cámaras y personas hacia atrás en el tiempo), pero su formulación es un poco embarullada: personajes que vuelve al pasado en dos estadios diferentes de su vida, rectificaciones del pretérito, etc. Ese tipo de juegos, que en otros libros han servido para componer páginas deliciosas, aquí sólo deparan una antología de situaciones discretamente atractivas.
Dejaremos al autor neoyorquino entre paréntesis, mientras espero a ver si la vida me pone algún otro volumen suyo en las manos y puedo juzgarlo de una forma más contundente.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Mundo artificial




Termino el ensayo Mundo artificial, de Antonio Dyaz (Temas de Hoy, Madrid, 1998), quien era aún muy joven en el momento en que la obra fue publicada. Y se nota. El autor trata de dar en sus páginas una panorámica del previsible futuro tecnológico que se nos venía (y que, en buena medida, ya se nos ha venido) encima: casas inteligentes, internet a velocidad vertiginosa, etc.
La idea es sin duda atinada, pero lo triste es que el desarrollo formal de la obra se encuentre ulcerado por demasiadas jactancias de “jovencito que lo sabe todo”. Si alguien opina lo contrario que el autor, o se atreve a alzar el dedo con alguna matización, es de inmediato estigmatizado con la etiqueta de retrógrado y se lo crucifica con saña (“Los tecnófobos deberán alfabetizarse, o sucumbirán ahogados por su ignorancia”, p.184). Eso hace que el tono general del libro (no su contenido, con el que no resulta difícil mostrarse conforme) se torne fastidioso, por esa especie de chulería risible, petulante y catecumenal de quien se cree señalado para transmitir a los demás una Buena Nueva.
A mí, que nunca me han gustado los profetas (y menos todavía los afiebrados y los desdeñosos), la resolución literaria de la obra se me ha atragantado.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La vida




Ignoro cuántas veces he leído este libro (unas veces, para explicarlo en clase; otras, por puro placer), pero sí que recuerdo perfectamente la sensación nítida que he tenido al acabar cada lectura: no sé qué decir de estos poemas. Aludir a la melancolía, al paso del tiempo, a la perfección de su música, a su elegancia léxica, a sus encabalgamientos, a su perfil clásico, incurre en la fatiga: mil veces ha sido dicho, por voces más autorizadas que la mía. Deslizarse hacia terrenos algo más tangenciales (sus homenajes a Donizetti, Homero o Leopardi) tampoco aportaría gran cosa a la intelección del volumen. Buscar un ángulo inexplorado se me figura maniobra más centrada en el lucimiento crítico que en el éxtasis lector.
¿Callarse, entonces?
Bien, callarse entonces. Por qué no. Decir que me siento atravesado por el soplo lírico de este autor; que las composiciones “Desde aquí”, “En mitad de la noche” o “Sobre la experiencia” podría aprendérmelas de memoria; o que siento la íntima verdad profunda de lo dicho en estos poemas. Y ya está. Nada más es necesario, porque cualquier juicio sería menos valioso que las palabras mismas de Eloy.
La humildad de permanecer en silencio, sentir los ojos húmedos y saber que las volveré a leer muchas más veces, hasta que llegue la Sombra.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Debajo de los días




Lo he intentado varias veces y reconozco, con humildad y también con forzosa resignación, que me ha resultado imposible. Quería redactar una reseña donde quedasen reflejadas las líneas maestras de este asombroso, lúcido, memorable poemario que Ángel Paniagua acaba de ver publicado en la editorial Raspabook; y fui observando las palabras y frases que anoté con lápiz en los márgenes del volumen, al hilo entusiasmado de la lectura. Allí encontré “balance”, “cómputo de decepciones”, “contaduría de fracasos”, “melancolía”, “amores perdidos” o “mirada lánguida”; allí encontré paisajes al otro lado de la ventana, música de Bruckner o Scarlatti, rayas en el cuarto de baño, cicatrices que se acarician con tristeza, barro acercándose a la boca, vanas esperanzas erosionadas por el viento; encontré un torrente ígneo de citas en francés, en inglés, en alemán, en latín, en italiano, que no eran en realidad una exhibición culturalista del autor, sino astillas clavadas durante años en su corazón; y también encontré amor, esperanza, sonrisas, ilusiones.
Todos esos ingredientes estaban ahí, burbujeando, mezclándose, diciéndome en clave su verdad profunda. Eran como piezas de un puzle emocional que no podía quedar convertido (que no puede quedar convertido, ahora lo sé) en una reseña al uso, llena de palabras, lugares comunes y elogios banales. Eran como teselas de un mosaico majestuoso y lleno de luces, capaz de embriagar pero también de intimidar a algunos lectores, incapaces de enfrentarse a pecho descubierto al espectáculo de la franqueza.
Al fin, este volumen lleno de sinceridades, este libro de aliento crepuscular, este catálogo de amores febriles o dulces, prolongados o súbitos, termina imponiendo sus leyes y te obliga como crítico a rendirte: no puedes “decir” en una reseña de trescientas cincuenta palabras lo que el poeta ya dice con más plenitud, con más desgarro, con ritmo más trabajado a lo largo de sus generosas páginas. Sólo te queda permanecer en silencio, conmovido, convulso, sabiendo que volverás a sus versos varias veces en los próximos años, porque este paño de la Verónica que ha sido bautizado como Debajo de los días cumple y supera con amplitud todas las expectativas líricas que había generado. Y porque, quizá, sea un libro destinado más a la relectura (sosegada, intensa, proteica) que a la lectura misma.
El Ángel ha vuelto.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Cantos de vida y esperanza




Lo diré en pocas palabras: pensaba que el reencuentro con la poesía de Rubén Darío sería menos gratificante. Cuando lo leí en mi juventud fui consciente de su musicalidad casi wagneriana, de su léxico histriónico, de su infulosa pedantería apenas enmascarada; y aunque acepté esos ingredientes como parte del encanto de su lírica (hablo del año 1988, más o menos), al retomarla tres décadas después imaginaba que esas mismas características podrían atragantárseme.
Por fortuna, no ha sido así: me ha distraído en muchas páginas la polimetría juguetona del nicaragüense, he tenido la cautela de protegerme de su martilleo rítmico (si te dejas llevar por él te zumban los oídos y no logras atravesar la epidermis del poema), he deslizado mis ojos por sus pirotecnias léxicas (obsede, oriflama, triptolémica, áptera, egipán) sin dejarme impresionar… y hasta he tenido el humor de contar las palabras esdrújulas que burbujean en algunas de sus composiciones (casi 40 en “Salutación del optimista”).
Y de este ejercicio de relectura he vuelto a extraer placeres no sólo sensoriales (el poema “Lo fatal” podría ser grabado en mármol) que me confirman la excelencia inmortal de este vate cuyo aliño indumentario no debe confundido con su valor lírico: el primero caducará, o resultará sofocante, o provocará incomodidad en algunos lectores; el segundo me parece indiscutible.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Filek




Hay millones de personas que atraviesan la existencia sin dejar más huella  en el mundo que alguna foto borrosa o una anécdota que sus sucesores recordarán durante dos o tres generaciones, para luego dejar que sea engullida por el sumidero de la nada. Personas sin significado colectivo y sin trascendencia social, cuya única virtud (o cuyo imperdonable error) ha sido la transmisión de su material genético a las generaciones posteriores. Pero que tal destino aguarde a algunos seres especiales, únicos, llamativos, se antoja tan sorprendente como digno de análisis.
Albert von Filek Wittinghausen fue una de esas singularidades. Y, como tal, provocó la curiosidad investigadora de Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores novelistas de España. ¿Cómo era posible que una persona que había engañado al general Franco, haciéndole creer que estaba en condiciones de fabricar una gasolina nueva, a base de agua y destilados frutales, se mantuviese en la grisura del anonimato? ¿Cómo era posible que apenas hubiera merecido diez líneas en un libro de Paul Preston, sin que otros intelectuales se interesasen por sus peripecias?
Recorriendo archivos, solicitando documentos, devorando la prensa de la época, analizando expedientes y frecuentando dependencias oficiales, el escritor de Zaragoza fue reuniendo con larga paciencia todos los hilos que le permitieran reconstruir las andanzas de aquel estafador que buscó la financiación de la República y del franquismo, que se codeó con Ramón Serrano Suñer (el Cuñadísimo), que fingió ser militar y periodista, que se hospedó en mil sitios (abandonándolos sin pagar o tras ultimar alguna de sus tropelías), que pasó de la celebridad periodística a la mugre de las prisiones y que acabaría muriendo en Hamburgo, tras haberse casado con una misteriosa mujer granadina.
Reconstrucción e investigación que conforman, junto a algunas conjeturas del novelista, un relato magnético, lleno de intriga y claroscuros, que la mano poderosa de Martínez de Pisón sostiene sin altibajos. Deslumbrante.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El arqueólogo




Claudio Bersani, el protagonista absoluto de esta novela (todos los demás personajes y todas las acciones que se narran en sus páginas se encuentran salpicados por su magnética influencia), es un setentón muy peculiar: continúa ejerciendo como profesor de arqueología en la universidad (acaban de nombrarlo emérito), sigue desplegando su encanto con las numerosas mujeres que a su alrededor pululan, no renuncia a los gestos huraños o paradójicos que le permitan mantener su independencia y su aura intelectual y, desde su casa a las afueras de Nápoles, colabora en la prensa y documenta sus libros. Es la suya, por tanto, una existencia pletórica en la que incluso se relaciona con notables políticos (Romano Prodi actúa como presentador de una de sus obras), miembros de la realeza (se olvida de un encuentro con Carlos de Inglaterra, porque lleva a sus nietos a ver la película Los cuatro fantásticos) o mafiosos de siniestra trayectoria. Presuntuoso, altanero, encantador, displicente, tierno, ególatra, son adjetivos que lo definen con exactitud en diferentes momentos de su vida.
En esa vida está rodeado de muchas figuras importantes, sobre las que ejerce más influencias de las que recibe: su esposa Melina, sus hijos, sus nietos, su sirviente Todor, sus colegas docentes, algunos vecinos. Y uno de los grandes aciertos del mallorquín Román Piña consiste en la inteligencia con la que dibuja los nexos familiares y la telaraña de anécdotas que, como las cerezas en una canastilla de mimbre, se unen entre sí para enriquecer los perfiles de don Claudio. En los últimos años de su existencia, un capricho del azar convertirá al venerable arqueólogo en aclamado triunfador en otro ámbito distinto al que siempre ha dedicado sus esfuerzos… Pero a los lectores, por obra y gracia de una estratagema narrativa que el autor nos tiene avariciosa y secretamente camuflada hasta el final, nos esperará aún una sorpresa de gran magnitud, que imprimirá un sesgo inesperado a la novela.
Solvente en todo momento, lírico cuando la ocasión lo requiere y abrupto cuando así se lo demanda la psicología de su personaje, Román Piña Valls sale victorioso de un texto que, en otras manos, no habría mostrado ni la mitad del esplendor que éste muestra. Notable.

domingo, 2 de diciembre de 2018

En ausencia de Blanca




En un melancólico artículo de prensa que el autor jienense publicó en el año 1988 bajo el título de “El ladrón de libros” se nos hablaba con delicada exactitud de “esos amantes que no piden ni desean otra cosa que el privilegio estático de la contemplación”; idéntico sentimiento al que experimentaba aquel monarca que, tras ser concebido por Rabindranath Tagore, pasaba sus días encandilado con la belleza y las gratas perfecciones de su esposa, llegando a mostrarse dispuesto a desatender las tareas del gobierno con tal de permanecer siempre a su lado para alimentarse con su visión… 
Mario pertenece a esa estirpe de personas. Su trabajo como delineante en la Diputación Provincial de Jaén no comporta ningún tipo de brillo, pero a él le resulta suficiente: obtiene unos ingresos menguados pero seguros, no soporta sobre sus hombros ningún tipo de exigencia administrativa y dispone de tiempo libre para estar en su casa y dedicarse a la actividad que le depara la única felicidad de su vida: gozar de la cercanía de Blanca, su esposa. “Qué pérdida de tiempo, no estar siempre con ella, tenerla cerca y poder mirarla”, nos confiesa el protagonista en una de las primeras páginas de su relato. Pero ella no comparte esa reducida visión del mundo, sino que nota bullir en su interior otras pulsiones: adora la pintura de Frida Kahlo (le pide a su esposo que vayan a Madrid para deleitarse con una exposición antológica suya que se ha instalado en la capital), el cosmopolitismo, la sofisticación, la modernidad. El equilibrio entre ambos temperamentos disímiles comenzará a erosionarse cuando aparezca en su mundo el artista conceptual Lluís Onésimo, que fascina a la impresionable Blanca y que generará desconfianza y celos en el pusilánime Mario… Lluís se convierte de sospecha en amenaza, y de amenaza en termita, lo cual despierta en Mario el recuerdo de Jaime Naranjo, el pintor con el que Blanca mantenía unas relaciones muy tóxicas antes de irse con el modesto delineante, que no dudó en someterse a situaciones vejatorias, bochornosas, casi lacayunas, para merecer la atención de la hermosa muchacha…
Una novela sobre la timidez, sobre el amor acomplejado y absoluto, sobre las parejas que se mantienen con los alfileres que uno de los miembros se obstina en colocar.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Cuaderno de Ibiza




Deambulamos por la vida buscando todo tipo de tesoros, anhelando descubrir el escondrijo donde Ben Gunn ocultó los cofres rebosantes de joyas del capitán Flint, persiguiendo el oro de los nibelungos, sin advertir que las más cercanas e íntimas riquezas, las más auténticas y satisfactorias (la familia, el amor, la amistad) las tenemos a una distancia pequeñísima, casi al alcance de la mano. Es probable que la sabiduría consista en descubrir ese diminuto secreto insuperable y no olvidarlo ya nunca.
El poeta José Cantabella nos demuestra en el volumen Cuaderno de Ibiza y otros poemas, publicado por MurciaLibro, que esa lección la tiene perfectamente clara desde que entró en su alma la artista Carmen Molina Cantabella, compañera, esposa, luz, sendero y horizonte que le ha llenado el corazón de ventanas y los dedos de versos. Con ella, a cuatro manos, ha construido una espléndida Casa del Amor; y ambos la han llenado de colores, músicas, libros, besos y futuro. Porque cuando se tiene la suerte de encontrar en la vida a esa persona especial, que parecía estarnos predestinada y que ensancha nuestra sonrisa, todo adquiere la densidad del gozo y nos inunda de dicha.
Adentrarse en las páginas de este libro es caminar junto al poeta y junto a su musa, compartir su esplendor de amantes y saborear las palabras como quien cierra los ojos y siente en los párpados la caricia de un tibio sol otoñal. “Me fui ovillando, es decir, me marché a la isla”, nos indica el poeta como arranque del volumen. Pero estas palabras no constituyen una etiqueta de misantropía o una declaración huraña, porque desde ese espacio puro el escritor nos tiende la mano y nos invita a contemplar con él, a escuchar con él, a sentir con él. Nos sentimos invitados a esa Región donde la felicidad canta y es bella (imposible sustraerse al juego de palabras).
Meseta de hermosura, isla de amor y sencillez, Cuaderno de Ibiza y otros poemas es un espléndido poemario al que debemos acercarnos con aplauso y con gratitud.