domingo, 30 de octubre de 2016

Diez mitos de la democracia



Recuerdo la escena final de una película que vi durante mi niñez o quizá durante mi adolescencia. Un hombre se adentraba por un pasillo en cuyas paredes había incrustados cristales y cuchillas. A su espalda, alguien azuzaba contra él unos perros, creo que de raza dóberman, y luego apagaba la luz, para que el pánico lo obligara a salir corriendo. Esta secuencia televisiva, que aún me provoca escalofríos, me vino a la cabeza nada más leer la sinopsis de este trabajo de Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón, porque el espíritu que los anima para confeccionar este ensayo no puede ser más ambicioso ni más polémico: analizar y cuestionar una decena de mitos que aletean en todas las sociedades democráticas. Recordé también, cómo no, al caravaqueño Miguel Espinosa, quien en sus obras Asklepios y Escuela de mandarines esmaltó la idea de que siempre se debía “enjuiciar desde principios y concluir implacablemente”. Me dije que si la sentencia era válida para el novelista también lo era para estos dos ensayistas.
Conscientes de que se estaban metiendo en un auténtico berenjenal, pero también conscientes de que “ver el mito como mito es una manera de desactivarlo; esto es, de interrumpir su conversión en dogma”, Ujaldón y Galindo han puesto todo su empeño intelectual en aproximarse a un ramillete de tótems mineralizados, para luego desmontarlos en estas páginas, observarlos por dentro y emitir un dictamen sobre su validez o su mendacidad.
En esa línea de trabajo, los dos filósofos no dudan en acuñar frases que puedan generar rechazo, como cuando indican (por ejemplo) que las manifestaciones viales son una “secularización de rituales litúrgicos de impetración a Dios” o que constituyen, si se las examina con cierta objetividad, “más un folclor que un pilar de la democracia”. O cuando expresan su opinión de que los derechos humanos surgieron como fruto de una convención y que, por tanto, no pueden verse sometidos a una “cristalización dogmática”, sino que son susceptibles de revisión. O cuando lamentan, en el panorama político español, la pervivencia de las manidas etiquetas de “derecha-izquierda”, una dualidad maniquea que jibariza la multiplicidad del pensamiento y sus matices.
Este volumen admite, desde luego, la etiqueta de “provocador”, pero lo hace sin carácter sentencioso y sin asomo de dogmatismo. Los autores saben, obviamente, que sus ideas resultan incómodas en el panorama ensayístico actual, pues circulan a contracorriente. Pero se muestran en todo momento abiertos a la posibilidad de discutir o contrastar sus tesis con las esgrimidas por sus oponentes intelectuales. Porque, en el fondo, este libro trata de eso: de fijar unas posiciones ideológicas y de mostrarse dispuestos a discutir racionalmente sobre ellas, sin visceralidad y sin aprioris.

Una democracia sana y vigorosa es la que analiza, pondera, discute y mejora. Ya comprobaremos qué tipo de debates genera este ensayo.

viernes, 28 de octubre de 2016

Diario de un hincha



Se han dicho muchas cosas del madrileño Montero Glez desde que los editores y los lectores decidieran fijarse en sus obras y prestarle un poco de atención. Hasta Arturo Pérez-Reverte ha reconocido en algún artículo y alguna entrevista que envidia la forma de escribir de este hijo de Chamberí. Ahí queda eso.
Sus libros Sed de champán, Manteca colorá, Al sur de tu cintura o Cuando la noche obliga han ido confirmando paulatinamente que no estábamos ante un escritor momentáneo, fruto de una moda, sino ante un artillero de potencia más que notable, que venía a las letras españolas para hacerse notar y para que escuchemos durante mucho tiempo sus zambombazos y sus metáforas.
En el año 2006 publicó Diario de un hincha, un conjunto de columnas periodísticas absolutamente gamberras, deslenguadas, vivaces, que chisporrotean buen humor y que no se detienen ante ningún tabú. Montero Glez, ajeno a los estropicios estilísticos y morales de la corrección política, se fija como objetivo no dejar títere con cabeza, ni santo sin su merecida dosis de incienso. Y así le sale este libro: desbordado de ingenio, juegos verbales, tacos, adjetivos majestuosos y mala leche. Como se esperaba. Morderse la lengua es, para gente como Quevedo, Umbral o Montero Glez, costumbre de la que no abusan.
De esta forma, nos dirá que el famoso gol de Zarra lo metió éste a medias con Matías Prats; que del azulgrana Ronaldinho llama la atención “esa boca de penco corrido que la naturaleza, siempre tan sabia y ocurrente, le ha regalado” (p.36); que “si Dios existiera y jugase al fútbol lo haría como Maradona” (p.55); y que el gallego Alejandro Finisterre, inventor del futbolín, merecerá siempre el respeto y la admiración de todos los españoles. Pero también, indignado, tiene el coraje de denunciar que el viejo campo del Atlético de Madrid corre peligro, porque “los jefes del fútbol han hecho pandilla con los del cemento. Y como que chusma así no puede parir nada bueno, pronto empezarán las obras. O sea, que en menos que se tarda en decir joder, y con el permiso de la autoridad, la maquinaria se pegará el madrugón” (p.15).
El único lunar que el libro incorpora podemos hallarlo en la página 60, donde se define al alemán Bernd Schuster como “nibelungo”, lo que constituye un error, propagado por la radio y buena parte de la prensa. Los nibelungos eran, en realidad, enanos y de color negro. Y ninguna de las dos características puede ser predicada del altiricón y rubiales exfutbolista.

Por lo demás, todo en la obra respira entusiasmo y dedicación a un deporte que mueve corazones, voluntades y dineros. No en vano llega a decir Montero Glez que, teniendo este espectáculo ante los ojos y pudiendo gozar de sus maravillas, “que le den por saco a Cristo, a Mahoma y al mismísimo Diablo” (p.56). Así de visceral, así de aguerrido, así de contundente.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La visita de la vieja dama



Cuando la riquísima anciana Clara Zacanasian vuelve a su pueblo natal, Gullen, se encuentra con un panorama agónico: el villorrio se encuentra en la más completa ruina y necesita desesperadamente una inyección económica de varios millones. Todos le hacen ver que su ayuda es tan urgente como indispensable. Y la vieja dama, que se ha bajado del tren acompañada de su séptimo marido, se muestra decidida a satisfacerles. La euforia alcanza límites inauditos cuando la anciana les revela la cantidad que piensa donar al pueblo: mil millones... Pero esa misma euforia se convertirá en estupor cuando les revele la única condición que impone para entregar el cheque: que alguien mate antes a Till, que fue su novio durante la juventud y que, tras dejarla embarazada, la abandonó a su suerte, obligándola a marcharse del pueblo y dedicarse a la prostitución para sobrevivir. Ahora, Till es un comerciante de la localidad y todos se abastecen en su tienda. ¿Cómo van a sucumbir a la abominación de matarlo? “Puedo esperar”, dictamina la paciente dama como conclusión del primer acto.

A partir de entonces, la diabólica construcción escénica de Friedrich Dürrenmatt nos atenaza, nos acelera el pulso, nos indigna, nos obliga a tragar saliva, nos estremece, nos perturba. Vamos comprobando la manera en que los vecinos (e incluso la familia de Till) comienzan su lenta deriva, se van ajustando a la indignidad, calculan lo que podrían hacer con tantísimo dinero y comienzan a alinearse con la postura de la anciana. Nadie se muestra partidario de alzar un arma contra él, lógicamente, porque son ciudadanos honorables, pero la verdad es que Till se comportó como una alimaña con la pobre Clarita y tampoco sería extraño (ni injusto) que alguien... La saliva se vuelve cianuro, los dedos buscan gatillos en los que apoyarse y Till, asfixiado por la estrechez del cerco, se siente cada vez más solo. Incluso, en un alarde de cinismo hipócrita, le tienden una escopeta para que él mismo ahorre suplicios emocionales a sus conciudadanos y abrevie el proceso. Pero el comerciante ha decidido mantenerse firme: que los demás hagan lo que crean que deben hacer. Tal vez se compadezcan, al final. Tal vez lo haga Clarita. Tal vez triunfe el sentido común. Tal vez...

lunes, 24 de octubre de 2016

El alba oscurecida



La historia bíblica es conocida: el viejo Abraham está destinado a convertirse en patriarca (su nombre nos indica que iba a ser “padre de muchas naciones”) y en el origen del pueblo elegido por Yahvé. Pero pasan los años y su esposa Sara no da signos de alcanzar gravidez, por lo que el siervo de Dios se inquieta y espera un signo que erosione sus dudas. Éste se produce cuando Sara le entrega a su sirvienta Agar para que conciba en ella un hijo varón que perpetúe su estirpe... Hasta ahí, el Génesis.
Pero de pronto llega la poeta Josefina Soria e introduciéndose en el corazón de la historia bíblica se formula preguntas. ¿Qué sintió la enamorada Sara cuando tuvo que decirle a su esposo que yaciera con otra mujer, obtuviera placer con ella y la dejara embarazada? ¿Cómo se sintió la esclava egipcia, al ser utilizada como una vulgar vasija? ¿Cuántas y cuáles fueron las lágrimas de una y otra? El resultado lírico es El alba oscurecida, que se publicó en Cartagena en 1978 y que estaba dedicado a Carmen Conde. El ejemplar en que he leído sus versos presenta dos curiosidades: la primera, que las páginas 19 y 20 no están (en su lugar, se repite la hoja 15-16); y la segunda, que pueden observarse varias correcciones con bolígrafo (¿de la propia autora?) en los errores tipográficos.
Inmerso en los deliciosos poemas del volumen me emociona comprobar cómo Sara nos explica que “ha encontrado la pena / el camino a mi sangre” y que, pese al dolor, “es difícil morirse. / El corazón no sabe y continúa”. Y la sierva Agar constata que sus horas “son hostiles” y que su amor deshabitado se desvela “al costado de las noches”.
Unas líneas para degustar con lentitud y en silencio, porque son alta poesía.

Admirable.

sábado, 22 de octubre de 2016

De noche, bajo el puente de piedra



Hay narradores que no pertenecen a la categoría de los “famosos” (es decir, a esa reducida nómina mitificada a la que se recurre como si fuera un mantra de buen tono: Kundera, Borges, Roth, etc) pero que, de un modo incontestable, ofrecen en sus obras una calidad extraordinaria, que se mantiene, como una joya envuelva en paño, durante décadas o siglos. Es el caso, en mi opinión, del checo Leo Perutz (1882-1957), orfebre delicadísimo que logra crear en sus páginas una música llena de dulzura y elegancia, refractaria a la erosión. La traductora Cristina García Ohlrich nos ofrece ahora, gracias al sello Libros del Asteroide, su volumen De noche, bajo el puente de piedra, donde catorce textos y un epílogo nos ofrecen una urdimbre narrativa que se acerca a la idea de novela y que posiblemente la amplían y mejoran.
Lo que sin duda más llama la atención de estos cuadros es el conjunto de personajes que van apareciendo y desapareciendo en ellos, con distinto grado de importancia y con edades diferentes: dos músicos que unen a su pobreza su condición ambulante, y que lo mismo presencian varios fenómenos extraños en un cementerio como escuchan profecías sobre su propia muerte; el veleidoso emperador Rodolfo II, enamorado de manera instantánea de una mujer casada a la que vislumbra fugazmente y que pasa a convertirse en una obsesión para él; el riquísimo judío Mordejai Meisl, que vive rodeado por la riqueza pero que soporta en silencio a una alimaña triste royéndole el corazón; el astrónomo Kepler, que no percibe su sueldo en los plazos convenidos y que tiene que sobrevivir elaborando calendarios astrológicos para quienes acepten pagárselos; un alquimista que, inoperante a la hora de conseguir la esperada transmutación de los metales en oro, sufre la amargura de la postergación cuando su señor contrata a otro para que le haga olvidar sus fracasos... Mezclándose en distintas situaciones históricas y ambientales, construyen entre todos el sustrato de la ciudad de Praga, a la postre la gran protagonista del volumen.
Pero hay algo más. Una especie de silencio armónico o de música tenue que va uniendo todas estas historias hasta conformar un mosaico elegante donde late la vida pretérita. Los lectores que abrimos las páginas de este libro prodigioso somos invitados a entrar en tabernas antiguas donde se sirven asados grasientos y vinos infectos, nos vemos deambulando por calles mal iluminadas, olemos el humo acre de las hogueras encendidas en medio del campo o participamos en discusiones políticas o religiosas que perdieron su vigor y su sentido hace siglos. En suma, nos vemos afectados por la magia de la mejor literatura, que logra situarnos en pleno siglo XVI en el centro de Europa, rodeados por judíos, alquimistas, ferias donde se venden lanas, sastres remendones que trabajan a orillas del río Moldava, redobles de tambores que acompañan a los presos que se dirigen al cadalso o bueyes de Hungría cuya carne se usa para alimentos a las fieras del emperador.
Leo Perutz nos entrega en este volumen, editado originalmente en el año 1953, una delicada flor narrativa llena de belleza y de magia, que conviene leer con lentitud y que resulta suficiente para consagrar su nombre en la historia de la literatura.

jueves, 20 de octubre de 2016

Hacían una pareja estupenda...



Amando de Miguel (Perezuela, Zamora, 1937) no sólo es uno de los sociólogos más reputados de la historia de España (sus informes sobre nuestra sociedad o sobre su sistema universitario alcanzaron hace ya bastante tiempo el rango de clásicos), sino también uno de sus escritores más elegantes, cultos y poliédricos. Su Autobiografía de los españoles ha sido leída por miles de personas; sus artículos de prensa siempre han contado con infinidad de seguidores; y sus ensayos se extienden por una amplia red de curiosidades: ha investigado sobre la cultura (Los españoles y los libros), el sentido de nuestra vida (El libro de las preguntas), el erotismo (El sexo de nuestros abuelos) o el refranero (El espíritu de Sancho Panza). Y no olvidemos que uno de sus trabajos, La gran transformación de la sociedad española, obtuvo el premio Miguel Espinosa de ensayo, que se le entregó en los salones del ayuntamiento de Caravaca de la Cruz.
Hace una década, el sello ElCobre Ediciones lanzó su volumen Hacían una pareja estupenda..., un tomo que contiene dos historias densas, sorprendentes y diferenciadas sobre el ser humano y sus mil flaquezas y meandros interiores. La primera lleva el título del libro, y nos presenta la creación y posterior desintegración de la pareja formada por Gonzalo y Marian, un empresario ambicioso y una rica heredera, dos almas contrapuestas que, por un azar más bien caprichoso, terminarían juntándose. Al principio, todo va bien entre ellos, pero pronto su convivencia se va agriando y finalmente pudriendo, en un proceso que el autor describe con una técnica difícil, pero de inmejorable resultado: dejar que sean los protagonistas quienes, en monólogos sucesivos, vayan desgranando su historia, aportando detalles de su deterioro y lanzándose recriminaciones hasta el precipicio sin fondo de la crueldad.
La otra historia, que lleva como título Quién mató al abuelo, se sitúa en el año 2037 y nos enfrenta a una investigación policial, mediante la cual deberá determinarse quién fue el autor (o autora) del asesinato de don Olegario Rodríguez de Cuéllar, riquísimo potentado segoviano al que encuentran muerto en circunstancias misteriosas.
Amando de Miguel no sólo indaga en los pliegues más sutiles del alma humana (hay párrafos de este texto que podrían figurar en más de una antología), sino que desliza humoradas excelentes que harán sonreír y pensar a más de uno. Por ejemplo, nos dice que en el siglo XXI el PP y el PSOE se unirán en un solo partido, el PPP (Partido Progresista Popular); o que la enseñanza obligatoria se prolongará hasta los 25 años.

En suma, estamos ante un libro espléndido que hará las delicias de todos aquellos lectores que disfruten con la prosa amena y de calidad.

martes, 18 de octubre de 2016

Desecación de la alegría



Nació en Caravaca de la Cruz en 1957, se llama Miguel Sánchez Robles y es uno de los mejores poetas de España. Se ha presentado a un auténtico Everest de premios literarios y, para disgusto de sus detractores (que deben andar mordiéndose las uñas a la altura de la muñeca), los ha ganado casi todos. Tiene un don especial para obtener metáforas y magia con la combinación de los vocablos; pero, lejos de dormirse en los laureles de la facilidad (que es lo que hacen otros, vividores de la fotocopia), es al mismo tiempo un trabajador incansable, que no para de acometer riesgos y que se deja la piel del alma sobre la cartografía de los versos.
Traigo hoy aquí una de sus obras, Desecación de la alegría, que supone una alta profundización en sus temas anteriores. Si ya nos había dicho que “vivimos atrapados en íntimas derrotas” (La voz en los espejos), que estamos sometidos al “coma barbitúrico del tiempo” (Síndrome de tanto esperar tanto); e incluso que “somos el sobrante numérico de cero” (¿Dónde andará la vida?), ahora en estas líneas el dolor se aquilata, se depura, se concentra. Miguel Sánchez Robles comprende que vivimos emborrachados por la debilidad, chapoteando en un mundo sin escapatorias, huérfanos de paraísos. Y que todas las esperanzas que queramos edificar para engañarnos a nosotros mismos no son más que fraudes conscientes. Hemos perdido el sabor a fruta del vivir, el gozo de respirar y de tener futuro; y esa certidumbre obliga al escritor a mostrarse triste (“Siento que todo es máscara / y la vida es nihilismo”). Pero es que, si se mira hacia adelante, tampoco parece que exista una meta que nos sea posible alcanzar (“Ni siquiera estamos cerca de nada. / Somos como caballos hacia ninguna parte”). Estamos cansados, no existe el color azul, huele a derrota y la piedad es mentira. El panorama, desde luego, es terrible; pero Miguel no se ha propuesto escribir una obra edulcorada, sino un electrocardiograma del mundo en que vivimos; y no pueden ser otras las palabras que elija para darnos ese retrato.

Si a todo ese panorama se le unen imágenes deslumbrantes (“Hace frío en los sueños”), definiciones que sacuden e impresionan por su contundencia (“Esperar sabe a tierra en los pulmones”), trallazos melancólicos que provocan congoja en el corazón (“Todo en la vida pasó hace mucho tiempo”), fórmulas que podría haber firmado Francisco de Quevedo (“Los espejos reflejan cadáveres futuros”) y sentencias que, bajo su simplicidad, esconden la nitroglicerina del desencanto (“No queda qué decir. / Hemos perdido”), tendremos un volumen de poesía que está llamado a convertirse en uno de los pilares básicos en la producción de Miguel Sánchez Robles. Al tiempo.

domingo, 16 de octubre de 2016

El amor del revés



Se lee en una de las páginas de El principito (volumen por el que siempre he desarrollado una inmaculada devoción) que hay que estar dispuesto a soportar a las orugas si se quiere conocer a las mariposas. Y recuerdo que, desde la primera vez que leí aquella sentencia, me formulé una pregunta anómala o clarividente: ¿qué tienen de malo las orugas en sí mismas? ¿Por qué han de ser vistas como un simple peldaño (repulsivo) previo a las mariposas?
Luisgé Martín, uno de los prosistas más sólidos del panorama español, acaba de publicar en Anagrama un volumen valeroso y aguerrido en el que aborda su experiencia vital como gay desde que, a los quince años, advirtiera ese rasgo de su carácter. Nos explica que durante mucho tiempo se enclaustró en el silencio y en la abstinencia; que acudió a un terapeuta conductista para “curarse” de su desviación; y que, al fin, derrotado por la evidencia, comenzó a vivir esa sexualidad con una paulatina energía liberadora, que lo llevó a explorar decenas de cuerpos y emociones, hasta desembocar en su actual matrimonio con Axier. “Este libro es, en cierto modo, el inventario de mis arrepentimientos, de las mentiras que acepté con mansedumbre”, pregona el autor en la página 183. Y de las mentiras y de los subterfugios se libera uno siempre con la luz, con la verdad, con la mostración descarnada (o encarnada).
Quien acuda a este volumen buscando únicamente literatura la encontrará en cada página (al excelente ritmo sintáctico de Luisgé Martín se le añaden en este tomo unas adjetivaciones sinestésicas que cortan el hipo, como cuando habla del “gusto sucio del tabaco” o de los “colores torcidos” de Van Gogh); pero ese deleite, con ser legítimo, no constituye la médula de la obra, ni debería ser el objetivo máximo de los lectores. Porque en El amor del revés (y utilizo una vieja fórmula de Walt Whitman) no se toca un libro, sino que se toca a una persona. En sus líneas están todos los estadios emocionales de la persona Luisgé, sin disfraces ni afeites: el niño desconcertado, el adolescente confuso o temeroso, el joven que experimenta, el adulto que reflexiona... Cada párrafo es un paño de la Verónica, un documento empapado de sinceridad. Y podemos sentir que, heterosexuales u homosexuales, su espíritu nos atañe, porque estamos leyendo verdades íntimas del ser humano, zozobras universales, destinos milenarios. En cada frase de esta magnífica obra descubrimos su cargamento de lágrimas, de estupor, de saliva tragada y de veladuras; pero también el vigor constante de quien, sobreponiéndose a las vacilaciones, ha alcanzado el destino más pleno de cualquier persona: ser ella misma.

viernes, 14 de octubre de 2016

A tumba abierta



Llego hasta la pieza teatral A tumba abierta, de Alfonso Vallejo, y decido abrir sus páginas. Los editores informan en la página 3 de un detalle importante: la obra mereció el premio Tirso de Molina en 1978. Luego, comienzo la lectura.
Nos encontramos en un mundo en guerra, donde el horror y las pulsiones más execrables del ser humano (crueldad, arbitrariedad, sadismo) se ejecutan con la más perfecta sencillez. Hay víctimas de una atroz pandemia que muestran pigmentaciones extrañas en la piel y que, tras morir, siguen hablando. Hay médicos que se aprestan a ejecutar autopsias en medio del hastío. Hay personas que gritan y poderosos hilos ocultos que mantienen el estado de guerra para obtener de él beneficios políticos y económicos. Hay oportunistas huérfanos de sentimientos. Hay cascotes, humo y sensación de estar en el infierno.
Y al final, cuando cierro el volumen y me dispongo a reflexionar sobre lo que he leído, siento que voy a olvidar esta obra en cuestión de horas o días. No me ha dejado poso ninguno. Que sí, que sus valores simbólicos. Que sí, que su denuncia intrínseca. Pero yo siempre acudo a la parte literaria, y ahí no veo dónde rascar. Ninguna escena memorable. Ninguna frase que haya sentido el impulso de subrayar o grabar en mi memoria. Ningún perfil que se distinga por su brillantez o su novedad. El disparo que cierra la obra es similar al disparo que yo ejecuto mentalmente sobre este título, que ingresará en la niebla antes de acariciar la cubierta del siguiente libro.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El jardín japonés



Antes de significarse en el prestigioso premio Herralde, hace casi una década, el escritor mexicano Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) había publicado en la editorial Páginas de Espuma su libro de relatos El jardín japonés. Se trata de un grupo de doce historias que presentan unas situaciones magnéticas y de indudable atractivo, donde se nos habla de artistas de vanguardia, chicas alocadas que quieren triunfar en el mundo de la moda y el cine, camareros con ansiedad sexual, perros apaleados, parejas que han de afrontar las fiebres de sus hijas, prostitutas que defienden la dignidad de sus últimos minutos y otro montón de personajes igualmente llamativos.
A pesar de que casi todos los cuentos de este volumen atraen por algún elemento argumental o psicológico, si yo tuviera que elegir tres o cuatro me quedaría, en primer lugar, con “Si huele a carne es Babel”, donde vemos cómo el narrador de la historia, casado con la lúbrica Berta, se ve abocado a un divorcio de onerosas proporciones, hasta que el amante ocasional de su mujer, Ricky, acuerda con él un trato más bien chocante que lo liberará del pago de la pensión. Igualmente habría que señalar la condición exquisita del relato que presta su título al volumen, en el que Jacobo, una vez que llega a los años de la madurez, mueve todos los hilos que se encuentran a su disposición para localizar a Fabiana, una angelical prostituta a la que su padre contrataba para que le hiciera compañía cuando el chico contaba nueve años. ¿Y cómo podría prescindir de “Los más bellos poemas del abogado Seltz”? En esa fabulación se nos informa de que, tras intentar la artística y más bien inmunda violación de su secretaria, sirviéndose de una píldora que la deja dormida e inerme ante él, el abogado Aureliu Seltz descubre un turbador secreto que envilece el pasado y el presente de su eficaz (y ahora descubrimos que desquiciada) colaboradora: violada por su padre, la chica ha terminado por darle muerte y lo mantiene, insepulto, en casa. Y si el lector prefiere un relato de ambiente cultural, ahí está “La mano izquierda”, protagonizado por Lisístrato, quien siempre queda segundo en los certámenes poéticos, por detrás de Antinoo; y cómo planea su venganza.

Antonio Ortuño (quien ha dicho de sí mismo, con gran sentido del humor, que “fue, en ese orden, alumno destacado, desertor escolar, obrero en una empresa de efectos especiales y profesor particular”) ha llegado a ser un espléndido prosista. Que el sello Páginas de Espuma se fijase en él antes del éxito mediático del Herralde (donde fue finalista) indica que la editorial madrileña tiene un excelente ojo para detectar a los buenos autores.

lunes, 10 de octubre de 2016

Noventa libros y un film



Dictaminó Jorge Luis Borges, en una de sus páginas memorables (el adjetivo resulta ocioso, bien es verdad: todas las suyas lo son), que un escritor construye siempre en sus obras, con lenta parsimonia, un catálogo de amaneceres, pagodas, espadas, árboles, monedas, odios, gestos e interrogaciones y que, cuando llega al ocaso de su vida, descubre con estupor que ese paciente laberinto compone la imagen de su cara. Podría también haber extendido esa observación a sus lecturas: es probable que todas las páginas que desfilan por los ojos, por el corazón y por el cerebro, precipiten de manera lenta o acelerada, evidente o invisible, hasta convertirse en la médula de tus huesos, en la sangre espiritual que fluye por tus venas, en tu rostro auténtico.
Manuel Moyano reúne en Noventa libros y un film (volumen que edita el sello MurciaLibro) una breve muestra de sus paseos literarios y cinematográficos, que nos permiten descubrir no solamente qué obras han suscitado su interés como reseñista en los últimos tiempos sino, sobre todo, la calidad inmarcesible de su prosa, que no baja ni un solo peldaño para amoldarse a las tareas ancilares de la “prosa efímera” de los periódicos. Así (y la aportación de un ejemplo resultará suficiente para ilustrar la evidencia), cuando aborda el análisis de la obra Desgarrados y excéntricos, de Juan Manuel de Prada, afirma: “Resucitados por este sacerdote irreverente, escritores refractarios a la gloria brotan como zombis de las catacumbas del olvido, deslumbrados por la luz de las candilejas tras décadas de un sueño pegajoso y lustral” (p.15).
Confeccionadas con esa prosa de brillo mesetario, Manuel Moyano arracima aquí reseñas zumbonas (como la que dedica al delirante tomo Hercólubus), comentarios neutros (como el que dedica a la novela Esclavos de la oscuridad) y tributos encendidos a aquellos autores a los que admira de forma constante y notoria. Entre ellos sobresalen las figuras de Jon Bilbao o Ángel Olgoso, a quienes consagra varias menciones elevadamente elogiosas. De los relatos del asturiano afirma que lo confirman como “uno de los nuevos baluartes del género en nuestra lengua” (p.62); y del granadino asevera que la suya es “una de las prosas más exquisitas jamás escritas en castellano” (p.30).

Lector inteligente y proteico, Manuel Moyano se apresta en estas páginas a dar cuenta de novelas, libros de microrrelatos, volúmenes de divulgación científica o clásicos reeditados, que son abordados siempre con elegancia para conformar unas reseñas que, pese a la condición volátil que tienen por su condición misma, se leen con embeleso. El sello MurciaLibro continúa enriqueciendo su catálogo con autores de primera línea.

viernes, 7 de octubre de 2016

Las misiones pedagógicas



Recordar la España rural de 1930 resulta relativamente sencillo si nos acercamos hasta las fotografías que se conservan de la época: hombres vestidos con ropas pobres y tocados con boinas, mujeres enlutadas con pañuelos en la cabeza, calles salpimentadas de socavones, niños erosionados por el hambre y la mugre... No se trata de un panorama derrotista o rencoroso; no se trata tampoco de una manipulación ideológica. Fue la realidad. Las imágenes están ahí para corroborarlo. Y también lo están los datos estadísticos: en 1931, solamente el 58% de los niños estaban escolarizados y el índice de analfabetismo de la población superaba el 42%. Era una España desequilibrada y bochornosa, que las facciones políticas conservadoras y las élites económicas no parecían muy interesadas en mejorar.
Cuando advino la Segunda República, una de las prioridades que se marcó el nuevo régimen fue construir un modelo educativo más sólido, unificado, gratuito y laico, que se extendiera también hasta aquelllos lugares que secularmente habían estado aislados y desatendidos. En esa línea de cambio se crearon las misiones pedagógicas, que tuvieron como objetivo llevar cultura a las zonas rurales: les proyectaban pequeñas piezas de cine, ofrecían charlas sobre temas que les pudieran interesar, realizaban lecturas públicas, mostraban copias de cuadros famosos (el murciano Ramón Gaya fue uno de los artistas que colaboraron en este apartado), representaban piezas teatrales de Cervantes y Lope de Rueda, los invitaban a escuchar música o los distraían con espectáculos de marionetas. Al final, cuando se marchaban, los misioneros les dejaban una pequeña biblioteca que, normalmente, quedaba al cuidado del maestro de la localidad, que se encargaba de gestionarla y darle la máxima difusión.
Intelectuales como la ensayista María Zambrano, la lexicógrafa María Moliner, el poeta Luis Cernuda o el dramaturgo Alejandro Casona se sumaron de forma gratuita a esta abnegada tarea cultural que contó desde el principio con la oposición de algunos diputados cerriles, entre ellos “José Ibáñez Martín, posterior ministro franquista de Educación” (p.151), que la consideraban un desperdicio de dinero y que no cejaron hasta conseguir destrozarla.
Con este trabajo de investigación y de recopilación (que además nos aporta un conjunto de fotografías impagables, donde podemos ver el respeto que muestra un anciano campesino mientras contempla un cuadro de Goya o la sorpresa de unos niños tiznados que ven cine por primera vez), Alejandro Tiana nos permite conocer con más detalle aquel proyecto en el que la utopía, el afán de enseñar y el apostolado se concretaron en casi siete mil actuaciones en aldeas, pueblecitos y núcleos de población de difícil acceso y en más de cinco mil pequeñas bibliotecas donadas a los maestros. No se consiguió un resultado más extenso porque la guerra y los recortes presupuestarios lo impidieron, pero la grandeza ética de aquellos visionarios no caerá tan fácilmente en el olvido. A unos se les fusiló durante la contienda civil; otros marcharon al exilio; y otros se diluyeron en el anonimato. Pero lo que lograron aquellos intelectuales movidos por la generosidad está ahí, imborrable, generoso y fértil.

En el apéndice que clausura este hermoso volumen reivindicativo, el autor nos aporta también, como complemento audiovisual, un enlace para que contemplemos un rodaje del año 1932 donde se dejaba testimonio de este experiencia, para que la entendamos mejor. Al acabar el libro, conviene acercarse hasta él: https://vimeo.com/84018345.

jueves, 6 de octubre de 2016

Las víctimas como precio necesario



“Víctimas ha habido siempre, pero durante mucho tiempo han sido invisibles o, mejor, han sido invisibilizadas, porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia”. Con estas crudas palabras comienza el volumen Las víctimas como precio necesario, que pronto pasa a contrarrestar tan aterradora fórmula comunicándonos la postura inequívoca de sus editores: “El asesinato no puede tomarse como una fatalidad del destino o como un pago necesario para conseguir objetivos políticos. Por eso, las víctimas tienen que dejar de ser el precio silencioso de la política y de la historia” (p.11).
Uno a uno, los diferentes investigadores que componen este enjundioso trabajo nos van trasladando sus particulares análisis sobre el mundo que nos rodea.
Alberto Sucasas desarrolla, alrededor de la figura y la obra de Imre Kerstész, una fenomenología de lo inmundo, centrándose en su experiencia en Auschwitz, donde el horror, la supervivencia y el fatalismo cohabitaban y donde la identidad quedaba a la postre herida o devastada.
Jordi Maiso constata con gran pesadumbre que “el aluvión de imágenes de violencia, sufrimiento y catástrofes [...] desborda nuestras capacidades de asimilación y, al mismo tiempo, acompaña nuestra cotidianeidad como un telón de fondo permanente” (p.52) y explica la frialdad que se deriva de un modelo económico capitalista en el que todas las relaciones quedan impregnadas de un tinte económico. Esa frialdad, en su opinión, se constituye en “una fuerza social activa, muda pero omnipresente” (p.59). Y la conclusión a la que llega no puede ser más aterradora: “Todos saben lo que les ocurre a los que quedan estigmatizados como perdedores. La supervivencia cotidiana exige aceptar como un dato incontrovertible la incesante proliferación de vidas sobrantes, desechadas, desperdiciadas y desahuciadas” (p.69).
David Galcerá se acerca hasta las reflexiones de Primo Levi, que analizan la compleja relación entre víctimas y verdugos en el hediondo territorio de los campos de exterminio nazis.
Alejandro Baer y Natan Sznaider realizan un abordaje muy interesante a la delicada cuestión de las fosas franquistas o la Argentina posdictatorial, cuyas ramificaciones continúan abiertas y llenas de dolor.
Reyes Mate sugiere que, tras la brutalidad o el terrorismo, “tenemos que repensar la paz desde la experiencia de la barbarie y no haciendo abstracción de ella” (p.106). Y aplica su análisis a los casos de ETA (España) y de Colombia.
También Martín Alonso se acerca hasta los crímenes etarras y desmenuza con rigor los mecanismos discursivos y sanguinarios del mundo abertzale.
El sociólogo Imanol Zubero nos muestra las alarmantes cifras mortales que se registran en el mundo del trabajo (una persona fallecida cada 15 segundos en el mundo durante el año 2012, según la OIT), que también son “víctimas necesarias” del sistema capitalista.
Óscar Mateos nos ofrece un valioso trabajo sobre la “justicia transicional” que puede observarse en el continente africano, donde los odios étnicos y los conflictos económicos y territoriales han generado un caudal millonario de víctimas en Ruanda, Sierra Leona, Mozambique o Sudáfrica.
José A. Zamora aborda el mundo de las víctimas relacionadas con el tráfico y nos traslada unas cifras estremecedoras: “La elaboración de nuevos métodos de recolección de datos y el crecimiento de los estudios concretos permiten hoy una proyección suficientemente fiable que elevaría a más de 45 millones el número de muertos por el tráfico y a más de 1500 millones los heridos desde que se inventó el automóvil” (p.190).
Y la magistrada Isabel Germán Mancebo (la única autora que aparece en el volumen nos habla de su experiencia como protagonista de un accidente vial y extrae conclusiones humanas y jurídicas del trágico suceso.

En conclusión, un trabajo lleno de interés y de reflexiones enjundiosas, en el que tan sólo faltaría añadir alguna aproximación a los campos soviéticos o chinos, que hubiera completado la visión de conjunto.

martes, 4 de octubre de 2016

Cuentos completos (1887-1893)



Avanzar por los cuentos de Antón Chéjov es como adentrarse en una selva que nos va a deslumbrar tras cada árbol, desde la ladera de cada colina, al levantar cada roca, porque en ellos burbujea y aguarda siempre la maravilla. A veces se trata de un adjetivo; otras, de una observación psicológica plena de agudeza; otras, de una descripción tan sucinta como gráfica de un rostro o de una actitud. Chéjov es uno de los creadores de cuentos más increíbles de la Historia de la Literatura. Y lo es por un detalle esencial: reúne prodigios que, de forma aislada, brillaban en algunos autores con asombroso esplendor... pero que nadie había presentado hasta entonces unificadamente. Porque el genio de Taganrog es, al mismo tiempo, un excelente acuarelista, un eximio conocedor del alma humana, un mago de la elipsis, un portentoso creador de atmósferas, un espectador de la sociedad que lo rodea, un grande de los silencios. Y pretender explicar o detallar esos logros en una reseña es un proyecto condenado al fracaso. En este tercer volumen que la editorial Páginas de Espuma consagra de la mano de Paul Viejo a la producción cuentística completa del maestro ruso se abarca el período que va desde 1887 a 1893, y en él brillan relatos auténticamente increíbles, como “La helada” (unas hermosas y duras reflexiones sobre los estragos que produce el frío en el cuerpo y el espíritu humanos), “Enemigos” (donde nos encontramos con la congoja de un médico que, mientras vela el cuerpo de su hijo de seis años, recibe una petición de auxilio profesional por parte de un marido cuya esposa se encuentra muy enferma) o “La sala número seis” (uno de las mejores obras que salieron de su mano, y cuyo argumento es tan universalmente conocido que resultaría petulante aportarlo en esta página). Pero a mí me gustaría destacar tres textos que, sin pertenecer al corpus de sus piezas más alabadas, siempre me han encantado. El primero es “Polinka”, un delicioso relato triste en el que un pobre dependiente despacha a una clienta de su mercería mientras, en voz baja y de modo trompicado, comprende que su relación sentimental con ella no va a ningún sitio, porque la muchacha parece haberse enamorado de un estudiante. El segundo es “Vecinos”, donde descubrimos a Piotr, que soporta con una extraña mezcla de rabia y de vergüenza la huida de su hermana con un hombre casado, a quienes trata de odiar y comprender, al mismo tiempo. Y el tercero es “Ganas de dormir”, donde la jovencita Varka (13 años), hija del difunto Efim y de la campesina Pelagueia, tiene que trabajar sin desmayo para un zapatero que la explota miserablemente. El final del cuento figura, creo yo, entre las páginas más espeluznantes que produjo el autor ruso... A falta de disfrutar del cuarto y último volumen de la serie, esta oceánica edición de los relatos de Antón Chéjov que está llevando a cabo Páginas de Espuma puede ser tildada sin rubor y sin equivocaciones de insuperable. Esfuerzos así llenan de brillo, de prestigio y de orgullo la historia de una editorial.

domingo, 2 de octubre de 2016

Los hombres me explican cosas



Lo explica la norteamericana Rebecca Solnit con una metáfora exacta y luminosa: “Una mujer camina por una carretera de mil kilómetros. A los veinte minutos de empezar a caminar, ellos proclaman que aún le quedan novecientos noventa y nueve kilómetros por andar y que no lo conseguirá” (p.127). Se trata, en efecto, del acostumbrado enfoque cruel o derrotista que el machismo más energúmeno suele dedicar, con sonrisa displicente (en el mejor de los casos), a las mujeres que trabajan para el reconocimiento de la igualdad que les permita no verse convertidas en objetos o seres de segunda categoría.
En estos ensayos, que traduce Paula Martín Ponz para el sello Capitán Swing (por cierto, un buen detalle de la editorial el de poner el nombre de la traductora en portada. A ver si cunde el ejemplo) nos explica Rebecca Solnit que los hombres, secularmente, han vivido en un “archipiélago de arrogancia” (p.15) y que eso les ha permitido instalarse y vivir con absoluto confort en “Machistán” (p.34), el país sin fronteras de los brutoides. De tal modo que cada vez que se producía, por ejemplo, una violación, los resortes periodísticos o judiciales se repetían sin cambios: “Cada una de ellas, invariablemente, se presenta como un incidente aislado. Los puntos del dibujo están situados unos tan cerca de otros que son salpicaduras que se funden en una mancha, pero casi nadie conecta uno con otro o le pone nombre a la mancha” (p.39). O se tiende, de una forma aún más bochornosa, a culpabilizar a la víctima, porque paseaba sola de noche por una calle o plaza, vestía de un determinado modo o se atrevió a sonreír (o a no sonreír) al mastuerzo de turno.
Rebecca Solnit acude a todo tipo de fuentes serias para explicarnos la situación en que vivimos: ideas de Virginia Woolf, noticias aparecidas en los principales periódicos y televisiones del mundo, y hasta abrumadoras notas de instituciones médicas (por ejemplo, el informe emitido por el Journal of The American Medical Association, donde se precisaba que “la violencia doméstica es la principal causa de lesiones en mujeres entre los quince y los cuarenta y cuatro años; esta causa es más común que todas las muertes derivadas de accidentes automovilísticos, atracos y cáncer juntas”).

El resultado es un volumen lleno de devastaciones, pero también lleno de esperanza, porque cuando las ideas justas y las reflexiones inteligentes se ponen en funcionamiento y salen a extenderse por el mundo ya no hay vuelta atrás. Costará tiempo y esfuerzo, pero la victoria acabará por llegar. O, como la propia Solnit indica: “Hay gente que muere en esta guerra, pero las ideas no pueden ser eliminadas”.