lunes, 25 de abril de 2016

El aldeano de París



Quien no disponga de una mirada inquieta y abierta a la maravilla absténgase de penetrar en este libro. Nada encontrará en él. Su belleza le resultará opaca; su fama, incomprensible; su hondura, impenetrable. Eso no quiere decir, como es natural, que sea un mal lector o que carezca de sensibilidad o finura, sino algo mucho más sencillo: que debe orientar sus ojos hacia otro tipo de libros, más adecuados a su gusto. Lo que el francés Louis Aragon le ofrece en estas páginas (que ahora traduce Vanesa García Cazorla para el sello Errata naturae) es un menú que parecerá hermético o excesivamente especiado a un buen número de lectores convencionales, de los que buscan en los libros un argumento seductor, unos personajes sólidos y de largo trazado o un final donde la sorpresa y la contundencia se alíen para dejarte con la boca (literaria) abierta.
Propongo un juego (más serio de lo que parece) a mis amables lectores. Lean con calma este fragmento que aparece entre las páginas 47 y 48: “Durante un año no he mordisqueado sino cabellos de helecho. He conocido cabellos de resina, cabellos de topacio, cabellos de histeria. Rubio como la histeria, rubio como el cielo, rubio como el cansancio, rubio como el beso. En la paleta de los rubios yo incluiría la elegancia de los automóviles, el olor de la esparceta, el silencio de la mañana, las perplejidades de la espera, los estragos de una caricia. ¡Cuán rubio es el rumor de la lluvia, cuán rubio es el canto de los espejos!”. Y ahora, una vez saboreadas estas líneas, viene la gran pregunta: ¿Le parecen a usted un prodigio literario o una tontería? ¿Algo que merezca la pena haber conocido o un párrafo abstruso en cuyo sentido no consigue penetrar? En el caso de que se afilie al primer grupo, este libro está destinado a usted; en el caso de que engrose el segundo bloque, absténgase de continuar, porque tropezará una y cien veces con secuencias de parecida índole.

Porque Louis Aragon presenta en El aldeano de París una visión de la realidad francesa, de sus paisajes, de sus gentes, de sus costumbres, de sus rincones, de sus peculiaridades, pero lo hace con una prosa que se zambulle de forma continua y libre en las aguas de la imaginación, de las metáforas y de las sinestesias. Nos habla de conserjes locuaces que se dejan invitar a un orujo y que a cambio comentan jugosos detalles sobre los inquilinos a quienes trata; nos describe locales donde se venden preciosas variedades de bastones, de todo precio y condición; nos pide que lo acompañemos al café Petit Grillon, donde se solía reunir con sus amigos para beber, jugar y charlar de lo divino y sobre todo de lo humano; nos muestra carteles donde quedan anotados los precios de las entradas para asistir a las funciones del Théâtre Moderne; nos sitúa con la misma eficacia ante discursos de estatuas, prostitutas, columnas de estilo Luis XVI, farolas de gas, vasos de whisky o tritones tocados con algas verdes, quizá porque muy pronto descubrió que “no hay conocimiento sino de lo concreto” (p.241), y que la mirada que busca ángulos diferentes tiene mayores posibilidades de aprehender la realidad en su nivel más profundo. París bien vale un libro de Louis Aragon.

No hay comentarios: