viernes, 7 de agosto de 2015

La coartada del diablo



Conozco a pocos escritores tan sostenidamente perfectos como Manuel Moyano. Escritores que, manejen el género que manejen y se muevan en la distancia en que se muevan (novela, ensayo, cuento), no abandonan jamás un alto patrón de exquisitez, y a él se atienen con magníficos resultados. Nos dejó con la boca abierta cuando publicó El amigo de Kafka (por el que se le otorgó el Tigre Juan, uno de los más prestigiosos de España); nos maravilló con los relatos contenidos en El oro celeste; nos descubrió sus dotes de ensayista y observador en volúmenes como Galería de apátridas o el recientemente renovado Dietario mágico... Y lo hizo con La coartada del diablo (Menoscuarto), una obra sin duda espléndida que recibió el premio Tristana, en cuyo jurado se encontraban intelectuales de la talla de Fernando Savater o Juan Pedro Aparicio.
Esta obra nos propone que visitemos el pueblo de Manfraque, “un lugar idóneo para experimentar las propiedades terapéuticas del aburrimiento” (p.41) en el que el protagonista decide enclaustrarse para olvidar la muerte de su esposa; pero donde comenzará a encontrar a una serie de personas bastante peculiares (el cronista Orellana, un megalómano desquiciado; el doctor Paniagua, que sueña con obtener el premio Nobel; un sacerdote torturado por graves dudas teológicas) y donde encontrará también a los bubos, unos seres deformes (tal vez fruto de mutaciones genéticas) que viven en las afueras de la localidad. Pronto, los sucesos comenzarán a complicarse: los bubos se tornan violentos y se acercan cada vez más a la población; aparece muerta y violada una niña; se encuentran algunas inscripciones macabras en el pueblo; se profana el cementerio; alguien destruye los archivos del cronista local... ¿Son los bubos los culpables de esta situación? El lector, siguiendo al narrador, tendrá que irlo descubriendo. Y no lo hará hasta las últimas páginas de la obra, porque Manuel Moyano la construye con tan notable perfección que es casi imposible deducir antes su sorprendente final.

Pero que nadie sospeche que le he destripado el meollo del libro, o que su valor se circunscribe a la intriga y el pánico que sus hojas provocan. Nada más lejos de la realidad. Sólo quienes no hayan leído antes a Manuel Moyano podrán admitir esa hipótesis absurda. Lo más significativo de esta obra anida precisamente en el hecho de que, siendo una novela de corte fantástico, no se resigna a una forma literaria ramplona, sino que cuida la música de la frase, hace consistentes desde el punto de vista psicológico a los personajes, sopesa como un tallador de diamantes los adjetivos y, en fin, moldea con espíritu de orfebre la arquitectura global del relato. Memorable.

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