martes, 26 de mayo de 2015

Los intereses creados



Jacinto Benavente, aunque obtuvo en 1922 el premio Nobel de Literatura, nunca ha sido autor demasiado leído en España. Pero hay que reconocer que, incluso aceptando los prejuicios que sobre él se formulaban y se formulan (que escribía para la alta sociedad, que sus temas son ñoños, que ha resistido mal el paso del tiempo), algunas de sus obras teatrales siguen suscitando hoy en día una lectura placentera. Es el caso de Los intereses creados, donde la pareja formada por Leandro y Crispín llega a una ciudad en la que, pobres y perseguidos por la justicia, buscan la forma de instalarse y medrar. Crispín, el sirviente, idea una estrategia donde la picaresca y la cara dura se alían: fingir que son personajes de elevada alcurnia a quienes se debe servir con prontitud y magnanimidad, sin la menor vacilación. Dada la facundia del criado, caen en la trampa los personajes más variopintos (un hostelero, un poeta, un capitán...), quienes se verán poco a poco enredados en una trama donde las deudas crecen, el humo es más denso y la dificultad de salir del embrollo es mayor.
Por fin, una posibilidad también muy castellana se presenta ante los ojos de los dos aventureros: la hermosa hija de Polichinela, futura receptora de una gran cantidad de dinero. Si consiguen su mano para Leandro, todas las asfixias de tipo económico se disiparán como por arte de magia. Pero se unen de pronto varios elementos en una cadena indisoluble: la reticencia de Polichinela, la suspicacia de otros protagonistas y el corazón de Leandro, que se ha enamorado verdaderamente de la bella Silvia y que se niega a jugarle una mala pasada ofreciéndole un matrimonio fraudulento.

La lectura nos deja como enseñanza que el dinero está en el fondo de todas las acciones de los personajes (¿de todos los seres humanos?), creando vínculos, generando obligaciones y provocando actos. Arlequín, que no paga lo que come y bebe, lamenta con enorme cinismo: “¡Todo ha de ser moneda contante en el mundo!”; Sirena, que adopta una actitud similar, afirmará: “¿Es que ya no se paga más que con dinero? ¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo?”... Todos viven fusionados a esa realidad económica, que los determina de un modo férreo. En ese contexto, al menos Polichinela tiene la ingrata coherencia de admitirlo: “Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime en el mundo”. Agridulce.

1 comentario:

eRRe dijo...

Personalmente disfruté la lectura de esta comedia de polichinelas con la que el autor intenta mostrar la moral de la burguesía de su tiempo (que no difiere mucho de la del nuestro): la falsedad para conseguir lo que se quiere. Tal vez sí que criticaría que en algunas intervenciones se pierde el decoro lingüístico de los personajes (el pícaro Crispín en ocasiones parece un filósofo).

Un saludo.