sábado, 20 de diciembre de 2014

El imperio de Yegorov



Estamos en el año 1967, cerca del río Mekeo (situado en Papúa-Nueva Guinea), y acompañamos al antropólogo japonés Shigeru Igataki y sus hombres en una incursión científica que tiene como objetivo desvelar las costumbres de los hamulai, un pueblo alejado de la civilización y que sobrevive en condiciones casi animales, quizá incluso canibalescas. Después de unas jornadas agotadoras, en las que tienen que matar serpientes venenosas, hacerse entender por los nativos más refractarios a la comunicación (les ayuda un misionero catalán al que encuentran por aquella zona, el padre Ernest Cuballó) y vencer la hostilidad del medio, alcanzan su meta y se instalan entre los hamulai con la pretensión de estudiarlos. Hasta aquí, como es fácil constatar, parece que estuviéramos leyendo una crónica publicada en el National Geographic o el diario de algún aventurero decimonónico; pero un desagradable acontecimiento quiebra la tranquilidad del grupo: la bella Izumi Fukada, después de comerse un pescado casi crudo, comienza a experimentar un doloroso trance, en el que su vientre se hincha y la sitúa al borde de la muerte. Por fortuna, una indígena machaca unas flores amarillas y ofrece esa pasta (mezclada con su propia saliva) a la enferma, quien de inmediato recobra la salud.
Este es el arranque de El imperio de Yegorov, la última entrega literaria de Manuel Moyano. Como se puede observar, ésta muestra desde el principio una acción enigmática, que pronto se irá trufando con más detalles jugosos: el matrimonio entre Shigeru Igataki e Izumi Fukada; la sorprendente belleza de la mujer, que la edad no mengua por muchos años que pasen; un pingüe negocio relacionado con una sustancia llamada elatrina; personajes del mundo del cine y la canción que comienzan a adquirir una longevidad sospechosa (y que tienen, de forma unánime, un extraño color amarillento en los ojos); vagabundos, senadores, investigadores privados y periodistas de investigación que empiezan a morir en extrañas circunstancias; un misterioso potentado ruso que aparece en la zona final de la narración y que no muestra escrúpulos de ningún tipo (chantajea, mutila, extorsiona, mata)... Es muy evidente que Manuel Moyano ha distribuido por esta historia un elevado número de imanes narrativos y psicológicos, con los que intentar atar y retener la atención de los lectores.

Después de tantos años conociendo al cuentista y ensayista Manuel Moyano (Córdoba, 1963) y siguiendo su limpia trayectoria literaria resulta que el narrador andaluz me sorprende con esta obra y me deja sin palabras, porque es llamativo que en este volumen Moyano rompa de forma tan radical con sus códigos. En primer lugar, nos entrega una novela (no muy extensa, pero novela al fin y al cabo), género en el que apenas se ha prodigado. En segundo lugar, la acción presentada se expande hacia el futuro (mediados del siglo XXI), lo que la convierte también en un texto anómalo en su trayectoria. En tercer lugar, el narrador ha preferido potenciar esta vez muy notoriamente los aspectos argumentales y arquitectónicos por encima de los estilísticos. Tres significativas rupturas. En todo caso, el experimento ha tenido que ser satisfactorio para el escritor: la obra, guiada por una mano eficaz, ha quedado finalista en el premio Herralde, convocado por la editorial Anagrama. Un impacto publicitario que determinará el futuro narrativo de Manuel Moyano. Seguiremos con ojo atento sus siguientes pasos. Como siempre.

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