domingo, 31 de enero de 2016

El cura de Tours



Cuando el novelista es un microscopio, y un psicólogo, y un sociólogo, su mirada adquiere unas dimensiones que la vuelven sumamente interesante no sólo para su tiempo sino también para la posteridad, que la acoge como documento y como placa fotográfica. Es lo que ocurre con Honoré de Balzac, que en El cura de Tours nos entrega una narración prodigiosa.
Los personajes que palpitan en ella son pocos y claros: el abate Birotteau (un pobre infeliz que aspira a la plaza de canónigo en Saint-Gatien y que encuentra una felicidad suficiente cuando hereda la habitación y los muebles del abate Chapeloud), el abate Troubert (un intrigante que, de forma sibilina, extiende los tentáculos de su poder hacia las altas esferas) y la señorita Gamard (que actúa como hospedera de todos y que terminará tomando partido por Troubert, en perjuicio del ingenuo Birotteau). Y la trama es tan sencilla como diabólicamente envolvente: el modo en que Troubert irá ganándose la voluntad de la señorita Gamard para arrinconar y preterir a Birotteau, al que termina abocando hacia un pleito que no quiere y en el que terminará perdiendo las ilusiones, el cargo y hasta la salud.
Las dos reflexiones generales que el autor introduce en esta deliciosa novela atañen al mundo de la soltería y al mundo de la religión. Sobre las solteronas elabora Honoré de Balzac un cruel retrato, que no tiene desperdicio: “Se hacen ásperas y malhumoradas, porque un ser que ha errado su vocación es infeliz; sufre, y el sufrimiento engendra la malignidad. En efecto, antes de culparse a sí misma de su aislamiento, la solterona acusa durante mucho tiempo al mundo. De la acusación al deseo de venganza no hay más que un paso. Hasta su fealdad es un resultado necesario de su vida. Como nunca han sentido la necesidad de agradar, desconocen la elegancia y el buen gusto. No ven nada que no sean ellas mismas. Este sentimiento las lleva insensiblemente a escoger las cosas que les son cómodas, con detrimento de las que pueden ser agradables para los demás. Sin darse exacta cuenta de su desemejanza con las otras mujeres, por fin la notan y las hace sufrir. Los celos son un sentimiento indeleble en el corazón femenino. Las solteronas son, pues, celosas sin objeto, y no conocen sino las desventuras de la única pasión que los hombres perdonan al bello sexo, porque les halaga”.
Y sobre el influjo de la religión en este rancio mundo provinciano dan buena cuenta las claudicaciones y mezquindades que tienen que acometer los partidarios del abate Birotteau quienes, sabedores de que ha caído en desgracia ante el todopoderoso Troubert, se verán obligados a traicionarlo. En ese sentido (y al margen de la carga anticlerical que podría detectarse en algunos segmentos de la pieza) resulta impresionante la escena donde se entrevistan la baronesa de Listomère y el religioso Troubert, porque Balzac indica cada intervención de uno y otra… pero añade entre paréntesis y en cursiva lo que realmente están pensando. Una obra maestra de la modernidad narrativa.
En suma, una detallada y exacta investigación sobre el mundo de los pequeños pueblos de provincias, con sus ruindades, cicaterías, lugareños desoficiados que hacen de la murmuración el mantillo de sus existencias y un generalizado olor a hipocresía y naftalina.

Memorable.

viernes, 29 de enero de 2016

En el lejero



Ocurre en ocasiones que un escritor genial monopoliza el nombre de su país de cara a los lectores, y se convierte en una especie de emblema que calcina la fama posible de sus compañeros. Así, es difícil que hablando de La India nos venga a la memoria alguien distinto de Rabindranath Tagore; o hablando de Noruega alguien que no sea Ibsen; o hablando de Irlanda alguien que nos brote antes que James Joyce. Con Colombia ocurre casi lo mismo. ¿Quién no asocia su nombre, literariamente, al de Gabriel García Márquez? Su esplendor internacional ha sido tan prolongado y notorio que ha eclipsado, sin pretenderlo, las luces de sus coterráneos.
Pero he aquí que, cuando nada hacía presagiar el advenimiento de la maravilla, surge la figura de Evelio Rosero y, con unos modos totalmente diferentes a los de su compatriota, nos entrega la novela En el lejero, una pieza magistral y asombrosa, que demuestra un poderío fabulador fuera de lo común. En ella vemos a Jeremías Andrade, un anciano septuagenario que llega un viernes por la noche a un pueblo nebuloso, instalado a los pies de un volcán. Su propósito es tan férreo como desconocido (“Tenía que empezar a buscar, en ese pueblo, tenía una sola pregunta que abarcaba todas las preguntas”), hasta que, por fin, en la página 56, extrae de su bolsillo una fotografía y pronuncia cuatro palabras que condensan un año de peregrinación, interrogaciones y angustias: “Busco a mi nieta”. Pero los personajes que rodean al anciano (la patrona del hotel, las extrañas monjas del convento, los niños fantasmales que gritan a su alrededor, el gordo Bonifacio, una enana lúbrica, los vecinos silenciosos) forman en torno a él un escenario de pesadilla, que se completa con detalles repulsivos (miles de ratones muertos por los suelos) o directamente surrealistas (ese cementerio de guitarras del que se habla en la página 44). Al final, Evelio Rosero terminará de producir desasosiego en sus lectores colocando a dos de los protagonistas en una situación altamente perturbadora, al borde de un abismo.
¿Relato metafórico? Sin duda alguna. Los simbolismos están debajo de cada línea, apuntalándolas. No en balde, la contraportada del tomo nos avisa de las deudas que esta novela contrae con Juan Rulfo y con Dante Alighieri. (Y podría haber añadido también el nombre egregio de Franz Kafka). Pero la gran proeza es que Evelio Rosero haya conseguido un lenguaje poderoso, musical y cuajado de imágenes, en el que la turbadora acumulación de símbolos no ahoga la exquisitez literaria del volumen.

Entre las páginas 64 y 69 de esta obra puede verse cómo el pueblo empuja a Jeremías Andrade para que busque a su nieta dentro del convento. Háganme caso y entren ustedes con él. Descubrirán una novela inquietantemente perfecta y cautivadora.

miércoles, 27 de enero de 2016

El misterio de la cripta embrujada



Yo no sé (no he sabido nunca) qué admirar más de Eduardo Mendoza: si sus libros más sesudos y elogiados (La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios) o si sus producciones más risueñas y livianas. Hoy he decidido releer una de las novelas que más me gustaron allá por mi época de estudiante universitario: El misterio de la cripta embrujada. Torpedeado por ensayos de Umberto Eco, páginas profundísimas de Milan Kundera y otros dislates, aquel volumen me llevó en volandas y me hizo reconciliarme con la imagen más hermosa de la literatura: descubrir una historia y un lenguaje que te atrapen y te enamoren.
Descubrí en los primeros tramos de esta novela a un enfermo de un sanatorio mental, bebedor más que frecuente de pepsicolas y con una hermana dedicada al comercio carnal, al que encargaban una misión investigadora de una manera tan humorística como cínica: “Necesitamos, por ello, una persona conocedora de los ambientes menos gratos de nuestra sociedad, cuyo nombre pueda ensuciar­se sin perjuicio de nadie, capaz de realizar por nosotros el trabajo y de la que, llegado el momento, podamos desembarazarnos sin empacho”. Pronto, sus movimientos por Barcelona, sus juicios sobre la realidad que le rodeaba y su lenguaje (ampuloso, retórico y terriblemente zumbón) me convencieron de que Eduardo Mendoza iba a convertirse en uno de mis autores favoritos, como así ha sido en sus obras posteriores.
Personajes como el doctor Sugrañes, como el comisario Flores, como Peraplana o como Mercedes Negrer (que, aunque bastante joven aún, posee unas “oníricas sandías” –sic– que llevan loco al narrador) van llenando los capítulos de misterio, sonrisas, buen ritmo narrativo, crítica social y excelentes retratos de la España de la transición.

O sea, una fiesta de la literatura.

lunes, 25 de enero de 2016

Ya no es como antes



El prestigioso ensayista italiano Massimo Recalcati (Milán, 1959), al que traduce Carlos Gumpert para el sello Anagrama, nos ofrece en este libro de reciente aparición un estudio muy interesante sobre el perdón en la vida amorosa. Y, contraviniendo mi costumbre, en lugar de diseccionar y comentar sus páginas voy a dejar que sean fundamentalmente algunas citas del propio volumen las que nos sitúen ante el problema, porque Recalcati ha sabido condensar en ellas de manera maravillosa el espíritu del tomo.
Nos dice en la página 12 de la Introducción que “este libro pretende ser un canto dedicado al amor que resiste, al que insiste en la reivindicación de sus vínculos con lo que no pasa, con lo que es capaz de perdurar en el tiempo, con lo que no se puede desgastar”; después, en la página 13, declara de forma mucho más explícita: “En este libro nos preguntamos qué ocurre en esa clase de relaciones cuando uno de los dos traiciona, falta a la promesa, vive otra experiencia afectiva en el secreto y en el perjurio. ¿Qué sucede con los amores embestidos por el trauma de la traición y del abandono? ¿Qué sucede después, si quien traiciona pide perdón? ¿Si pide, después de haber decretado que ya no era como antes, seguir siendo amado y quiere que todo vuelva a ser como antes? ¿Es realmente posible el perdón en estos casos?”; y por fin redondea su declaración de intenciones explicando en la página 14 que este ensayo “aborda el perdón como una de las pruebas más altas y más difíciles que pueden aguardar a los amantes”.
En este fascinante estudio se nos habla de cómo la libido disminuye con la convivencia doméstica; cómo la búsqueda de nuevas experiencias sexuales no constituye una liberación sino “una nueva esclavitud, el resultado de un mandato social e ideológico (¡Gozad!) al que el sujeto está drásticamente sometido” (p.32) —mandato que el autor identifica con el espíritu capitalista de perseguir más y más sin descanso—; cómo el trauma de la traición es “algo que no puede ser olvidado, que insiste en repetirse y zaherir al sujeto” (p.79), porque se ha manifestado “rompiendo la promesa del para siempre” (p.82);  cómo la tarea de perdonar quiere un tiempo dilatado (“El perdón no es un acto reactivo, sino un trabajo que exige tiempo y que tiene como premisa imprescindible el recogimiento del sujeto en sí mismo”, p.99); y, sobre todo, nos traslada la Gran Pregunta, eje fundamental del libro y que puede llegar a convertirse en una tortura para la persona enamorada y herida: “¿Cómo mantener la fe en el Otro si el Otro traiciona?” (p.61).

La única mancha que podría señalarse en este volumen es que, fruto de la dedicación profesional de su autor, utiliza en demasía un elevado número de términos, expresiones y conceptos provenientes del mundo de la psiquiatría (en especial la terminología lacaniana y freudiana), que los lectores profanos pueden llegar a recibir con cierto fastidio o asfixia, porque convierte un tema cercano y fácilmente comprensible en un territorio psicoanalítico abstruso. Por lo demás, un ensayo tan luminoso como crudo, que nos obliga a plantarnos ante una hipótesis durísima: ¿cómo actuaríamos nosotros si fuéramos objeto de una traición amorosa y se nos pidiera amnesia y comprensión? Un libro inquietante e incómodo. Conviene leerlo.

sábado, 23 de enero de 2016

Una muerte muy dulce



Deben existir pocas cosas más emotivas que realizar la crónica literaria de la muerte de un ser estrechamente ligado a ti (padre, madre, hijo, hija); y, aunque los ejemplos son innumerables, su grado de crudeza jamás deja de remover nuestro interior.
Simone de Beauvoir aborda esta difícil tarea en Una muerte muy dulce, donde nos relata el último mes de vida de su madre a quien, tras ser ingresada por un problema de huesos, se le diagnosticó (ella no lo supo, pero sí su familia) un terrible cáncer terminal. En los instantes iniciales, la escritora recibe la noticia con una especie de frialdad desasosegante (“Me conmoví poco. A pesar de su invalidez, mi madre era sólida. Y, al fin de cuentas, tenía edad de morir”). Pero cuando los médicos descubren la auténtica raíz de su mal todo cambia. Simone se pregunta con perplejidad por qué, sabiendo con certeza que la muerte es inminente, la siguen sometiendo a pruebas dolorosas. De pronto, ella que no lloró cuando se produjo la muerte del padre, se encuentra llorando junto a Jean-Paul Sartre.
Nos traslada entonces un retrato psicológico y social de su madre, en la que descubre y analiza sus virtudes y defectos (“Pensar en contra de sí es a menudo fecundo; pero lo de mi madre es otra cosa: vivió en contra de sí”). Odiaría que en ella se repitiese lo que ocurrió con un pariente cercano (“Cuando yo tenía quince años, mi tío Maurice murió de un cáncer de estómago. Me contaron que durante varios días había aullado: Terminen conmigo. Denme mi revólver. Tengan pie­dad de mí. ¿Mantendría el doctor P. su promesa de que ella no sufriría?”).
El modo en que la madre se aferra a la vida impresiona no solamente a Simone de Beauvoir sino a cualquiera que lea sobre sus últimas horas: “No te duermas; no me dejes ir. Si me duermo despiértame: no dejes que me vaya estando dormida. En un mo­mento, me contó mi hermana, mamá cerró los ojos ex­tenuada. Arañó con las manos las sábanas y articuló: ¡Vivir!, ¡vivir!”.

Una obra terriblemente dura, pero que nos ofrece el retrato fidedigno de una relación turbulenta entre una madre y una hija muy diferentes entre sí, que sólo en el trance de la separación llegaron a aproximarse.

jueves, 21 de enero de 2016

Doña Rosita la soltera



Qué triste destino el de doña Rosita, muchacha casadera que tiene que soportar con resignación el traslado de su novio y que, durante meses, y luego años, y por fin décadas, irá recibiendo cartas suyas en las que le habla de reencuentros, de votos de matrimonio renovados y de esperanza. Pero el tiempo, a despecho de sus ilusiones, irá transcurriendo implacable y la muchacha se convierte en una solterona, que sirve de hazmerreír a sus vecinas.
Penélope andaluza, atrincherada en una conformidad que el cartero alimenta, doña Rosita acabará por reconocer ante su tía y su ama que sabe la noticia que todos murmuran por las calles y que la da por veraz: su prometido lleva mucho tiempo casado con otra. Ella ha fingido ignorarlo para no desmoronarse, pero el dolor termina por aflorar a sus labios: “Hay cosas que no se pueden decir porque no hay palabras para decirlas, y si las hubiera, nadie entendería su significado. Me entendéis si pido pan y agua y hasta un beso, pero nunca me podríais ni entender ni quitar esta mano oscura que no se si me hiela o me abra­sa el corazón cada vez que me quedo sola”.
Abatida, la ajada virgen reconoce que “no hay cosa más viva que un recuerdo. Llegan a hacernos la vida imposible”. Y la situación alcanzará un punto máximo de tristeza cuando, por motivos económicos, la familia es desahuciada y debe abandonar la vivienda al atardecer, en medio de la lluvia.

Lirismo, soledad, vidas truncas, maledicencias, estoicismo lánguido y gracia compositiva se unen en esta pieza del granadino Federico García Lorca. Imborrable.

martes, 19 de enero de 2016

La escalera oscura



Acaba de pasar por mis manos y por mis ojos un libro de relatos de Alejandro Melero, que publica el sello madrileño Stonewall con el nombre de La escalera oscura. Sin duda, un volumen hermoso, donde el autor (que es además profesor, ensayista y dramaturgo) consigue edificar unas propuestas realmente firmes y seductoras, en las que el amor, la decepción, la pasión y la amargura se combinan de modo eficaz.
Situados en ambientaciones muy distintas (un pequeño pueblecito de mentalidad cerrada, una hospedería, un despacho profesional, el camerino de un viejo actor, un recinto hospitalario), los personajes que burbujean por estas páginas van desnudando sus tristezas y mostrándonos sus heridas para que comprendamos el aciago camino que han tenido que recorrer para llegar hasta donde están, y para que nos sintamos más próximos a su dolor, a la condición quebradiza de sus lágrimas, al valor enérgico de su entereza: el muchacho que tiene que sufrir que el amor de su vida esté preparando la boda con una chica (“Habla Miguel”); el niño que se muerde los labios para no reconocer en público que ama a un compañero de clase (“La escalera oscura”); el joven que comienza una relación epistolar con el madrileño Bruno, y que viaja hasta la capital para disfrutar un primer encuentro erótico con él (“La piedad”); la tensa entrevista de trabajo que mantienen dos antiguos amigos de infancia, separados ahora por un durísimo trance que se gestó en la niñez y que aún extiende sus tentáculos de acíbar (“La prueba”); la experiencia sexual que vive el joven e inseguro Rubén con el anciano Vicente, un actor  que comienza a tener problemas de memoria (“Espejo de luces tenues”); la penosa situación que vive una mujer, conectada a una máquina en un hospital y que depende de la voluntad de su marido (“Las decisiones difíciles”); o aventuras más sinuosas y arriesgadas desde el punto de vista tipográfico y emocional (“Último y penúltimo deseo de la niña Carmela”).

Dentro de los libros de temática homosexual hay, como en los libros de temática heterosexual, dos subgrupos: los buenos y los malos. Éste de Alejandro Melero es bueno. Inequívocamente bueno. Búsquenlo en su librería.

domingo, 17 de enero de 2016

Becket o El honor de Dios



La figura de Tomás Becket, arzobispo de Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra durante el siglo XII, ha dado mucho juego en el mundo de la literatura y el cine, por los rasgos que comporta de ambición, conflictos entre Iglesia y Estado y ambigüedades varias.
Jean Anouilh, en su pieza teatral Becket o El honor de Dios, nos ofrece su propia versión de la historia, hablándonos de un Tomás Becket que experimenta una transformación sincera desde el punto de vista religioso y de un rey inglés que siente por él un profundo afecto, del que quisiera desprenderse por el bien de sus intereses monárquicos. Ese juego produce dos temperamentos psicológicos que Anouilh borda en estas páginas: la serenidad de Becket frente al afán tumultuoso de Enrique II, la condición apolínea del religioso frente a la torrentera dionisíaca del rey.

Dos hombres que fueron amigos durante su juventud y que se ven enfrentados por sus distintas maneras de entender el curso de la Historia y sus propias funciones. Uno desea erosionar los poderes plenipotenciarios de la Iglesia en su país; el otro, servir de modo coherente al Dios al que lo han consagrado sin su autorización (el rey lo nombró arzobispo de Canterbury pensando en que siempre podría contar con su fidelidad). El choque estaba garantizado. Y Jean Anouilh lo resuelve con elegancia, un buen uso de los cambios de escena y una eficaz construcción teatral de la trama. 
Entre todas las escenas memorables de la pieza me ha llamado la atención, aunque lo reconozco nimio desde el punto de vista argumental, el instante en que Enrique y Tomás dialogan a cuenta de unos tenedores, adminículo gastronómico que el rey desconoce. Becket ha recibido dos de ellos como gran novedad de etiqueta y, ante la sorpresa del rey, le explica que sirven para pinchar las cosas sin que los dedos se manchen. El monarca objeta que entonces se mancharán los tenedores y Tomás Becket le replica que pueden lavarse. Su Majestad termina la escena: “Los dedos también. No veo la utilidad”.

viernes, 15 de enero de 2016

Acompáñame



Contaba Jorge Luis Borges que cuando una de sus abuelas estaba agonizando en su lecho convocó a los miembros de la familia y les dijo: “Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente”. Pese a esa sentencia valerosa o estoica, la muerte sí que comporta para la inmensa mayoría de los seres humanos unos tintes de zozobra, ansiedad, desconcierto o pánico que convierten la situación en un trance de difícil acometido. La certidumbre de que un día cerraremos los ojos y no los volveremos a abrir deviene losa emocional que, queramos o no, actúa sobre nuestro ánimo de un modo determinante.
La muerte, contradiciendo a la venerable abuela del genio argentino, sí que es algo extraordinario. Más extraordinario incluso que el nacimiento, porque de éste no somos conscientes, pero de la muerte sí: sabemos (gradualmente o de súbito) que nos estamos yendo. Y tragamos saliva porque ignoramos si hay algo que nos espera al otro lado; y qué es; y cómo va a ocurrir. Le tememos al dolor. Le tememos a la incertidumbre.
La autora de este decálogo que hoy aparece en la página (editado por el sello Tirano Banderas) nos ofrece un utensilio auxiliar para que seamos capaces de acompañar de forma más adecuada a quienes se están yendo; para que sepamos qué decirles y cómo actuar; para que estemos a su lado en el proceso terrible y melancólico del adiós. Con palabras sencillas, que se deslizan ante los ojos de un modo fluido, la escritora nos va recomendando modos, palabras y gestos que su larga experiencia profesional en el mundo de la enfermería le ha permitido reunir e ir decantando, de tal modo que los lectores accedemos a una sabiduría fiable y confortadora.
Estamos señalados de forma unánime por la muerte. Y casi todos, también, vamos a enfrentarnos tarde o temprano a una situación terrible de permanencia junto a una persona agonizante, así que conviene leer este decálogo, que resultará útil para creyentes y descreídos, porque sus enseñanzas y consejos contienen tanta lucidez, tanta serenidad y tanto sentido común que resultaría imposible mejorarlo.

miércoles, 13 de enero de 2016

La heredad



En ocasiones, la vida nos depara unos dones envenenados que, sin apenas reflexión, mordemos; y esos dones pudren nuestro interior. Lo descubrirá pronto Remigio que, tras un tiempo de malas relaciones con su padre, acaba por volver a la casa familiar para cuidarlo en sus últimos días. Lamido por la gangrena, la muerte no tardará en llegar; pero un exceso de cabezonería o de imprudencia le impide redactar testamento. Y por esa causa comienzan a encadenarse los problemas para su hijo, que se encuentra convertido en dueño de una heredad de la que no sabe encargarse.
A partir de ese instante, los enredos se van multiplicando para él, y las amarguras se amontonan sin tasa: su madrastra comienza a pleitear por la herencia; los abogados descubren el filón y se dedican a engañar a ambos con sus mil triquiñuelas legales, que no buscan sino enredar el proceso y engordar sus minutas; los jornaleros consideran que la inexperiencia del hijo es motivo bastante para hacer de su capa un sayo, descuidar sus obligaciones y robar en los descuidos todo lo que pueden; las gentes del pueblo murmuran de la presunta altanería de Remigio (que no es sino una mezcla de desconcierto y de candor); y hasta una joven querida de su difunto padre se incorporará al enredo exigiendo del muchacho una elevada cantidad que su progenitor, presuntamente, le adeudaba…
Por todas partes los abusos, las burlas y las estafas, en un bochornoso juego de insidias, malentendidos, rencores, cazurrería campesina, terquedad y maledicencias que terminará por destrozar el espíritu y esquilmar la paciencia del joven advenedizo. “La heredad misma se había convertido en enemiga suya”, se lee en la página 111, justo cuando otros percances (vacas que abortan y campos que arden) terminan por llevar a Remigio al límite de sus fuerzas.
Traducida por Miguel Ángel Cuevas y publicada por el sello Traspiés, esta desasosegante narración del italiano Federigo Tozzi (1883-1920) parece uno de los redescubrimientos literarios de la temporada. Ténganla en cuenta.

lunes, 11 de enero de 2016

Una cuna para Samir



Empezar el año descubriendo la obra de nuevos autores siempre es una alegría, que sirve para mantener fresca la ilusión de la literatura. En este caso, la joven editorial murciana Tirano Banderas apuesta por la primera novela de la doctora Teresa Soriano Oms, que se titula Una cuna para Samir y que presenta muchos atractivos desde el punto de vista argumental y también desde el punto de vista literario.
La narración se vertebra en dos planos temporales (el primero, situado en los años 80 del siglo XX, y el segundo ambientado en el año 2025), pero la distancia entre ellos, lejos de mantenerse férrea y artificial, como ocurre en otras fabulaciones, está continuamente reducida por la existencia de unos “puentes cronológicos” que la novelista concibe para vincular ambos períodos. Es decir, que la protagonista de la acción futura, Maira, escucha durante su proceso de investigación una serie de testimonios (o lee documentos) sobre lo que ocurrió cuatro décadas antes, y de esa manera se mantiene una especie de diálogo poroso entre los dos ámbitos. Esto le permite jugar con una rica alternancia de voces narrativas, en primera o tercera personas, que completa con un lenguaje sencillo y una selección de imágenes realmente eficaz.
La historia que nos traslada es, por otro lado, tan tierna como realista, tan dulce como agria: las penosas vivencias que tiene que padecer el niño Samir desde su infancia africana (con una pierna de menos por culpa de una mina antipersonas, huérfano, pobre y sin estudios) hasta su madurez en España (país al que emigra en busca de mejores oportunidades de vida). En este viaje desde la pobreza hacia la esperanza lo acompañará Mohamed, su mejor amigo, con el que establece unos lazos de auténtica hermandad. Durante su aventura tendrá que vérselas con personas racistas y con toda suerte de trabas burocráticas, aunque también con gentes de buena voluntad que intentarán ayudarle a conseguir el sueño de la integración, el amor y un futuro digno y estable para él y para sus herederos.
Lógicamente, el grave peligro que corría Teresa Soriano cuando decidió abordar esta exploración novelística era sucumbir al panfleto o a la narración ternurista, pecado en el que han incurrido muchos de quienes han elegido esta temática. Pero lo cierto es que ella esquiva con pericia esas tentativas espurias y se adentra en una fabulación llena de brío, musculosa y ágil, en la que los diversos escenarios están dibujados con elegancia y los personajes adquieren cuerpo gracias a un escrupuloso proceso de modelado por la parte de la autora, que nos entrega varias historias de amor y tenacidad en una sola novela.

Se suele ser indulgente con la primera producción de los nuevos autores (es casi un axioma que pocos se atreven a vulnerar), pero en este caso resulta muy sencillo hacerlo, porque la valenciana Teresa Soriano demuestra un buen pulso narrador, habilidades sólidas en el lenguaje y un certero dominio de la arquitectura novelística. Puede ser aplaudida sin ningún tipo de reserva.

sábado, 9 de enero de 2016

El camino de la oruga



Leí este libro de Javier Mije hace una década y he vuelto a releerlo con las mismas sensaciones que tuve entonces: con la certidumbre de que albergaba un altísimo contenido de belleza literaria.
Apenas se abre el tomo aparecen “Toda la vida” (donde encontramos como protagonista a un hombre abandonado por su pareja) y “La furtiva” (donde es ella la abandonada). Sería bastante con ese par de relatos para justificar el aplauso al libro, porque son dos insuperables ejemplos de excelencia narrativa y de sensibilidad. Pero es que después se despliegan ante los ojos “Derrumbamiento” (con Javier teniendo que acudir en medio de la noche a la casa familiar para levantar del suelo a su padre), “Un juego de espejos” (donde acompañamos a una pareja que se reinstala lejos de su hogar), “Sabio en esperas” (insuperable retrato del hombre que espera a una mujer en la estación de tren, y que por momentos parece dibujado por Antonio Muñoz Molina), “Palabras raras” (un muchacho que intenta consolarse de la muerte de su padre acudiendo al lado de su amigo Carlos) o “El color del mar” (relato de angustias, zozobras y autodestrucción).
Javier Mije cuenta historias en las que lo de menos es qué está pasando en ellas, porque la estructura, la psicología y el lenguaje superponen encima de la peripecia unas capas densísimas de significados y bellezas, que diluyen el argumento hasta volverlo anécdota. Sus personajes sufren, aman, recuerdan, se arañan por dentro, se rebelan ante el gris de la vida o sucumben a él; sus frases y párrafos trazan jeribeques de humo que, al fin, se convierten en sensaciones en el corazón de los lectores.

Javier Mije es un maestro; y lo mínimo que hay que hacer ante los maestros es leerlos con respeto, disfrutar de sus propuestas y aprender de sus páginas. Se ensancha la inteligencia y se multiplica el goce estético cuando leemos libros como El camino de la oruga. Dicho queda.

jueves, 7 de enero de 2016

Víctor Ros y el gran robo del oro español



Qué gusto da cuando me encuentro con un escritor que sabe lo que quiere hacer y que lo hace con eficacia. Es el caso de mi amigo Jerónimo Tristante. Dentro de los múltiples tipos de escritores que conozco (casi todos ellos respetables), él pertenece al grupo de quienes desean escribir para el gran público, para distraer y para contar historias seductoras. Habrá críticos que opinen que esta postura no es puramente literaria, o que es mercantilista, o que es chabacana. A mí, desde luego, no me lo parece. No me lo parece de ningún modo. Lope de Vega, Balzac, Blasco Ibáñez o Dumas escribieron para ser leídos, anhelaron vender la mayor cantidad posible de ejemplares y soñaron con hacerse ricos a través de la literatura. Ni lo ocultaban ni se disfrazaban. Era su forma de entender el oficio de escribir. ¿Por qué ha de resultar más bochornosa esa actitud que la de Góngora, que redactó muchas de sus páginas con cara de vinagre y afirmando que le había causado honra hacerse oscuro a los ignorantes?
Impermeable a las críticas acerbas, Jerónimo Tristante acaba de publicar una nueva obra de la serie de Víctor Ros, titulada Víctor Ros y el gran robo del oro español. Se la ha editado el sello Plaza & Janés y ha irrumpido con fuerza y éxito en las librerías de toda España, después de que el personaje adquiriera hace unos meses la alta celebridad de verse en las pantallas televisivas.
En esta entrega, Víctor viajará a Londres, con una tarea que le encomienda en secreto el gobierno español: recuperar una elevadísima cantidad de oro que ha robado de las arcas estatales un misterioso personaje al que nuestro detective se empeña en identificar con su enemigo Alberto Aldanza. Si no consigue retornar con el oro la economía hispana entrará en bancarrota; y, además, el tiempo apremia, porque los grandes analistas europeos están comenzando a pensar que algo ocurre en España y en sus reservas de oro.

De todo encontrará el amante de las aventuras en estas trepidantes páginas: chantajes con fotos pornográficas, emboscadas en los momentos más inesperados, detectives escondidos en sitios inverosímiles, disfraces, identidades ocultas, aparición del gran Sherlock Holmes (que admira a Ros porque conoce sus primeros trabajos), fumaderos de opio, dardos envenenados, sorpresas en casi cada capítulo... Y, flotando como una amenaza constante alrededor de Víctor Ros, dos sombras de su pasado que se niegan a diluirse y que constituyen un peligro constante para él, incluso durante sus días londinenses: el maquiavélico Alberto Aldanza y la implacable Bárbara Miranda. A ambos los conoce el seguidor de las novelas de Víctor Ros y con ambos volverá a encontrarse de una forma obsesiva, inquietante, letal. ¿Conseguirá el astuto detective desembarazarse de ellos y poner fin a sus carreras delictivas? Descúbranlo en las páginas de esta fascinante novela y quedarán prendados de la escritura de Jerónimo Tristante. Si así ocurre, bienvenidos al club.

martes, 5 de enero de 2016

Algunos libros que leí despacio



Un escritor afincado en Murcia recibió hace años un premio que, en su opinión (errada, como el tiempo vino a corroborar), iba a consagrarlo. Cuando lo felicité por la concesión me dijo que había estado a punto de publicar un libro de semblanzas de otros escritores, pero que lo había paralizado porque ahora que él se había convertido en alguien importante le parecía inadecuado dar “publicidad gratuita” a otros. Semejante imbecilidad no se le ha pasado nunca por la cabeza a Pascual García (Moratalla, 1962), que no solamente es uno de los escritores más brillantes de nuestra tierra, sino también uno de los más generosos a la hora de reconocer el talento de sus compañeros de oficio.
La última prueba de esta esplendidez se titula Algunos libros que leí despacio (Textos críticos), un volumen de reseñas que le publica el sello Tres Fronteras y que reúne 66 producciones donde el autor muestra la notable envergadura de sus curiosidades literarias, la finura y atención de sus lecturas y la incomparable agudeza con que disecciona, pondera y evalúa los volúmenes que van pasando por sus manos y sus ojos. Es raro encontrar un creador notable que, a la vez, sea un analista riguroso y exacto: Pascual García condensa ambas habilidades de un modo egregio.
Por las páginas de este tomo desfilan no solamente los grandes monstruos sagrados de la literatura internacional (Mario Vargas Llosa, Ismail Kadaré, Benedetti, Antonio Muñoz Molina), sino también las grandes firmas de la literatura regional, para quienes encuentra siempre un juicio inmejorable. Por ejemplo, define a Soren Peñalver como “poeta de la sensación y de la idea, del sentimiento profundo y de la imagen; poeta exótico y próximo al ser humano sufriente; poeta culto y popular y humanista” (p.20); y a Francisco Sánchez Bautista lo inmortaliza afirmando que “no sólo es uno de los grandes poetas de esta tierra, sino que pertenece por derecho propio a la historia de la literatura española y es, por tanto, un clásico del idioma” (p.41); y en el poeta y cuentista José Cantabella descubre “a un narrador cuajado e importante, que ya posee su lugar en nuestras letras” (p.46); y con respecto a Francisco Javier Illán Vivas nos dice que “estamos ante un poeta preocupado por los grandes asuntos humanos, de vital trascendencia, entre los que se halla, de un modo destacado, el tiempo” (p.113); y en la deliciosa Vega Cerezo descubre a “una autora que concita la inteligencia, las lecturas y la vida para dar forma al complejo universo de los sentimientos con una sencillez de orfebre diestro” (p.153). Son cinco ejemplos entre muchos posibles.
Pero es que, además, el moratallero Pascual García se detiene a reflexionar sobre la tarea narrativa de otras personas que, sin ser estrictamente poetas y novelistas, aportan su sensibilidad al mundo de las letras, como ocurre en los casos de algunos profesores universitarios (Francisco Javier Díez de Revenga), algunos periodistas (Antonio Arco) e incluso alguna pintora (como Carmen Cantabella).

Con una original cubierta de la artista Francisca Fe Montoya, este tomo ofrece un fresco muy representativo de las opiniones literarias de un hombre que, brillante en los ámbitos de la novela, el ensayo, el cuento, la poesía y el articulismo, constituye uno de los ejemplos más acabados de escritor total que ofrecen las letras españolas.

domingo, 3 de enero de 2016

Nunca la vida es nuestra



Hace tanto daño leer a Miguel Sánchez Robles que siempre está uno deseando, paradójicamente, que aparezca otro libro suyo para zambullirse en él, y notar el cieno subiendo por el pecho, y cercando la boca mientras se piensa: “Todo lo que dice es terrible, pero cierto”. Su literatura, así, cumple una función parecida a la del alcohol en las heridas: escuece y es verdad. Con la novela Nunca la vida es nuestra (premio Fray Luis de León), el escritor vuelve a circular por idénticos senderos… Su protagonista es un profesor de instituto que vive una vida gris y huérfana de alegrías. Arrastra un matrimonio monótono, pierde y gana dinero en partidas de póker con sus amigos, bebe botes de cerveza voll damm, se ve cercado por las conversaciones anodinas de sus compañeros de claustro y languidece hacia la madurez con pasos tristes.
Para salvarse encuentra tres asideros fundamentales: la poesía, el cine y los paseos en bicicleta. En uno de estos últimos se encontrará, en medio de un camino de montaña, con Esther, una veinteañera que trabaja como químico en la planta General Electric de Cartagena y que, desde el primer instante, le provoca un impacto tremendo. Al principio se trata de una atracción física, pero pronto se completará cuando descubra que la muchacha y él comparten modos similares de ver la vida: afán de vivir de un modo distinto al rebaño, gusto por las conversaciones surrealistas o líricas (la “verbalidad”, a la que constantemente alude el narrador; todos aquellos juegos que los convierten en unos auténticos “ludópatas del lenguaje”, p.158), ansia por apurar cada copa que la existencia ponga frente a ellos y deseo de estar la mayor parte del tiempo juntos. Pronto comenzarán una tórrida aventura donde lo sexual, lo metafísico y lo poético brotarán y se abrazarán a cada segundo. La muchacha insistirá desde el primer día para que Herminio, el profesor, no conciba demasiados planes con ella (“No proyectes, conmigo no proyectes nada, por favor”, p.99), porque sabe que vivir es simplemente fluir. E incluso llegará a pedirle que no se encandile con ella más allá de lo razonable, porque nunca sabemos el tiempo que se nos permitirá estar junto a la persona amada (“Yo no quiero que tú mueras por mí. Yo ni tan siquiera quiero que te enamores mucho de mí. ¿Me estás oyendo? Por favor, no te enamores de mí. Vive conmigo. Folla conmigo. Juega conmigo. Hazme daño si quieres, pero no te enamores de mí y no hablemos de la muerte”, p.149)… Con el paso del tiempo, y tras disfrutar de unos días juntos (a veces metidos en la habitación de la chica, a veces viajando como turistas de fin de semana, siempre bebiéndose el uno al otro con fruición, rodeados de alcohol, porros, poesía y música), la realidad más cruel vendrá a recordarles que ningún paraíso se goza impunemente y que el azar siempre se reserva la mano ganadora en esa partida de póker a la que llamamos vida.
Memorablemente escrita, con un lirismo constante, explosivo y de imposible imitación, cualquier página de Miguel Sánchez Robles podría enmarcarse y ser exhibida en el Museo del Prado. Es uno de los más grandes escritores de España, sin discusión posible.

viernes, 1 de enero de 2016

Una cama sumamente extraña



Gracias a la traducción de Joachin De Nys para la editorial Navona podemos leer aquí estos cinco relatos maravillosos de Wilkie Collins, donde una vez más demuestra de manera excelente su musculación narrativa, que le permite guiar a los lectores para que avancen al ritmo que él desea, provocándoles conmoción, risa, sorpresa, inquietud o calma, en las dosis que cada secuencia requiere. Maestro entre los maestros, este soberbio fabulador nos propone un repóker de relatos ante los que será difícil que no aplauda hasta el lector más exquisito y exigente. En “Una cama sumamente extraña”, que da título al volumen, nos daremos un paseo por un garito infame, donde quiere el azar que un señorito rico y aburrido gane una fastuosa cantidad de dinero, hasta el punto de hacer saltar la banca. El problema vendrá cuando, aturdido por el alcohol y temeroso de que puedan robarle sus ganancias, decida pasar la noche en el garito, en una habitación de lo más inquietante y perturbadora. En “El caldero de aceite” nos desplazamos hasta una historia donde se nos plantea un caso peliagudo: ¿debe un sacerdote mantener a toda costa su secreto de confesión, cuando conoce la identidad de un asesino? Y, por otro lado, ¿vale cualquier método para lograr que un representante de Dios colabore con la Justicia? Tres hermanos que han visto cómo su padre era asesinado forzarán los límites de esta complicada situación. En “La cuna fatídica” asistiremos al desarrollo de una trama muy sencilla, pero con implicaciones turbulentas: dos niños que nacen durante un viaje por mar, de familias muy distintas (una rica y otra pobre), terminarán en las manos de la matrona... sin que ésta sea capaz de recordar a cuál de las familias pertenece cada uno. “El capitán y la ninfa” vuelve a situarnos en el mundo marítimo, con un capitán de barco que, como consecuencia de un duro trauma amoroso, terminará por odiar el mar. Y “¡Vuela con el bergantín!” es un relato canónico sobre la forma de manejar los tiempos y el lenguaje para que los lectores, gradualmente angustiados por la trama, acaben con el ritmo cardíaco acelerado. Alfred Hitchcok hubiera realizado una adaptación televisiva o cinematográfica de primera magnitud con esta historia. Salvando alguna pedrada a la gramática (ese “encima mío” que chisporrotea con olor a azufre en la página 145), la traducción es elegante y cadenciosa, y nos permite disfrutar de los relatos del maestro inglés con una fruición similar a la que debieron sentir sus primeros lectores. Gloria por siempre a Wilkie Collins.