viernes, 21 de agosto de 2015

Cuentos



Ahora que estoy acercándome a la raya que marca mis primeros 50 años (llegaré a esa meta parcial en marzo de 2016), considero que ha llegado la época de ir dedicando tiempo a releer algunos de los libros que, durante mi adolescencia y juventud, me convencieron y hechizaron. Entre ellos, lógicamente, están los espléndidos cuentos de Edgar Allan Poe, que conocí en ediciones infectas y que ahora revisito en la traducción de otro de mis dioses: Julio Cortázar.
“El tenebroso príncipe”. Así llamaba Juan Perucho a Poe en su edición de los Cuentos del bostoniano, que Planeta lanzó en 1983. No es mala fórmula, desde luego. En verdad son muchas las ocasiones en que Poe adereza o directamente construye sus historias con elementos que provienen del mundo de la muerte y sus alrededores: calaveras, tumbas, enterrados vivos, momias, cadáveres emparedados... Podríamos multiplicar las referencias casi hasta el infinito. Dice la Wikipedia que nuestro autor escribió sobre el terror y sobre la muerte “para satisfacer los gustos del público de la época”. Creo que esta afirmación no es demasiado rigurosa. Poe no escribía con ese objetivo. Sería reducirlo a un papel demasiado mezquino. Lo que ocurría era que todo ese universo tétrico ejercía sobre él una fascinación constante. A Poe lo perturbaban las imágenes de los cementerios, de los seres enterrados prematuramente; quizá porque respondían a pulsiones oscuras suyas (de niño lo castigaban haciendo que copiase epitafios de noche, en un cementerio). Hay un soneto muy hermoso de Jorge Luis Borges donde lo llama “constructor de pesadillas”, y donde retrata con singular acierto esa parte del alma de Poe. No podría decirse mejor. Poe construyó un universo de horrores para ver si así se liberaba de sus propios miedos, los expulsaba al exterior, los objetivaba. Lo que ocurre es que lo hizo tan bien que se convirtió en el inaugurador de un camino, y por ese camino luego circularon Lovecraft, Stephen King y muchos otros.
En “La verdad sobre el caso del señor Valdemar” nos acerca hasta el mundo de la hipnosis, contemplada desde el lado más inquietante, igual que ocurre con “Revelación mesmérica”. En “La caída de la casa de Usher” nos topamos de frente con el mundo de las personas enterradas prematuramente (o con aquellos espíritus que revierten hacia nuestro mundo, para ajustar cuentas pendientes con los vivos). “El corazón delator”, “El gato negro”, “El pozo y el péndulo”, “El tonel de amontillado” o “Los crímenes de la calle Morgue” son piezas fabulosas, que se pueden encontrar en cualquier antología del autor, y que nos muestran al maestro de la inquietud, el espeluzno y las atmósferas desasosegantes.
Pero cada lector que se adentra en sus relatos completos descubre (a mí me pasó y me ha vuelto a pasar) que hay otras facetas del bostoniano que no son tan célebres, pero que resultan igual de llamativas o embriagadoras. Por ejemplo, la faceta humorística de Edgar. Julio Cortázar afirma que es muy notable “la imposibilidad de Poe para escribir nada humorístico”, pero en ese detalle no me muestro conforme. Relatos como “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall”, “Cuento de Jerusalén” y, sobre todo, “Los anteojos” desmienten con gran vigor ese juicio global.
Uno de los creadores del género y uno de sus mejores artífices. El cuento le debe tanto a Poe que resultaba impensable no releerlo.

Monumental.

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