lunes, 13 de marzo de 2017

Diario de un mal año



En una entrevista que el premio Nobel Camilo José Cela concedió a Joaquín Soler Serrano a mediados de los 70 afirmó el gallego que todos los seres humanos somos poliedros y que, según incida la luz sobre una cara o sobre una arista, distinto será el haz que resulte. Otro premio Nobel, el sudafricano J. M. Coetzee, ofrece una adaptación novelística de esta tesis en su obra Diario de un mal año, que traduce Jordi Fibla para la editorial Mondadori. En ella (y con un original formato tipográfico, que divide en varias partes cada hoja del libro) se nos ofrece un universo narrativo de extraordinario interés: en primer lugar, cincuenta y cinco apuntes donde Coetzee (disfrazado con la piel ensayística de un ficcional “señor C”) emite sus temblorosas o firmes opiniones sobre los temas más variopintos: Al-Qaeda, los orígenes del Estado, la firmeza narrativa de Tolstoi, la pedofilia, los sueños, la democracia, el turismo o la música de Johann Sebastian Bach; y en segundo lugar tenemos una suave trama fabulística, que se funde con la anterior: la de un novelista de éxito, el señor C, que contrata a una hermosa filipina llamada Anya (a la que conoce porque vive en su mismo edificio) con el objeto de que mecanografíe el contenido de las cintas magnetofónicas que él va grabando en la soledad de su casa, para un libro colectivo que se publicará en idioma alemán. La chica, desde el momento en que la vio, le provoca una atracción que oscila entre lo platónico, lo sensual y lo pigmaliónico; y este hecho irrita al compañero de Anya, el impetuoso Alan, quien urdirá una estafa para aprovecharse de los tres millones de dólares que el famoso escritor tiene ahorrados.
Ambas partes narrativas (que, como indicaba antes, se van combinando en cada página, separadas por finas líneas negras) se pueden leer como entidades independientes, y no serán pocos los lectores que opten, legítimamente, por esa modalidad de aproximación al texto. Pero creo que una lectura donde se mezclen los dos cuerpos de la fábula (ensayo/novela; intelecto/sentimiento) aporta un nuevo sentido a las líneas, mucho más proteico, más rico, casi cuántico.

Llama la atención en este libro (pues más que “novela” es un “libro”, al modo en que los deseaba Miguel Espinosa) la forma en que Coetzee juega con los planos y las voces narrativas, mezclando miradas cálidas y miradas analíticas, y desdoblándose con inteligente esfuerzo en varios personajes, con distinto grado de extrañamiento: el señor C, Anya e incluso Alan. La mezcla de todos ellos entrega en las manos de los lectores una pieza maestra llamada Diario de un mal año, donde las reflexiones sobre el mundo y sobre la interioridad del ser humano alcanzan niveles de altísimo interés. Un libro sin duda memorable.

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