lunes, 29 de junio de 2015

Dietario mágico



Nunca ha sido secreta mi devoción por la prosa de Manuel Moyano. A través de distintos medios (radio, prensa escrita, Internet, presentaciones de sus libros, charlas) he contado a quien me leía o escuchaba que sus libros me parecen magníficos ejemplos de elegancia, brillantez y literatura en estado puro: desde la aparición de El amigo de Kafka (2001) hasta la recentísima reedición de Dietario mágico (2015), que la editorial La Fea Burguesía ha decidido rescatar de su primera versión, adornándola con una hermosa imagen de cubierta de Max Beckmann y colocándole como cierre un curioso “Epílogo caribeño”.
En estas páginas, el autor cordobés nos ofrece el retrato de un buen puñado de curanderos, zahoríes, sanadores, visionarios y personajes curiosos de la región de Murcia, a quienes se acerca con una mirada literariamente sonriente, sonrientemente ambigua, ambiguamente burlona, burlonamente respetuosa, para mostrarnos sus rarezas, sus peculiaridades y sus pregonados (y a veces autopregonados) poderes. Nos hablará de un Paco el Liriles a quien encuentra “medio recostado en el sillón, como un buda castizo de botijo y pandereta” (p.31) y que “lo mismo cura a hombres que a mulas o borregas” (p.35); nos pondrá ante los ojos a Alfonso Pérez Chuecos, “hombre menudo, enjuto, de rasgos afilados, que tiene pose chulesca de torero y vive una feliz jubilación precoz gracias a sus poderes metapsíquicos” (p.41); comentará que Julián Escribano Manjavacas, en su consulta, “reparte papeletas, como en las charcuterías, para fijar un necesario orden” (p.49) y que en la pared se ve colgado un cuadro “en el que Manjavacas y la Inmaculada Concepción posan juntos” (p.52); que Viriato, un curandero que ejerce entre Calasparra y Cehegín, afirma contundente que se pueden curar por teléfono la ciática, la lumbalgia, el dolor de cabeza y la infección de orina (lo cual permite a Manuel Moyano apostillar con ironía: “El eximio Graham Bell, con su proverbial falta de miras, nunca hubiera sospechado tamañas y tan portentosas aplicaciones para su invento”, p.68); que una mujer a quien enmascara con el rótulo de “Madame P”, visitada por unos invisibles y enigmáticos Hermanos de Luz, se niega a exponer su caso en televisión: “Si ellos quisieran salir por la tele ya me lo habrían dicho”, asevera impertérrita en la página 76; que Ginés Mayor Fernández, que fue perdiendo la vista de forma paulatina y que actualmente vende cupones de la ONCE “recuerda bastante a Dan Defensor, el superhéroe ciego de la Marvel, que poseía una especie de radar como el de los murciélagos” (p.104)...

No quiero seguir aportando más anécdotas, ni citando más curiosidades de este excepcional volumen. Tienen ustedes que leer el libro, porque les aseguro que disfrutarán con él de una forma intensa, visceral, casi salvaje. Encontrarán una asombrosa cantidad de tipos estrafalarios, de situaciones jocosas, de asuntos para los que no siempre se encuentra una explicación racional... Y, sobre todo, verán burbujear ante sus ojos la prosa de uno de los mejores escritores vivos que hay en España. Me agradecerán el consejo, estoy seguro.

domingo, 28 de junio de 2015

La regla del oro



En su magnífica novela El intermediario, el escritor murciano Pedro García Montalvo nos hablaba de “la artesanía de la avaricia”. Y es un sintagma que me ha resucitado en la memoria al acabar de leer la última obra de Juana Salabert. Hablo de La regla del oro, que publica Alianza Editorial en su serie negra y que lleva pocas semanas en las mesas de novedades de las librerías.
La historia que nos traslada es tan sugerente como actual: acaba de aparecer degollado entre unos contenedores de basura un joyero que se había especializado en la compra de oro a particulares. El crimen, desde luego, es horrendo, pero hay dos detalles que lo vuelven aún más truculento: el primero, que lleva prendida en la ropa una notita donde se le acusa de esquilmar a los pobres desgraciados que no tienen más remedio que deshacerse de sus alhajas familiares para hacer frente a sus problemas económicos; el segundo, que no es la primera víctima que la policía encuentra adecuándose al mismo formato: ya son tres los “comprooros” muertos en fecha reciente. Y todos llevaban un cartelito similar prendido en la ropa.
El policía encargado del caso será Jorge Alarde, un hombre joven con una enorme carga de problemas vitales sobre los hombros (sufrió una infancia traumática, de la que le quedan indelebles secuelas) y que no termina de encontrar su sitio en el mundo. Paso a paso, Alarde se irá encontrando en su investigación con todo tipo de personajes grotescos, tristes o repulsivos: niños de papá que han encontrado en la esgrima, el alcohol y la ludopatía los modos de malbaratar su existencia; empleadas rancias que mantienen una relación ambigua con sus jefes; hijos coléricos que descubren que han sido maltratados en la herencia y que reaccionan de forma tremebunda; poseedores de relojes de gran valor histórico que se verán obligados a empeñarlos para hacer frente a la crisis; personas que no encuentran su espacio laboral en España y que han de trasladarse a Francia; otras que fingen conservar su trabajo, para que su esposa no los considere unos fracasados... Y, como telón de fondo, los grandes signos podridos de la Europa y la España actuales (corrupción generalizada, la marea blanca, la Troika, el paro, la estafa de las preferentes, el boom inmobiliario), que salpican el texto y lo llenan de una actualidad amarga.

Escrita con una prosa transparente, donde se ha prestado mucho más interés al desarrollo comunicativo que al preciosismo literario, La regla del oro es una narración en la que todos los lectores descubrirán un retrato fiel del mundo que nos rodea, donde la avaricia, los fraudes, las pulsiones negativas o el crimen palpitan a nuestro alrededor sin que probablemente nos demos cuenta de sus auténticas dimensiones. Pero Juana Salabert era consciente de que una novela no puede detenerse en el simple dibujo ambiental (por más exacto que éste pueda resultar), sino que tiene que entregarnos también a unos personajes densos, fuertes, capaces de vertebrarla y llevar de la mano a los lectores, así que adensa el retrato de algunos de ellos, como Jorge Alarde, que se convierten en figuras de enorme poderío literario. Solamente por eso, y por la sorpresa final que la trama esconde, ya valdría la pena acercarse hasta las páginas de La regla de oro.

jueves, 25 de junio de 2015

Las pequeñas virtudes



Se llamaba Natalia Levi, pero la conocemos en el mundo de la literatura como Natalia Ginzburg desde que contrajera matrimonio con Leone Ginzburg, un intelectual de izquierdas que sufrió destierro y torturas hasta que lo mataron en 1944. Fue una escritora magnífica, de la que hoy traigo a esta página su volumen Las pequeñas virtudes, traducido por Celia Filipetto para el sello Acantilado. Se trata de una colección de escritos autobiográficos donde la novelista y dramaturga italiana nos habla del tiempo que pasó exiliada con su marido en una localidad rural (“Invierno en los Abruzos”), de la poca atención que siempre le prestó a las cosas no esenciales de la vida (“Los zapatos rotos”), de ciertas personas singulares de las que se rodeó (“Retrato de un amigo”), de las curiosas costumbres y rasgos de los británicos (“Elogio y lamento de Inglaterra”) o del modo en que afrontaba su tarea como escritora (“Mi oficio”).
Dentro de este volumen, delicioso en su conjunto, me han seducido de una forma especial los escritos “Él y yo” (un precioso relato contrapuntístico de su marido y ella, tan diferentes, tan compenetrados) y “Las relaciones humanas” (que es un análisis del modo en que los seres humanos nos sentimos solos o acompañados, comprendidos o vilipendiados... basándose en situaciones presuntamente personales).
Mención aparte hay que dedicar al escrito que da título al volumen, donde nos habla maravillosamente de la necesidad de inculcar a los hijos las grandes virtudes, y no las pequeñas (“No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de saber y de saber”, p.145). Afirma que debemos educarlos en el valor inmediato del dinero, y no en su condición sucia, acumulativa o “premiatoria”; educarlos en los ideales puros, aunque no puedan ser justificados (“Es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto”, p.157); y, sobre todo, hacerles saber de nuestra plena disponibilidad amorosa (“Nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles”, pp.162-163).

Un libro que me ha encantado conocer y leer.

martes, 23 de junio de 2015

Ejercicios negativos



Leer y entender a Emil Cioran siempre es un problema. Imagino que leer y entender a cualquier filósofo auténtico siempre lo es. Y escribir sobre lo leído, doble problema, porque notas el impulso de glosar sus argumentos, de explicarlos, de traducirlos a un léxico que no es el suyo y, por tanto, calibras la posibilidad de falsear sus ideas. La sensación que siempre me provoca Cioran es espesa, y mezcla unas nociones contradictorias o difícilmente sumables: lucidez, fiereza, nihilismo, insobornabilidad, amplitud, amargura, extremismo… Parece que se hubiera empeñado en desollarse a sí mismo y en abrir los ojos hasta unos límites inhumanos, para ver más allá. Siempre más allá. Más lejos y más hondo. Sin muletas, sin disfraces, sin subterfugios, sin resignaciones, sin misericordia. Es el suyo un escalpelo terrible, que acongoja por su imperturbabilidad. A partir de ahí, ponerle etiquetas es tan tentador como falso. No las admite. Ninguna lo traduce de forma completa o adecuada. Acabas sus textos y notas el acíbar en la garganta o en la boca del estómago. Y sientes que lo has entendido, aunque no en todas las ocasiones compartas sus análisis y aunque seas incapaz de verbalizar tus razones a favor o en contra. Cioran edifica y clausura su universo. Tú eres un invitado que contempla y traga saliva, leyendo sus frases.
En este volumen me ha llamado la atención, además, el modo duro y certero que despliega para acercarse a la figura de Jean-Paul Sartre, al que crucifica con una definición marmórea: “Ningún problema se le resiste, ningún fenómeno le es ajeno, ninguna tentación le deja indiferente: todo lo parece digno de ser abordado y vencido, desde la metafísica al cine. Es un empresario de la filosofía, de la literatura, de la política; su éxito sólo tiene una explicación y un secreto: la falta de emoción”.

Pero dejemos que sea Cioran quien se explique a sí mismo, con sus filigranas, sus paradojas y sus frases de amarga brillantez: “ No es tarea ardua estar loco: basta con una adhesión total a cualquier cosa” / “Tener una fe –cualquiera– es matar el conocimiento” / Sólo debemos sostener una opinión si no nos queda más remedio” / “El heroísmo sólo es desesperación que acaba en monumento público” / “Cuando asistimos, llegada la hora de las confesiones, a la de un amigo o cualquier otro desconocido, la revelación de sus secretos nos llena de estupor. ¿Debemos considerar sus tormentos drama o farsa? Depende únicamente de la benevolencia o la exasperación de nuestra fatiga” / “Jesús ha sido la víctima más vengada de todas las que conoce la historia” / “La hazaña más osada y la menos previsible del espíritu liberado de todo es su posición vertical, cuando el amasijo de incertidumbre con el que carga su osamenta debería llevarlo a soñar con todas las camas y todas las tumbas. Cuando todo invita a la caída, perseverar sobre dos piernas, obstinarse en la postura ordinaria, implica un esfuerzo que va más allá del heroísmo” / “Somos demasiado pequeños para nuestras llamas; no tenemos materia suficiente para nuestro infierno” / “Sólo Dios y el gusano tienen una posición clara: uno crea y el otro devora la creación. Escindidos entre ambos, carecemos de misión definida” / “Somos cadáveres que no quieren morir” / “Al hombre sólo le queda la necesidad de aniquilarse entre sollozos, de revolcarse en ellos presa de una demencia consciente y destructora” / “Ya no me queda fuerza para coaligarme con la vida contra la muerte” / “El aire ya no se renueva: ha pasado por todos los pulmones, ha quedado infectado para siempre por el tiempo, apesta a criatura” / “El mundo sólo es un subproducto de nuestra tristeza” / “Respecto a los demás, sólo me reconozco el deber de ironía. La soledad comienza con el desprecio y termina con la indiferencia” / “Nos vemos obligados a perseverar en la respiración, a sentir el aire quemar nuestros labios, a acumular pesares en el corazón de una realidad que no hemos deseado”.

domingo, 21 de junio de 2015

El juicio de Dios



La literatura romántica alemana tiene un nombre propio que no puede ser ignorado por parte de ningún lector culto: el de Heinrich von Kleist, un joven impetuoso y extraordinariamente dotado para la novela y también para el drama (desconocer su Pentesilea, reina de las amazonas supone perderse una de las piezas donde más hondamente se ha tratado el alma femenina en la literatura europea), que acabó sus días prematura y voluntariamente en las aguas del lago Wannsee, cuando apenas contaba 34 años.
La editorial Rey Lear, en su colección Breviarios, nos ofrece una traducción de su obra El juicio de Dios (El duelo), firmada por Úrsula Toberer, cuyo comienzo no puede ser más misterioso, más novelesco, ni más impactante: Von Breysach, hermanastro de Barbarroja, vuelve la noche de san Remigio desde Worms, en pleno siglo XIV, y de pronto una flecha que surge de las sombras le atraviesa el pecho y lo deja herido de muerte. A partir de ese momento, en teoría, todos los mecanismos de sucesión deberían haberse orientado hacia el ya mencionado Barbarroja quien, como hermanastro suyo, debería heredar el trono. Pero el monarca, con su último suspiro, revela la existencia de un hijo bastardo, el conde Philipp, en cuyas manos desea depositar la corona. Todos quedan entonces consternados, sobre todo porque piensan que el feroz Barbarroja no aceptará esta componenda; pero la sorpresa sobreviene cuando se muestra sumiso y acepta la voluntad de su fallecido rey. Ahora bien, las preguntas vienen de inmediato a la mente de los lectores, cuando van contemplando el desarrollo de los acontecimientos: ¿es sincera esta mansedumbre; es creíble esta silenciosa obediencia?
Pronto se descubre un detalle asombroso, que provoca un vuelco en la investigación del crimen: la flecha que se hundió en el cuerpo de Von Breysach la fabricó un artesano de Estrasburgo... para Barbarroja. Pero éste se defiende alegando que la citada noche estuvo compartiendo lecho con la virtuosa Wittib Littegarde von Auerstein. A partir de ese momento, todo comenzará a embrollarse, porque la dama niega vehemente la acusación. ¿Cuál de los dos dice la verdad? Para dirimir tan arduo asunto, se decide convocar un juicio de Dios, cuyo resultado (aunque en principio favorable a los intereses de Barbarroja), terminará sorprendiendo a los lectores en las últimas páginas, gracias a la habilidad argumental que despliega Heinrich von Kleist y a la pericia extrema de su narración.

Simplemente, una obra maravillosa.

jueves, 18 de junio de 2015

Principio de gravedad



Un personaje del argentino Julio Cortázar declaraba en su libro Rayuela: “Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano”. Ese determinismo cósmico, esa significante anécdota, habla –y mucho– de nuestra condición de microbios existenciales, afectados por leyes y pulsos de orden gravitacional que nos superan y determinan. El poeta Vicente Velasco Montoya (Cartagena, 1976), rotundo y firme, acaba de proponernos a través de la editorial Balduque un nuevo acercamiento a esa zozobra, constatando que todo a nuestro alrededor se tambalea, se erosiona o es mentira: los dioses que se supone que nos circundan (“Siempre en silencio, caprichosos, / despreocupados de mis heridas”), las imágenes que atesoramos de nuestros seres predilectos (“Son las fotografías la mayor de las falacias”), los auxilios de los terapeutas (“Un cúmulo estelar de divanes para imbéciles”), la muerte desoladora de la madre (“Fallecía, sin dios alguno, con todas sus cicatrices”), la condición espuria de nuestra vida (“Podría ser que todo fuera / falsificado”)… Todo este cúmulo de descubrimientos nos conduce a la asunción del ocaso (“Me reconocí formalmente fallecido”) y a descubrir que estamos huecos por fuera (“No, amigos. No hay nadie esperando”); pero a la vez nos orienta en otras direcciones, nos muestra otros senderos por los que transitar con espíritu nietzscheano: “Pon tus pies en el suelo porque no hay infierno, / ni dioses, ni burócratas con toga, ni infieles, / ni tristeza para los psicólogos, ni aplausos / para esta híbrida representación”.
El efecto que producen estos versos magníficos de Vicente Velasco Montoya es quizá desolador, pero no porque su mirada sea apocalíptica o su resumen resulte voluntariamente agrio, sino porque la lucidez depara por regla general unos frutos huérfanos de azúcar. Refractario al uso de anteojos consoladores o deformantes (los dogmas religiosos, los dogmas sociales, los dogmas científicos), el poeta advierte su desnudez y la de los otros. Es el rey sin vestiduras y no tolerará que lo engañen más sastrecillos fraudulentos. Éste soy yo; ésta es mi piel; éste es el viento que la azota. Sigamos navegando. Y en esa navegación notaremos las condiciones del océano, buenas y malas, ásperas y cómodas (la quemazón solar, la brisa refrescante, la tensión de la sal en la piel, el mareo bamboleante del navío), para a la postre descubrir con Jean-Paul Sastre que el mar, cuya superficie es verde, se torna negro por debajo y está habitado por animales repulsivos.

Quizá el final del viaje vital no suponga descender por la falda de la montaña y hundirnos en la sombra sino, al contrario, llegar a lo alto y contemplar desde allí la Verdad, llámese ésta Negrura, Vacío, Luz o Lucidez. Poner las plantas en la cúspide del monte Nebo, abrir los ojos y pensar: “¿Esto era?”. Y después tender la mirada hacia abajo, lánguidos, como el caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, y suspirar con el descubrimiento de “que la existencia tiene el mismo propósito / que un bloque de hielo a punto de caer al océano. / Que el desierto avanza, inexorablemente”. Quién puede saberlo.

martes, 16 de junio de 2015

El síndrome Bovary



Es difícil asociar el nombre de Care Santos a una sola actividad exitosa: ha cultivado el cuento con resultados magníficos, ejerce la crítica literaria con gran solvencia, ha obtenido galardones de novela de altísimo nivel (el Ateneo de Sevilla, por ejemplo, o el accésit del premio Primavera), y ha publicado novelas juveniles de excelente factura (Los ojos del lobo o Laluna.com). Es decir, que sin duda estamos ante una de las escritoras más proteicas e interesantes del panorama nacional. Y El síndrome Bovary, novela que salió publicada en el mes de marzo de 2007 en Algaida, es una muestra más de su enorme poderío literario.
Nos cuenta en la obra que el editor Samuel Martínez, a pesar de la mentira que propaga su esposa Mónica, no ha muerto jugando al pádel con su amigo Alberto, sino en medio de un orgasmo mientras mantenía relaciones sexuales con su secretaria Paulina. Su marido (bien claro le queda a la atractiva viuda) le ha sido infiel muchísimas veces con mujeres a las que Mónica conoce, porque son amigas del trabajo o de la familia. Pues bien, ahora es el momento de que tiemblen sus respectivos esposos, porque Mónica ha decidido “transformarse en una perfecta hija de puta” (p.75) y se los va a ir cepillando a todos, uno detrás de otro. Que se prepare Ángela, la experta en sexo tántrico, que dice haber sentido orgasmos de ocho horas (p.32); que llore Maika, la de los pechos enormes y duros, amiga de Samuel desde la infancia; que sufra Nora, la fogosa insaciable (que parece haber perdido todo su apetito sexual desde el nacimiento de su hijo Luis); que se atenga a las consecuencias Paulina, la mosquita muerta (mucho más ambiciosa y retorcida de lo que parece).
A ese dilatado catálogo de venganzas hay que añadirle otro enredo, esta vez editorial: parece haberse perdido el lápiz de memoria que contenía la próxima novela de Edmundo de Blas, un autor que vende libros como churros. La simple posesión de ese inédito podría garantizar millones a quien lo obtuviese, y ninguno de los implicados renunciará a bajeza alguna con tal de apropiárselo.
De la mezcla de ambas corrientes narrativas saldrán muchas sorpresas para los lectores: una mujer asesinada a puñaladas en una parada de autobús (que luego se aparecerá de forma ectoplásmica, comiendo naranjas); un escritor novel y desequilibrado, que aceptará la comisión de un delito con tal de ver publicada su obra; alguien que se disfraza de operario de mantenimiento para meterse en los despachos ajenos; un profesor universitario llamado Epicteto, que experimenta una increíble noche de sexo tras expeler una conferencia sobre la ornitología en Miguel de Unamuno; un orgasmo sobre el poyo de una cocina; y otros mil detalles que me guardaré de desgranar, para que sean los lectores quienes los descubran por sí solos.

El síndrome Bovary es una de las novelas más divertidas, ágiles, alocadas y entretenidas de principios del siglo XXI. No deberían ustedes perdérsela.

domingo, 14 de junio de 2015

La necesidad del ateísmo



Su nombre no es demasiado conocido (Percy Bysshe), pero su apellido (Shelley) es una auténtica etiqueta de excelencia lírica, de poder romántico, de vigor creativo. Hace pocas semanas que la editorial Pepitas de Calabaza (que sigue refiriéndose a sí misma con el humorístico y humilde rótulo “Una editorial con menos proyección que un cinexín”) ha entregado a los lectores españoles la obra titulada La necesidad del ateísmo (y otros escritos de combate), que traduce, anota y prologa Julio Monteverde. Y es ocasión magnífica para volver a este autor inglés, que comenzó su carrera literaria dedicándole un poema a su gato, fue estudiante en Oxford, hijo de un parlamentario, vegetariano convencido desde los 20 años, enemigo acérrimo de la pena de muerte, luchador por la independencia de Irlanda, defensor de los derechos de la mujer, contrario a los barrotes del matrimonio y, en fin, hombre que se ahogó en 1822 y cuyo cuerpo fue incinerado en la playa en presencia de su compañera (Mary) y de algunos de sus amigos (entre los cuales destacaba Lord Byron), sin que su corazón llegase a arder (Mary lo conservó en alcohol hasta su muerte, en 1851).
En estos escritos (algunos de ellos traducidos por primera vez a nuestro idioma), el poeta desenvaina sus armas más combativas y más afiladas, arremetiendo contra quienes deciden sobre la vida y la muerte de la gente humilde: el rey, con sus “fríos cálculos de ambición”; el poderoso, “inflado por su autoridad y enloquecido por el vértigo del poder”; el sacerdote, vampiro social que vive de la mentira y del miedo... Con igual determinación se muestra partidario de disolver el vínculo matrimonial una vez que el amor se ha agotado, igual que abandonamos una amistad cuando ya no nos aporta nada o se vuelve fastidiosa (“Una ley que volviera indisolubles los lazos de la amistad a pesar de los caprichos, la inconstancia, los errores y la capacidad de evolución del espíritu humano, ¿no debería ser juzgada como una odiosa usurpación de los derechos del juicio individual?”). Idéntico análisis desdeñoso dedica a la castidad (“Es una superstición clerical y evangélica”) y a quienes dejan en manos de Dios todas las posibilidades de su dicha (“El genio de la felicidad humana debe desgarrar primero cada página del libro maldito de Dios para que el hombre pueda leer lo que está inscrito en su propio corazón”). Y suscribe todos los postulados de la dieta vegetariana (en el escrito “Una defensa de la dieta natural” asegura de forma polémica y discutible que “no existe ninguna enfermedad, mental o corporal, que la adopción de una dieta vegetal y el agua pura no haya mitigado”). Y se muestra indignadamente contrario a la pena de muerte. Y condena el uso de la tortura contra los presos. Y abomina de la costumbre de mantener reyes en el poder. Y…

Imagino que no será preciso continuar para que todos entendamos el justo tono de este volumen. Con una prosa enardecida, visceral y galvánica, Shelley nos propone sus indignaciones de tinta con la esperanza de que acaben convirtiéndose en fecunda inspiración para acciones reales, con ese optimismo febril que caracterizó a tantos románticos. Distanciados por el tiempo de muchos de sus análisis, resulta todavía seductor el modo en que Shelley batalló por sus ideas y las defendió a ultranza.

jueves, 11 de junio de 2015

Barrio de Medellín



Alfredo Gómez Cerdá es uno de los escritores juveniles más premiados y más reconocidos (más justamente reconocidos, añadiré) de España: raro es el libro que, saliendo de sus manos, no consigue situarse entre los más leídos por nuestros niños o adolescentes. En el año 2008, por ejemplo, constituyó un auténtico éxito su composición Barrio de Medellín, que mereció el premio Ala Delta y que ilustró deliciosamente Xan López Domínguez. En 2009 le habrían de conceder, además, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
Nos cuenta la historia de Camilo y Andrés, dos amigos inseparables que logran sobrevivir en un barrio pobre y marginal de Medellín (Colombia), y que deben luchar contra dos imágenes que les torturan: a Camilo lo persigue como un atroz estigma la embriaguez creciente de su padre, que se vuelve cada día más violento y que lo obliga a traerle alcohol, utilizando para ello los gritos y hasta la intimidación física; a Andrés lo persigue el hecho vergonzante de que tanto su padre como su abuelo se ganen la vida robando. Pero un singular edificio instalado cerca de sus casas variará el rumbo de sus vidas: la enorme y bien surtida biblioteca, a cuya inauguración acudieron los reyes de España unos meses antes. Allí se encuentran a Mar, simpática y comprensiva bibliotecaria, y un océano de libros que, al principio, sólo servirán para ser robados (de hecho, Camilo logra cambiar uno de ellos por una botella de licor para su padre).
Finalmente descubrirán que dentro de aquellos volúmenes se esconden la dignidad, el cambio y la posibilidad de ingresar en el futuro por una puerta menos mugrienta que la que ellos han conocido hasta ahora.

Sin ñoñerías, Alfredo Gómez Cerdá nos demuestra que, en ciento cuarenta páginas, se pueden concentrar muchos instantes de buena literatura, y que los mensajes educativos no tienen por qué ser plúmbeos.

martes, 9 de junio de 2015

Campo de amapolas blancas



A veces, un libro no tiene que contar una historia original para convertirse en una obra hermosa. Ocurre, sin ir más lejos, con Campo de amapolas blancas, del extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal. Nos habla de unos condiscípulos que, en su juventud, comparten colegio, instituto, paseos, naipes y cines; que reciben el embrujo magnético de Jean-Paul Sartre a través de su novela La náusea; que se enamoran de las chicas preceptivas y viajan a París durante los veranos para empaparse de existencialismo, bohemia y Julio Cortázar; que realizan algunas incursiones en el mundo de la pintura y de la música... Luego, la vida se ocupará de encauzar a cada uno por su particular sendero (el narrador se licenciará en Hispánicas y acabará de profesor de instituto, como el propio Hidalgo Bayal lo es; el otro se perderá en una vorágine turbia de alcohol, drogas, buhardillas, cronopios y confusión). Cuando el narrador pretenda recuperar el contacto con su antiguo amigo descubrirá que ya resulta imposible hacerlo. La vida ha trazado su raya, ha efectuado la suma y ha arrojado la cifra final. No hay nada más que pueda hacerse. Su amigo había sido “alguien que creía en la existencia de la felicidad y que intentaba ser feliz, que fracasó  en la senda del orden y buscó caminos heterodoxos, que confundió finalmente felicidad y heterodoxia” (p.95).

Como se puede advertir en este resumen lacónico, no hay nada en estas páginas que no haya aparecido anteriormente en docenas de obras confesionales sobre los años sesenta (la mitificación de París, la experimentación con las drogas, la estéril disputa entre Beatles y Rolling Stones, el existencialismo, los cabellos largos, las flores en la indumentaria, el jazz, el malditismo de pacotilla). Pero precisamente por la condición “banal” de la historia que acabo de resumir maravilla que Gonzalo Hidalgo haya obtenido tan excelentes resultados en su novela, cuyo final melancólico es impresionante. Me parece la prueba de que nos encontramos ante un narrador fuera de lo común.

domingo, 7 de junio de 2015

Los perros, el deseo y la muerte



Leo en la editorial Tusquets una traducción que Rodolfo Hinostroza realiza de la colección de relatos Los perros, el deseo y la muerte, de Boris Vian. Y me quedo con la boca abierta a causa de sus errores. No me refiero, claro está, a errores en la traducción (no he leído el original, ni mi dominio de la lengua francesa da para tanto); sino a disparates gramaticales castellanos que no entiendo cómo el sello Tusquets reprodujo sin tomarse la molestia de corregirlos. Que se inserten en el texto expresiones como “pendejo” (p.27), “huevón” (p.28), “qué vaina” (p.35), “nomás” (p.74) y otras así revela que el traductor no nació precisamente en Navalmoral de la Mata, pero bueno, eso es admisible. Lo que ya no lo resulta tanto es que infame un libro del prestigioso sello catalán con salvajadas como “detrás mío” (pp.13 y 14) y “detrás nuestro” (p.16); que nos hable de unos escalones y nos describa “el chirrido del catorceavo” (p.35) y algunas más de parecido cuño. No haré más sangre con ellas, pero son infumables.
Los cuentos de Boris Vian que se recopilan en el volumen (y aquí ya entramos en el terreno de la pura opinión, que ya es discutible) tampoco es que sean nada del otro mundo: una mujer que se excita sexualmente atropellando perros y que pronto necesita una dosis más alta de adrenalina, pasando a su primera víctima humana (“Los perros, el deseo y la muerte”); un apacible lobo que, tras ser mordido por un licántropo, se transforma las noches de luna llena en un ser humano y descubre su faceta más salvaje (“El lobo feroz”); una ciudad que se ve envuelta por una extraña niebla afrodisíaca, que provoca orgías en cada calle, en cada tienda, en cada rincón (“El amor es ciego”); un esquiador que disfruta de la contemplación de tres hermosas jóvenes lesbianas que, desnudas y juguetonas, se magrean en la nieve (“El mirón”); un científico que crea un robot capaz de características tan humanas que se termina encaprichando eróticamente de la ayudante y amada de su creador (“El peligro de los clásicos”); etc.

Total, que entre los defectos de forma (muchos) y la insulsa condición del fondo no estoy como para repicar campanas con este libro, qué le vamos a hacer. 

jueves, 4 de junio de 2015

El aniversario



Javier Ventura está experimentando, cuando roza el medio siglo de vida, el más terrible período de su existencia. Por un lado, su salud anda quebrantada de una forma irreversible (los doctores que lo tratan le han recetado multitud de medicamentos, que ha de tomar a todas horas); por el otro, ha descubierto que su mujer, Ana, lleva años siéndole infiel. Ambas tristezas se le van enredando en el alma, y adopta una serie de decisiones: abandonar su puesto de trabajo (lo que parece razonable, puesto que sus fuerzas van a ir menguando de forma paulatina en las semanas siguientes); mantener el secretismo sobre su dolencia, sin comunicárselo ni a su esposa ni a sus hijos (un modo elegante y cariñoso de evitarles el dolor de asistir como espectadores impotentes a su consunción); y, como colofón, organizar una extraña fiesta para conmemorar el quincuagésimo aniversario de Ana, su mujer. Y si la califico de “extraña” no es por la idea de rendir un homenaje a la compañera de su vida y madre de sus dos hijos, sino porque la lista de invitados incorpora a todos los amantes y examantes de Ana, de los cuales ha tenido noticia gracias al espionaje de su correo electrónico y sus chats y mensajes. Lentamente, con una incomprensible mezcla de abnegación y masoquismo, Javier los irá visitando por toda España e irá comprobando que su mujer es en cierto modo una extraña para él, pues ha llevado durante varios años una especie de existencia paralela que él ignoraba y que ha descubierto por azar. ¿Y cómo nos cuenta esta historia el bilbaíno Joaquín Lloréns? Pues de un modo magnético: explicándonos que Javier Ventura ha aparecido en un coche carbonizado y con un tiro en la cabeza. ¿Quién ha sido la persona que ha acabado con su vida? ¿Qué motivos le impulsaban? Los lectores que quieran descubrir la identidad del asesino tendrán que pasearse por las páginas de esta novela, escrita con eficacia, inteligente uso de las velocidades y los tiempos narrativos, caracteres bien trazados y, sobre todo, aguda percepción del interior del alma humana. Los análisis, las meditaciones y las conclusiones a las que llega Javier Ventura mientras piensa en la traición de su mujer (a la que siempre ha amado de un modo exclusivo y profundo) son tan conmovedoras como serias y convincentes; y nos demuestran que Joaquín Lloréns ha sabido construir una pieza memorable dentro del género novelístico. Acercarse allí donde respiran los monstruos, pulsar resortes tan delicados y salir literariamente airoso no lo hacen sino los mejores.

martes, 2 de junio de 2015

Monkton el loco



La familia en la que se ha criado Alfred Monkton no es, ni mucho menos, sencilla o convencional. A su condición de burgueses acomodados y aun ricos se les une, por desgracia, un indeleble estigma de locura que va afectando a todos sus miembros. De ahí que cuando el joven heredero plantee su voluntad de casarse con la hermosa Ada Emslie todos juzguen inapropiado o temerario su comportamiento. ¿Acaso no es consciente de que en cualquier instante puede aflorar en él el ramalazo de la demencia? ¿Y no ha previsto que el matrimonio puede aparejar el advenimiento de hijos que perpetúen la mancha de su trastorno? En principio, Alfred Monkton parece libre de la amenaza; pero de pronto su conducta varía y se concentra de un modo maniático en la búsqueda del cadáver de su tío Stephen, que falleció durante la celebración de un duelo en algún lugar de Italia. Nadie se explica muy bien por qué Alfred ha adoptado esa actitud, pero lo ha hecho con inusitada firmeza: ha abandonado su residencia en el Reino Unido, ha viajado hasta Italia, ha pospuesto sine die (con el respaldo de Ada Emslie) la fecha de su enlace nupcial... El narrador de la historia, ajeno a la vida de Alfred Monkton, tampoco tiene las respuestas a estos enigmas; pero se va a ver envuelto en una serie de situaciones que lo asombrarán y lo llenarán de inquietud. Él, que jamás ha creído en la existencia de espíritus (“Yo era un total descreído en historias de fantasmas, pues me parecían ridículas”, p.57), tendrá que escuchar de labios de Alfred una anonadante narración donde imágenes de ultratumba, profecías anotadas en antiguos documentos de la abadía de Wincot e inquietantes casualidades le saldrán al paso y harán tambalearse su modo realista de ver la vida. ¿Será verdad que estamos cercados en todo momento de presencias espectrales? ¿Y será verdad también que algunas de ellas quieren decirnos cosas, abrirnos los ojos, guiar nuestros pasos? Tan sugerente como en él es habitual, Wilkie Collins nos ofrece en estas páginas (traducidas por Diego Alonso para la editorial Eneida) un relato donde pasea por los nebulosos límites entre lo creíble y lo increíble, entre la normalidad y la anomalía, entre la calma y la locura. Y lo hace con los ingredientes más exquisitos de su alambique: el sentido del humor, la mirada psicológica, las descripciones elegantes y una soberbia construcción arquitectónica de la trama. Admirable.