domingo, 20 de diciembre de 2015

Donde las calles no tienen nombre



Lo peor que tiene la normalidad es lo mentirosa que resulta, la enorme cantidad de cieno que esconde bajo su superficie anodina. Se ha dicho muchas veces que todos ocultamos un esqueleto en el armario, pero no es exactamente verdad. Lo que ocurre es que, más bien, cobijamos un cementerio. Basta con rascar en el interior de nuestra biografía o en nuestro entorno para descubrir los perfiles del horror, las miasmas de la indignidad, la fetidez del oprobio.
María del Pilar González de Ayala es, a sus treinta y cinco años, una muestra involuntaria de este juicio. Si tuviéramos que buscarle un parangón diríamos que es la burbuja limpia que brota de un mar podrido, cuyo dios Neptuno es su madre, una mujer despótica, altanera, clasista, homófoba y manipuladora, que desde siempre ha controlado y ninguneado a su hija, negándole el derecho a guiar su propia vida y condicionando todas y cada una de sus decisiones, de un modo tan tenaz como enfermizo. Pero eso no es todo. No se acaban ahí los problemas para la muchacha: alrededor flotan muchas más inmundicias y muchos más secretos inconfesables (maridos que golpean a sus mujeres; novios que abandonan casi al pie del altar a su pareja al descubrir su auténtica condición sexual; psiquiatras que actúan de un modo indigno; militares que esconden en su alma a psicópatas de una agresividad casi inconcebible; tres muertes que no parecen en modo alguno accidentales; falsas ovejas cándidas que solamente al final de la novela revelarán su condición abrupta…). En medio, ella sola. Y cuando decide apartarse del sendero trazado y asir con determinación las riendas de su propia existencia todo empezará a girar a su alrededor, a enturbiarse, a enrarecerse. La frase “El toro por los cuernos” se convertirá en un mantra que repite con afán galvánico y que le permitirá descubrir facetas de sí misma que ignoraba poseer. En ese proceso valiente de enfrentamiento con todo y contra todos descubrirá también que en nuestro entorno florecen las rosas y las ortigas en idéntica proporción.
Escrita con una impoluta elegancia y diseñada con gran inteligencia arquitectónica, esta segunda novela de Mónica Rouanet nos sirve para que reflexionemos sobre el poder que tiene la familia como elemento de coerción, y sobre la necesidad que muchas personas sienten de exonerarse de sus ataduras y exigencias. María huye del barrio de Salamanca, huye de su familia y huye de su presente infecto, porque necesita encontrarse a sí misma, descubrirse en su auténtica dimensión y determinar su situación real en el mundo. María sabe que su identidad y su corazón son su propio tesoro, por más que hayan intentado convencerla de que debe dejarse moldear por otros: su madre, su novio, la clase social a la que pertenece.
Se lee en la Biblia que solamente la verdad nos hará libres. Y María del Pilar, harta de que le dicten desde fuera los cauces de su vivir, romperá con su entorno y, transformada en María, avanzará con decisión por ese sendero.

Un libro realmente bueno, que afianza la posición narrativa de la autora y que se puede convertir en un regalo perfecto para estas fiestas, si tienen ustedes el buen juicio de hacerse con él. Quédense con el dato: Mónica Rouanet. Donde la novela tiene un nuevo nombre.

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