lunes, 30 de julio de 2018

Moderato cantabile




Cierro el libro Moderato cantabile, de Marguerite Duras, que me traduce Paula Brines, y sé que estoy procediendo a una despedida. He intentado tres veces sumergirme en las novelas de la escritora francesa y me declaro vencido: no he logrado que me guste. Me ocurrió también con Faulkner, Kundera o Mishima. No es grave, no es preocupante, no significa nada. Tan sólo que son autores con los que no consigo conectar, que no me comunican o me conmueven. Ni la culpa es suya ni mía. Así lo entiendo yo.
Habla Duras en estas páginas de una mujer llamada Anne Desbaresdes, que lleva a su hijo a clases de piano con madame Giraud. El chico, torpe o indolente, se limita a repetir una y otra vez la sonatina de Diabelli, sin demostrar entusiasmo o aprendizaje. Y un día se produce cerca de allí un acontecimiento brutal: una mujer es asesinada por un hombre en un café.
A partir de entonces, la aburrida Anne volverá día tras día al café, donde toma vino con un hombre llamado Chauvin, al que interroga por lo que ha pasado. Parece que está muy interesada en el destino de la mujer fallecida; o planea un final parecido al suyo (la asesinada pidió a su amante que la matara de un tiro en el corazón); o quién sabe qué. Chauvin y ella beben y se comunican con frases breves, elusivas, orientales, en las que no consigo penetrar para hacerme una idea de lo que está ocurriendo. Tampoco he logrado comprender bien la finalización del relato.
Insisto: puede que yo sea demasiado obtuso para entender la escritura lírica o neblinosa de Marguerite Duras (nacida con el nombre de Marguerite Germaine Marie Donnadieu, cerca de Saigón). No lo descarto. Pero, sea como fuere, lo que me parece normal es que no siga insistiendo con ella.

domingo, 29 de julio de 2018

Que la ciudad se acabe de pronto



Cuando se lee en la contraportada de un libro que nos encontramos ante la ópera prima de un autor pueden suceder dos cosas: la más habitual, que nos hallemos ante un volumen imperfecto y titubeante, que casi implora perdón con el recurso a esa fórmula; la menos frecuente, que se trate de una obra cuajada, rotunda y alejada de los caminos trillados. El libro de relatos Que la ciudad se acabe de pronto, del que es autor Trifón Abad y que ha sido publicado por el sello Malbec, pertenece sin vacilaciones al segundo bloque: es un volumen admirable.
Y lo es por varias razones: una elección de temas que se salen de lo corriente (cocheros que encuentran cadáveres que luego venden a anatomistas, distopías futuristas basadas en la exaltación del silencio, niños entusiasmados con las moscas, venganzas indígenas que se prolongan en el tiempo), una construcción textual que asombra por su perfección, ritmos narrativos que tienen un aroma clásico y, en fin, unos personajes que, con apenas tres o cuatro pinceladas, quedan impresos en la mente del lector.
Trifón Abad sabe lo que se hace, esto no admite dudas. No incurre en aspavientos culturalistas, ni adopta una pose de iconoclasta, ni se dedica a torpedear nuestros ojos con relatos “provocadores”. Tampoco elabora una solapa pretendidamente graciosa, ni aporta una foto epatante de sí mismo. Lo normal cuando nos topamos con ese tipo de exhibiciones es deducir que el autor no está demasiado convencido de que su literatura sea capaz de defenderse sin apoyos. Pero él no. Trifón Abad (a quien no tengo el gusto de conocer, por cierto: que nadie piense en alabanzas amistosas) lleva a cabo lo más arduo, lo más ingrato, lo más difícil: se preocupa de escribir unos textos maduros, serenos, aquilatados; unas catedrales que tienen hermosa fachada, pero también una arquitectura solemne y duradera. Y luego los pone en nuestras manos.
A mí esta propuesta me parece muy convincente, y estoy seguro de que no me perderé su siguiente obra. Les recomiendo que hagan lo mismo.

viernes, 27 de julio de 2018

Los asesinos entre nosotros




Un nazi (el Rottenführer Merz) se lo dijo a Simon Wiesenthal cuando éste le indicó que alguna vez contaría los horrores del genocidio: “No le creerían. Dirían que usted se había vuelto loco y hasta quizá le encerraran en un manicomio. ¿Cómo podría nadie creer seme­jante horror sin haber pasado por él?”. La frase, con la que se cierra este volumen, es tan exacta como aterradora. Porque de eso se trata, precisamente, en este libro. De escuchar y leer sobre lo imposible, para comprender que el ser humano es capaz de atrocidades como ésta. De acudir a otros libros, a actas judiciales, a fotografías, a miles de otros documentos, para darnos cuenta de que lo infernal fue terrenal durante aquellos años.
Los asesinos entre nosotros supone el trabajo de localización que durante muchos años desarrolló este arquitecto austrohúngaro, antiguo prisionero del campo de exterminio de Mauthausen, para poner ante la justicia a los criminales nazis que se encontraban cómodamente instalados en numerosos países, donde sus actividades genocidas eran ignoradas o se consideraban prescritas. En estas páginas. En vano lucharán los negacionistas para desmentir la verdad de las fotos, de los brazos tatuados, de las amputaciones y los experimentos genéticos, de las cremaciones, del horror.
Ni una sola de las atrocidades de este libro admite ni merece resumen. Hay que acudir a las descripciones pormenorizadas de Wiesenthal y sus informantes. Por justicia. Para evitar que caiga en el olvido aquella monstruosidad. Para que el humo de los hornos se convierta en testimonio. Para que la sangre vertida no se borre nunca.
Leí esta obra hace veinticinco años y, releyéndola, he experimentado la misma conmoción, la misma sacudida emocional. Los nombres de Ana Frank, Adolf Eichmann u Odessa salpican estas páginas y nos mantienen vivo (y así debe continuar) el recuerdo de aquella época. Ahora son palabras, pero fueron en aquellos años lágrimas, y humillaciones, y asesinatos, y gases venenosos, y familias destruidas, e hijos exterminados ante sus padres. Y hubieran sido, sin la intervención de Wiesenthal y otras personas como él, años impunes.
Esto no es un libro: es memoria indeleble.

miércoles, 25 de julio de 2018

Pulvum eris...




Esta novela corta fue galardonada con el premio «Saavedra Fajardo» en el año 1981 y estaba concebida como un homenaje fervoroso a don Juan Manuel (el autor lo declara expresamente al final del libro). Nos sitúa ante un relato de viajes, ambición, ingenuidad y conocimiento, donde no se concede respiro a los lectores, pues desde la primera de sus páginas se los sumerge en una aventura intrigante, seductora, llena de encanto y misterio.
Encontramos en su inicio a un anciano abad que espera al joven monje galo de la orden de Cluny que le está recitando la hagiografía de Casiano para que él la anote. Poco después, llega al convento un artzai vasco, el deán de Santiago. Viene en busca del viejo abad porque deduce que éste, siendo “libro viviente y ciego, bibliotecario loco del viejo Ripoll” (p.17), podrá ayudarlo en un ambicioso proyecto que acaricia en secreto desde hace años, y al que no piensa renunciar en modo alguno: llegar a ser papa. Este deán le pidió, años atrás, que hiciese un esfuerzo de memoria y que recordase si había tenido oportunidad de trabajar sobre algún pergamino, quizá escrito en griego, que tras ser robado en la lejana Alejandría, hubiera recalado en Ripoll. Si ese pergamino (que contiene las instrucciones necesarias para llegar al papado) obrara en su poder, el deán se compromete a utilizarlo para reconducir los caminos de la Iglesia; y lo nombraría a él arzobispo o abad de Ripoll.
A partir de ese momento, se inicia un viaje repleto de aventuras, peligros y sorpresas, que tiene como objetivo localizar el sepulcro de Moisés y que dejaré que los lectores descubran por sí mismos, porque supondría un auténtico crimen destripárselo.
La gran pregunta que puede formularse al final es la siguiente: ¿estamos, realmente, ante una novela histórica? Tras un serio análisis de los elementos que conforman el tomo, yo creo que habría que contestar de forma negativa. Pulvum eris… es un libro ambientado, eso resulta indiscutible, en un período histórico (el siglo XI), que es descrito con encomiable rigor; pero no se plantea como prioridad la narración de aquel mundo, sino de unos personajes y caracteres que se revisten de nítido valor metafórico. Santiago Delgado ambienta históricamente estas páginas, pero no se detiene ahí. No se estipula como meta la de “novelar” una porción del siglo XI, ni juega tampoco al pastiche por el puro placer de exhibir sus conocimientos, lecturas y sabidurías. Su proyecto es más ambicioso, y por eso supera el umbral de la novela histórica; que es, en sí, un sub-género tan limitado  y tan discutible —no nos engañemos— como la novela negra o la novela rosa, aunque los nombres de Walter Scott, Marguerite Yourcenar, Gore Vidal o el excelso Robert Graves hayan contribuido a dotar a la primera de una aureola más bien engañosa de excelsitud (y digo “engañosa” porque nos dejamos distraer en sus obras de la principal evidencia: que no son simplemente unos grandes escritores históricos, sino unos grandes escritores). Santiago sitúa a sus personajes en el siglo XI y luego nos habla de la eternidad, de lo humano, de lo imperecedero. Todos los protagonistas nacen, ambicionan, traicionan y mueren como lo harían un goliardo, un mujik, un sacerdote inca o un escriba sumerio. Lo inmortal humano se refleja a la perfección en las peripecias impetuosas, lascivas, simoníacas, traicioneras y finalmente fracasadas de todos los personajillos que emprenden la búsqueda del sepulcro de Moisés. Y daría igual que, en lugar de cristianos medievales, fueran marineros griegos que desean encontrar el Vellocino de Oro, y que tienen los ojos erosionados por la monotonía de las aguas; o conquistadores españoles buscando la tierra de Eldorado, crucificados por las saetas envenenadas de los indígenas; o viajeros que fatigan los caminos de Asia junto a Marco Polo, mientras sueñan con la ruta de la seda; o nazis que se han fijado como objetivo la localización del Arca de la Alianza, que les dará poder sobrenatural; o montañeros que persiguen al yeti por las cumbres del Himalaya, ajenos a la ceguera de la nieve. El viaje de búsqueda carece de filiaciones históricas, porque es eterno. Todas las expediciones son una sola expedición. Y Santiago Delgado, que es novelista inteligente, lo sabe. Elige un período temporal y se ciñe a él con escrúpulo de erudito, pero jamás pierde de vista que está relatando hechos universales y que, por tanto, escribe en verdad fuera del tiempo. A una novela no conviene ponerle más adjetivo que la palabra “buena” o “mala”. El resto son trampantojos.

lunes, 23 de julio de 2018

Raros, torpes y hermosos



Abro para ustedes el libro por la página 219 y les copio íntegro el microrrelato “La abuela”: “La abuela había sido maestra. Así que a mamá le pareció lo más adecuado que fuera ella quien nos enseñara a leer. Papá al principio protestó: ¡Pero si está muerta! Luego mamá le mostró la güija y el pobre papá se quedó sin argumentos”. ¿Cómo se han quedado? Bien, ahora imaginen otras cuarenta historias, muy diferentes entre sí. Imaginen que el volumen está lleno de sentido del humor, de ingenio, de chispas estilísticas, de fluidez narrativa. Imaginen que ese tomo se parece a una atracción circense en la que experimentas, dependiendo del pasillo por el que decidas adentrarte, miedo, sorpresa, felicidad, angustia, carcajadas o inquietud. Si la idea les parece tentadora les indico que esa obra existe y que, con el título de Raros, torpes y hermosos, la ha publicado Raúl Jiménez en el sello alicantino Sala28.
Allí nos habla de un artista plástico que anunció en plena juventud que él era inmune a las asechanzas de la muerte y que, clarividente o terco, sobrevive con más de cien años en una residencia geriátrica. O nos cuenta la peculiar condición de un pueblecito cuyos habitantes son todos taxistas y admiradores del director cinematográfico Martin Scorsese. O nos traslada la singular historia de un padre que, envidioso de las prerrogativas de su hijo lactante, emprende una regresión sin límites para igualarse a él. O nos resume la aberrante situación protagonizada por una mujer que, mientras cuida a su suegro con alzheimer, descubre en sí misma una veta sádica que le produce tanto placer como inquietud. O nos informa sobre una madre que, dotada con poderes especiales, es capaz de leer sin luz, tumbada en su cama, novelas de Marguerite Yourcenar.

Sé que un sello discreto como Sala28 tiene pocas posibilidades de colocar sus novedades en las librerías, abarrotadas por las propuestas de grandes sellos nacionales y multinacionales, pero yo les animo a que se interesen por esta obra y la pidan a su librero de confianza: les aseguro que me van a agradecer el consejo. Raúl Jiménez cuenta, muy bien, historias muy interesantes. Les gustará.

sábado, 21 de julio de 2018

Furtivos días



Me he leído un poemario de Adolfo Burriel que lleva por título Furtivos días (Algaida, 2005), al que le concedieron el premio Alegría y que fue publicado con todo lujo y primor... y me encuentro con que es una puñetera mierda. Pero así, sin más, sin paliativos, sin matices. Una soberana mierda pinchá en un palo. Pido perdón por la brutalidad del resumen, pero es que perder el tiempo con libros subnormales me saca de quicio.
Son una especie de haikús gilipollas, sin brillantez y sin pies ni cabeza, donde el sentido no aparece por sitio alguno y donde uno tiene la constante sensación de haber sido estafado por el autor, por el jurado, por la editorial y por la madre que los parió a todos juntos. El único detallito que se salva está en la página 61, y son tres versos que dicen así: “Puertos / donde la mar / nos deja sus ciudades”. La inversión (que sea el mar quien regala las ciudades a la costa) es hermosa, pero no justifica un libro, ni la hora invertida en la lectura.

En mala hora se me ocurrió.


jueves, 19 de julio de 2018

Rudens




Plauto, el viejo Plauto, de quien leí admirativamente su Anfitrión hace más de treinta años, vuelve a mis ojos en las páginas de su celebrada comedia Rudens, traducida y anotada por Antonio López Fonseca y me encuentro, como no podía ser menos, con diálogos bien trabados, muletillas jocosas, coqueterías picantes, juegos de palabras de notable cuño, cómicas amenazas de palizas, bravucones escarmentados, falsos juramentos que se resuelven de manera ingeniosa, chicas desamparadas que deben ser protegidas y una espectacular anagnórisis que tiene como protagonista a Palestra.
En suma, los recursos que tan magníficamente manejaba aquel escritor que, antes de alcanzar la fama, trabajó moviendo la piedra de un molino.
Detalle cultural: he aprendido (nota 15) lo que era un calator, es decir, un esclavo que acompañaba al amo para recordarle el nombre de las personas con las que se cruzaba.
Detalle optimista: Esceparnión, viendo que una tempestad ha volado el techo de una vivienda, dice que al menos “ha hecho la casa más luminosa y la ha llenado de ventanas”.
Detalle kenningar: Ptolemocracia pregunta a dos mujeres a quienes ve totalmente empapadas si han venido en barco, es decir, “en un caballo de madera por los azulados caminos”.
Detalle intemporal: La frase que figura en la escena III del segundo acto y que me parece de una gran perspicacia psicológica: “Entre tanta gente, el ladrón sí que ve fácilmente al que vigila, pero el que vigila no sabe quién es el ladrón”.

martes, 17 de julio de 2018

Usos amorosos de la postguerra española




Todos tenemos una madre o una abuela que crecieron en los años posteriores a la guerra civil de 1936; o hemos visto películas ambientadas en aquel mundo; o hemos leído obras de Carmen Laforet, Miguel Delibes o Camilo José Cela, que nos contaron aquel mundo de mojigatería, religiosidad superficial, militarismo casposo e hipocresía de cretona. Así que este ensayo lúcido, documentadísimo y de enorme amenidad, firmado por Carmen Martín Gaite y que obtuvo el XV Premio Anagrama en la modalidad de ensayo, constituye un repaso impagable con el que refrescar nuestras nociones sobre aquellos años cuarenta y cincuenta, que tan cercanos están y tan lejanos se nos antojan.
Todos los elementos que burbujearon en aquella España son aquí analizados con rigor, buena memoria y objetividad: la ambivalencia que se mantenía frente a los Estados Unidos, a quienes se juzgaba inmorales mientras se les envidiaba en secreto; la visión de la soltería femenina como un fracaso digno de conmiseración o burla (“La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi”); la Sección Femenina como plataforma de deporte y bailes regionales, que instruía a la mujer en la esencia de la sumisión, el recato y el españolismo; el humor de La Codorniz como subversión y aire fresco, que pasaba de mano en mano y de ojos en ojos; la niña Topolino, ejemplo de modernidad y snobismo, crudamente vista por quienes intuían el riesgo de su subversión; el interés que se desplegaba para que las niñas fueran educadas en colegios de monjas, de donde salían “doctoradas en vainica y letanías”; la exaltación de la virginidad y la gazmoñería; la conveniencia de que las mujeres aceptasen de buena gana que sus novios ya estuvieran “vividos” o “corridos” antes de acceder hasta ellas, porque la sexualidad masculina tenía urgencias que debían ser comprendidas; o la reglamentación estricta que regía ceremonias tan inanes como la presentación en sociedad de las chicas, la petición de mano o la forma en que se podía saludar a los chicos en la calle.
Una amplia batería de citas recogidas de publicaciones de la época nos permite conocer, con el léxico de entonces, el modo en que se adoctrinaba a varones y mujeres en aquel mundo grisáceo, nacionalcatólico y antiguo.

domingo, 15 de julio de 2018

El verano del Endocrino



No se trata, desde luego, de un personaje convencional. Un buen día, sin que nadie tenga noticia previa de él, aparece en la pequeña localidad de Labriegos un hombre poco hablador, amable y amante de los libros al que, de forma casi azarosa, comienza a conocerse como El Endocrino. Al principio, todos lo miran con curiosidad pero con cierta distancia, hasta que el intruso se va ganando el favor de los lugareños: primero, interesándose por todas las labores agrícolas de la población; después, ayudándolos con su inteligencia detectivesca a resolver pequeños misterios locales (qué animal está devorando las gallinas de un vecino, dónde está el coche que desapareció hace días de forma inopinada, quién ha robado una talla de la Virgen de la ermita).
Poco a poco, el Endocrino se convierte en un tipo curioso… y con curiosidad, que canaliza (al estilo de los Bouvard y Pécuchet flaubertianos) hacia mundos tan distintos como la botánica, la sociología o la historia. En todos esos ámbitos se verá sometido a experiencias de lo más llamativas, que sorprenden al lector y lo llevan de la mano a través de una narración amena y divertida, con instantes de humor, de reflexión y de aprendizaje. Para contarnos esas peripecias, el novelista recurre a la voz de un maestro de Primaria, que conoce durante ese largo verano al Endocrino y que tiene acceso posteriormente a sus cuadernos de apuntes. Él nos va a ir desgranando la evolución de sus intereses y peripecias con gracia y minucia casi entomológicas.
El extremeño Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), quien ya nos tiene acostumbrados a obras excelentes dentro del territorio del relato corto (Cuaderno escolar, Perder el tiempo), la poesía (Aire de familia) y la novela (El tesoro de la isla), nos entrega una vez más un volumen exquisito. En este último trabajo yo destacaría de forma especial la impronta cervantina que el escritor ha tatuado en su prosa, elegantemente juguetona y de voluntad clásica, con oraciones largas y musicales. El resultado es una novela fluida, delicada, densa y de una sonoridad muy brillante. Si andan buscando para este verano un texto de tanta perfección formal como atractivo argumento yo les recomiendo esta novela publicada por Baile del Sol. Creo que puede gustarles.

viernes, 13 de julio de 2018

Un árbol, un adiós



Termino una pequeña novela de Marina Mayoral a la que puso como título Un árbol, un adiós (Acento Editorial, Madrid, 1996). Es la historia de una mujer llamada Laura que, ya casada y con hijos, vuelve al lugar de su infancia con el objetivo de plantar un magnolio. Allí reencuentra a Paco, el primer amor de su vida (magnífico capítulo VIII, donde cuenta cómo se despidió de él haciendo el amor junto a un hórreo, aunque en Madrid la estaba esperando el novio con el que se acabaría casando), y comprende que la melancolía y la memoria son parte imprescindible de la existencia.
Me ha gustado mucho este texto, y creo que está bien conseguido. A veces, inevitablemente, el monólogo se vuelve un poco forzado; pero en líneas generales está resuelto con elegancia y con oficio narrativo.
“A la belleza no hay que exigirle nada” (31). “La vida es un juego cruel en el que todos somos perdedores” (72). “Sentirse indispensable llena mucho” (78).

miércoles, 11 de julio de 2018

El camino de los Ingleses




Espléndida novela de Antonio Soler, que obtuvo el Nadal en el año 2004 y que me he releído en estos primeros días de julio: El camino de los Ingleses (Destino, Barcelona, 2005). Es un relato lleno de melancolía donde se nos van contando las vidas de Amadeo Nunni el Babirusa (que cree que su padre desapareció raptado por una nube), de Paco Frontón (hijo de un delincuente de alto nivel), de Miguel Dávila (al que extirparon un riñón), de Rafi Ayala (un desequilibrado que termina metido en los paracaidistas), de Ruborosa (un representante de lencería femenina), de la Señorita del Casco Cartaginés (una mujer que ha naufragado en el tiempo y en el amor), de Luli Gigante (novia de Dávila, aspirante a bailarina, y que termina siendo acosada por Ruborosa), del enano Martínez (un ser rencoroso y quizá homosexual), etc.
Es una novela magnífica, trenzada con muchas historias, con infinidad de matices que se van cruzando, tejiendo y destejiendo, hasta lograr una trama llena de primores lánguidos, agridulces, tibiamente amargos. Novela que tengo que releer en el futuro, una vez más.
“Esto no es un libro, es una religión” (p.91). “Pediste que te engañaran porque pediste que te lo contaran todo. Si lo haces estás obligando a esa persona a que te mienta” (p.197). “Yo te quiero para ti, no para mí” (p.230). “¿Alguno de vosotros sabe el tiempo que vive una nube?” (p.253). “Somos el paisaje por el que transcurren nuestras vidas, poco más” (p.323).

lunes, 9 de julio de 2018

Hicieron historia



En ocasiones, la ignorancia sobre el pasado comporta matices de ingratitud que conviene solventar, porque nos abalanzan hacia el talud de la injusticia. Y una de las formas más inteligentes de hacerlo es escuchar con atención a las personas que saben. Es lo que debemos hacer en el caso del profesor Francisco Javier Díez de Revenga, quien ha vuelto a publicar una obra de valioso contenido. Se titula Hicieron historia, la ha publicado la Real Academia Alfonso X el Sabio y en sus páginas se aborda la vida y obra de cuatro murcianos insignes, a quienes quizá tributamos menos reconocimiento del que merecerían.
Comienza el recorrido con la figura de Diego Clemencín, celebrado comentarista del Quijote, cuya lírica no juzgó con demasiada benevolencia (“los versos me parecen, como generalmente los de Cervantes, mal”) pero que fue el primero en abordar el análisis de la inmortal novela con rigor académico. Tras él se detiene en Gerónimo Torres, deán de la catedral, copresidente de la Junta Revolucionaria (1868) y diputado a Cortes en dos legislaturas, además de Rector de la Universidad Libre de Murcia, ilusionante proyecto intelectual que se mantuvo solamente durante un lustro, por las dificultades económicas y el escaso número de alumnos.
A continuación se sumerge en las dos semblanzas más extensas, dedicadas a Enrique Fuster y a Emilio Díez de Revenga Vicente. Del primero se nos explica que fue conde de Roche, bibliófilo y estudioso de Saavedra Fajardo, así como presidente del Casino de Murcia. Apoyándose en numerosos recortes de prensa, el autor del libro nos detalla episodios tan curiosos como su participación en un banquete ofrecido al dramaturgo José Zorrilla o la invitación que cursó al polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo para que visitase Murcia y pudiera conocer, durante la procesión de Viernes Santo, las tallas inmortales de Salzillo. Y al segundo le ofrece cien páginas de fotografías, detalles biográficos y curiosidades (su amistad con Azorín, su trabajo legislativo en apoyo de los registradores de la propiedad o la publicación de su inteligente libro Artículos adocenados), que nos resumen la figura de quien siempre mostró (lo leemos en la página 276 de este trabajo) “inquebrantable y permanente amor por Murcia, por sus tradiciones, por su cultura y por su literatura”.

sábado, 7 de julio de 2018

Bebop Café




Pongámonos en situación enumerando algunos de los hilos de este tapiz: tenemos por un lado a Fran, que trabaja en una academia y vive en un piso de soltero donde las fotografías en las paredes, los discos de jazz, las cervezas en el frigorífico y la penumbra son los rasgos principales; tenemos también a Jorge, un amigo suyo que entra y sale de allí a su libre arbitrio y que gorronea su alcohol y su sofá; luego está Esther, amiga de Fran y que dispone de un local (el que da título a la novela) donde trabaja el ruso Boris; tenemos también a Genaro, un vagabundo más bien zumbado que vigila el coche de Fran; y tenemos a la Gran Ausente, Ana Valdivia, antigua novia de Fran quien, viendo el panorama de su inmadurez y su falta de empatía, optó por romper la relación y marcharse bien lejos.
Ahora introduzcamos un chirrido en la maquinaria: en el parabrisas del coche de Fran empiezan a aparecer misteriosas notitas que lo terminan conduciendo hasta Granada, donde al parecer estuvo con Ana y donde, también al parecer, se hundió su noviazgo. Y he insistido en la fórmula “al parecer” porque Fran no recuerda haber estado jamás, ni con Ana ni sin ella, en la ciudad andaluza. No obstante, cuando llega allí sí que comienzan a aflorar algunas imágenes que tenía hundidas en el fango del olvido.
No explicaré quién es el enano libidinoso que se acerca hasta él, ni por qué un travelo rondará su habitación, ni quién es el muerto que aparece a pocos metros de Fran, ni qué busca el inspector de policía cartagenero que lleva años dando vueltas alrededor de Fran… Es tarea del lector descubrir, paso a paso, los trepidantes entresijos de esta novela, cuyo final hará tambalearse todas las ideas que haya ido atesorando durante su desarrollo.
Tahúr habilidoso, prestidigitador de la trama, Luis Sánchez Martín plantea en estas páginas una ficción llena de sorpresas, con más vueltas de tuerca que una novela de Onetti.

jueves, 5 de julio de 2018

El espejo de la diosa




Otra relectura de verano: El espejo de la diosa, de Francisco Giménez Gracia (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005), un volumen hecho de inteligencia, nervio, enormes dosis de gracia expresiva, tino filosófico y trallazos verbales. El autor sabe ser sublime y chabacano, irónico y mordaz, delicado y bruto. Pero jamás abandona la buena prosa, ni decepciona con un párrafo endeble. Me encanta. Y para intentar transmitir una pequeña muestra de esa fascinación reproduciré algunos fragmentos de la obra.
“Todo empieza por una putada (el nacimiento) y termina en otra mayor (la muerte). Entre medias aún hay gentuza que pretende que nos pongamos a dieta” (p.12). “Cualquier persona sensata termina por darse cuenta de lo poquísimo que le une al resto de sus semejantes” (p.12). “Que los Evangelios son obra de unos individuos de lo más siniestros es algo que se desvela desde el mismo título. En efecto, el que se califique de “buena nueva” el anuncio de que el fin de los tiempos está próximo; que muchos serán los llamados, pero muy pocos los elegidos, y que para esos muchos será el fuego eterno, el llanto y el crujir de dientes, que se tenga todo esto por una grata noticia, digo, es algo que sobrepasa todos los límites del resentimiento” (p.29). “Me gustaría saber de qué podrida región del cerebro puede nacer la vocación de predicar” (p.34). “El bajo índice de suicidios demuestra que el hombre padece un síndrome de Estocolmo con la vida” (p.45). “¿Cómo no desconfiar de todos esos que gustan de hablar en nombre de los demás?” (p.60).

martes, 3 de julio de 2018

Poeta en Nueva York




Me releo, para abrir el verano de 2018, los versos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, que vuelvo a encontrar llenos de imágenes sorprendentes, poderosas construcciones verbales y delirante magia onírica. Qué manera de sentirme traspasado por las palabras del granadino. Sería muy presuntuoso si dijera que lo he entendido totalmente. No ha sido así. Ni ocurrió en la primera lectura, ni en la segunda, ni en ésta (me he negado a leer todo tipo de notas a pie de página o explicaciones eruditas sobre el poemario). Pero añadiré que sí lo he sentido. Sus adjetivos y sus insólitas metáforas se me colaban por los ojos, reptaban por el interior de mi cabeza y dibujaban luces en mis oídos. Hay poemas que me ha gustado releer tres o cuatro veces (“Paisaje con dos tumbas y un perro asirio”) y otros donde me entusiasman las claves psicológicas que contiene (“Oda a Walt Whitman”). Todo el poemario es como el fruto de una borrachera de sensaciones, una embriaguez furiosa de sustantivos y adjetivos que copulan en una atmósfera de aceite y LSD. Quizá se antoje sacrílego, pero yo creo que el poeta no quería “decir” nada con estas páginas: quería “transmitir” un estado de ánimo. No hay racionalidad ni cálculo en estos versos. No hay premeditación ni estrategia. Hay tumultos interiores de lava que no sabe por dónde salir y excava pasadizos. Federico sólo le puso las palabras a ese vulcanismo telúrico. Palabras maravillosas, por cierto. Palabras que no quiero que nadie me explique, para que no reduzca su magia.
“Mi rostro distinto de cada día”. “Hay un dolor de huecos por el aire sin gente”. “A veces las monedas en enjambres furiosos / taladran y devoran abandonados niños”. “Te dejaré pacer en mis mejillas”. “El que teme la muerte la llevará sobre los hombros”. “Quiero llorar porque me da la gana, / como lloran los niños del último banco, / porque no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. “Yo no pregunto, yo deseo”. “La verdad de las cosas equivocadas”. “Hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos”. “Yo denuncio a toda la gente / que ignora la otra mitad”.

domingo, 1 de julio de 2018

Las cuevas y sus misterios



¿Por qué nos producen tanta fascinación las grietas, las cavernas, los espacios oscuros que se esconden en las montañas, en los desiertos, en el fondo de los mares? ¿Por qué tantas personas se han sentido impulsadas a penetrar en ellas, poniendo incluso en peligro sus vidas? El investigador Juan Gómez, ganador del III Premio Enigmas con este libro que ahora publica el sello Luciérnaga, trata de explicarnos sus ideas al respecto. Y lo hace con un recorrido francamente espectacular por las cuevas de todo el mundo y por los mil usos y misterios que las mismas esconden, que nos llenan de asombro por su variedad.
Este paseo comienza, como es lógico, en las cuevas del Paleolítico, decoradas con dibujos cuyo significado aún no ha sido resuelto por la ciencia, y que a veces esconden imágenes pintadas en zonas de acceso casi imposible. Nos lleva también hasta cuevas relacionadas con el pensamiento religioso en todas las culturas del mundo, incluidas Lourdes o Fátima; pero igualmente a aquellos sitios que se erigen en portales de acceso a lo demoníaco, como el volcán Masaya, las cavernas que conducían al Xibalba de los mayas, la cueva del Diablo en Salamanca o la entrada del Averno que descubrió el arqueólogo norteamericano Robert Paget cerca de Nápoles en 1960.
Igualmente nos conducirá hasta Islandia, para contarnos con todo detalle la tenebrosa vida de Axlar-Björn, único asesino en serie en la historia de su país, cuya hacha (considerada maldita por los lugareños) anda oculta en una cueva, sin que nadie haya sido capaz de encontrarla desde el siglo XVI. O nos aproxima hasta lugares donde se celebraron ritos iniciáticos de estirpe masónica o incluso horrendos sacrificios humanos. O nos lleva hasta las cuevas sumergidas de Orda (Rusia) o los fascinantes agujeros azules que se localizan en los mares de China, entre otros lugares del mundo. O nos refiere leyendas sobre tesoros que, desde Granada a Las Hurdes, se encuentran escondidos en cuevas, según rezan las creencias populares.
Alejándose en todo momento de las exageraciones y de la afectación mistérica, Juan Gómez se preocupa de aducir siempre opiniones de expertos académicos, datos numéricos contrastados e interpretaciones lo más sensatas posibles, esquivando la tentación de lo fantástico. Eso convierte este volumen en una obra realmente memorable, que merece ser leída por su rigor y por sus sorprendentes informaciones.