martes, 12 de abril de 2016

Gamiani o Dos noches de pasión



Provocar es un ejercicio que requiere muchas condiciones. No se trata sólo de ofender con palabras gruesas o con imágenes empapadas de grosería. Se trata de lanzar las pullas con puntería, con estilo y hasta con cierta gracia criminal. Cada uno a su particular manera, lo hicieron escritores como Borges, Umbral, Baroja o Cela. Y es, desde luego, lo que hace Alfred de Musset en las páginas de esta obrita que publica el sello Irreverentes y que tiene a tres personajes como ejes: Alcides (un hombre hambriento de sexo), la condesa Gamiani (experta en los ardides amorosos, centrados en su última etapa en las fricciones tribádicas) y la virginal Fanny (que aún no ha accedido al mundo del deleite, pero que muy pronto será ampliamente instruida por los anteriores).
La auténtica narración comienza cuando la condesa atrapa a Fanny con sus quelíceros amorosos, sin que la muchacha sea consciente del territorio al que está siendo conducida (“Hacían una pareja deliciosa de voluptuo­sidad, de gracia, de lúbrico abandono y tímido pudor. Podría decirse que había caído un ángel en los brazos de una bacante ebria”). A partir de entonces, y salpicando las abundantes y explícitas escenas de sexo, los protagonistas de la acción irán contándose cómo fueron sus primeras experiencias en el mundo del placer: en el caso de Alcides se vio sometido a una ensoñación sacrílega donde aparecían religiosas, símbolos sagrados y hasta algunos demonios (“Una monja desnuda, arrodillada, con la mirada dulcemente perdida como en éxtasis, recibía con mística unción la blanca hostia que le ofrecía en la punta de su tremendo hisopo un gran diablo con báculo y con mitra episcopal caída sobre una oreja”); la veterana Gamiani confiesa que su iniciación lésbica tuvo lugar con la madre superiora de un convento en el que fue acogida, quien le dijo que su primera experiencia sexual había sido con un orangután, prisionero en una jaula y que asomaba por entre los barrotes su miembro enhiesto, de tal suerte que la muchacha fue muy pronto “bestializada, desdoncellada y orangutanada”. Ella misma, la condesa Gamiani, tras ingresar en un convento y participar en sus prolijas orgías nocturnas, fue poseída por un asno.
Como se puede observar (ejem, quiero decir “leer”), el novelista galo no duda a la hora de ponerse estupendo y de cargar sus cañones literarios con toda la pólvora y metralla que cabe en su alma (en la suya y en la del cañón), hasta el extremo de que incluso los lectores menos melindrosos advertirán que muchas de las imágenes han sido elegidas brutal y ostentosamente con el fin de ofender.
Absténgase, por tanto, las personas sensibles. Saldrán heridas del combate.

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