jueves, 22 de mayo de 2014

Carta de una desconocida



Hay una magia y un fulgor especiales en los amores secretos. Una persona que adora en silencio a otra, y cuyos labios están sellados, queda envuelta de manera inevitable por una luz trágica, casi sobrenatural; y, a veces, por un dolor también sobrenatural. Todo queda en su interior, hirviendo, dando vueltas, girando sobre sí mismo, tiñéndose de matices y sin poder verterse al exterior.
El vienés Stefan Zweig es el autor de esta Carta de una desconocida, que traduce Berta Conill para el sello Acantilado; y la esencia de la obra se sustenta sobre dicha idea. El protagonista masculino es un escritor famoso, joven y con fama de seductor, que recibe una carta sorprendente en la que una mujer (la otra protagonista de la novela) que acaba de perder a su hijo le explica que siempre ha estado enamorada de él. Desde que era una niña. Poco a poco, ella le irá haciendo revelaciones sobre los vínculos que los han unido durante años (“Lo único que te pido es eso, que creas todo lo que te cuento: una no miente en la hora de la muerte de su único hijo”) y acaba por detallarle un buen número de encuentros sentimentales y hasta sexuales que mantuvieron... sin que él logre recordarlos.
En esa línea de confesiones y sorpresas, la mujer reconocerá ante su ídolo amoroso, sin orgullo y sin vergüenza, que llegó a pagar la educación de su hijo entregándose a amantes ricos (“Me ganaba el cariño de todos aquellos a los que me ofrecía, todos me han estado agradecidos, me han dado afecto, todos me han querido... ¡Tú no, tú eres el único que no me ha querido!”), y que la mera limosna de haber compartido algunas horas de su vida con él ha sido suficiente para que no se considere una amargada.

¿Amor, obsesión? Difícil resulta etiquetar los sentimientos de esta mujer tierna, entregada y sumisa, que no duda a la hora de idealizar  —casi deificar— al hombre del que se enamoró siendo una cría. Aparcados los prejuicios machistas y feministas, la lectura se torna deliciosa. Melancólica también, pero sobre todo deliciosa. Prueben.

2 comentarios:

Alonso Barán dijo...

Stephan Zweig se inspiraría en su mujer? Quien sabe.. ;)
Un saludooo

José Jiménez Ortín dijo...

Siendo S. Zweig, uno de mis autores favoritos, y en vista de que nunca me ha defraudado, siempre tengo confianza en él, pero me sorprendió muy gratamente la manera en que de algo tan sencillo como una carta, hace un monólogo tan intenso, sorprendente y bello.